jueves, 24 de diciembre de 2009

25 de diciembre


SANTA NATIVIDAD DEL SEÑOR

I. Misa de Medianoche

“Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá”


Con la doctrina de los Santos Padres de la Iglesia, dispongamos nuestra alma para recibir la gracia del Nacimiento del Hijo de Dios.

¡Oh Nacimiento de una inviolable santidad!

Honorable a los ojos del mundo entero.

Agradable a todo hombre, por la grandeza del beneficio que le aporta.

Incomprensible a los mismos Ángeles, debido a su excelencia y a su novedad sin precedente, ya que no se vio nada similar antes él, y no se verá ningún otro después.

¡Oh Alumbramiento que no sólo no conoció el dolor, que no sólo no conoció la vergüenza, sino que siguió siendo puro de toda corrupción!

¡Oh Parto que cerró, en vez de abrirlo, el santuario de un seno virginal!

¡Oh Nacimiento que excede a la naturaleza por su maravillosa excelencia y que la salva por su misteriosa virtud!

¿Quién podrá explicar esta Natividad?

Un Ángel es el mensajero que la anuncia, la virtud del Altísimo la cubre con su sombra, y el Espíritu Santo concurre para consumarla.

Una Virgen cree; por la fe, una Virgen concibe; una Virgen da a luz en la fe y permanece siempre Virgen: ¿no hay aquí de que asombrarse?

El Hijo del Altísimo, Dios engendrado de Dios antes de todos los siglos, viene al mundo; el Verbo nace Niño: ¿quién podría no dejarse arrebatar de admiración?


Es el Nacimiento de Jesús: que aquel a quien los pecados condenaban en el fondo de su conciencia, se alegre; ya que la caridad de Jesús supera con mucho el número y el alcance de nuestros crímenes.

Es el Nacimiento de Jesús: alégrense aquellos a quienes abruman defectos antiguos, ya que con la unción de Cristo no hay enfermedad del alma que pueda durar, por muy inveterada que sea.

Es el nacimiento del Hijo de Dios; que los que aspiran a designios grandes se alegren, ya que un gran distribuidor de gracias y de dones nació para nosotros.

Mis hermanos, el que acaba de nacer es el heredero del Padre; hacedle buena recepción, ya que su herencia es nuestra; el que nos dio a su propio Hijo, ¿podrá negarnos algún bien con Él?

Ninguna duda quepa en nuestra alma, ninguna vacilación; nuestro garante es el Verbo de Dios, que se hizo carne y habitó entre nosotros.

El Hijo único de Dios quiso tener hermanos en gran número para ser su hermano mayor; y se hizo hombre, para que la debilidad y la fragilidad del hombre no sea obstáculo para nada.

El propio Padre disminuyó a su Verbo.

¿Quieres saber cuán grande era Aquél que se hizo pequeño? Escucha cómo este Verbo habla de sí mismo: Yo lleno el cielo y la tierra”. Ahora bien, hoy se ha hecho carne, y se lo colocó en un estrecho pesebre, dentro de un miserable establo.

Eres Dios, le dice el Profeta, lo eres desde el principio de los siglos, y lo serás hasta el final”, y he aquí que se convirtió en un Niño de un día.

¿Con qué objetivo, por qué se aniquiló, por qué se humilló, se redujo de este modo, el Señor de toda majestad, si no para que hagamos así también nosotros?

Comienza Él desde ahora a predicar por el ejemplo eso mismo que debe más tarde enseñar de palabra; comienza a decir: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.

He aquí, pues, por qué ha tomando la forma de esclavo el que es igual a Dios Padre.

Pero, si se disminuyó, es en cuanto al poder y a la majestad, no en cuanto a la bondad y a la compasión. En efecto, ¿qué dice el Apóstol? La bondad y la humanidad de Dios, nuestro Salvador, apareció en el mundo”.

El poder se había manifestado en la creación del mundo; su sabiduría en la manera en que lo controla y gobierna todas las cosas; pero es sobre todo hoy, en su humanidad, que su bondad y su misericordia se muestran a nosotros.

Los judíos habían visto su poder estallar en prodigios y en milagros.

Los filósofos pudieron también por sus propios ojos comprobar a menudo cuál es su sabiduría.

Pero, por una parte los judíos temblaban al pensamiento de su poder; y el peso de su gloria aplastaba a los filósofos en sus estudios sobre Dios.

El poder exige la sumisión; la majestad, la admiración. Ni una ni otra invitan a la imitación.

¡Muestra, pues, Señor, tu bondad!; la cual el hombre creado a tu imagen pueda imitar. Ya que no podemos imitar tu majestad, ni tu poder, ni tu sabiduría.

¿Hasta cuándo tu misericordia permanecerá encerrada en medio de los Ángeles?

Que tu misericordia extienda su imperio, que aumente su bien y que con fuerza alcance de un extremo del mundo al otro, y disponga todo con suavidad.

¿Qué temes tú, hombre; por qué tiemblas ante el pensamiento de la presencia del Señor que viene? Si viene, no es para juzgarte, sino para salvarte.

No, no huyas, no tengas miedo. No viene con las armas en la mano, no quiere castigarte, sino salvarte.

Antes bien, viene hoy bajo las características de un pequeño Niño que, lejos de hablar, no hace oír sino vagidos, más conmovedores que terribles.

Se hace muy pequeño, un Niñito; una Virgen Madre envuelve sus miembros delicados en pañales, ¿puedes tú temblar aún?

Reconoce, al menos, por estas señales al que vino, no para perderte, sino para salvarte, no para encadenarte, sino para liberarte.

Observad todo lo que Dios hizo por nosotros para animarnos a acercarnos a Él.

Que una Palabra tan llena de vida y de eficacia, una visita tan digna de ser recibida con entera deferencia, una lengua tan elocuente no queden sin producir algunos frutos en nosotros.

Que Aquél que para salvarnos se dignó revestirse de la forma de un esclavo, que el Hijo único del Padre, que es Dios, aleje esta desdicha de sus humildes siervos. Así sea.


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II. Misa de la Aurora


Es un gran día, mis hermanos, día del Nacimiento de Nuestro Señor.

A pesar de ser para nosotros, en nuestro hemisferio, uno de los días más largos del año, me veo forzado a hablar más contenidamente…

No os asombréis de que abrevie mis palabras, cuando Dios Padre ha abreviado su Verbo…

Meditemos las palabras de los Padres de la Iglesia.

Veo en la Natividad un nuevo y admirable misterio:

  • La voz de los Pastores resuena en mis oídos, no semejante a los acordes rurales de la flauta, sino al canto de los himnos celestiales.
  • Los Ángeles cantan, los Arcángeles hacen oír sus acordes y los Querubines sus cánticos, los Serafines rinden gloria…
  • Todos celebran esta fiesta, en la cual contemplan: Dios sobre la tierra, y el hombre en los Cielos; Aquél que es altísimo, reducido por su Encarnación; el que se anonada por la humildad, elevado por la misericordia.

Hoy Belén imita al cielo:

  • Los astros de su firmamento son los Ángeles que entonan sus cánticos.
  • Su sol es el Sol de justicia, que no puede circunscribirse.

Y no busquéis cómo eso ha podido realizarse, ya que cuando Dios quiere, el orden de la naturaleza debe ceder. Dios lo quiso, tuvo el poder, descendió, nos salvó. La voluntad de Dios se realiza en todas las cosas.

Hoy, El que es toma nacimiento, El que es pasa a ser lo que no era.

Siendo Dios, se convierte en hombre y no se despoja de su divinidad. Puesto que no es por la pérdida de su divinidad que Él se convierte en hombre, ni por adición de calidad que de hombre se convierte en Dios; sino que es el Verbo, y su naturaleza divina, siendo la misma debido a su inmutabilidad, se hizo carne.

Hoy, el que procede del Padre, nació de la Virgen de una manera inefable, inexplicable y maravillosa.

Engendrado del Padre antes de los siglos, de acuerdo con las leyes de su naturaleza divina; hoy ha nacido de una Virgen, fuera de las leyes de la humana naturaleza.

Su generación celestial es legítima, y su concepción terrestre no lo es menos. Es verdaderamente Dios engendrado de Dios; es en verdad hombre nacido de una Virgen.

En el Cielo, es el Hijo único de uno solo Dios; sobre la tierra, es el Hijo unigénito de una Virgen sin par.

Así como sería impío buscarle una madre en su generación celestial, del mismo modo sería blasfemar buscarle un padre en su generación terrestre.

El Padre engendró sin dispersar su sustancia, y la Virgen concibió y dio a luz sin conocer la corrupción.

Dios no sufrió la división de su sustancia, ya que engendró como convenía a Dios; y la Virgen no conoció la corrupción cuando alumbraba, porque concibió por la operación del Espíritu Santo.

De ahí sigue que la generación celestial del Verbo no puede ser explicada por palabras humanas, y que su llegada en el tiempo no puede ser el tema de nuestras investigaciones.

Sé que una Virgen ha alumbrado hoy, y creo que Dios engendró fuera del tiempo; pero he sabido que el método de esta generación debe ser honrado por el silencio, y no puede ser el objeto de una indiscreta curiosidad.

Ya que cuando se trata de Dios no hay que detenerse en la naturaleza de las cosas, sino creer en la omnipotencia del que obra.

Es una ley de la naturaleza que una mujer conciba después que haya contraído matrimonio; pero si una Virgen, sin conocer varón, concibe y da a luz, permaneciendo Virgen, esto está por sobre la naturaleza.

Que se investigue lo que es conforme a la naturaleza, consiento; pero se debe honrar por el silencio lo que está por sobre la naturaleza, no porque sea necesario apartarse de tales temas, sino porque son inefables y dignos ser celebrados diferentemente que por las palabras.

Jesucristo nació de un Virgen, para que nazcamos del Espíritu Santo; el que fue engendrado del Padre antes de todos los siglos ha nacido hoy de María Virgen.

Su Madre le dio a luz, pero permaneció en el seno de su Padre. Ya que si Aquél que es eterno pasó a ser lo que no era, no dejó de ser lo que era.

No era hombre, y se hizo hombre, según esta palabra del Apóstol: Formado de mujer, se sometió a la ley, para redimir el que estaba bajo la ley.

Pero era Dios, y permaneció lo que era.

Su nacimiento según la carne fue útil para nosotros, sin perjudicarle a Él; ya que nos obtuvo la gracia de volver a ser hijos adoptivos de Dios, y sigue siendo Dios junto a su Padre.

Hoy, pues, Nuestro Señor Jesucristo ha nacido según la carne, pero no según la divinidad; ya que Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Estaba al principio junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se le hizo nada”.

Corramos, pues, mis hermanos, corramos rápidamente al establo; no sólo los Ángeles nos esperan allí, sino que aguarda nuestra visita el Creador mismo de los Ángeles.

Dios Padre nos espera en Belén.

En cuanto al Hijo, ¿no sabes cuán ardientemente desea recoger los frutos de su Nacimiento, de la vida entera que pasó sobre la tierra, de su Cruz y muerte, del precio de su Preciosísima Sangre?

El Espíritu Santo nos espera también, ya que es la bondad y la caridad, que nos predestinó desde toda eternidad.

En cuanto a la Santísima Virgen María y el Buen Santo José, también nos esperan para bendecirnos.

¡Pues, bien!, puesto que la Corte Celestial nos espera, corramos rápidamente, pero no corremos vanamente; corramos por nuestros deseos, corramos haciendo progresos en la virtud.

Seamos hombres de buena voluntad, y recemos según Jesús nos enseñó: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo”.


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III. Misa del Día


Las primeras palabras del Evangelio de San Juan prueban la eternidad del Verbo, cuyo Nacimiento temporal conmemoramos hoy. Contemplémoslas junto a los Padre de la Iglesia.

El Omnipotente, el Eterno, el Verbo de Dios se hizo carne, descendió hasta nosotros, con el fin de elevarnos hasta Él.

El Verbo Eterno se hizo hombre para buscar al hombre extraviado; y este mismo Señor que se hizo hombre por nosotros, siempre ha sido Dios en el seno de su Padre, y lo es todavía, ya que no hay ni pasado ni futuro allí donde no existe la movilidad del tiempo.

Es el gran y divino misterio que acaba de recordarnos la lectura del Evangelio:

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.
Estaba al principio junto a Dios.
Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”.

Hoy el Rey de los Ángeles ha nacido en medio de los pecadores con el fin de concederles el perdón de sus faltas.

¡Que los cielos se alegren! ¡Que la tierra exulte de alegría!”, ya que el verdadero Creador descendió de los Cielos para levantar al mundo de sus ruinas; y para que por María se repare lo que Eva desgraciadamente había destruido.

En otro tiempo, una mujer había llevado el mundo a su perdición; y he aquí que María lleva el Cielo en su seno virginal.

La primera mujer probó el fruto del árbol, lo dio a su esposo, introdujo la muerte en el mundo… María mereció engendrar al Salvador, fruto del Eterno Padre…

El que es coeterno con su Padre, nació, pues, después de su Madre.

Por esta razón celebramos hoy el alumbramiento de la Virgen, de esta Virgen que declaramos también Madre; en quien la gloria de la fecundidad vino a aumentar el resplandor de la virginidad, y cuya fecundidad se encontró ennoblecida por una virginidad inalterable.

Esta Virgen tuvo el privilegio de la fecundidad, pero nunca ha perdido el de la virginidad; su parto fue de tal modo que nunca habría sido fértil si hubiera debido perder la integridad de su inocencia.

Ella fue la única en recibir esta gracia singular de un carácter totalmente divino.

A Ella sola le fue concedido este favor particular de formar en su seno y por su sangre al Creador de todas las cosas; de concebir, sin participación de ningún hombre, al que formó a la mujer; y, por fin, de engendrar en el tiempo al Dios engendrado desde toda eternidad.

San Pablo nos presentó este misterio bajo su aspecto más agradable y más apto para excitar nuestra admiración.

¿Por qué este misterio es tan admirable? Porque se realizó de este modo.

¿Por qué es tan agradable? Porque se realizó en nuestro favor.

¿Por qué es digno de nuestra admiración? Porque el que es verdadero Dios de Dios, también nació verdadero hombre de mujer.

¿Hay algo comparable a esta maravilla, que un verdadero Dios, naturalmente nacido del Padre, y por derecho de nacimiento Señor de todas las cosas, también haya nacido de la Virgen en la condición de esclavo?

¿Hay algo comparable a esta maravilla, que se haya creado en el tiempo al Creador de todos los tiempos?

¿Por qué este misterio es tan agradable? Es que el Hijo único, que está en el seno del Padre, se dignó hacerse verdadero hombre y nacer de mujer, para hacernos nacer de Dios.

Dios hizo estallar su amor por nosotros cuando su Hijo único, por Quien todas las cosas fueron hechas, fue formado en medio de todas las cosas; y cuando Aquél que había hecho todos los tiempos fue engendrado llegada la plenitud de los tiempos.

Es necesario comprender con exactitud cómo ha podido formarse Aquél por Quien todas las cosas fueron hechas; o como se puede decir que Aquél que hizo todos los tiempos se hizo hombre en la plenitud de los tiempos.

Los santos Profetas y los santos Apóstoles avanzaron estas dos aserciones, y los discípulos de la misma Verdad nos enseñaron eso con mayor verdad aún.

He aquí la doctrina de los Profetas y de los Apóstoles.

Cuando al hablar del Hijo de Dios lo designan al mismo tiempo como Creador y como criatura, como haciendo y como formado, como teniendo tiempo y como eterno, no hay nada discordante en su manera de expresarse; la falsedad no vicia su enseñanza, sino que su profesión de fe sobre uno y otro nacimiento es la expresión verdadera de la verdadera fe.

Es, en efecto, evidente, que del Señor, Hijo único de Dios, se puede siempre afirmar un doble nacimiento, puesto que en Él se encuentran realmente unidas la naturaleza divina y la naturaleza humana.

Por esta razón la Iglesia católica reconoce, sin vacilar, en un solo y propio Hijo de Dios a su Creador y a su Redentor.

Su Creador, porque, como Dios, le dio la existencia. Su Redentor, porque, como Hombre, se hizo a causa de la redención.

Esta casta Esposa reconoce en Él, sin sombra de duda, a su Esposo, ya que se le une en la plenitud y en la verdad de las dos naturalezas.

Ella confiesa que es su Cabeza y que esta Cabeza no solamente permanece en el Padre, es el Eterno e Inmutable Señor, sino que se hizo Hombre, permaneciendo Dios, un Hombre perfecto, nacido en el tiempo de la Santísima Virgen María.

La Iglesia sabe que tiene con el Padre una única naturaleza divina, y con su Madre la naturaleza humana, es decir, un cuerpo y un alma.

Ella confiesa que un sólo y mismo Cristo comenzó a existir y nunca ha tenido principio; ya que el Hijo único de Dios es, al mismo tiempo, Dios eterno de Dios eterno y Hombre temporal de Madre temporal.

Por eso Ella predica un sólo Hijo de Dios, igual e inferior al Padre; ya que sabe que no hay más que un único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, Dios y Hombre.

En efecto, el Hijo de Dios nos ha pedido prestada nuestra naturaleza para salvarla; y después de haberla asumido, la salvó por el efecto de una bondad inconmensurable.

Así sucedió que Dios Padre concedió la salvación al hombre por los méritos de Dios Hijo, con Quien comparte la divinidad.

De ahí sigue, por fin, que, para los fieles, la verdadera fuente de salvación se encuentra en el mismo y único Hijo de Dios.

Tal es la verdadera norma de la fe católica, en esto consiste la divina y sana doctrina: creer que hay verdaderamente dos naturalezas en la única Persona del Hijo de Dios, y confesar, con no menos seguridad, la verdad de los dos nacimientos del único Hijo de Dios.

Mis hermanos, que este punto de fe sea, pues, bien cierto para nosotros; que la creencia sea consolidada en nuestros corazones: Dios, el Hijo único, por quien todas las cosas fueron hechas, verdaderamente fue engendrado desde toda eternidad, antes de todos los tiempos, y verdaderamente nació una vez en el tiempo.

Una vez, sin haber comenzado, y otra vez en un tiempo determinado.

Una vez de Dios Padre, y otra vez de la Virgen María. De Dios Padre sin tener madre; de la Virgen María, no sin tener Padre, sino sin tener un hombre por padre.

En efecto, Dios Hijo tiene a Dios por Padre, no solamente en cuanto nació de Él sin haber comenzado, y que Él es Dios de Dios Padre; sino también en cuanto nació de la Virgen Madre en el tiempo, y que siendo Dios, se hizo hombre.

En su primer nacimiento, ha sido engendrado por el Padre, salió de su seno y es Dios Altísimo. En su segundo nacimiento, el mismo Dios salió de un seno virginal.

Por el primero, nos ha hecho, y por el segundo, nos dio una nueva vida.

Por uno, nos creó; y por el otro, nos redimió.

Por aquél, nos convertimos en criaturas; por éste, se nos adoptó como hijos de Dios.

Por el primero, es nuestro Creador y somos su obra; por el segundo, es nuestro Redentor y somos su herencia.

Por uno, el Hijo de Dios nos dio la existencia humana; por el otro, se dignó hacernos sus herederos.

Es por efecto de aquél que todos los hombres vienen a este mundo; es por efecto de éste que todos los justos reinarán en el Cielo.

Como consecuencia del primero, somos sus criaturas y tenemos la vida; como consecuencia del segundo, aquéllos que readquirió entrarán en posesión de la bienaventuranza eterna.

El tiempo determinado para el parto de María se cumple; por grande que sea Aquél a quien da a la luz de la vida no cambia nada las leyes que regulan el nacimiento de los hombres.

Así debió nacer el que se encarnó para redimirnos, sacrificando la naturaleza humana que asumiese en el seno virginal.

Cristo viene al mundo. Como Dios, está junto al Padre; como Hombre, nace de una Madre Virgen.

Engendrado por el Padre, es la fuente de la vida; nacido de María, es la tumba de la muerte.

En Él se encuentran el Revelador del Padre y el Creador de la Madre; el Verbo nacido antes de todo tiempo, y el Hombre nacido en el tiempo oportuno.

El Creador del sol, y la criatura formada bajo el sol; Aquél que es desde toda eternidad con el Padre, y Aquél que ha nacido hoy de la Madre; Aquél sin el cual el Padre nunca ha existido, y Aquél sin el cual la Madre nunca habría sido Madre.

La que alumbra hoy es, al mismo tiempo, Madre y Virgen. Aquél que nació es, al mismo tiempo, Niño y Verbo.

El que hizo al hombre se hizo Hombre, vino al mundo por una Madre a quien Él mismo había creado, y se amamantó de los senos que Él mismo había llenado.

El que era Dios se convirtió en Hombre, y, sin perder lo que era, quiso convertirse en su propia criatura.

En efecto, añadió la humanidad a su divinidad; pero al volverse Hombre, no dejó de ser Dios.

Por haberse revestido de miembros humanos, no interrumpió sus obras divinas; y cuando se encerró en el seno de una Virgen, no privó a los Ángeles de la sabiduría que constituye su comida.

¡Ah!, es con razón que los Cielos hablaron, que los Ángeles dieron gracias, que los Pastores se alegraron, que los Magos se convirtieron en mejores, que los reyes cayeron en el desorden, que los niños pequeños fueron coronados…

Contemplemos, pues, este inefable misterio…

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.
Estaba al principio junto a Dios…”

He aquí la esclava del Señor, hágase según tu palabra…”

¡Oh María!, ¡oh Madre!, ¡oh Virgen María!, amamantáis nuestra comida, amamantáis al Pan que nos viene de lo alto de los cielos…

¡Oh muy Santa Virgen María!, le colocáis en el pesebre, como si fuese destinado a ser la comida de piadosos animales…

Amamantáis a Aquél que os creó para haceros su Madre. A Aquél que antes de nacer eligió el seno en el cual se encarnaría, así como el día en que vendría al mundo…

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros…”

sábado, 19 de diciembre de 2009

San Juan Bautista


CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

La Liturgia de los domingos tercero y cuarto del Adviento nos presenta la destacada personalidad de San Juan Bautista.

El otro San Juan, el Evangelista, nos dice que los enviados de los sacerdotes le preguntaron: “¿Quién eres, pues?, para que demos respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo?”

San Juan Bautista respondió: “Soy la voz del que clama en el desierto…”

Y San Lucas sitúa bien la misión desempeñada por el Precursor en el curso histórico de su tiempo: “En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítides, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás…”

Y en este contexto histórico, declara el contenido de la predicación del Bautista: “Fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto” “Vox clamantis in deserto”…

¡Qué grande, espléndida es la persona de San Juan Bautista! : “Hubo un hombre enviado por Dios. Éste vino para dar testimonio; para dar testimonio de la luz, para que todos crean por él”.

De la misma manera, podemos situar a otros grandes predicadores del catolicismo, ubicarlos en la marcha de la historia y hacer resaltar su importancia, tanto para su tiempo como para su posteridad: San Justino, San Ireneo, San Agustín, San Gregorio Magno, San León I, San Gregorio VII, San Bernardo, San Francisco, Santo Domingo, etc.

Cada uno de estos Santos predicó el Evangelio, anunció a Nuestro Señor Jesucristo en su tiempo, en su contexto histórico.

Nosotros también, debemos predicar a Nuestro Señor, dar testimonio de la Luz, y debemos hacer referencia al tiempo en el cual vivimos, el contexto histórico donde la Divina Providencia nos ha colocado para dar testimonio.

Y debemos reconocer que “dar testimonio” no implica lo mismo para San Juan Bautista (en los orígenes del cristianismo), que para San Bernardo o Santo Tomás (en la Edad Media)… que para nosotros hoy… en el siglo de la apostasía…

Pero, ¡qué grande y espléndida es también esta misión para nosotros!, a pesar de las diferencias…

Y debemos reflexionar, ¿por qué el Evangelista hace la enumeración de todos esos personajes, príncipes, pontífices, hombres políticos o religiosos? ¿Por qué pasar revista de los “Tiberio César, Poncio Pilato, Herodes, Filipo, Lisanias, Anás, Caifás”?

Tiberio César, ese Emperador fue un monstruo, que no soñaba sino en orgías y asesinatos.

Poncio Pilatos, es el prototipo del estadista despreciado por siempre por su bajeza.

Herodes, es aquél que pronto hará asesinar al Precursor y se burlará de Nuestro Señor, y cuyo padre mató a los Santos Inocentes.

Anás y Caifás, el sacerdocio divino representado por estos dos miserables, que un día contribuirían activamente en la condenación y muerte del Hijo de Dios.

Tiberio César, Poncio Pilatos, Herodes, Anás, Caifás, ¿puede ser mayor la ruina de la conciencia humana?

Por lo tanto, no se trata de una simple localización en el tiempo, si no que es para probar, por el triste estado político y religioso de la nación judía que los Profetas predijeron con toda claridad, la Venida del Mesías… que éste había llegado ya.

En efecto, el cetro, es decir la autoridad soberana, había desaparecido de Judea: El Gobierno del país había pasado entero a las manos de los extranjeros; Judea no era ya en realidad sino una provincia romana, administrada entonces por Poncio Pilatos en nombre de Tiberio, sucesor inmediato de Augusto.

Los tetrarcas, o pequeños reyes de la cuarta parte de un país, aquí nombrados, no eran reyes más que de nombre; su autoridad era muy limitaba y dependía absolutamente del buen placer del emperador de Roma.

El tiempo del Mesías había llegado.

El Evangelista hace mención de Anás y Caifás, que había obtenido por dinero ejercer el cargo de gran sacerdote.

San Lucas quiere pues mostrar en qué deshonra e ignominia había caído el sacerdocio, y anunciar, por ello, que la Antigua Ley iba a dar paso a la Nueva y que el verdadero gran Sacerdote, según el orden de Melquisedec, iba a ser consagrado y ungido por su propia Sangre.

Para nosotros, el contexto histórico donde la Divina providencia nos colocó nos obliga a predicar en medio de la relajación política y religiosa más escandalosa y más turbulenta que conocieron la sociedad civil y la Iglesia.

¡Sí!, es necesario decirlo, nos encontramos ante la mayor revolución religiosa…; debemos enfrentar la autodestrucción de la Iglesia, acompañada del mayor hundimiento político y social de la historia del mundo…

¿Es necesario precisar los nombres? Aquí los tenéis:

En primer lugar, los testigos fieles: Fuit homo missus a Deo… Hubo un hombre enviado por Dios:

Guiados por las enseñanzas y advertencias de San Pío X, que condenara por anticipado el Concilio Vaticano II y sus reformas, se presentaron Monseñor Lefebvre, Monseñor de Castro Mayer; Monseñor Ducaut Bourget; el Padre Le Lay; el Padre Sánchez Abelenda… testigos de la luz…

Cada cual puede poner los ejemplos que ha conocido en su país y que le han ayudado a conservar la fe.

“Éstos vinieron para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por ellos”.

Hay hombres consagrados al servicio de la verdad, del bien, de la belleza, sea en la sociedad civil, sea en el santuario, cuyas empresas aparentemente fracasaron.

Cada uno puede citar estadistas, políticos, prelados, sacerdotes, cuya vida consistió toda entera en combatir, sin éxito aparente, las ideas reinantes, cuyos proyectos tenían asegurado el triunfo por anticipo.

Su existencia de lucha fue una derrota permanente, una ruina absoluta de sus esperanzas, incluso las más legítimas.

Con todo, nadie ha triunfado tanto como estos hombres, siempre vencidos; nadie ha tenido un éxito tan verdadero como estos campeones, siempre execrados, nadie rindió tantos servicios a la causa de la verdadera civilización y de la Fe como estos eternos derrotados.

Su consagración, aparentemente estéril, fue el peso que a la larga hizo inclinar la balanza del lado de la justicia oprimida, de la verdad calumniada y de la inocencia perseguida.

Gracias a estos hombres, el cristianismo triunfó de la persecución pagana, de la violencia de los poderes civiles, de la herejía y de la apostasía de una parte de sus hijos.

Así triunfará aún, no lo pongamos en duda, de los errores actuales en la crisis más terrible que haya tenido que atravesar.

Los sacrificios ofrecidos para la santa causa de la Tradición, aunque aparentemente estériles, siempre suben hasta el trono de Dios, como el incienso.

Y a los que eran considerados como destinados a una derrota eterna, se los encontrará ser los vencedores de la incredulidad y los verdaderos salvadores de la Tradición.

Hemos pasado revista de los testigos fieles, consideremos ahora la delicuescencia de Occidente:

Del año cuarto del imperio de Kennedy al primero de Obama…

Luego de la maniobra de Gorbie en Rusia…

Siendo procurador de las Galias De Gaulle o Sarkozy…

La Reina Madre en Britania y teniendo como procuradores a Churchill, la Thatcher o Tony Blair…

Juan Carlos tetrarca de Hispania…

Encabezando la tetrarquía de Cuba Fidel y su procurador Chávez en Venezuela…

Teniendo los yankees como asalariados en la tetrarquía de Chile a Allende o la Bachelet…

En Uruguay Tabaré Vazquez o el Pepe Mujica…

En Brasil Lula y en Paraguay Lugo…

Siendo procuradores mercenarios en Argentina civiles o militares, cuya lista completa sería tedioso proporcionar, pero incluye nombres que van de Perón a Kirchner, pasando por Cámpora y Menem; de Frondizi a de la Rúa, pasando por Illia; de Aramburu a Viola con todos sus intermedios, sin olvidar a Rodríguez Saá, Duhalde, Alsogaray, Rodríguez, Martínez de Hoz, Cavallo, Tróccoli, Corach, Caputo, Balsa, Beliz, Angeloz, Reutemann y Palito

Que sean de derecha liberal o de izquierda socialista, los gobiernos democráticos o de facto se ven obligados a ceder ante los dueños del oro y a rendir honor a los principios revolucionarios, causa de la ruina de la Cristiandad y de la civilización.

Lo que mejor sabe hacer el Occidente, otrora cristiano, son las huelgas, las manifestaciones pacifistas u otras (innombrables aquí), las vacaciones, los ocios, la sociedad de consumo y de descomposición…

El Occidente decadente se imagina que eso durará siempre, y nadie le informa que debe renunciar a la democracia o prepararse para morir…

La Iglesia, por su parte, vio a sus intelectuales, luego a sus dignatarios y, por fin, a las masas de fieles dejarse implicar y deslizarse al compás de la corriente… Fue la apertura al mundo, la reconciliación ecuménica, la puesta al gusto del día de los dogmas, de las costumbres y de las instituciones…

Luego del Pontificado de Juan XXIII y Pablo VI; habiendo sesionado el Concilio Vaticano II; después de los fugaces treinta y tres días de Juan Pablo I y los interminables veintisiete años de Juan Pablo II; sucediéndole “la gloria de la oliva” con el falaz nombre de Benedicto…

Habiendo sido nombrados cardenales de Lubac y Congar, y cardenales argentinos Aramburu, Pironio, Primatesta, Quarracino, Bergoglio, y obispos Hesayne, Angelelli, De Nevares, Laguna, Casaretto, Bianchi di Cárgcano, Novak…

Extraordinario cambio, que se termina por las proclamaciones del culto del hombre… de la autodestrucción… de la apostasía silenciosa… de la Barca que hace agua por todas partes… declaraciones hechas por la boca misma de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI…

El mundo, en tiempos de San Juan Bautista, tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista religioso, era un verdadero desierto.

Y para definir bien quién era y cuál era su misión, San Juan se apropia un pasaje muy conocido del profeta Isaías: ego vox clamantis in deserto soy la voz del que clama en el desierto… ¡Que grande, espléndida, entusiasmante es esta misión!… Testigo de la luz en medio de las tinieblas…

Como si dijese: “Os dije que no soy el Cristo; soy la voz de su precursor, es decir, el heraldo predicho por el Profeta como encargado de anunciar su llegada, y disponer los corazones para recibirlo bien”.

Este texto de Isaías se aplicaba literalmente a la salida del pueblo judío del cautiverio de Babilonia y a su regreso a Jerusalén. Pero, profética y simbólicamente, significaba la salida de todo el género humano de la esclavitud del pecado y del demonio por la Venida del Mesías.

En este sentido, San Juan era el heraldo encargado de anunciar su llegada; la voz destinada a gritar, sacudir el entorpecimiento de los judíos, para excitarlos a hacer penitencia, a prepararse para oír pronto la voz del propio Salvador, y a aprovechar bien el gran beneficio de la Redención.

San Juan era una simple, pobre y potente voz. Los fariseos, los saduceos y los herodianos lo despreciaron: un gritón más…, un fanático de la corriente mesiánica, un fundamentalista, un integrista… No podía vencer ni a Pilatos ni a Herodes, políticamente nadie, cero…

Nosotros también, en el tiempo en que vivimos, en el desierto político y religioso del mundo ultramoderno, debemos ser vox clamantis in deserto…, la voz del que clama en el desierto…

¡Qué grande, espléndida, entusiasmante es esta misión!… Estamos en las tinieblas del mundo postmoderno para servir de testigos a la Luz…

Debemos decir al mundo apóstata: “soy la voz, el heraldo encargado de anunciar la Venida de Jesucristo, preparar sus caminos y disponer los corazones para recibirlo bien”; “Soy la voz destinada a clamar, sacudir el entorpecimiento, para excitar a la penitencia…”

Ciertamente, la diferencia es evidente entre un mundo idólatra, como el de la antigüedad, y un mundo cristiano como el de la Edad Media…

Y más aún, la diferencia es enorme entre una sociedad pagana y una sociedad apóstata como esta que se construye desde hace cinco siglos…

Existe una diferencia entre nuestro siglo y los siglos de Cristiandad: debemos oponernos, según nuestro estado y nuestra misión, a instituciones y costumbres cuyo principio animador no es ya cristiano, cuyo espíritu es verdaderamente el de la apostasía, como nos lo hace recordar la epístola del sábado de Cuatro Témporas:

Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios. ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de iniquidad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida.


Esta nueva condición, los grandes autores de la Edad Media no podían tenerla en cuenta; no existía en su tiempo, es particular de nuestro tiempo.

Sin embargo la doctrina de los doctores medievales, en sí misma, no debe cambiarse; se trata solamente de colocarla en las perspectivas actuales.

Su enseñanza se formuló mientras que un orden cristiano se mantenía. Debemos penetrarnos de esta enseñanza, y hacerla nuestra en una situación bien diferente, puesto que debemos intentar mantener, en nuestro puesto y según nuestro estado, un orden temporal que se ajuste a la ley de Cristo.

Desde la Revolución, la Iglesia se ve atacada por todas las partes… Violentada por fuera por las fuerzas políticas de las logias…, traicionada al interior por las autoridades modernistas que ocuparon los puestos de mando.

La Iglesia del tiempo de la apostasía es Una, Santa, Católica, Apostólica; y María Inmaculada la sostiene para que se mantenga audaz.

Cuando viene el tiempo malo, hay que seguir siendo fiel a la Virgen Inmaculada, a la doctrina definida, a los Sacramentos y a la Misa de siempre… sin indultos y sin insultos…

Sed fieles, permaneced en paz, tened confianza y una santa alegría de vuestra misión…

Allí donde está el error, el odio, la división, la corrupción de lo mejor y sobre todo… sobre todo… sobre todo la ruptura con la Tradición, la asimilación con el modernismo… sabed que el enemigo está allí…

Sed fieles, permaneced en paz, tened confianza y una santa alegría de vuestra misión…

¡Sed voces que claman en el desierto…!

¡Sed testigos de la luz…!

¡Sabed que el enemigo está allí…!

Pero sabed también que Nuestro Señor, Nuestro Salvador, ¡está a las puertas…!

sábado, 12 de diciembre de 2009

Domingo de Gaudete


TERCER DOMINGO DE ADVIENTO


“Alegraos en el Señor siempre;
otra vez lo digo, alegraos”


Viendo cercana la fiesta de Navidad, la Santa Iglesia, por medio de su Liturgia, nos llama la atención sobre la alegría que debe reinar en nuestras almas con motivo del nacimiento de Nuestro Señor.

San Pablo fundamenta la alegría cristiana sobre la certidumbre de que Cristo nos trae la salvación.

Esta verdad debe despejar toda inquietud, toda tristeza, todo temor. Nada debe turbar el alma, sino que una gran paz debe reinar en ella.

El pensamiento de San Pablo hace referencia, obviamente, no a la alegría por el nacimiento de Jesús en Belén, sino a su Segunda Venida.

La gran alegría de los cristianos radica en ver acercarse el día en que el Señor vendrá con gloria para trasladarnos a su reino.

La Iglesia toma este texto paulino y lo inserta en la liturgia del Adviento, aplicándolo a la alegría que nos trae el Niñito Jesús.


Alegría de la Primera Venida... Alegría por la vuelta definitiva... Bien podemos hablar también, siguiendo a San Bernardo, del gozo por una tercera venida, la alegría de un tercer adviento...


“Ierusalem, gaude gaudium magno, quia veniet tibi Salvador”... Alma mía, ¡alégrate con una gran alegría, porque viene a ti tu Salvador!

Alegraos en el Señor siempre... Alegraos porque Jesús nace en Belén..., porque Jesús viene pronto con gloria y majestad..., porque Jesús viene hoy a nuestras almas con su gracia...

Alegraos, vosotros todos, porque Jesús vino, viene y vendrá... vendrá pronto y cesará toda tristeza y nos otorgará una alegría interminable.


Consideremos, ahora, la verdadera alegría, el gozo auténtico.

La alegría y el gozo, para ser genuinos, deben ser espirituales y su motivo sobrenatural.

¿En qué consiste esta alegría espiritual? San Pablo, en el texto de la epístola de hoy, nos lo dice; ella debe ser recta, continua, multiplicada y moderada: “Gaudete in Domino semper, iterum dico, gaudete. Modestia vestra nota sit omnibus hominibus”...

Recta: “Gaudete in Domino” = en el Señor.

Continua: “Gaudete semper” = siempre. Contraria al pecado, a la tristeza y a la alegría del mundo, que son efímeras.

Multiplicada: “Iterum dico, gaudete” = otra vez os digo, alegraos.

Moderada: “Modestia vestra nota sit omnibus hominibus” = que vuestra modestia sea manifiesta a todos los hombres. Se trata, pues, de una alegría interior, modesta, sobria; contraria a la disipación y a la alegría exuberante y vacía.


San Pablo nos indica la causa de esta alegría espiritual = “Dominus prope est” = El Señor está cerca.

El Apóstol indica también el efecto de este gozo = la paz, la quietud = “nihil solliciti sitis”.


Para entender bien estos pensamientos debemos tener en cuenta que del amor nace tanto el gozo como la tristeza.

En efecto, el gozo se debe, sea a la presencia del bien amado, es decir la complacencia, sea a que el bien amado disfruta de su bien, es decir la benevolencia.

Del mismo modo, la tristeza surge, sea de la ausencia del amado, sea que el amado está privado de su bien.

El gozo cumplido se dará cuando no haya nada más que desear...; alcanzaremos lo deseado y se saciará todo deseo: obtendremos más de lo que hayamos podido desear, es decir, lo que Dios ha preparado para aquellos a los cuales ama.



En contra de esta verdadera alegría tenemos la falsa alegría del mundo.

Existen hoy muchas personas tristes, ¿por qué? Porque hay en ellas poca virtud.

El mundo ríe con la boca, pero está hastiado en el alma.

La alegría, más que gozo del cuerpo es sentimiento del alma, gozo que proporciona la posesión del bien amado.

La alegría del cuerpo es nerviosa, alborotada, ruidosa, superficial. Como no llega al alma, estalla en carcajadas sucesivas; pero discontinuas y superficiales.

La alegría del alma, en cambio, es sobria, silenciosa, íntima, profunda, continua.

La alegría espiritual y la corporal están en razón inversa: cuando una crece, la otra disminuye.

La alegría del alma nace de la pureza del corazón, del deber cumplido, de la gracia de Dios.

Un cristiano debe ser alegre, reidor, con risa espontánea y sonrisa habitual..., pero no debe ser alborotador, con carcajadas nerviosas, estridentes e incesantes.

La alegría desubicada, el jolgorio tonto y vacío del mundo, nos daña mucho. No notamos sus heridas porque precisamente la primera y más grave de ella es la de sacarnos de nosotros, exteriorizarnos, volcarnos fuera de nosotros mismos, de modo tal que no prestemos atención a lo que sucede en nuestro interior. Nos impide reconocerla como trivial y no nos permite comprobar los estragos que produce.

Alegría inconsiderada, que nos disipa, nos desordena; que es enemiga de la modestia y de la templanza.

Alegría loca, que abre todas las puertas del alma, por las cuales nos volcamos al exterior y permitimos que todos los objetos externos entren en nuestro santuario, sembrando el ruido, el tumulto, y turbando la paz y el orden.

Debemos combatir este jolgorio y excitar en nuestras almas una sana alegría, fruto del Espíritu Santo.



Otro punto importante a tener en cuenta en la elección de las recreaciones es que las diversiones no pueden juzgarse por el placer que ofrecen, sino por la alegría que proporcionan.

La alegría es tan distinta del placer como la joya del estuche. El placer es una satisfacción material, mientras la alegría una satisfacción espiritual. El placer es llamativo, pasajero, inestable, mezquino, extenuante a veces, a menudo turbador; en tanto que la alegría es profunda, estable, absoluta, vigorizadora.

El placer nos es ofrecido de fuera, mientras que la alegría procede del interior, del alma.


Los jóvenes, especialmente, aunque no solamente ellos, confunden muchas veces diversión y placer. Por eso hay que repetirles que la alegría produce satisfacción distinta al placer; que la alegría puede prescindir fácilmente del placer.

El placer disminuye la voluntad, hace aborrecer el esfuerzo, rehuir el dolor, evitar el obstáculo, tener poca estima del deber.

El placer engendra pereza, cansa, deprime o desemboca en un apetito imposible de satisfacer; por eso siempre causa amargura y, a veces, remordimientos. Esta es la tortura del hombre esclavo de los placeres.

Hoy se prefiere el bullicio, el ruido, la agitación exterior. Se busca en las distracciones:

* aquello que puede excitar más la imaginación: quimeras, espectáculos, novelas, cines...

* aquello que precipita los latidos del corazón: lecturas sentimentales, aventuras amorosas...

* aquello que desquicia los sentidos: bailes, competiciones deportivas...


Tantas excitaciones acarrean un profundo malestar progresivo en vez de procurar bienestar y recreación.

Estas pretendidas distracciones acaban con las energías, agotan las fuerzas físicas a la vez que debilitan moralmente y rebajan el sentido del ideal.


La sana distracción, por el contrario, es aquella que al procurar el descanso de las habituales ocupaciones, conduce a la perfecta alegría.

Inculquemos en la juventud el gusto de la alegría sana y de la diversión sencilla.

Convenzamos a la juventud de que las distracciones de calidad valen la pena el esfuerzo que exigen.


Cierto horticultor de bastante experiencia mantuvo un día el siguiente diálogo:

— Esta planta se muere; ¿por qué no la riega más?

— Con el fin de que nos dé más flores. Si le damos toda el agua que puede absorber, abundará en hojas verdes y exuberantes, mas no florecerá. Para lograr esto, es preciso escatimarle el agua, hacerle pasar sed...


La planta humana, de igual modo, debe ser protegida del excesivo placer, con el fin de obligarla a dar flores.

¡Qué tarea más noble habremos asumido cuando hayamos sabido hacer asimilar por la juventud este principio: que las recreaciones que más alegría producen en la vida son, precisamente, aquellas de las que hayamos alejado el placer!


“Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo digo, alegraos”

Causa nostræ letitiæ, ora pro nobis = Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Fiesta del 8 de diciembre


LA INMACULADA CONCEPCIÓN

El Papa Pío IX, en 1854, definía con estas palabras el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María:

“Por lo cual, después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las públicas de la Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorando el auxilio de toda corte celestial, e invocando con gemidos el Espíritu paráclito, e inspirándonoslo él mismo, para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra:

Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”.


Contemplemos esta Bellísima Doncella, aplastando con su débil pie de niña la garganta del horrible monstruo…

¿Es realidad o símbolo?
¿Es verdadera historia o simplemente figura?
¿Es una persona o una personificación?
¿Es una mujer concreta, considerada en ella misma, o es la atribución a un ser abstracto?

Todo esto es, y pertenece al inefable misterio de la Inmaculada Concepción: realidad y símbolo, verdadera historia y figura, persona y personificación, mujer concreta y atribución…


Es realidad. Es María, hija de Eva, elegida por Dios Padre para servir de Madre a su Unigénito Encarnado.

De esta manera comienza en María la victoria de Cristo sobre el infernal enemigo. Así tienen aplicación exactísima las proféticas palabras del Paraíso terrenal dirigidas allí por Dios Padre a la serpiente tentadora: Ipsa conteret caput tuum.


Según esta idea, es realísima realidad la Mujer a la cual llamamos Inmaculada Concepción.


Mas, sin dejar de serlo, es, bajo otro punto de vista, símbolo muy consolador, como aquella misma realidad.

Descendencia de esta Mujer preservada somos nosotros cuando por medio del Bautismo entroncamos sobrenaturalmente con su Hijo.

La universal familia de los que creen, esperan y obran en Cristo y según Cristo, es la descendencia propia de la Mujer.

Somos nosotros los que por la gracia de Cristo Dios luchamos y vencemos en Ella; por Ella, nuestro pie, débil, es el que definitivamente ha de asentarse pujante y glorioso un día sobre la cerviz del dragón embravecido.

Así la raza de Eva, desde que por Cristo pasa a ser raza de María está destinada a ser como Ella perpetuamente vencedora.

Pero ¿vencedora de quién? De la serpiente del paraíso terrenal, no solamente personificada, sino realmente viviente y encarnada en todos los que el odio á Dios y á su Cristo reúne desde entonces, y que constituyen la odiosa descendencia del demonio para sostener el infernal combate.

La sociedad de los regenerados en Cristo y por Cristo es la Iglesia santa. Y las fuerzas que en todos los siglos ha congregado el infierno contra ella se llama hoy la Revolución.

Claros aparecen los términos del problema de hoy, que no es más que el problema del Paraíso Terrenal y el de todos los siglos hasta la consumación y juicio, que será su solución definitiva.

María, y su descendencia, a un lado con la bandera de toda verdad y de todo bien. Luzbel, con los que se han querido hacer raza y ejército suyo, al otro lado con la bandera de todo error y de todo mal.

La tierra estremeciéndose al choque de estos ejércitos opuestos, que en vano hay quienes sueñan aún hoy día poder reconciliar y fundir en una común fórmula.


¿No se comprende así perfectamente porqué el pueblo cristiano le muestra al augusto misterio de la Inmaculada no sabemos qué suerte de instintivo cariño?

Es que ve en él un retrato de su lucha, al mismo tiempo que una prenda y seguridad de su victoria.

Luchar siempre con enemigos de Cristo y siempre vencerlos. No desconfiemos jamás de esta nuestra misión.


Celebremos, pues, la fiesta de hoy como la genuina fiesta de la Iglesia Militante.

El monstruo infernal se encuentra otra vez detenido en su fiera embestida por el pie de esa Niña celestial en la cual ha querido Dios viésemos los católicos de hoy nuestra bandera y nuestra victoria.

Los destinos del mundo están hoy pendientes de este duelo terrible entre la doctrina personificada en la Revolución, y la doctrina personificada y como compendiada en el dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Asistimos a una de las fases más espantosas de la grandiosa lucha entablada desde el principio del mundo entre el error y la verdad, entre el mal v el bien entre el infierno y Dios.


En esta batalla, tal vez la postrera que presencien los siglos antes de que resplandezca de lleno sobre ellos la plenitud del Reinado de Jesucristo:

* el infierno ha escrito en su estandarte la palabra REVOLUCIÓN.

* el dedo de Dios ha escrito en el nuestro la palabra MARÍA INMACULADA.

Uno y otro lema son a la vez grito de guerra y símbolo de opuestas doctrinas.


¡Adelante los hijos de la Inmaculada!

¡No en vano la Providencia divina ha hecho resplandecer este dogma con más vivos fulgores en esta época de vacilaciones y de tan general descreimiento!


A la sombra de este lema glorioso ha querido Dios que combatiésemos los católicos de hoy.

¡Combatamos con fe!, ¡sobre todo con esperanza!


Lo que en los tiempos modernos se conoce con el nombre de Revolución europea, no es, hemos dicho, sino un episodio de la gran lucha que desde la cuna del mundo sostienen el mal contra el bien, la mentira contra la verdad, el infierno contra Dios. Lucha que empezó en los cielos con la rebelión de Lucifer y de sus Angeles, continuó en el paraíso terrestre con la seducción lastimosa del primer hombre, y acabará al fin de los siglos con la aparición del Anticristo.

Cada época la ha presenciado con distinto nombre. El misterio augusto de la Inmaculada Concepción de María es como un compendio de todo esto.

Dios ha querido presentarnos su Madre, como la primera vencedora de nuestro común enemigo, para movernos y alentarnos á las mismas victorias.

¡Confiemos!


La lucha colosal que sostiene el infierno contra nosotros, no es propiamente contra nosotros, sino contra Dios. Pertenece a Dios vencer por nosotros, o que venzamos nosotros con la ayuda de su brazo. Quien así no lo crea no es católico.

Quien en el misterio de la Inmaculada Concepción de María no ve un misterio de consuelo, de esperanza y de infalible seguridad, no tiene fe.

Quien renuncia al combate, es un cobarde.

Los católicos tienen la necesidad inevitable de la lucha y la seguridad infalible de la victoria.

La causa es de Dios…

Y a Dios se lo puede combatir, pero no se lo puede vencer…


¡Oh María, sin pecado concebida!

¡Rogad por nosotros que recurrimos a Vos!


¡Ave María purísima!

¡Sin pecado concebida!


¡Ave María purísima!

¡En gracia concebida!




sábado, 5 de diciembre de 2009

Domingo IIº Adviento


HOMILÉTICA

“Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó,
y sus discípulos se le acercaron.
Y tomando la palabra, les enseñaba”.



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SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO


San Juan Bautista, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió dos de sus discípulos a preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”

Podemos interrogarnos, ¿por qué San Juan envió sus discípulos hacia Jesús?

El Bautista envió dos de sus discípulos, los más fieles, para preguntar a Jesús si era Él el que había de venir, es decir, si era el Cristo, el Mesías; o si debían esperar a otro.

San Juan hacía este planteamiento solamente por celo para con Jesús y por un verdadero amor para con sus discípulos.

En efecto, por una parte, él veía con dolor que varios de éstos, por celosías y por exceso de apego a él, su maestro, se escandalizaban de Jesús y no querían reconocer en él al Mesías prometido.

Por un otro lado, sabía que su final estaba cerca, y temía con razón que después de su muerte sus discípulos quedasen como ovejas sin Pastor, errantes, fuera del verdadero camino que él quería hacerles reconocer.

Es por eso que designa dos de ellos y los envía hacia Jesús, sabiendo que el Salvador, en su divina sabiduría, se dignaría responderles e informarlos como era necesario para encauzarlos por la senda recta.


Ahora bien, ¿cuál fue la respuesta de Jesús a los enviados de Juan?

Dado que se le hizo la pregunta en nombre de Juan, es también a él que Jesús envía la respuesta, aunque realmente se destinaba a los propios enviados y a todos los demás discípulos del Precursor.

Nuestro Señor, infinitamente bueno e infinitamente sabio, conociendo el pensamiento secreto de Juan, y lleno de misericordia para con sus discípulos, va a demostrarles a estos, no por palabras, sino por la prueba más indudable de todas (el testimonio de las obras), que es realmente el Mesías.

Por lo tanto, por su propia virtud, y sin alegar la ayuda de un poder superior, opera ante ellos asombrosos milagros y les hace ver la realización de las profecías concernientes a su Persona.

En efecto, completa San Lucas en el pasaje paralelo a San Mateo, “en aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos”.

Y añadió: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva”.


“Id y contad a Juan lo que oís y veis”, como si les dijese: Todo lo que los Profetas han predicho sobre el Mesías prometido, yo lo hago. Veis realizarse los oráculos de los Profetas, en particular, los de Isaías. Las obras que hago dan testimonio y prueban que el Padre me envió. Así pues, juzgad por vosotros mismos si soy el Cristo anunciado, o si debéis esperar a otro.


San Juan Bautista, al enviar sus discípulos hacer esta pregunta a Jesús, no dudaba de ninguna manera de que fuera el Mesías; pero quería vencer su incredulidad y comprometerlos a reconocerlo como el Mesías prometido.

¡Cuántos hombres, aún hoy, se asemejan a estos discípulos de Juan!: no tienen una fe firme y práctica en Jesús; unos por malicia e impiedad, otros por ceguera procedente de las pasiones, otros, en fin, por una ignorancia más o menos culpable.

Que estos incrédulos escuchen y mediten la respuesta de Jesús.

Ahora bien, el Salvador prueba su divinidad y su misión: 1) por su doctrina; 2) por la santidad de su vida; 3) por sus milagros.


1) Por su doctrina:
¡Cuán culpables eran, pues, los Judíos que no querían oír esta doctrina! ¡Cuán culpables los que, admirándolo por su sabiduría, no querían seguirlo ni reconocerlo como Dios!

Pero cuánto más culpables son los cristianos de hoy, que imitan a los judíos contemporáneos de Jesús; ¡y a qué castigos se exponen!


2) Por la santidad de su vida:
Nuestro Señor era el modelo vivo de todas las virtudes y de todas las perfecciones.

Bienaventurados los que lo reconocen como su Maestro y que se esfuerzan en seguirlo.


3) Por sus milagros:
Los discípulos de Juan, en esta ocasión, fueron testigos, con todos los judíos, de los diversos y numerosos milagros que hacía Jesús.

Podían y debían reconocer claramente por estos prodigios que era el Mesías prometido, anunciado, esperado; ya que Jesús operaba estos milagros precisamente con esta finalidad.

Y estos milagros eran evidentes, públicos, multiplicados, perpetrados en nombre propio y por una sola palabra.

Y con todo, ¡se negaron a creer en Él!

Era necesario ser ciego y tener el corazón endurecido como ellos para negarse a adorar y seguir a Jesús, a pesar de tantos milagros.



Nuestro Señor concluye su respuesta con estas sorprendentes palabras: “¡Y bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí!” Como si dijera: ¡Bienaventurado aquel para quien Yo no constituya una ocasión de caída o de pecado!

Estas palabras debieron conmover e impresionar a los enviados de Juan; ya que ellos, efectivamente, se escandalizaban internamente de Jesús, y era precisamente para curarlos que Juan los habían enviado ante Jesús.


La sentencia no podía emitirse con mayor delicadeza y bondad. Es como si Jesús les dijese:

Bienaventurados seréis si, después de haber visto tantas pruebas de mi divinidad, no os escandalizáis de la debilidad de mi humanidad; si lo que hay del hombre en mí no os impide reconocer a Dios.


Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí… Estas palabras recuerdan las del santo anciano Simeón: Este Niño está en el mundo para la caída y la resurrección de un gran número en Israel, y para ser un signo de contradicción.

La posición en pro o en contra de Jesús será el último factor de la única legítima discriminación de los hombres.

¡Escandalizarse de Jesús! Parece irónico decir esto de la santidad misma. Pero es el mismo Jesús quien se anuncia como piedra de escándalo.

Jesús es signo de contradicción, y todo su Evangelio y la historia de la Iglesia por Él fundada son una demostración de ello.


Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí. Es decir, dichoso el que sabe reconocer que los oráculos de los Profetas se cumplen realmente en Mí y no tropieza y cae en la duda como los demás, escandalizados por las apariencias de que soy un carpintero, y porque mi doctrina es contraria a la de los hombres tenidos por sabios y virtuosos como los fariseos.


Los fariseos orgullosos se escandalizaban…Y después ellos se escandalizaron los filósofos paganos… Y aún hoy, ¡cuántos falsos sabios!, ¡cuántos científicos hinchados de su ciencia!, ¡cuántos ricos y felices según el mundo se escandalizan de Jesucristo!…

¡Cuántos cristianos, consagrados a sus vicios, se escandalizan de Nuestro Señor, de su doctrina, de su moral, de su Iglesia, y desprecian nuestra Santa Religión!…

¡Cuántos católicos se escandalizan ante la crisis de la sociedad y de la Iglesia!…

¡Cuántos “tradicionalistas” se escandalizan de la Tradición!…


Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí… Por estas palabras, Nuestro Señor reconoce por sus verdaderos discípulos a aquéllos que no se avergüenzan de Él y que lo siguen de todo corazón…

Pero también declara excluidos de su Reino a todos los incrédulos, orgullosos, tibios, que se niegan a reconocerlo, adorarlo, seguirlo…


Consideremos qué significa escandalizarse de Jesucristo

1º) Es negarse, a pesar de sus milagros, reconocerlo por nuestro Dios y adorarlo; y eso a causa de su debilidad aparente, de su pobreza, de sus humillaciones, de su Pasión…, como hicieron los judíos, como lo hacen aún tantos ateos…

2º) Es negarse a creer en el conjunto de los dogmas de la religión, o tal o cual en particular, con el pretexto de que no se los comprende, o que chocan a la razón, o a la supuesta sabiduría del mundo…

3º) Es negarse ajustarse a las máximas y a los ejemplos de Jesucristo, tan contrarios al espíritu del mundo, a las ideas del paganismo, a la triple concupiscencia…

4º) Es negarse a observar algunos preceptos de Dios y de la Iglesia, bajo pretexto de que son demasiado difíciles, más allá de fuerzas de la naturaleza…

5º) Es enrojecer del título de cristiano, no atreverse a declararse tal, ni practicar la religión por temor de perder un empleo o una función, por temor de las persecuciones o de burlas de los mundanos…


¡Cuán frecuentes son hoy en día estas clases de escándalos!

¡Cuántos paganos vemos cerrar obstinadamente los ojos a la luz!

¡Cuántos cristianos viven como verdaderos paganos!


En fin de cuentas, ¿cuáles son las causas de esta ceguera y de estas defecciones?:

Las malas pasiones,
El amor desenfrenado de las riquezas y de los placeres,
El orgullo,
La cobardía,
El respeto humano…


La frase de Nuestro Señor también se puede entender de este modo: Desdichado aquel que halle escándalo en mí…

¿Por qué desdichado? Porque resistiendo a Nuestro Señor y rechazando sus gracias, se abandona a sí mismo y a su sentido depravado.

De este modo:

Su espíritu se cubre con gruesas tinieblas,
Están fuera de la verdad y de la virtud,
Su corazón es esclavo de las pasiones,
No tienen ni paz, ni alegría, ni verdadera vida…


Consideremos lo que les pasó a los judíos, por escandalizarse de Jesucristo:

Según su horrendo pedido, la Sangre de Nuestro Señor volvió a caer sobre ellos y sobre sus niños,
Se constituyeron en el pueblo deicida y maldito, aún hoy, hasta su conversión,


¿Qué ocurrió con esos pueblos, antes tan florecientes, que se escandalizaron de tal o cual punto de la doctrina católica y permanecen desde el siglo once siempre en rebelión contra el Primado de Pedro?

Encontraron la ruina, la depravación, la dominación del comunismo o de Mahoma…


Contemplemos esas naciones paganas, endurecidas en su idolatría, negándose por orgullo a recibir la doctrina de Jesucristo...


Desdichados, especialmente, todos los malos cristianos (naciones o individuos), que se escandalizan de Jesucristo y de su Iglesia, que se burlan de los dogmas y prácticas de la religión, que son apóstatas de hecho…

¡Qué decadencia moral! ¿Dónde está en ellos la justicia, la honradez, la virtud?…

Se niegan a adorar a Jesucristo; pero van a prosternarse delante del becerro de oro, delante de los ídolos de carne, ante el mismo Satanás…

No hay paz…, por todas partes hay guerras, confusión, ruinas…


Desdichados todos los católicos que se escandalizan de la Tradición… que en estos tiempos apocalípticos no quieren seguir la consigna de conservar los restos de lo que han recibido, y se prometen un reflorecimiento, sin reconocer los signos de los tiempos y poniendo sus esperanzas en esos restos que, de todos modos, son cosas perecederas…


Desgraciados y mil veces desdichados los individuos, las familias y las sociedades que han renegado de Cristo y han edificado sus destinos sobre otro fundamento, contrario al del Salvador.

Nuestro Señor es la piedra escogida. Pero esta piedra puede ser de salvación o de condenación…, piedra fundamental, piedra angular… o piedra de escándalo y de tropiezo…

Lo mismo sucede con aquellos que construyen y edifican “al margen” de Nuestro Señor; porque, aunque no lo hagan contra Él, quien no está con Él está contra Él.

A todos aquellos, individuos, familias o sociedades que no han querido fundarse en Jesucristo y le dijeron: no queremos que reines sobre nosotros…nos escandalizamos de tu doctrina, de tus mandamientos, de tu moral, de tus exigencias… a todos ellos Nuestro Señor responde a su turno: La piedra que los constructores desecharon, se ha convertido en piedra angular. Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos… Todo el que caiga sobre esta piedra, se destrozará, y a aquel sobre quien ella caiga, le aplastará…


Si no ha llegado el momento de que Cristo reine sobre los individuos, sobre las familias y sobre las naciones, tampoco ha de llegar el tiempo en que individuos, familias y naciones alcancen estabilidad y felicidad, porque no hay otro Nombre dado a los hombres por medio del cual puedan ser salvos.


En cambio, a los que creen, a los que aceptan, a los que no se escandalizan, Nuestro Señor los sostiene, los fortalece y los salva.

Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí… Jesús promete a los que lo reconocen y lo aman, la abundancia de sus bienes espirituales, sus gracias y sus bendiciones en este mundo, y la felicidad eterna en otro…

Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí… y a pesar de mis humillaciones me escucha y me sigue…

Dichoso el que, a pesar de las apariencias, juzga con juicio recto y, al pie de la Cruz, sigue creyendo todavía, contra toda esperanza, como creyó mi Madre Santísima, porque comprende las Escrituras, según las cuales era necesario que el Mesías padeciese mucho y muriese para recién después resucitar.


Bienaventuradas las naciones fieles, que no se avergüenzan de reconocer a Jesús como su Rey; que ponen el Evangelio como base de sus leyes y de sus instituciones…

La historia nos muestra que, por esto, han sido bendecidas, grandes y gloriosas…

¡Desgraciadamente! ¿dónde se hallan hoy?


Bienaventuradas las familias que fundan su gloria en servirlo, amarlo, imitarlo y en observar escrupulosamente sus menores preceptos hasta que Él vuelva…


Bienaventurado el individuo que de todo corazón, cree en todos los misterios y en todos los artículos de nuestra fe, que adora a Jesucristo, tanto en Belén, como en el Calvario o en el Santísimo Sacramento…



Pero Él tarda… se hace esperar… la espera se prolonga…

Llegan momentos de angustia en la vida de un hombre, de una familia, de una sociedad; momentos en los cuales se piensa que ya no se puede sufrir, soportar más la situación…

La carga nos aplasta, sentimos que las fuerzas nos abandonan y que hasta la voluntad está como paralizada para seguir luchando…

En esos momentos queremos poner fin a tal situación; de cualquier manera deseamos terminar con ella, sea huyendo hacia otro ambiente, sea, si no sabemos dónde ir, huyendo hacia la muerte…

Pero quien confía en esa Piedra angular, que es Cristo, quien ha puesto toda su confianza en esta Roca inconmovible, sigue luchando aunque más no sea con la consigna de no dejarse vencer.

Quien así confía y combate, permanece en el lugar que Dios le ha asignado y lleva toda su pena, sus desengaños, su desaliento, su cansancio, su misma miseria, al huerto de Getsemaní y al pie del Calvario… Y allí, junto a la Cruz, si no encuentra alegría, al menos halla resignación y fortaleza para cumplir la voluntad divina…


¡Id, pues, y contad al mundo todo lo que habéis visto y oído!

¡Bienaventurado aquel que no halle escándalo en mí…!



TEXTOS PARA MEDITAR


Salmo 117, 22: La piedra que rechazaron los constructores ha venido a ser la piedra angular.



Isaías 8, 11-15: Pues así me ha dicho Yahvé cuando me tomó de la mano y me apartó de seguir por el camino de ese pueblo: No llaméis conspiración a lo que ese pueblo llama conspiración, ni temáis ni tembléis de lo que él teme.
A Yahvé de los Ejércitos, a Él tened por santo, sea Él vuestro temor y Él vuestro temblor.
Él será vuestra santidad, mas también una piedra de tropiezo y una roca de escándalo para las dos Casas de Israel; lazo y trampa para los moradores de Jerusalén.
Allí tropezarán muchos, caerán y serán quebrantados; y serán atrapados y quedarán presos.


Isaías 28, 16: Por eso, así dice el Señor Yahvé: “He aquí que yo pongo por fundamento en Sión una piedra, piedra elegida, piedra angular, preciosa, sólidamente asentada; quien tuviere fe en ella no vacilará.


Daniel 2, 34-35, 44-45: Tú estabas mirando, cuando de pronto una piedra se desprendió, sin intervención de mano de hombre, vino a dar a la estatua en sus pies de hierro y arcilla, y los pulverizó. Entonces quedó pulverizado todo a la vez: hierro, arcilla, bronce, plata y oro; quedaron como el tamo de la era en verano, y el viento se lo llevó sin dejar rastro. Y la piedra que había golpeado la estatua se convirtió en un gran monte que llenó toda la tierra (…) En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo. Pulverizará y aniquilará a todos estos reinos, y él subsistirá eternamente: tal como has visto desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, la piedra que redujo a polvo el hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro.


San Mateo 21, 42-46: Y Jesús les dice: ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: “La piedra que desecharon los que edificaban, ésta he venido a ser cabeza de esquina; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos. Todo el que caiga sobre esta piedra, se hará pedazos, y a aquel sobre quien ella caiga, lo hará polvo” Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.


San Marcos 12, 10: ¿No habéis leído esta Escritura: “La piedra que desecharon los que edificaban, ésta he venido a ser cabeza de esquina; de parte del Señor esto ha ido hecho, y es maravilloso a nuestros ojos?” Trataron, entonces, de prenderlo, pero temían al pueblo. Habían comprendido, en efecto, que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.


San Lucas 20, 15-19: Y, echándole fuera de la viña, le mataron. ¿Qué hará, pues, con ellos el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a estos labradores, y entregará la viña a otros. Al oír esto, dijeron: “De ninguna manera”. Pero él clavando en ellos la mirada, dijo: “¿Qué es aquello que está escrito: La piedra que desecharon los que edificaban, ésta he venido a ser cabeza de esquina? Todo el que caiga sobre esta piedra, quedará hecho pedazos, y a aquel sobre quien ella caiga, lo hará polvo”. Los escribas y los sumos sacerdotes trataron de echarle mano en aquel mismo momento; pero tuvieron miedo al pueblo, porque habían comprendido que aquella parábola la había dicho por ellos.


Hechos 4, 10-12: Sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el Nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su Nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros. Él es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.


Efesios 2,20-21: Edificados obre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo piedra angular elñ mismo Cristo Jesús, en quien todo el edificio, armónicamente trabado, crece para templo santo en el Señor.


I Pedro 2, 4-8: Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. Pues está en la Escritura: He aquí que coloco en Sión una piedra angular, elegida, preciosa y el que crea en ella no será confundido. Para vosotros, pues, creyentes, el honor; pero para los incrédulos, la piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido, en piedra de tropiezo y roca de escándalo. Tropiezan en ella porque no creen en la Palabra; para esto han sido destinados.


San Mateo 13, 54-58: Viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: “¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?” Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: “Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio.” Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.


San Lucas 2, 34-35: Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción; y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.


San Juan 6, 60-67: Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?” Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen.” Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: “Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.” Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”


San Juan 9, 39-41: Y dijo Jesús: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.” Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: “¿Es que también nosotros somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: "Vemos" vuestro pecado permanece”.