sábado, 9 de enero de 2010

Domingo Iº desp. de Epifanía


LA SAGRADA FAMILIA

Para todo hombre reflexivo, hay en Jesucristo una repartición de su vida que causa profundo asombro.

Alrededor de treinta y tres años vivió Jesucristo en este mundo. Y, Él, el Infinitamente Sabio, que no se puede equivocar, el Infinitamente Bueno, que ha de elegir lo más conveniente, hace una singular repartición de los treinta y tres años de su vida mortal.

En efecto, alrededor de tres años dedica a comunicar a los hombres su doctrina. Los otros treinta años, se oculta en la vida del hogar.

Y debemos reconocer, en esto como en otras cosas, que no estamos de acuerdo con la elección realizada por Nuestro Señor. Lo que pasa es que no somos lo suficientemente cristianos... no tenemos bien arraigado el espíritu cristiano...

Pudo Jesucristo, como lo hizo con otras materias, dedicar unos temas de su predicación a la vida de familia. Hubiesen los evangelistas recogido en unas líneas el extracto de esa prédica, y con ellas como guía hubieran los cristianos tenido la norma de su vida familiar.

Pudo hacer eso Jesucristo, pero no lo hizo; ¡pero hizo mucho más!... Gran dignación suya hubiese sido el dedicar algo de su predicación a la recta institución de la vida familiar, ¡pero fue aún mayor la fineza de Jesucristo!: por treinta años seguidos se nos ofrece viviendo vida de hogar...

Hizo esto para que cuando la humanidad entera, en el decurso de los siglos, contemplase la vida del Dios-Hombre, no pudiera menos de verle treinta años seguidos viviendo vida familiar.

Por eso, al hombre reflexivo se le impone la trascendencia enorme que debe encerrar esa enseñanza de Jesucristo, repetida durante treinta años con el ejemplo de su propio vivir y de su personal conducta.

Vamos nosotros a meditar en las enseñanzas contenidas en esa vida de Jesucristo en el hogar y ambiente de Nazareth.

La Infinita Sabiduría puso en su propia vida de hogar el modelo de las virtudes que deben presidir toda vida familiar.

Como Dios, conoció Jesucristo las tres raíces de donde iban a arrancar la desgracia y la desarticulación de la vida familiar.

Vio Jesucristo cómo en el decurso de los siglos se iba a atentar contra la familia, infiltrando en su vida, máximas y conductas de vida que, de ser aceptadas y puestas en práctica, acabarían con aquel hogar santo y digno, elevado por Él y consagrado con la Gracia en el Sacramento del matrimonio.

Y contra esas tres raíces, puso Jesucristo en su misma vida de hogar las tres virtudes antagónicas que, practicadas, serán la salvaguardia de la Institución familiar.

Las tres principales raíces demoledoras del hogar son:

Primera, espíritu de insubordinación y de independencia;

Segunda, ansia de sobresalir y de exhibirse;

Tercera, espíritu rebuscado de placer, con horror al trabajo y a la sujeción.


Contra ellas, Jesucristo, en su propia vida, organizó la vida de su hogar:

Primero, en base a la obediencia;

Segundo, mediante una vida oculta en la intimidad de la familia;

Tercero, con una vida continua de trabajo.


Vemos, en primer lugar, como el espíritu de insubordinación y de independencia ha invadido el mundo. Estamos viviendo tiempos cuya esencia es “la crisis de la autoridad”.

El mundo entero está estallando en volcanes de revolución: revoluciones nacionales, con derrumbamientos de regímenes; revoluciones sociales, con anulación de todo pasado; atentados y rebeldías; indisciplinas e independencia...; todo fruto de la crisis de autoridad e indicio, a su vez, del espíritu de insubordinación.

Y esta crisis de autoridad va invadiendo la familia. En el hogar va penetrando, de la atmósfera social que le rodea, la indisciplina y la independencia.

Indisciplina que empieza con la práctica de una vida independiente, y acaba por concretarse en principios y máximas que la cohonestan y la legitiman.

Porque, lo peor del caso no es la conducta, sino la defensa de esa conducta. Y lo bochornoso es que no son ya los hijos, lo cual es en parte comprensible, quienes quieren defender y enmascarar su conducta, sino que son los mismos padres los que ven muy natural ese espíritu de independencia.

Es decir, estamos ante la abdicación de la autoridad por los mismos encargados por Dios de representarlo y ejercerla en la familia.

Y en el hogar donde falta autoridad y no hay jerarquía, ¿qué extraño que suceda lo que tristísimamente tenemos que lamentar?

Por eso, como antídoto contra ese espíritu de insubordinación e independencia, vivió Jesucristo su vida familiar teniendo como base la obediencia.

“Et erat subditus illis”... Y estaba sujeto a sus padres... He aquí lo que el Evangelio nos dice de la vida de Jesucristo en su hogar de Nazareth. ¡Sublime misterio y profundísima enseñanza!

Sublime misterio el que Jesucristo, Dios verdadero, viviese treinta años sujeto en vida de obediencia. Sublime misterio que José fuese el que mandara a María Santísima y a Jesús.

¡José!, que, aunque Santo, en santidad y gracia está a gran distancia de su Esposa, la Inmaculada y la llena de Gracia... ¡José y María!, que, a su vez, estaban a distancia infinita de Jesús, como que ellos eran criaturas limitadas y Jesús Dios infinito en infinitas perfecciones...

Sublime misterio, mandar el que menos vale y obedecer el que es infinito. Sublime misterio, treinta años obedeciendo el Creador omnipotente a la limitada criatura...

Y gran enseñanza. La enseñanza de lo que vale y lo que es el cristiano obedecer.

El obedecer cristiano, que no es servilismo ni es inferioridad, sino nobleza que engrandece.

El obedecer cristiano, que no es obedecer al superior por sus intrínsecas cualidades, ni por la superioridad de sus dotes, sino porque en el que manda se ve al representante de Dios, que es a quien se obedece al obedecer al superior.

Si uno obedeciese por las cualidades o talentos del superior, o porque considera razonable lo mandado, no habría obediencia alguna, sino que uno seguiría su propia razón...

El obedecer cristiano es honrar a Dios, acatando su autoridad suprema, encarnada en su representante que manda.

El obedecer cristiano es la alquimia sobrenatural que eleva el valor de nuestras acciones a un orden supraterreno; y nos enseña que el mérito de nuestras obras no está en su materialidad aparente, sino en que sean ejecutadas por cumplir en ellas la voluntad de Dios, que es lo más santo y perfecto que aun en Dios mismo puede existir.

Treinta años obedeciendo Jesucristo, con alegría, con cariño. Grande enseñanza la de Jesucristo a la humanidad, la de enseñarle en su Persona divina la dignidad y nobleza del obedecer cristiano.

Treinta años viviendo Jesucristo vida de sujeción y de obediencia en el hogar, para inculcar la necesidad de la obediencia en la familia y en la sociedad.

¡Si implantaseis esa vida de obediencia en vuestro hogar!...

Pero de obediencia cristiana, no de despotismo pagano... Vosotros, padres, mandaríais; pero como representantes de Dios, sin ira, sin malos modos, sin egoísmos; con cariño, con dulzura, para el bien de todos.

Pero de obediencia cristiana, no de vil servilismo... Vosotros, hijos, obedeceríais; pero no como reclusos encadenados, sino como quien ve en sus padres a los legítimos representantes de Dios: con prontitud, con alegría, con cariño; firmemente persuadidos que en el obedecer cristiano está la mayor elevación de las acciones del hombre.

Estamos viviendo los tiempos de "la crisis de la autoridad"; no hay, pensadlo, no hay otra solución que la de la obediencia cristiana, en la familia y en la sociedad.



En segundo lugar, nacida del borbotear pasional, secundada por el espíritu de independencia, va deshaciendo la familia y desmoronando el hogar el ansia de sobresalir y de exhibirse.

Hoy va desapareciendo la vida de hogar. Aquel hogar, nido caliente de amores santos, representado muy bien por el hogar, la chimenea, que alumbra y calienta sólo a los que están cerca de él...

El padre, que sale del hogar, pero dejando el corazón entre aquellos seres que son tan suyos... Sale, porque tiene que salir, para su negocio, su ejercicio profesional; pero vuelve, cumplida su misión, al centro de sus cariños: su mujer y sus hijos.

¡La madre!, la que tuvo hijos; la que por sí misma los crió; la que por sí misma los fajó; la que por sí misma los lavó; la que por sí misma los cuidó; la que por sí misma los corrigió; la que por sí misma los veló; la que por sí misma les enseñó a rezar; la que lloró por sus extravíos; la que rogó por su vuelta al buen camino; la que se sacrificó...

Se sacrificó porque tan cristiana y verdaderamente los amó; que eso es ser madre cristiana: la que se olvida de sí para del todo entregarse al bien de su esposo y de sus hijos.

¡La madre!, heroína de sacrificio y de abnegación en aras de su purísimo y santo amor. La que, por eso mismo, es la reina del hogar y el centro de los corazones...

¡Y pensar que hoy las mujeres sienten vergüenza de decir que son “amas de casa”!, como si eso fuese una humillación y no algo, ¡como en realidad es!, que dignifica y ennoblece...

¡Dichosos los hijos de madres macizamente cristianas!, que puedan decir al recordarla: "mi santa madre"...

Santa, porque la maternidad cristiana, con el cumplimiento heroico de todos sus deberes, es santidad y santifica...

Madres santas que se van... Madres santas que escasean... Generación desgraciada en la que vivimos...

¡Desgraciados tantos hijos de los de hoy!, cuando el día de mañana recuerden la conducta de los padres que los engendraron...

Esa madre, que se disgustó al tener hijos; que ella no los amamantó, ni de ellos nunca cuidó; la que jamás los veló, ni por ellos se molestó, ni sufrió; la que encargó a advenedizas personas asalariadas el cuidado de sus hijos; la que los excluyó de su habitación para que no la perturbasen; la que no los sentó de niñitos a su mesa junto a ella, para que no la molestasen...

¡Desgraciados tantos niños de la generación en que vivimos! ¡Ah!..., cuando, adolescentes y mayorcitos, sufran las consecuencias de esas represiones afectivas propias de los hijos que no han vivido vida de familia...

¡De estos traumas no haban los psicólogos modernos!..., porque ellos saben que son los únicos verdaderos traumas...; los otros complejos, los que inventan ellos, no son otra cosa que la consecuencia del orden cristiano de la familia y de la sociedad...

Estamos viviendo momentos trágicos, con la falta de vida de hogar. Ya se tocan no pocas tristísimas consecuencias. No es hacer profecía alguna, el decir que no tardarán en conocerse sus irremediables desgracias.

De ese padre, de esa madre y de esos hijos que toman al hogar como un hotel; donde se vive para comer y vestirse, para retirarse y dormir, y esto a prisa y no siempre; de ese padre, de esa madre y de esos hijos, dispersos, huyendo del hogar como de una cárcel que aprisiona, y volando al juego, al baile y a saciar su vida pasional... de ese hogar ¡no es hacer profecía el decir que vendrán frutos de amores desgraciados y de degradaciones inconfesables!

Y lo que digo sobre la falta de intimidad y calor del hogar muy bien puede aplicarse a esa incomunicación que produce la televisión, la computadora y los aparatos para escuchar música... Que cada uno haga una aplicación al caso...

Por eso Jesucristo, con su conducta personal, quiso vivir tantos años seguidos oculto en su hogar de Nazareth. En pueblecito pequeño; y no en la casa de los principales, sino en la casa del carpintero del pueblo, vivió vida oculta el Señor de la Gloria y Criador de lo existente.

Jesucristo, para su Madre Santísima y su padre adoptivo, escogió la vida oculta en un pueblecito y en la casita del obrero artesano, sin ostentación y sin la vida de sibaritismo y de orgía, de juegos y de mundo que se vivía en Grecia y en Roma.

Profunda enseñanza, la enseñanza de que la paz, el sosiego, el goce puro y santo de las almas, el que las hace felices, no se encuentra en la dispersión y en la alocada fuga fuera del recinto del hogar.

La enseñanza dada por Dios, con su conducta personal, de que la felicidad del hogar está en la intimidad de la vida de familia.

La familia que con reverencia llamamos “Sagrada”, esa “Sagrada Familia”, integrada por Jesús, María y José, fue la familia de los goces santos, de los amores purísimos, de la felicidad verdadera. Y fue la familia que, en sí misma, en su vida religiosa internamente vivida, en su vida doméstica cariñosamente guardada, se nos ha propuesto por Jesucristo, como el único verdadero modelo de los hogares felices.

Si se viviese esa vida cristiana e íntima en los hogares de hoy, ¡cuántas enormes desgracias desaparecerían!, y ¡cuánto raudal de felicidad verdadera y noble se derramaría en ellos!


A la insubordinación e independencia, a la falta de vida de hogar y a la dispersión familiar, medios esencialmente destructores de la familia, hay que añadir, en tercer lugar, el espíritu de placer rebuscado y el horror al trabajo.

Es signo de degradación y de decadencia en toda sociedad la pérdida de la fortaleza y de la austeridad y la exaltación de la sensualidad hasta el refinamiento morboso, por la búsqueda del placer.

Esto le pasó a Roma y a toda civilización o sociedad. Llegada a una cierta perfección y poder, la opulencia la sumergió en el placer... y ello la llevó a la degradación y destrucción...

Y a eso se está llegando en el mundo actual, mundo decadente y afeminado, mundo en que, como en todo hombre degenerado, se sustituyen las virtudes del trabajo por las diversiones y juegos; en que la virtud de la sobriedad austera es reemplazada por el despilfarro del irresponsable; en que la virtud de la fortaleza es desplazada por la crueldad refinada.

Mundo que vive convulsivo entre las estridencias del rock y los alaridos de la danza negra, símbolos del retroceso de la civilización cristiana a las inferioridades más degradadas del hombre salvaje.

Y es necesario advertirlo una vez más: esa música rock que escuchan vuestros hijos proviene del tam tam africano. Vuestros hijos bailan al ritmo de la danza negra africana...

Y luego en las escuelas les enseñan que provienen del mono... No hay tan mentada evolución. El hombre no desciende del mono. Pero lo que sí existe hoy es una impresionante regresión: ¡el hombre se está convirtiendo en orangután!

Sigan permitiendo que sus hijos e hijas escuchen esa música endemononiada, ¡y ya verán qué lindos gorilas y orangutanas gestarán!... ¡Especialmente muy monas ellas!...

Mundo que se revuelca en el placer, en contorsiones y ademanes histéricos. Mundo que, con convulsiones de epiléptico, quiere desembarazarse de todo trabajo y deber.

Espíritu y vida del mundo actual no cristiano, que también quiere infiltrarse en la vida del hogar. Gozar, divertirse, placer: he aquí el fin de tanto hogar. Tasar el trabajo; porque no se ve la manera posible de suprimirlo. Trabajar a la fuerza y con hastío; lo que necesariamente da un rendimiento defectuoso en calidad y en cantidad.

Lujo de vestir; aun a costa de descuidar obligaciones esenciales, incluso la del pagar lo debido.

Diversiones y juegos, que consumen dinero que falta para necesidades imperiosas del hogar.

Sibaritismo refinado, en bebidas y en caprichos, en modas y en snobismos. Diversión, orgía, despilfarro.

Hogares que se desentrañan divirtiéndose, y que, en su concepto sensualista de la vida, la degradan.

¡Cómo se levanta la figura de Jesucristo dignificando y tonificando el hogar con su trabajo!

Misterio grande, pero realidad histórica, El Dios Creador de cuanto existe con el “Fiat” omnipotente de su palabra; ese Dios humanado, que pudo, en su omnipotencia, tener en su propio hogar todas las comodidades y refinamientos del goce; ese Jesucristo vivió los años de su vida familiar, hasta treinta de los treinta y tres de su vida, la vida de trabajo, de trabajo diario, de trabajo necesario.

Misterio grande, pero realidad histórica. Jesucristo trabajó, para ayudar a sus padres, y luego para sostener con su trabajo a su Madre y a su hogar.


Pudo Jesucristo haber tenido electricidad y haber inventado máquinas eléctricas para su taller de carpintero; pudo haber instalado un aserradero modelo, con una red de mueblerías en las principales ciudades del Imperio... ¡Pero no lo hizo!

El trabajo, ennoblecido, y santificado por Jesucristo. Porque es una ley dada por Dios al hombre, aun antes de su caída. Y es, además, un castigo impuesto por Dios, en pena de la trasgresión de su ley.

Y quiso Jesucristo con el ejemplo de su conducta de vida real de obrero, que comió el pan y sustentó su hogar con el trabajo de sus manos y el gotear sudoroso de su frente divina, sernos modelo y estímulo para aceptar el trabajo.


En la vida social y de familia, no quedan más que dos soluciones: o la concepción cristiana, o la concepción anticristiana de la vida.

O la concepción anticristiana de la vida, con su espíritu de insubordinación e independencia, con sus ansias de sobresalir y de exhibirse, con su espíritu de rebuscado placer y de horror al trabajo...; o la concepción cristiana de la vida, teniendo como base la obediencia, la vida íntima de hogar, y la vida de austeridad y de trabajo.

O la concepción anticristiana, con las consecuencias que habéis visto, la de la regresión al salvajismo sin moral ni autoridad...; o la concepción cristiana, que da por frutos la paz, el orden, la dignidad y la santificación de la vida.

Sois católicos, sois hombres reflexivos...: ¡implantad, pues, vuestra vida familiar según la doctrina de la Infinita Verdad y Sabiduría!

miércoles, 6 de enero de 2010

Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo


FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR


Este sermón fue pronunciado en la Solemnidad de la Epifanía de 2005, en la ciudad de Besançon, Francia. En cuanto a lo esencial, es el mismo; pero como desde entonces ha corrido mucho agua por debajo de puente (elección de Benedicto XVI, visitas papales a sinagogas y mezquitas, Motu proprio humillando la Santa Misa, Decreto levantando las excomuniones y remitiendo la pena, inauguración de discusiones doctrinales…) han sido puntualizadas algunas referencias.

Unos Magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo.
Dios Padre quiso que su Hijo fuese conocido y adorado por los Gentiles. Creó, pues, en Oriente una estrella de un tamaño y de un resplandor maravillosos. Era el signo anunciado a las Naciones por el Profeta Balaam: Una estrella saldrá de Jacob.

Es la vocación de los Reyes Magos, su llamamiento. Aparece por fin la estrella por tanto tiempo esperada. Sus largas vigilias hallan al fin su recompensa: el Mesías anunciado está por nacer...

Pero, ¿en qué parte del mundo? Nada lo indica… Sus miradas se tornan ansiosas, sus manos juntas se vuelven suplicantes; y he ahí que la estrella aparecida se pone en movimiento...

Los Magos se miran; lo han comprendido todo; son felices. Sin vacilar ni más esperar, dejan su reino y bienestar, ya son idos...

La estrella es el llamamiento de Dios, es su voluntad expresa; la conducta de los Magos es la fidelidad a la gracia.

La estrella domina todas las escenas del viaje: llama y orienta, acompaña y guía; a veces, sin embargo, hace como si desapareciera...

Para ir a Jesús no basta distinguir la estrella, hay que seguirla; y, para seguirla, es necesario librarse, como los Magos, de los lazos que atan...

Es esencial, no sólo seguir la voluntad, de Dios, sino fortalecerse con su luz.

Andar a la luz de la estrella hace el camino fácil y suave.

En la gran noche de la historia que nos toca vivir, también Dios hace resplandecer una luz para guiar a sus fieles servidores…: es la Revelación Divina… la Tradición y las Profecías.

Engañado por las mentiras del mundo, el hombre moderno busca una luz que lo oriente. En ocasiones cree verla en teólogos, filósofos, políticos y economistas o en el poder político o tecnológico, pero es bien cierto que no podrá hallarla sino en la Tradición Católica y en las Profecías.

Muchos han comprendido la gran crisis que afecta en el presente a la Civilización Cristiana y a la misma Iglesia; pero pocos toman la resolución de seguir la Verdad, la cual se encuentra en el pasado, la Tradición y en el futuro, las Profecías.

Vemos partir a los Reyes hacia lo desconocido. ¿No vamos también en la tierra hacia lo desconocido?... ¿Llegaré? ¿Lo conseguiré?...

¿Por qué estas preguntas?, y más aún, ¿por qué estas alarmas? Voy a donde Dios me llama. Su estrella ha aparecido; su estrella es su voluntad manifestada.

Lo desconocido para los Magos es la duración del viaje y las vastas regiones que atraviesan: llanuras, montañas, ríos, bosques, desiertos…

Y nunca se dijeron: esto va para largo... ¿cuándo llegaremos? Las diversas intemperies de las estaciones no los desaniman; los obstáculos no los detienen; los peligros no los perturban...

¿Qué pensaríamos de los Magos, si, descuidando mirar la estrella, se hubiesen dejado absorber por los accidentes del camino, el temor de los peligros, la molestia de un viaje que se hace interminable?...

¿Qué debemos, pues, pensar de nosotros? ¿Por qué estas tristezas, estas angustias de espera, estos deseos precipitados, este fondo de inquietud persistente?...

Para aquellos que comprendieron y decidieron seguir este arduo camino, comenzó la gran aventura de la Tradición…

El viaje de la Obra de la Tradición ha sido jalonado por hechos y decisiones gloriosas y memorables: la fundación de Ecône, la supuesta suspensión a divinis, la toma de San Nicolás de Chardonnet, la ayuda a tal o cual sacerdote fiel, la fundación o refundación de diversas Congregaciones religiosas, la apertura de Prioratos, de Centros de Misa y de Escuelas, las Consagraciones Episcopales, las pretendidas excomuniones…

Después de haber andado un largo camino, los Magos se hallan en un país desconocido para ellos. ¿Qué les importa? ¿No va con ellos la estrella? Mas he aquí que súbitamente se les oculta .y la buscan en vano.

Hay un vacío en el cielo... ¿A dónde ir? ¿Qué hacer? ¡Son forasteros, tan lejos de su patria! ¿A quién confiarse? ¿No pueden temerlo todo? ¿Los habrá Dios abandonado?...

¡No!, ¡No! Los prueba, dejándolos a su iniciativa… ¿Y qué hacen? Desprovistos de su guía divina, recurren a los medios humanos: consultan a los moradores. Son conducidos al rey.

El rey convoca los sacerdotes, y de estos recursos humanos sale la luz: el niño, cuya estrella vieron, debe nacer en Belén; a dos horas de distancia.

Pero, sin embargo, ¿cómo explicar la desaparición de la estrella? ¿Por qué no los ha guiado hasta su término? Preguntas son éstas que su fe vivísima no formula ni plantea. Dios los guiará, sea por una estrella, sea por las indicaciones de los hombres. ¿Qué importa?

Es con frecuencia nuestro caso: después de haber emprendido, merced al llamamiento divino, tal obra o resuelto tal empresa; después de haber caminado largo tiempo al compás de la luz, ésta desaparece de pronto: el presente, el porvenir, todo en tinieblas… hasta el pasado: ¿habré hecho bien en seguir esa estrella? ¿No voy a estrellarme?...

¡Era tan suave dejarse guiar, y tener .a la vista un camino abierto!... Mas hoy hay que buscar y decidirse por sí mismo. A fuerza de dejarse guiar, se ha perdido acaso el espíritu de iniciativa y el valor...

Pobre alma, serénate, es para desarrollar tus cualidades; Dios te ha sometido a tal prueba para que crezcas ejercitándolas...

¿Qué debemos hacer en la prueba, cuando desaparece la estrella?: conservar toda nuestra confianza, emplear todos los medios a nuestro alcance. Hecho esto, quedar persuadidos que la determinación tomada es en verdad la voluntad de Dios.

Ruega, pues, medita, consulta según lo necesites, y luego camina, serena y confiada... Pronto serán recompensados tus esfuerzos...

Así sucedió con los Reyes; luego de un largo camino llegaron a Jerusalén; pero, en el mismo instante, la estrella se ocultó a sus ojos, y quedaron en la aflicción y la tristeza.

Igualmente, muchas estrellas se han ocultado, han caído ante nuestros ojos atónitos; otras muchas han de caer todavía... Momentos de duda, de aflicciones, de tristezas, de prueba…

La Providencia utiliza estos medios para probar la fidelidad y la confianza de sus servidores, y para permitirles practicar virtudes muy importantes, entre otras la prudencia y la simplicidad.

Los Reyes entran, pues, en Jerusalén… la Roma de aquellos tiempos…

El rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén… Herodes y Jerusalén se espantan; el anuncio milagroso de un nuevo Rey debería haber provocado una gran alegría y un inmenso entusiasmo; pero este pueblo infiel se turba y desprecia una gracia que esperaba, es cierto, pero con mucha mayor resonancia y con resplandor más espectacular. Esperaban que el Mesías se anunciase con gloria; estaban impregnados de un mesianismo terreno…

También hoy hay quienes, incluso en Roma…, particularmente en Roma…, pero no sólo en Roma…, se espantan de la Tradición y de las Profecías, y en su lugar presentan o anhelan falsos mesianismos: sea la Civilización del Amor, sea la Restauración de la Cristiandad, sea la Reconquista de algo perdido y que estaba anunciado que sería perdido, sea el Regreso de Roma a no sé qué estado o situación anterior…

Los Reyes, por su parte, entran en Jerusalén y manifiestan una fe grande, creen en lo que no han visto, y dicen a alta voz lo que anunciaron los Profetas; no tienen dudas sobre el hecho, sólo indagan sobre el lugar.

Nosotros, decepcionados del momento presente, nos refugiamos en la Tradición y en las Profecías…

Y, si ellas se han como velado o eclipsado, recurrimos a las autoridades modernistas, ellas, en cuanto autoridades, nos han dicho ya lo enseñado por la Tradición y lo anunciado por las Profecías, lo que nos orienta hacia la Verdad: el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia…, estamos en un período de autodemolición de la Iglesia…, se trata de la apostasía silenciosa… la Barca hace agua por los cuatro costados…

Herodes convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se informó del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, en verdad, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.

Hombres políticos y hombres religiosos; hombres de la política y hombres de la religión; hombres políticamente religiosos y hombres religiosamente políticos… se reúnen para tratar el caso de la Tradición Y responden: No es aquí donde habrán de encontrarlaLa Doctrina y la Liturgia tradicionales están en la Obra de la Tradición

Los doctores judíos no dudaron en responder que era en Belén que debía nacer el Cristo. Pero suprimieron, sin embargo, la segunda parte de la Profecía, que insinúa claramente la divinidad de Jesús: y sus orígenes datarán de tiempos antiguos, de días de la eternidad

De la misma manera, a los que actualmente tienen el cargo y la autoridad para esclarecer a los otros, la malicia y el orgullo les impiden predicar la verdad entera sobre la Tradición y las Profecías, y son igualmente la causa de la muerte de muchos inocentes… El Niño Dios es la ocasión, no la causa de la muerte de los niños asesinados por Herodes…

Es una preciosa lección para muchos eclesiásticos, incluso mitrados, que, encargados por oficio de instruir y de dirigir a los fieles y de mostrarles el camino de la Verdad, viven ellos mismos en la ilusión de falsos mesianismos, sin comprender las Profecías; o, lo que es más grave, si las conocen y las entienden, siendo cobardes y temblando ante la tiranía de la realidad
Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarlo.
¡Qué mofa y sarcasmo!... Meditemos sobre lo aborrecible de esta hipocresía y, echando una ojeada a la historia de la Iglesia, advirtamos en sus perseguidores las mismas tentativas.

¡Qué obcecación! Herodes ve a Dios intervenir por el milagro de la estrella; reconoce por los Profetas la venida cierta del Mesías, y vedlo disponiéndose a disputarle su trono, como si de antemano no hubiera de estar convencido de su derrota.

Pero donde su ceguedad se convierte en aberración, es al imaginarse poder andar con astucias respecto del Quien todo lo ve…

Pronto pasará de la aberración al crimen, al degüello de los Inocentes…

Como bien dicen los Padres de la Iglesia, por lo que ha hecho con los Inocentes, podemos colegir lo que deseaba hacer con Jesús…

Se finge piadoso, pero bajo el manto de piedad afila el cuchillo dando a su crimen el color de humildad, procediendo en esto como todos los criminales, que cuando quieren herir a alguien en secreto, le muestran un afecto que está muy lejos de sentir.

Así fueron siempre los perseguidores de la Iglesia, así los vemos hoy. Sólo las formas cambian según las circunstancias, pero siempre hallamos el mismo fondo de rivalidad y odio; el mismo método de doblez y, si es necesario, de violencia…

Y los resultados son los mismos: Jesús, en su Iglesia, se libra sin cesar de sus enemigos, y por la misma traza...

Para librar a Jesús de Herodes, Dios se guarda de intervenir con estrépito; sería salirse del plan de una oscuridad intencionada. Lo salvará con la huida como se salva a un vencido…

Es el destino de la Iglesia, misteriosamente figurado: Ella tendrá al comienzo las Catacumbas, y en nuestros tiempos el destierro… obligado o voluntario…
Los Magos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño.
Apenas escuchada la respuesta de Herodes, los Reyes partieron de Jerusalén, huyendo de la agitación y de la turbación que reinaban en ella.

Hay que salir de Jerusalén, hay que salir de la Iglesia Conciliar, hay que salir de la Roma anticristo y modernista, sin detenerse a discutir sobre cuestiones suficientemente claras y ya definidas… Los Reyes fueron a Jerusalén; pero ahora es tiempo de ir a Belén. Si pretendiesen convertir a Herodes, se quedarían sin el Niño Jesús…

Salir, pues, de Jerusalén, sin que anhelos desubicados, por legítimos que sean, pero contrarios a la divina voluntad, nos aparten del fin de nuestra misión…

Deseos dislocados serían, por ejemplo, hacer depender nuestra fidelidad del cese de la ceguera de Herodes y Sacerdotes, pretendiendo convencerlos, por medio de discusiones, de que tienen que encaminarse a Belén, al encuentro del Niño Dios para adorarlo...

Causa risa considerar, imaginar tan siquiera, a los Reyes Magos estableciendo con Herodes o los Sacerdotes acuerdos prácticos

Pero el Evangelio tampoco habla de encuentros teóricos para intentar convertirlos… pensando en el bien de muchas almas que vendrían a Belén…

Es cierto, muchas almas permanecerán sin poder reconocer a Jesús, la Tradición… e incluso, como los Inocentes, serán pasados a cuchillo; pero será exclusivamente por culpa de la ceguera y la malicia de las perversas autoridades…

Al igual que los Magos, ¡alejémonos de la confusión y busquemos al Niño allí dónde debemos encontrarlo! ¡No en otra parte!

El sacerdote Roca, canónico apóstata, decía en su obra Glorioso Centenario: El nuevo orden social se inaugurará fuera de Roma, sin Roma, a pesar de Roma, contra Roma (…) Y esta nueva Iglesia, aunque no deba quizá conservar nada de la disciplina escolástica y de la forma rudimentaria de la antigua Iglesia, recibirá, sin embargo, de Roma la Consagración y la Jurisdicción Canónica”.

Por eso, el Padre Francisco de Paula Vallet, fundador de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey, tenía como divisa: Siempre por Roma, nunca contra Roma, a veces sin Roma.

Que cada uno reflexione y decida…
Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre.
Donde están Herodes y los Sacerdotes no se ve la estrella; allí donde esta el Niño con la Madre, sí. En Roma ya no resplandecen como antaño ni la Tradición ni las Profecías; allí el Niño no es seguido, más bien perseguido, y la Madre es blasfemada…

En un momento, la estrella se detiene de nuevo, los Magos se hallan en campo despoblado, donde sólo ven, como aplastado por las rocas, un establo derruido. Al ver esto, ¿cuáles serían las impresiones de esos grandes personajes?

¡Cómo! ¿Ese es el palacio del Mesías anunciado ha tantos siglos, del gran Rey que viene a señorear el mundo?

No son esos sus pensamientos. Se dejan guiar por el sentido sobrenatural. Delante del misterio de un Dios pobre y débil, los Magos se prosternan y adoran con fe sincera.

¡Qué lecciones tan fortificantes e instructivas! Fortificantes para nuestra fe, instructivas para nuestra conducta.

Para comprender las cosas de Dios, la mentalidad humana tiene que transformarse.

Mientras que los Magos, rebosando de alegría, contemplan y adoran al Niño Dios, los moradores de Jerusalén yacen en la mayor indiferencia. Aletargados con la práctica rutinaria de sus leyes mal interpretadas, han perdido esa juventud de alma que va siempre a la vanguardia...

Al considerar su conducta, debemos comprobar hasta qué grado de indiferencia lleva el abuso de las gracias.

Al igual que el establo y el pesebre del Niño Dios, nuestras capillas y centros de Misa son muchas veces lugares pequeños y pobres; pero, también nosotros, en medio de nuestras penas y tristezas, tenemos nuestras alegrías: vivimos donde resplandece la Verdad de la Tradición y de las Profecías, donde se administran los verdaderos Sacramentos, allí donde la verdadera Doctrina ilumina nuestras almas.
Y postrándose, lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.
El incienso porque es Dios, el oro porque es Rey, la mirra porque se encarnó para ofrecerse en sacrificio sobre la Cruz.
Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.
Debemos admirar cómo la Divina Providencia cuida de sus servidores fieles, advirtiendo a los Magos lo que deben hacer para salvar al Niño de la persecución de un príncipe ambicioso y cruel, y para prevenirlos a ellos mismos de los malos tratos a los que se expondrían si regresasen a Jerusalén.

No era posible que los que habían venido de Herodes a Cristo, volviesen de Cristo a Herodes.

¿Por qué?

Porque quien ha experimentado el mal en el que ha caído y recuerda el bien que ha perdido, vuelve, sí, con arrepentimiento a Dios.

En cambio, quien habiendo abandonado al diablo, se une a Cristo, no vuelve al diablo, porque mientras se regocija con el bien que ha encontrado y se acuerda de los males de que se libró, sería un despropósito volver al mal.

Debemos aprender esta lección y considerar cuán bienaventurados seremos si nos abandonamos a la Providencia, que nunca dejará de asistirnos en los peligros y apartará de nosotros los males que nos amenazan.

Pero esto será con la condición de seguir sus consejos: no debemos retornar a la Roma neoprotestante y modernista, que ha jurado la muerte de la Tradición y de las Profecías, y ha condenado por adelantado a quienes las sostengan.

No faltará, sin duda, quien diga que Jerusalén (Roma) es indispensable y que, si hay una verdadera solución de la crisis respecto del Niño, ésta no puede venir sino de Jerusalén.

Los Reyes Magos responderían: No aceptamos entrar en la situación de peligro en la que nos hubiésemos encontrado si hubiésemos regresado a Jerusalén. Eso se terminó. Plantearíamos la cuestión de este modo: ¿Aceptan Herodes y los Sacerdotes las grandes profecías anunciadas por todos los Profetas y por el Rey David, sus predecesores? ¿Están de acuerdo con tal o cual profecía? ¿Están en plena comunión con estos Profetas y con este Rey y con sus afirmaciones? ¿Aceptan ofrecer incienso, oro y mirra al Niño Dios, Rey y Sacerdote? ¿Están a favor de ese Niño y de su Realeza? Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar su falso mesianismo considerando la doctrina de los Profetas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil.

Bien sabemos lo que hubiese sucedido con el Niño y con los Magos si hubiesen regresado a Herodes…

Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño… “O calliditas ficta, o incredulitas impia, o nequitia fraudulenta”, dice San Fulgencio: Oh, astucia artificiosa; oh, impía incredulidad; oh, perversidad fraudulenta. La sangre de los Santos Inocentes, que tú has derramado cruelmente, atestigua lo que has pretendido hacer con este Niño”.

Esta Roma anticristo, anti-tradición, anti-profecías, astuta, impía, infiel, falaz, perversa y cruel, no retrocederá ante un nuevo crimen, y así como ya maltrató a la Fraternidad San Pedro, a Dom Gérard, a Campos y a todos los que regresaron a ella por el camino de la Comisión Ecclesia Dei, de la misma manera tratará a los que aspiran domesticar a la Bestia, dándole cacahuetes, por muy legítimas, e incluso santas, sean sus intenciones…

Entretanto, el Niño Jesús huye a Egipto.

¿Pero cómo el hijo de Dios huye delante de un hombre? ¿Quién se verá libre de enemigos, si el mismo Dios teme a sus adversarios?

Convenía que así sucediese, para que los cristianos no se avergüencen de huir cuando la persecución les obligue a ello.

El Salvador, conducido a Egipto por sus padres, nos enseña que muchas veces los buenos se ven obligados a huir, e incluso también son condenados a un destierro por la perversidad de los malos…

Debemos considerar con la serenidad más perfecta los males que amenazan a la Iglesia. Esta serenidad nuestra es para Dios una honra, y para nosotros una fuerza.

Continuemos, pues, con paz, alegría, confianza, coraje, paciencia, longanimidad, perseverancia y constancia este combate por la Fe, por la Iglesia, por la Santa Tradición, por la Misa de siempre…

Permanezcamos en nuestra inhóspita trinchera, con alma de pie de gallo, genuinos caballeros de la resignación infinita, abandonados a la doliente esperanza en la Segunda Venida

Y Dios nos conducirá allí donde encontraremos al Niño con su Madre, el Arca de la Alianza y la Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas, aplastando una vez más, y definitivamente, la cabeza del dragón infernal…

Ella, mientras tanto, nos indica mirar hacia la Estrella Matutina, su Jesús…

Ella es también nuestra Stella Maris, y nos ayudará a seguir nuestra ruta en paz y alegría, incluso si el camino se hace todavía más impracticable que hoy en día…

sábado, 2 de enero de 2010

Domingo 3 de enero


FIESTA DEL
SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS


Después de pasados los ocho días para circuncidar al Niño, pusiéronle el Nombre de Jesús, como le había llamado el Ángel Gabriel antes de ser concebido en el seno materno”.

¡Grande y admirable misterio!

El niño es circuncidado y recibe el Nombre de Jesús.

¿Qué significa esta relación?

La circuncisión parece más bien instituida para el que debe ser salvo y no para el que salva…

Reconozcamos aquí al Mediador entre Dios y los hombres.

A partir de su Encarnación, une en su Persona las cosas humanas con las cosas divinas, las de abajo con las de lo alto.

Nace de una mujer, pero de una mujer en quien el fruto de la fecundidad no hace perder la flor de la virginidad; es envuelto en pañales, pero estos sencillos lienzos son el objeto de la veneración de los Ángeles; se le recuesta en un Pesebre, pero es anunciado por una estrella que brilla en los cielos.

Al mismo tiempo que la circuncisión prueba que verdaderamente asumió la naturaleza humana, el Nombre que recibe es un Nombre que está por sobre todo otro nombre, e indica su gloria y su majestad.

Es circuncidado como verdadero hijo de Abraham, y se le nombra Jesús como verdadero Hijo de Dios.

Pero este Jesús no recibe, como los otros que se llamaron Jesús antes que Él, un nombre insignificante y trivial; este gran Nombre no es más una sombra y figura, expresa la verdad: el Niño que acaba de nacer es el Salvador del mundo, os ha nacido el Salvador, dijo el Ángel a los Pastores.

Por otra parte, el Evangelista nos enseña que este Nombre fue traído del cielo, como le había llamado el Ángel Gabriel antes de ser concebido en el seno materno

Observad qué profunda palabra. Es después de haber nacido que es llamado por los hombres con el nombre de Jesús, que le había sido dado por el Ángel antes de ser concebido.

Y la razón es porque es el Salvador de los Ángeles, así como lo es de los hombres… De los Ángeles, desde el principio de la creación; y de los hombres desde su Encarnación.

Pusiéronle el Nombre de Jesús es el Nombre que el Ángel le había dado. Pero no es sin una buena razón que el Niño que nació para nosotros recibió el nombre de Salvador en su Circuncisión. En efecto, esperando poder derramar su Sangre por nosotros sobre la Cruz, comienza a operar hoy nuestra salvación.

No es necesario que un cristiano se pregunte por qué Nuestro Señor Jesucristo quiso ser circuncidado; ya que la razón que lo hizo someterse a la ley de Moisés es la misma por la cual nació y por la cual sufrió.

El Evangelista precisa que se le llamó Jesús, como le había llamado el Ángel Gabriel antes de ser concebido en el seno materno

No se le impuso, ya que le pertenece desde toda eternidad. Es el Salvador por naturaleza, y este nombre es innato en Él, y no le es dado por un hombre o por un Ángel.

Pero, ¿cómo explicar que el gran Profeta, que predijo todos los Nombres que debían darse a este Niño, haya omitido precisamente el único con el cual fue nombrado o llamado, según la palabra del Ángel y la observación del Evangelista?

Isaías anhelaba y deseaba ver este día: lo vio y se colmó de alegría. Es, pues, en un sentimiento de reconocimiento hacia Dios y celebrando sus alabanzas que él exclama: Un Niño nos ha nacido y un Hijo se nos ha dado. Llevará sobre su hombro la marca del Principado. Será llamado el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz”.

Todos Nombres bien importantes y grandes, ciertamente, pero no vemos entre estos Nombres el que está por sobre todos los nombres, el Nombre de Jesús, ante el cual toda rodilla debe doblarse.

Pero, todos los otros Nombres ¿no expresan, después de todo, lo mismo que ese Nombre, explayado en varios otros?

Puesto que el Profeta se refiere a Aquél del cual la esposa del Cantar de los Cantares dice, en una explosión de amor: Vuestro Nombre es como el aceite que se derrama”.

Así pues, en todos estos Nombres reunidos, tenemos el Nombre de Jesús, y Él no hubiese podido recibir el nombre de Jesús, ni ser el Salvador, si le hubiera faltado uno sólo de estos Nombres.

En efecto, ¿no hemos comprobado por nuestra propia experiencia, cuán Admirable es en el cambio de nuestras voluntades?

Ya que es en esta transformación cuando comenzamos a rechazar lo que amábamos, a gemir por lo que nos hacía mayor placer, a aceptar lo que más temíamos, a seguir lo que huíamos, y a pedir con todas nuestras súplica lo que más temíamos...

Indudablemente, el que produce cosas tan asombrosas es Admirable él mismo.

Pero es necesario también que sea Consejero, para hacernos elegir lo mejor para ordenar nuestra vida, por temor a que tengamos un celo desprovisto de ciencia, una buena voluntad privada de toda prudencia.

Es necesario también que lo encontremos Dios en el perdón de nuestros pecados; sin lo cual no hay salvación posible, ya que nadie puede perdonar los pecados si no es Dios.

Pero no es suficiente; es necesario que nosotros probemos su fuerza en la lucha contra nuestros enemigos. Su fuerza, digo, que impide que seamos vencidos por nuestras antiguas concupiscencias, y que nuestro último estado se vuelva peor que el primero.

¿Carece de alguna prerrogativa?

Sí, le falta algo aún, le falta incluso la cosa más importante, es necesario que sea el Padre del siglo futuro, para que por él podamos resucitar para la inmortalidad, así como por nuestro padre del siglo presente fuimos engendrados para la muerte.

¿No es suficiente aún? No, es necesario que sea, por fin, el Príncipe de la paz y que nos reconcilie con su Padre a quien va a entregar el Reino. De otro modo, podríamos resucitar como hijos de perdición, no para la bienaventuranza, sino para la condenación eterna.

Sin duda su Imperio debe extenderse, para que pueda llamarle con razón el Salvador, debido a la multitud de los que deben ser salvos por él.

Y la paz será sin término, sin fin, para que sepamos que la verdadera salvación es aquella de la cual no se puede temer que dejará de ser un día.

Para obedecer a las prescripciones de la ley, el Señor recibió el mismo día el nombre que se le destinaba: “Se le dio el nombre de Jesús”.

El Nombre glorioso de Jesús, digno de todos los honores, este Nombre que está por sobre todos los nombres, no debía ser dado ni ser elegido por los hombres. Por eso el Evangelista añade de una manera significativa: “Como le había llamado el Ángel Gabriel”.

He aquí, dice el profeta, que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se lo llamará Emmanuel, nombre que se traduce: Dios con nosotros”.

El Nombre del Salvador, Dios-con-nosotros”, dado por el Profeta, significa las dos naturalezas de su única Persona.

En efecto, el que es Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Él mismo es Emmanuel al fin de los tiempos, es decir, Dios con nosotros.

Comenzó a serlo en el seno de su Madre, porque se dignó aceptar la fragilidad de nuestra naturaleza en la unidad de su Persona, cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Es decir, comenzó de una manera admirable a ser lo que somos, sin dejar de ser lo que era, asumiendo nuestra naturaleza, sin perder lo que era en sí mismo.

El Nombre de Jesús es el del Hijo que, nacido de la Virgen María, significa, según la explicación del Ángel, el que salvará a su pueblo de sus pecados.

En cuanto al Nombre de Cristo, es el título de una dignidad profética, sacerdotal y real. Ya que, bajo la ley antigua, se llamaba a los profetas, a los sacerdotes y a los reyes Cristos, debido a la crismación.

Por el hecho de ser Profeta, Cristo nos enseña toda Verdad…

Por el hecho de ser Salvador, Cristo puede salvarnos de nuestros pecados...

Por el hecho de ser Pontífice, puede reconciliarnos con Dios Padre…

Por el hecho de ser Rey, que se digne darnos el Reino eterno de su Padre...

Jesucristo, Nuestro Señor que, siendo Dios, vive y reine con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. ¡Amén!

jueves, 31 de diciembre de 2009

1º de enero


LA CIRCUNCISIÓN DEL SEÑOR

Al comienzo de este nuevo año civil y para consolidar el fundamento de nuestro combate por la defensa de nuestra fe es conveniente que consideremos el Misterio de Jesucristo tal como el Adviento y la Navidad nos lo han mostrado y tal como la fiesta de hoy nos lo resume en su simplicidad y brevedad.

Es muy importante que contemplemos y meditemos el Misterio de Jesucristo, puesto que el Misterio de la Iglesia, y por lo tanto el nuestro, es su continuación y su complemento. De allí resulta que nuestro combate actual es una consecuencia y un suplemento de ese misterio que hemos meditado durante el Adviento y que contemplamos ahora en Navidad.

Tal vez alguien se pregunte: ¿qué relación puede haber entre el Misterio del Hijo de Dios Encarnado, nacido en Belén, circuncidado ocho días mas tarde, y el Misterio de la Iglesia, prolongado y actualizado hoy en nuestro combate contra la apostasía de las naciones y el neomodernismo y la protestantización de la Roma Conciliar?

Para comenzar a comprender, es necesario saber que San León Papa nos dice:

“Solamente rinde a la fiesta de este día el homenaje de una verdadera adoración aquel que no tiene ninguna falsa opinión sobre la Encarnación. Ya que es tan peligroso negar la verdad de la naturaleza humana de Cristo, como rechazar la igualdad de gloria con su Padre.
En cada una de sus dos naturalezas, es el mismo Hijo de Dios: tomando lo que es nuestro, sin perder lo que le es propio. Ya que la Divinidad, que le es común con el Padre, no sufrió ninguna disminución en su omnipotencia, y la forma de esclavo no perjudicó en modo alguno la forma divina”.

Ahora bien, este Misterio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se continúa y se completa en el Misterio de su Iglesia hasta la consumación de los siglos... Se prolonga y se consuma en cada uno de los miembros de su Cuerpo Místico: “Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”

Del mismo modo que su divino Fundador, la Santa Iglesia se presenta, a los ojos del creyente, gloriosa y divina, pero bajo un manto de pobreza y de humildad.

“Grande y glorioso misterio, dice San Bernardo, el Niño es circuncidado y recibe el Nombre de Jesús. ¿Por qué esta conexión? Recapacita que es el Mediador entre Dios y los hombres y que, a partir de los primeros momentos de su Natividad, asoció las cosas humanas a las cosas divinas, lo más bajo a lo más sublime. Nace de una mujer, pero de una mujer en quien el fruto de la fecundidad no hizo perder la flor de la virginidad; es envuelto en pobres pañales, pero estos lienzos son honrados por las alabanzas angélicas; se oculta en un pesebre, pero una estrella brilla en el cielo para anunciar su llegada. Por ello, la circuncisión demuestra cuán real es la humanidad de la cual se revistió, mientras que su nombre indica la gloria de su majestad. Es circuncidado como verdadero hijo de Abraham, se lo pone por nombre Jesús como a verdadero Hijo de Dios”.

Se trata, pues, efectivamente de la aceptación del misterio del Cristo en su totalidad. Asentir al misterio de la Encarnación, con todas sus consecuencias: aceptación de Jesús en su Venida en humildad, y aceptación de su Iglesia, que compartirá las humillaciones de su Esposo divino…


¿Hemos comprendido todo lo que hay de sublime, de verdaderamente divino en la respuesta que Jesús dio a los dos enviados de San Juan el Bautista para preguntarle “Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro”?

Los judíos soñaban (y sueñan) con un Mesías triunfador, que restableciese en todo su poder el reino de Israel. Por eso no podían (y no pueden) reconocer como Mesías al humilde hijo de María, que, nacido en un establo, creció en una carpintería.

¡Oh judíos enceguecidos por vuestras ambiciones terrestres!, este Mesías que nace en la pobreza de Belén, no os parece lo suficientemente grande. Era necesario que viniese al mundo en el palacio de Herodes…

Un Mesías rico, honrado, potente, aclamado; un Mesías a la cabeza de ejércitos victoriosos; un Mesías rey o emperador… ¡Y sin embargo!… ¡Cómo todo esto hubiera sido vulgar, además de ser puramente humano y vano!…

Ahora bien, discípulos de Jesús, ¿no somos acaso nosotros un poco como esos judíos, cuya ceguera sin embargo condenamos?

Nosotros también, cediendo a pensamientos demasiado terrestres, querríamos ver a la Iglesia de Cristo establecer aquí abajo sus derechos temporales.

Nos parece que después de veinte siglos todos los pueblos de la tierra deberían aclamar su poder, curvar sus frentes bajo su cetro y, de un polo al otro, entonar el hosanna de su eterno triunfo…

Y hete aquí que, por el contrario, la Iglesia de Jesús, como su Fundador en el tiempo de su vida mortal, es discutida combatida, perseguida, vencida… Su causa, mal servida por los unos, traicionada por los otros, parece siempre a punto de sucumbir…

Por el contrario, sus enemigos triunfan…

Entonces, nosotros también, como los discípulos de San Juan, nos allegamos a Jesús para preguntarle: ¿En verdad eres el Salvador? ¿Es realmente esta tu Iglesia? ¿No debemos esperar a otro o a otra?

¡Ahora bien!… Hoy como ayer, hoy como en los días de su Evangelio, Jesús puede responder: ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de Mí! ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de mi Iglesia! Hasta el fin de los tiempos permaneceré en medio de vosotros, siempre contrariado, objetado, discutido, negado, rechazado, a menudo perseguido… vencido… en mi Iglesia…


Pero también podrá siempre extender sus manos sobre la inmensa multitud de los que sufren para confortarlos… y a los que vengan a preguntarle. ¿Eres Tú el Salvador prometido del mundo?, responder como a los discípulos de Juan: “Id, y decid lo que habéis visto y oído”.


Sería inútil pretender disimular que el Señor permite que su Iglesia sea sometida a una prueba dura. Comprobamos cada día un poco más la terrible exactitud de las expresiones utilizadas por Jacques Maritain, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI:
“Apostasía inmanente”, “Autodemolición”, “Humo de Satanás dentro de la Iglesia”, “Apostasía silenciosa”, “A menudo la Iglesia nos parece una barca a punto de naufragar, una barca que hace agua por todas partes”…


Son innumerables los hechos que hacen tocar con el dedo, sea las carencias de la autoridad jerárquica, sea el poder asombroso de las autoridades paralelas, sea los sacrilegios en el culto, sea las herejías en la enseñanza…

La falsa Iglesia que se presenta entre nosotros desde el curioso concilio Vaticano II como la iglesia oficial se aparta sensiblemente, año tras año, de la Iglesia fundada por Jesucristo.

La falsa Iglesia post-conciliar se opone cada vez más a la Santa Iglesia que salva las almas desde hace veinte siglos.

Por las innovaciones más extrañas, tanto en la constitución jerárquica como en la enseñanza y las costumbres, la pseudo-iglesia-oficializada se opone cada vez más a la Iglesia verdadera, la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica.


Recordemos lo que decía el Cardenal Pie ya en 1859, en su Discurso sobre San Emiliano:

“Esta prueba, ¿está próxima?, ¿está distante?: nadie lo sabe, y no me atrevo a prever nada a este respecto; ya que comparto la impresión de Bossuet, que decía: «Tiemblo poniendo las manos sobre el futuro».
Pero lo que es cierto, es que a medida que el mundo se aproxima de su término, los malvados y los seductores tendrán cada vez más la ventaja.
No se encontrará casi ya la fe sobre la tierra, es decir, casi habrá desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres.
Los mismos creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de sus creencias.
La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, dada por San Pablo como una señal precursora del final, irán consumándose de día en día.
La Iglesia, sociedad ciertamente siempre visible, será llevada cada vez más a proporciones simplemente individuales y domésticas.
Ella que decía en sus comienzos: “El lugar me es estrecho, hacedme lugar donde pueda vivir”, se verá disputar el terreno paso a paso; será sitiada, estrechada por todas partes; así como los siglos la hicieron grande, del mismo modo se aplicarán a restringirla.
Finalmente, habrá para la Iglesia de la tierra como una verdadera derrota: «se dará a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos».
La insolencia del mal llegará a su cima”.

Y aquí se plantea la conocida pregunta: ¿Qué hacer?

¿Estamos condenados a la impotencia en medio del caos, y a menudo de un caos sacrílego y blasfemo?

¡No! Por el hecho de ser de Jesucristo, la Iglesia está garantizada, con una certeza absoluta, de conservar hasta el fin de los tiempos, suficiente jerarquía personal auténtica como para que se mantengan los siete Sacramentos y como para que se predique y se enseñe la doctrina de salvación.


Es cierto que en presencia de esta prueba, un gran número de sacerdotes y de fieles tomaron partido por lo que llama erróneamente “la obediencia”. Realmente no obedecen de verdad, porque no se promulgan legítimas órdenes o leyes, que ofrezcan plena garantía jurídica.

La desdicha, la gran desdicha, es que, incluso sin que lo quieran, su conducta hace el juego a la subversión. Se plegaron, en efecto, a las innovaciones desastrosas, que no tienen otro objetivo efectivo que enervar la tradición auténtica y sólida; debilitarla y, finalmente, llegar a cambiar, poco a poco, la religión.


Es cierto también que en medio de esta crisis, ya anunciada, otro gran número de clérigos y fieles, pretenden “domesticar a la Bestia de la Tierra” con discusiones y conversaciones doctrinales… Y entran en el campo de la Bestia, allí donde ella es poderosa para engañar y vencer…


Todo esto forma parte también de la hora presente; aquella en la cual debemos dar testimonio de nuestra fe con fortaleza y de humildad, que deben renovarse sin cesar, ya que nuestra confesión no es ante una persecución violenta (lo que precipitaría y simplificaría mucho las cosas), sino ante la revolución modernista, inspirada por demonios hábiles y por demás confusos, que se presentan bonachones y cándidos… benditos, capaces de engañar incluso a los elegidos…

Tal es la hora presente. Es, pues, en esta hora que tenemos que santificarnos y dar testimonio.

Todos nosotros, sacerdotes y laicos, cada uno por su cuenta y en su medida, tenemos una pequeña participación de autoridad auténtica.

Los sacerdotes tenemos los poderes para rezar la verdadera Santa Misa, para bautizar, para absolver, para predicar…

Los padres y madres de familia, a pesar del totalitarismo oficial y de la descomposición de la sociedad, no perdieron todavía del todo el poder para formar y educar a los hijos que han traído al mundo… por ahora conservan cierta autonomía respecto de la Bestia del Mar…


Que el sacerdote fiel llegue, pues, hasta el límite de su poder y de su gracia sacerdotal… sacrificando, rezando, bautizando, predicando, sosteniendo, animando…

Que cada padre y cada madre vayan hasta el límite de la gracia y del poder que le da el Sacramento del matrimonio para formar y a educar a sus hijos… darles convicciones claras y firmes… inspirarles el espíritu del martirio…

Que el educador llegue hasta el límite de su gracia y de su poder de formar los niños, los muchachos y las jóvenes en la fe, las buenas costumbres, la pureza, la belleza, las letras, la música, la pintura…


Que cada sacerdote, cada laico, cada pequeño grupo de laicos y de sacerdotes, teniendo autoridad y poderes auténticos sobre un pequeño fortín y bastión de la Iglesia y de la cristiandad lleguen hasta el límite de sus posibilidades y de su poder… para formar una barrera de pies de gallo con espíritu de katexon, de obstáculo…

Que los jefes de cada fortín y los ocupantes de cada bastión no se ignoren, sino que se comuniquen los unos con los otros. Que cada uno de estos fortines protegido, defendido, dirigido por una autoridad real auténtica, se convierta, en la medida de lo posible, en un bastión de santidad… para obstaculizar la llegada del Inicuo…

He aquí lo que garantizará la continuidad de la verdadera Iglesia y preparará eficazmente el renacimiento para el día que agrade al Señor, si es que un reflorecimiento ha de darse, cosa que yo personalmente no creo, salvo si se trata del último y definitivo, meta-histórico…

Lo que sigue siendo posible en la Iglesia, lo que la Iglesia garantizará siempre, en cualquier caso, sean cuales fuesen las pruebas diabólicas de la nueva iglesia post-vaticanezca, es esto: tender realmente a la santidad, poder formarse por la inmutable y sobrenatural doctrina en un grupo real (incluso muy reducido), bajo una autoridad real y legítima, teniendo la certeza de que permanecerán siempre verdaderos sacerdotes fieles que no pactarán con la Iglesia conciliar oficial.

Decíamos al comienzo que es muy importante que contemplemos y meditemos el Misterio de Jesucristo, puesto que el Misterio de la Iglesia es su continuación y complemento; y que, por lo tanto, nuestro combate actual es consecuencia y suplemento de ese misterio.

De la misma manera que no se puede decir que Jesucristo ha sido vencido, tampoco se puede decir que la Iglesia, perseguida por fuera y traicionada por dentro, sufre una derrota y corre a su ruina.

La Iglesia es victoriosa… Es la Esposa de Cristo victorioso. Porque la propiedad de obtener la victoria es una prerrogativa incuestionable del Señor, también es un privilegio necesario de su Esposa.

Entonces, profesar la fe en la Iglesia frente al modernismo, ser feliz de tener algo que sufrir para dar un hermoso testimonio de la Iglesia traicionada por todas partes, es velar con Ella en su agonía, es velar con Jesús que continua en su Esposa, afligida y traicionada, su agonía en el Jardín de los Olivos.

En la medida en que permanezcamos fieles en la oración y la vigilia, inaccesibles al temor mundano y al desaliento, en la misma magnitud conoceremos por experiencia que la Santa Iglesia es un misterio de fortaleza sobrenatural y de paz divina.


Concluyamos con el Cardenal Pie, en el discurso ya citado:

“Ahora bien, llegados en este extremo de cosas, en este estado desesperado, sobre este globo librado al triunfo del mal y que será pronto invadido por las llamas, ¿qué deberán hacer aún todos los verdaderos cristianos, todos los buenos, todos los santos, todos los hombres de fe y de valor?
Enfrentándose a una imposibilidad más palpable que nunca, con un redoblamiento de energía, y por el ardor de sus rezos, y por la actividad de sus obras, y por la intrepidez de sus luchas, dirán:
¡Oh Dios! ¡Oh nuestro Padre!, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre así en la tierra como en Cielo; venga a nosotros tu Reino así en la tierra como en el Cielo; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo…
¡Así en la tierra como en el Cielo! Murmurarán aún estas palabras, y la tierra se ocultará bajo sus pies.
Y como otra vez, tras un horrible desastre, se vio al senado de Roma y todas las instituciones del Estado avanzarse al encuentro del cónsul vencido, y felicitarlo por no haber desesperado de la República; del mismo modo el senado de los Cielos, todos los coros de los Ángeles, todos los órdenes de los bienaventurados, vendrán delante de los generosos atletas que habrán sostenido el combate hasta el final, esperando contra la esperanza misma…
Y entonces, este ideal imposible que todos los elegidos de todos los siglos habían proseguido obstinadamente, se volverá por fin una realidad.
En su segunda y última Venida, el Hijo entregará el Reino de este mundo a Dios su Padre; el poder del mal se habrá evacuado para siempre en el fondo de los abismos; todo el que no haya querido asimilarse, incorporarse a Dios por Jesucristo, por la fe, por el amor, por la observancia de la ley, será relegado en la cloaca de los desperdicios eternos.
Y Dios vivirá, y reinará plena y eternamente, no solamente en la unidad de su naturaleza y la sociedad de las Tres Personas divinas, sino también en la plenitud del Cuerpo Místico de su Hijo encarnado, y en la consumación de sus Santos”.


Tenemos un año menos para contemplar esta divina realidad… Falta menos…

Tenemos un año más para merecerla… Aprovechemos este tiempo para suplicar en nuestro Getsemaní: ¡Oh Dios! ¡Oh nuestro Padre!, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre así en la tierra como en Cielo; venga a nosotros tu Reino así en la tierra como en el Cielo; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo…

Entonces, después de haber trabajado aquí abajo en la medida de nuestras fuerzas por la glorificación del Nombre de Dios sobre la tierra, por la venida del Reino de Dios sobre la tierra, por la realización de la Voluntad de Dios sobre la tierra, eternamente liberados del mal, diremos en el Cielo el eterno Sanctus, Sanctus, Sanctus: Que así sea...

sábado, 26 de diciembre de 2009

Domingo 27 de diciembre


SAN JUAN, APÓSTOL,
EVANGELISTA Y PROFETA

El Apóstol San Juan era natural de Betsaida. Sus padres fueron Zebedeo y Salomé; y su hermano, Santiago el Mayor. Formaban una familia de pescadores que, al conocer al Señor, no dudaron en ponerse a su total disposición: Juan y Santiago, en respuesta a la llamada de Jesús, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron; Salomé, la madre, sirviéndole con sus bienes en Galilea y Jerusalén, y acompañándole hasta el Calvario.

Juan había sido discípulo del Bautista cuando éste estaba en el Jordán, hasta que un día pasó Jesús cerca y el Precursor le señaló: “He ahí el Cordero de Dios”. Al oír esto, junto con San Andrés, fue tras el Señor y pasó con Él aquel día. Nunca olvidó San Juan este primer encuentro.

Volvió a su casa, al trabajo de la pesca. Poco después, el Señor le llama definitivamente a formar parte del grupo de los Doce.

San Juan era, con mucho, el más joven de los Apóstoles; no tendría aún veinte años cuando correspondió a la llamada del Señor, y lo hizo con el corazón entero, con un amor indiviso, exclusivo.

Toda la vida de Juan estuvo centrada en su Señor y Maestro; en su fidelidad a Jesús encontró el sentido de su vida. Ninguna resistencia opuso a la llamada, y supo estar en el Calvario cuando todos los demás habían retrocedido.

Sabido es que los dos hermanos fueron llamados por Jesús “hijos del trueno”, por su entusiasmo y fogosidad.

Pedro, Santiago y Juan formaron el grupo predilecto de Jesús. Los tres presenciaron su Transfiguración, le acompañaban en el momento de la resurrección de la hijita de Jairo, fueron testigos de su agonía en el huerto de Getsemaní.

Entre las predilecciones particulares que el Maestro reservó a San Juan, recordemos que en la Última Cena le dejó reclinar la cabeza sobre su costado, que fue el único discípulo suyo que estuvo al pie de la Cruz, que poco antes de morir en ella le dejó encomendada a su Madre.

Junto con San Pedro preparó, por encargo de Jesús, la Cena pascual y comprobó que el sepulcro estaba vacío en la misma mañana de la Resurrección.

En los episodios posteriores a ésta, los dos aparecen constantemente juntos, defendiendo, por ejemplo, a Jesús ante el Sanedrín y soportando sus increpaciones. A los dos hallamos juntos predicando y bautizando a las muchedumbres, en los días inmediatos a Pentecostés. Los dos van a Samaria para invocar allí al Espíritu Santo sobre los ya bautizados, es decir: para administrarles la Confirmación.

Sabemos que predicó en Samaria, que asistió al Concilio de Jerusalén en el año cincuenta, que llevó al lado de la Virgen María una vida muy recogida, la cual continuó después de la Asunción de la Madre de Dios.

En el ocaso del primer siglo reaparece con toda su prestancia su figura; dominando el fin de la era apostólica con una majestad incomparable, debida al poder de su palabra y al prestigio de su autoridad.

San Ireneo, Padre de la Iglesia, quien fue discípulo de San Policarpo, quién a su vez fue discípulo de San Juan, es una segura fuente de información sobre el Apóstol

La Tradición nos enseña que entre la muerte de San Pedro y San Pablo y la ruina de Jerusalén, Juan fue a establecerse en Éfeso, seguido de una verdadera colonia de cristianos de Jerusalén, lo cual se explica perfectamente por el movimiento de dispersión que tuvo lugar en aquellos tiempos de guerra judaico-romana y de crisis de la Ciudad Santa, poco antes de su temida ruina, anunciada por Jesucristo, y consumada el año 70.

Cuando habían desaparecido todos los “testigos de la Palabra”, los oyentes de Jesús, quedaba allí Juan, que había visto al Maestro con sus ojos, y le había tocado con sus manos, y había recogido las últimas palabras de su vida mortal.

Es Tertuliano, el gran apologista (siglos II-III), quien cuenta que San Juan sufrió en Roma la terrible prueba del aceite hirviente. La tradición señala como lugar del hecho la Puerta Latina: un campo de las afueras de la Urbe, al principio de la vía que atravesaba el Lacio.

Podemos imaginar la escena: El venerable anciano ha sido echado, con las manos atadas, en una gran caldera llena de aceite que hierve y chisporrotea; los verdugos atizan el fuego y le contemplan estupefactos, reza el Mártir con los ojos fijos en el Cielo; se le ve sereno, alegre.

Se desiste de traer nuevas cargas de leña y de revolver el brasero; es inútil: nada puede hacer daño a la carne virginal de aquel hombre prodigioso; el fuego le respeta y el aceite que arde es para él como un rocío.

Tertuliano lo narra con emoción, añadiendo que el Evangelista, después de haber salido incólume del perverso baño, fue relegado, por orden imperial, a una isla. Este martirio lo festeja la Iglesia el 6 de mayo.

Consta históricamente que fue la de Patmos, en el mar Egeo, árida, agreste, volcánica; allí tendrá las visiones del Apocalipsis y permanecerá largos meses, hasta la muerte de Domiciano, para regresar a su Éfeso querida, amparado por una amnistía general.

Fue entonces cuando escribió su Evangelio. Él mismo nos revela el objetivo que tenía presente al escribirlo. “Todas estas cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, al creer, tengáis la vida en Su nombre”.

Su Evangelio tiene un carácter enteramente distinto al de los otros tres y es una obra teológica tan sublime que, como dice Teodoreto, “está más allá del entendimiento humano el llegar a profundizarlo y comprenderlo enteramente”.

La elevación de su espíritu y de su estilo y lenguaje, está debidamente representada por el águila que es el símbolo de San Juan el Evangelista.

También escribió el Apóstol tres epístolas. A lo largo de todos sus escritos, impera el mismo inimitable espíritu de caridad.

La tradición nos ha transmitido un hermoso anecdotario de la última vejez del Apóstol. Entusiasta de la pureza de la fe, no se recató de manifestar su más absoluta repugnancia contra las primeras herejías que en la Iglesia aparecieron.

San Ireneo cuenta que habiendo ido Juan, en cierta ocasión, a los baños públicos de Éfeso, vio que estaba en ellos el hereje Cerinto y salió inmediatamente afuera, diciendo: “Huyamos de aquí; no sea que vaya a hundirse el edificio por haber entrado en él tan gran adversario de la verdad”.

Contra Cerinto, precisamente y otros herejes como los Ebionitas, que negaban la divinidad de Jesucristo, escribió el cuarto Evangelio a ruegos de los Obispos de Asia.

San Jerónimo, en su libro Sobre los Escritores Eclesiásticos, dice que San Juan vivió hasta los días del Emperador Trajano (98-117) y falleció sesenta y ocho años después de la Pasión del Señor.

De acuerdo con San Epifanio, San Juan murió pacíficamente en Efeso hacia el tercer año del reinado de Trajano, cuando tenía la edad de noventa y cuatro años.


Como fruto de esta fiesta, debemos considerar que San Juan nos enseña a amar a Jesucristo, al prójimo y a la Santísima Virgen.

En primer lugar, San Juan nos ofrece en toda su vida uno de los más bellos modelos de la caridad a Jesucristo.

Sus actos como sus escritos no son más que inspiraciones de la caridad.

Fue la caridad la que inspiró su pureza virginal y sus correrías evangélicas, primero a través de las ciudades de Israel y los campos de Samaría, y después de Pentecostés, a través del Asia, en donde funda iglesias, consagra obispos, combate a los herejes.

Su caridad le condujo, en la noche de la Pasión, en medio de un pueblo enfurecido, para buscar a su amado, y, en el mismo día de la Pasión, estuvo al pie de la Cruz para servir de consuelo a Jesús, ya que no podía servirle de defensa.

Y después de la muerte de Jesús, la caridad le hizo desafiar el destierro, el martirio, el aceite hirviendo y el furor de los tiranos.

Porque San Juan amó mucho, Jesús reunió en él todos los favores repartidos entre los otros: lo hizo a la vez Apóstol, Evangelista, Profeta, Obispo, Doctor, Mártir, Confesor, Virgen, Patriarca y Fundador de las iglesias de Asia.

Jesús dejó desbordar sobre él tesoros de luz: le hizo alzar la vista hasta el seno del Padre para contemplar la generación del Verbo, estamparla en su Evangelio y leer en lo porvenir los combates de la Iglesia, sus dolores y su triunfo; la caída de la idolatría y los sucesos de los últimos tiempos.


En segundo lugar, vemos que, si los otros Evangelistas no han hecho sino indicar el precepto de la caridad, a San Juan le ha sido dado desenvolverlo en toda su belleza.

Es él quien nos enseña que la caridad evangélica es un mandamiento verdaderamente nuevo, por la perfección a que debe elevarse; que es el carácter distintivo del cristiano; que nuestra caridad debe modelarse por el mismo amor que Jesucristo tiene a los hombres; que ha de perdonar cuanto mal nos hagan, y no oponer sino amor a la ingratitud y a la indiferencia; que debe tomar por modelo algo más alto, cual es el amor que se tienen las tres Divinas Personas.


Finalmente, San Juan amó siempre a la Santísima Virgen como a Madre de Jesús; y este título le bastaba al discípulo a quien amaba Jesús.

Después la amó como a su propia Madre, en virtud del legado que Jesús le hizo al morir, diciéndole: Hijo mío, he aquí a tu madre.

El era su ángel tutelar, su consuelo, su apoyo, su refugio.

Desde la muerte del Salvador, la recibió en su propio hogar, viuda afligida y madre dolorosa y desconsolada; le prodigó los más solícitos y tiernos cuidados y mientras vivió proveyó a sus necesidades.

Aprendamos de San Juan a amar a Jesucristo; a amar al prójimo; a amar de un modo especial a la Santísima Virgen.

Tomemos la resolución de hacer todas nuestras acciones por amor a Dios; de amar al prójimo con un amor generoso, que sepa soportar y perdonar; de avivar nuestro amor hacia la Santísima Virgen.

Hoy, en su festividad, contemplamos al discípulo a quien Jesús amaba con una santa envidia por el inmenso don que le entregó el Señor, su propia Madre.

Todos los cristianos, representados en Juan, somos hijos de María.

Hemos de aprender de San Juan a tratarla con confianza. Él recibe a María, la introduce en su casa, en su vida.

Los autores espirituales han visto en esas palabras que relata el Santo Evangelio una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas.

María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre.

Que San Juan Evangelista nos alcance estas gracias y todas las otras que nuestra alma necesita.