domingo, 16 de enero de 2011

Domingo IIº post Epifanía


SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA


Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, le dice a Jesús su Madre: “No tienen vino”. Jesús le responde: “¿Qué nos importa a tí ni a mí de este asunto, Mujer?. Todavía no ha llegado mi hora”. Dice su Madre a los sirvientes: “Haced todo cuanto Él os diga”…

Terminada la vida privada de Nazaret, da Jesús comienzo a su vida pública… y la primera manifestación milagrosa de ella fue el prodigio realizado en Caná por intercesión…, casi podemos decir, por mandato de su Madre…


No se sabe a punto fijo quiénes fueron aquellos dichosos esposos…; parecen ser unos parientes de la Santísima Virgen, con los que sin duda tenía Ella grande y estrecha relación, pues le pareció conveniente aceptar la invitación de asistir a sus bodas.


Notemos bien cómo la invitación, en primer lugar, fue hecha a la Santísima Virgen… Jesús lo fue a causa de su Madre…, esto es, fue invitado por ser Hijo de María.


Nunca olvidemos esta circunstancia: siempre le gusta a Jesús aparecer acompañado de su Madre Santísima.



Y entonces llegó a faltar el vino.


Preocupados con lo que comían y bebían, seguramente nadie cayó en la cuenta de que el vino escaseaba.


Fue Nuestra Señora la que enseguida lo advirtió… ¡Qué mirada la suya! ¡Tan fina y penetrante!… ¡Nada se le escapa!…


Seguramente que los criados disimulaban, para que no se notara la falta; pero para los ojos maternales de María no hay nada encubierto.


También Jesús lo supo; pero no hizo ni dijo nada…, dejó obrar a su Madre…, quería que fuese cosa suya.


Las bodas de Caná son como el pórtico de la Nueva Alianza. Y está muy bien, espléndidamente bien, que allí el Señor haya cedido a Nuestra Señora la palabra de iniciativa en la obra de su bondad.


Y el Corazón maternal de María no lo pudo sufrir… Ella, invitada por aquellos esposos, ¿no iba a hacer nada por ellos, pudiendo socorrerlos en aquel apuro?…


¡Qué Corazón el suyo!… Nadie le dice nada; y es Ella, la que al ver un sufrimiento y un disgusto, se lanza a remediarlo.


Reconozcamos las delicadezas, las bondades y las misericordias de María…; y, en la misma medida, confiemos en Ella, pues también con nosotros obrará del mismo modo.



Y entonces, volviéndose a Jesús, le dice: No tienen vino…


¡Qué palabras!… ¡Qué sencillas! ¡Y cuánto encierran!…


No son un mandato… Ni siquiera una súplica… Sólo encierran la exposición de una necesidad…


No tienen vino… Ella no duda de que Jesús lo solucionará. No es necesario que pida y ordene. Basta que dé a entender su deseo, y Él lo comprenderá.


El deseo del Corazón de la Madre, es ley y mandato para el Corazón del Hijo…


El tono expuesto en las palabras de la Virgen a Jesús no es ni de orden ni de súplica. Es el tono de una súplica que equivale a una orden; el tono de quien posee poder legítimo eminente para hacerse escuchar, y derecho absoluto a ser escuchado. Se trata de una mediación soberana.



Jesús, sin embargo, parece rechazarla en esta ocasión y le contesta: ¿Qué nos importa a tí ni a mí de este asunto?


Como si dijera: “Nosotros no damos el banquete; y por lo mismo no es cosa nuestra; allá se arreglen ellos”.


Además, esto parece una pequeñez…, que falte el vino cuando todos han bebido hasta saciarse…, a última hora…; ¡si hubiera sido al principio!…; y tratándose de una cosa puramente material, sin provecho espiritual de ninguna clase… ¿a qué venía ahora el empeño de hacer milagros?…



Y como si fuera esto poco, Jesús añade: Aún no ha llegado mi hora… No es éste el momento propicio…, ni la hora determinada por mi Padre para hacer milagros y manifestarme con prodigios…



Todo esto debería haber acobardado a María. Había fracasado en su primer intento. Las dificultades que Jesús oponía eran tales, que lo mejor era callar.


Así parece que hubiéramos juzgado, vista la cosa con ojos humanos…


Pero María no lo entendió así; y como si Jesús hubiera respondido de modo completamente favorable, demostrando estar dispuesto a todo lo que Ella quería, se pone a mandar, llamando a los criados, y les dice: Haced cuanto mi Hijo os diga…



Y con esto Jesús queda comprometido…; ya no tiene más remedio que hacer algo…, y por voluntad de su Madre obra su primer y gloriosísimo milagro…



Muy grande fue el milagro del agua transformada en vino; pero mayor aún es este milagro del poder de María… el de la omnipotencia suplicante de María…

Parece que Dios no se propuso otra cosa, en esta ocasión, que el de demostrarnos la fuerza de este poder de María.


Todo lo que Jesús dice…, todas las dificultades que opone, no sirven más que para enseñarnos clarísimamente esto mismo.


Sobre todo aquello de No ha llegado aún mi hora… Y hasta los planes de Dios parecen cambiarse a voluntad de María…


La omnipotencia suplicante de la Virgen es un don divino. Correlativo a la gracia de la Maternidad Divina, es el mayor poder que se haya dado a una simple criatura.


Dios, al conferir esta gracia a María Santísima, ha vinculado para siempre a ella la omnipotencia creadora.


¡Qué cosa más admirable!… ¡¿Qué será María delante de Dios cuando tanto es su poder?!



La hora de la Encarnación se aceleró por las súplicas fervorosas de María…; en Caná se adelanta la hora de su manifestación pública… pero también el de su Pasión…


Por eso dijimos que las bodas de Caná son como el pórtico de la Nueva Alianza.


Si el Verbo de Dios se encarna, es en María…; si nace, es del seno de María…; si vive treinta años oculto, está escondido en y con María…; si empieza su vida pública y obra su primer milagro, es cuando quiere María…


La Virgen Madre oteaba el horizonte, cargado de signos, en espera de ver el suyo… Una corazonada maternal infalible se lo mostró, de pronto, en el percance de las bodas.


Y descubrió en él su designio providencial: de que Ella anunciara, públicamente, que ya estaba entre los hombres el Redentor.


De ahí el tono y el tenor de su mandato a los servidores. Haced todo lo que Él os diga…



Ya no es la voz que se escuchó cuando hablaba a su Hijo, deprecatoria, al mismo tiempo que autoritaria.


Ahora, dirigiéndose a los hijos, su autoridad materna es resueltamente ejecutiva.


Habla la Mujer, la mujer por excelencia, Nuestra Señora, reina del universo…



¿Qué es esto que nada se hace por el Hijo de Dios sin María?… ¿No nos espanta y admira esta disposición de Dios de asociar a María a todas sus obras?…

Pues si así es, nuestra misma salvación y santificación de Ella dependen…, de Ella han de venir…, a Ella se las debemos confiar.


Y ¡con cuánta seguridad debemos confiárselo todo a Ella!



Consideremos la seguridad con que Ella confía en su Hijo… Era el primer milagro…, incluso nunca lo había visto hacer prodigios, y, no obstante, ¡qué fe!…, ¡qué confianza la suya!…, ¡con qué seguridad llama y manda a los criados!

Lancémonos sin miedo en brazos de Madre tan poderosa…; expongámosle nuestras miserias…, nuestras necesidades…; que la que no sufrió la falta de vino en unas bodas, menos sufrirá la falta de virtudes en nuestro corazón, si a Ella acudimos y si a Ella le pedimos el remedio.



Vengamos ahora a una aplicación práctica, concreta para nuestros tiempos…


La Madre de Dios, por su Inmaculada Concepción y su Maternidad virginal, aplasta la cabeza del dragón infernal.


Ella domina como Soberana todos los tiempos de nuestra historia, y sobre todo el más formidable para las almas: el momento de la llegada del Anticristo y de su Falso Profeta, así como aquellos tiempos de la preparación de éstos dos por sus diabólicos precursores.


María Santísima se manifiesta no sólo como la Virgen que consuela en las horas de angustia para la sociedad terrena, sino que Ella se presenta como la Virgen poderosa, fuerte como un ejército en orden de batalla, en los períodos de devastación de la Iglesia y de agonía espiritual para sus hijos.


Ella es la Reina de toda la historia de la humanidad; no sólo en momentos de angustia, sino principalmente para el fin de los tiempos, los tiempos particularmente apocalípticos.


Incluso cuando el Anticristo y su Falso Profeta irrumpan en el interior mismo de la ciudad Santa, la Iglesia no cesará de ser la Santa Iglesia: ciudad bien amada, inexpugnable para el diablo y sus secuaces; ciudad pura e intachable, cuya Reina es Nuestra Señora.


Ella es la Reina Inmaculada, que hará abreviar los sombríos días del Anticristo. También, y especialmente, durante este período, Ella obtendrá la perseverancia y la santificación para sus hijos.


Su presencia, desde Caná hasta el Calvario, para cuando se reservó el Vino de mayor calidad, nos prueba su fidelidad. Unida estrechamente a la Hora de su Hijo, a su sacrificio redentor, Ella obtiene las gracias de adopción para sus hijos, miembros del Cuerpo Místico.


Su mediación obtiene todas las gracias; las gracias para enfrentar las tentaciones y las tribulaciones ordinarias, pero también las necesarias para perseverar y santificarse, resistiendo en el peor de los momentos de la Iglesia de Jesucristo, el de la autodestrucción.


La Virgen Madre nos hace comprender, sin dar lugar a la más mínima duda, que Ella será capaz de sostener a sus hijos mediante una intercesión maternal omnipotente.



La ocupación de la Iglesia, los puestos de mando usurpados por el modernismo en todos los niveles de la jerarquía, sin excluir el más elevado, es un drama sin precedentes; pero las gracias obtenidas por la Madre del Hijo de Dios son más profundas que esta tragedia.

Todos aquellos a los cuales Nuestro Señor Jesucristo, por una singular muestra de honor, convoca a una mayor fidelidad en la lucha contra los precursores del Anticristo y de su Falso Profeta introducidos en la Iglesia, debemos confirmar y robustecer nuestra fe y esperanza en la divinidad de Jesús, en la Maternidad divina de María y en su Maternidad espiritual.


Recurramos a Nuestra Señora en nuestra calidad de hijos suyos; y a continuación experimentaremos que los tiempos del Anticristo y de su Falso Profeta son tiempos de Victoria: victoria de la plena redención de Jesucristo y de la soberana intercesión de María.



Entretanto, debemos estar muy atentos a las palabras de la Madre de Jesús, y Nuestra Madre, en razón de que en varias ocasiones se ha manifestado para advertirnos sobre la gravedad de la hora que vivimos.

La Virgen Inmaculada, en efecto, siempre presente junto a sus hijos, nos ha visitado más especialmente en los últimos tiempos.


Es siempre la misma Virgen María Inmaculada, y siempre es el gran drama de la redención de los hombres. La única diferencia es que los siglos han pasado y el drama ha tomado ribetes de mayor gravedad; por eso Nuestra Madre y Reina interviene, insistiendo para hacerse escuchar.


A pesar de los nuevos peligros que amenazan a la Iglesia; sea lo que fuere de la organización de la contra-Iglesia y de los preparativos y progresos del Anticristo y de su Falso Profeta, la Virgen María está siempre presente en medio de sus hijos, potente e invencible, como en Caná, Ella nos guarda en su oración y en su Corazón.



Nuestra Madre nos ha recordado la gravedad del momento histórico, que es nuestra historia; Ella intervino específicamente para ello. Nuestro combate no es contra la carne y la sangre, sino contra los ángeles malos en persona, que quieren adueñarse de la historia.

Son ellos los que han sugerido a los hombres la idea sacrílega de organizar el mundo no sólo para perder las almas, sino también para neutralizar las posibles reacciones y poder convertir al mundo en una cómoda antecámara del infierno eterno.


Hace tres siglos la humanidad elaboró un proyecto de apostasía general; hoy en día podemos comprobar que ese designio demoníaco se ha realizado.


¿Cómo no invocar a Nuestra Señora y decirle, con una súplica humilde y vehemente, que lo que nos pide nos supera; pero también que tenemos una confianza ilimitada en su intervención?: ad Te clamamus exsules filii Evae… eia ergo, Advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte…



Mujer, he aquí a tu hijo… Que estas últimas palabras de Jesús agonizante, válidas para todos los hombres de todos los siglos, tengan cumplida cuenta para nosotros y para nuestra hora aciaga…, para la gloria de Jesucristo, para el honor de la Virgen Inmaculada…, para las salvación de nuestras almas.



Para que esto sea realidad, tengamos en cuenta aquellas otras palabras:


He aquí a tu Madre… Demuestra, pues, que eres un buen hijo…



Haced todo cuanto Él os diga…


Y el vino de la última hora resultará ser el de mayor calidad, tal cual nunca hubo otro…

domingo, 9 de enero de 2011

Sagrada Familia


FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA


Debido a los diabólicos ataques contra la institución familiar, deseo consagrar el sermón de esta Fiesta de la Sagrada Familia a poner en claro algunas de las principales verdades en torno al matrimonio, así como refutar y condenar sus errores contrarios.


Dios Nuestro Señor instituyó la unión matrimonio con un doble fin: uno principal, la procreación y educación de la prole (ordenado en primer término al bien común); y otro secundario, subordinado al principal, ordenado al bien mutuo de los esposos.

La dignidad y el santo fin de la institución matrimonial siempre sufrieron los ataques de las pasiones de los hombres, que, a trueque de lograr sus satisfacciones, no han tenido reparo en atentar contra las notas esenciales del matrimonio, y en desarticular los fines santos a que Dios lo destinó.


Estos ataques se realizaron por dos medios; los dos demoledores del fin y de la esencia del matrimonio. Atentado doble, como veremos, por la desarticulación privada e individual del fin del matrimonio, y por la desarticulación pública y social de su esencia.



Pero quienes quieren no sólo destruir el Catolicismo, sino incluso arrasar la sociedad, conocedores a fondo de la psicología de las pasiones humanas, desde hace tres siglos repiten con táctica perseverante la ideología demoledora del matrimonio cristiano…


Para ello utilizan la cátedra (con una pseudociencia engreída; incluso la de clérigos, y hasta en los mismos documentos del Concilio Vaticano II y del magisterio posconciliar); la literatura (utilizando la ironía y la burla con habilidad diabólica); el teatro (degenerado por lo abyecto); el cinematógrafo y la televisión (simple pornografía viviente); la prensa en todas sus formas…


Desatadas las pasiones, sin normas en la inteligencia, sin barreras en la moral, el efecto es seguro: se arrollarán las notas esenciales del matrimonio, se desarticularán los fines que Dios le impuso.


Y la masa de católicos, envenenada por esa propaganda, que halaga a la animalidad, y sin la defensa del magisterio, perdió las normas de la doctrina y de la moral de Jesucristo y se va sumando, puede ser sin intención consciente pero con realidad espantosa, a la práctica de esas ideas y de esas normas enseñadas y divulgadas por los revolucionarios cuya finalidad es despojar al matrimonio de sus notas esenciales y cristianas.



La desarticulación privada e individual del matrimonio, es una de las lacras más corrosivas y demoledoras del fin a que Dios lo destinó.


Impuso Dios a la unión del hombre y la mujer las notas de unidad e indisolubilidad en el vínculo conyugal, para asegurar la procreación digna, que pudiese proporcionar a la sociedad hombres en el verdadero sentido de esta palabra, bien formados física, intelectual y moralmente.


Santificó Jesucristo esta unión conyugal, elevándola a Sacramento, que proporcionara con la gracia sacramental todas las ayudas que fueran necesarias para que los esposos pudieran cumplir con los deberes de su elevada misión.


Pero, además, Dios quiso poner alicientes naturales que estimularan a la aceptación de las cargas de la paternidad y de los molestos cuidados inherentes a la manutención y educación física, intelectual y moral de los hijos.


Ordenó Dios que en la vida conyugal existiesen atractivos somático-psíquicos, que, con sus contenidos agradables sensitivo-afectivos, fuesen incentivos que inclinasen a la aceptación de los fines impuestos.


De donde se sigue que el uso de esos estímulos y alicientes, fuera del fin asignado por Dios, es una distorsión del plan divino, es una violación rebelde contra los preceptos de Dios.


Y fuera de este deber conyugal en el legítimo matrimonio, están gravemente prohibidos el uso y la aceptación de los atractivos sensitivo-afectivos que le están vinculados.


Y tanto más prohibidas por Dios, cuanto más se use de ellos contra la naturaleza.


Dios los concedió ligados a un fin elevadísimo, un fin necesario, el de la conservación de la especie. Y quedarse el hombre con el placer e impedir la generación a la que está ordenado por Dios, es trastocar este plan sapientísimo del Creador.


Poner obstáculos voluntarios que vicien el acto conyugal para evitar con toda diligencia la prole, eso es lo que constituye el gravísimo pecado de rebelarse el hombre contra Dios y sus leyes, al impedir el fin primordial a que Dios destinó el matrimonio.


Muy distinto es el caso en que, sin la intervención humana libre y voluntaria, no se sigue la gestación de un nuevo hombre. Ninguna culpa es imputable a los esposos aquí, “pues hay, tanto en el mismo matrimonio, como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios, verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca de aquel acto y, por ende, su subordinación al fin primario”. Así se expresa Pío XI en la Encíclica sobre el matrimonio cristiano, Casti connubii, del 31 de diciembre de 1930.


El viciar voluntariamente la naturaleza del acto conyugal, eso es injuriar gravemente al Creador, que concedió para engendrar la vida todo cuanto es inherente al proceso generador.


Y viene el hombre y esteriliza eso mismo que fue destinado a ser fuente de la vida.


¡Cegar las fuentes mismas de la vida! ¡Tremenda violación del fin primario del matrimonio!


Éste es el gran pecado de la actual vida matrimonial.


Se viola y se desarticula el plan de Dios con todas las prácticas anticoncepcionistas y con todas las distintas inmoralidades del onanismo.


“Los que en el ejercicio del acto conyugal lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta”, dice Pío XI, quien agrega estas serias palabras: “Y si algún confesor o pastor de almas, lo que Dios no permita, indujera a los fieles que le han sido confiados, a estos errores, o al menos los confirmara en los mismos con su aprobación o doloso silencio, tenga presente que ha de dar estrecha cuenta al Juez Supremo, por haber faltado a su deber, aplíquese aquellas palabras de Cristo: «Ellos son ciegos que guían a otros ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en la hoya».”



Y todavía se acrecienta la malicia de la violación del fin primario y esencial del matrimonio, el bien de la prole, cuando se atenta, por cualquier motivo o pretexto, contra la vida del ser ya engendrado.


Violación criminal del fin primario del matrimonio.


Tan homicidio es matar a un adulto de una puñalada o con un veneno, como el privar de la vida al alojado en el claustro materno.


Con la agravante de que aquí se mata a un inocente que no puede defenderse. Y que, además, se lo priva del derecho que tenía de poder un día ser heredero de Dios gozándolo con la visión beatífica y con la posesión perfecta por toda una eternidad.


Crimen horrendo, atentatorio contra el fin primordial y esencial del matrimonio.


Crimen horrendo, violador de los derechos de Dios, único y absoluto dueño de la vida, que expresamente se reserva los derechos de ella.


Crimen horrendo, porque viola el derecho inalienable a la existencia del ser ya concebido, que es derecho, base y fundamento de todos los demás derechos del hombre.


Instituye Dios el matrimonio para dar la vida, y el hombre mata esa vida…


Antagonismo entre Dios bienhechor y el hombre criminal.


Por eso, cuando las pasiones humanas cometen este enorme pecado de homicidio, clama la Iglesia, y para impedir crimen tan nefando levanta su voz de Madre, castigando con excomunión a cuantos han procurado el aborto, effectu secuto, si consta ciertamente que éste se ha seguido por la acción física o moral de los que lo han procurado.



Que la Sagrada Familia, que tuvo que huir a Egipto para escapar de la malicia de Herodes y tanto se condolió de las madres de los Santos Inocentes, interceda para detener la matanza de tantos cándidos seres perpetrada en el seno mismo de sus madres por los modernos Herodes…



A esta desarticulación privada e individual, ha de añadirse la desarticulación pública y social del matrimonio.


El divorcio, la ruptura del vínculo conyugal, atentado público y social contra la indisolubilidad del vínculo matrimonial, nota esencial de la naturaleza del matrimonio, he aquí el medio de la desarticulación pública y social del matrimonio.


El divorcio se opone al fin primario del matrimonio, es decir la procreación y educación de la prole hasta la edad perfecta; y también es opuesto al fin secundario de la mutua ayuda de los esposos.


El divorcio tuvo y tiene sus propugnadores de matices sentimentalistas, y sus propugnadores de ribetes filosóficos.


Matices sentimentalistas en los que se dramatizan desavenencias conyugales, de irremediable arreglo, según dicen, en la indisolubilidad conyugal; al mismo tiempo que se poetizan idilios de amores comprendidos y correspondidos, posibles de gozarse con la existencia legal del divorcio.


Ribetes filosóficos, basados en la libertad del contrato conyugal, para de ahí probar el divorcio, es decir la libertad para anular dicho contrato.


Matices sentimentalistas, que se ciegan para no ver en la realidad de la historia los desastres individuales y sociales del divorcio.


Ribetes filosóficos, que no caen en la cuenta que, al dictaminar ellos mismos sobre el divorcio, regulando y condicionando su existencia como se hace en todas las teorías divorcistas, son ellos mismos los que anulan el principio mismo de donde lo hacían nacer.


En efecto, atan y encadenan esa decantada libertad omnímoda, poniendo condiciones y regulando el divorcio.


Ribetes filosóficos que, o niegan la libertad, o necesariamente caen en el amor libre, o la libre saciedad de la sexualidad, sin más requisitos que los que a uno mismo le plazca ponerse, para abolirlos tan pronto como al mismo sujeto le venga en antojo.



Nació el divorcio de la pasión, enmascarada con el sentimentalismo y con el disfraz de traje filosófico, pero contiene algo más transcendente que la ruptura del vínculo conyugal en tal o cual caso determinado.


Se quiso con el divorcio hacer saltar en añicos el fundamento de la sociedad, que es la familia.


Se quiso demoler la familia, para que, una vez suprimida, se pudiese impunemente atacar a la Religión.


Es el divorcio un arma predilecta de ataque contra la Iglesia; es un cepo en donde, atraídas con el cebo de las pasiones, van cayendo multitudes, que, una vez aprisionadas en él, fácilmente se ha conseguido separarlas de la Iglesia.


Porque el divorcio no es una panacea que evita los conflictos conyugales, ni contiene el bien de la sociedad en que se implanta.


¡Qué bien lo ha declarado Balmes!: “Dad rienda suelta a las pasiones del hombre; dejadlo que de un modo u otro pueda alimentar la ilusión de hacerse feliz con otros enlaces, que no se crea ligado para siempre y sin remedio a la compañera de sus días, y veréis cómo el fastidio llegará más pronto, cómo la discordia será más viva y ruidosa, veréis cómo los lazos se aflojan, cómo se gastan al poco tiempo, cómo se rompen al primer impulso”.


Y, con su profundidad natural, dice Santo Tomás: “El amor mutuo de los esposos será más fiel si ellos saben que están unidos inseparablemente: cada uno de ellos velará con más cuidado por los intereses domésticos, si comprenden que van a vivir perpetuamente en la posesión de los mismos bienes”.



El divorcio es atentatorio, por su misma esencia, contra los fines primarios y secundarios del matrimonio; es el destructor del matrimonio y de la familia; cuartea los cimientos de la sociedad.


El fin primario del matrimonio, la procreación y educación de la prole hasta la edad perfecta, quedan hechos añicos por el divorcio.


Nace de la esencia del divorcio, que atiende al refinamiento egoísta del placer de los contrayentes, el secar las fuentes de la vida. El divorcio es esterilizador.


¿Para qué engendrar, si la prole concebida no trae sino cuidados, responsabilidades, gravámenes económicos, ataduras opresoras…, que impiden el gozar sin estorbos del placer egoísta de la vida?


El hijo, en el hogar divorcista, es un perturbador y un intruso.


Es una ley: el divorcio influye en la disminución de la natalidad. Decrece la natalidad donde crece el divorcio.


¡Qué contraste! ¡El matrimonio instituido por Dios para el bien de la prole, con su nacimiento digno y su educación integral, y el divorcio demoliendo este fin primario del matrimonio!



¡Arrasar la familia, raer todo pudor y delicadeza de instinto materno en la mujer, reducir la paternidad al acto fisiológico estéril!

¿Se podrá hacer que viva la sociedad a la que se le han arrancado de cuajo los instintos fundamentales en el hombre, y se la ha dislocado del plan impuesto por Dios?


La posibilidad del divorcio despierta el deseo de realizarlo.


Los amores puros y nobles se enfrían; luego se hielan; se aviva la lujuria; se encabrita la pasión, que ve posibles nuevos objetos que la sacien; entra en el hogar el nerviosismo y la intranquilidad; se hiperestesia la sensibilidad para las causas legales del divorcio; se las busca, se las pone de propósito, se las amplía.


Primero sólo será causa de divorcio el adulterio, luego el atentado contra la vida del cónyuge, luego las injurias, luego las antipatías, luego… el hastío, luego… el amor libre, sin otra norma que el capricho de la pasión y la posibilidad de saciarla.


El divorcio desemboca fatalmente en la poliandria sucesiva para la mujer, y en la poligamia sucesiva para el hombre; eufemismos que encubren las realidades de la prostitución y del harén…


Menos que pura animalidad, porque en las uniones zoológicas no se viola jamás el instinto de paternidad y maternidad, ni jamás desaparece el instinto del cuidado y defensa de la prole.


¡No tienen otras consecuencias los atentados contra los planes del Creador!



Y tal es el torrente avasallador del divorcio, que se ha llegado a la industrialización y tráfico del divorcio.


Industrializarlo, cotizarlo, negociar con el divorcio.


Anuncios con reclamo de divorcios, agencias de divorcio y abogados especializados en el divorcio.


Cuestión de dinero. Se paga la cuota, y todo corre a cargo de los industrializadores del divorcio. El presentar la demanda, el justificar los motivos, el obtener la sentencia.


¡Pensar que se ha llevado la negociación con el vínculo conyugal a los mismos tribunales eclesiásticos!… Claro está que encubierto por el nombre de “declaración de nulidad”, por motivos que no sólo no la prueban, sino que ni siquiera justificarían la separación sin ruptura del vínculo.


Salvo la profesión religiosa en una Orden religiosa, o el caso del llamado privilegio paulino, todo matrimonio legítimamente contraído entre cristianos, ratificado por el sacramento y consumado por el acto conyugal, es totalmente indisoluble.


¡Pero lo que puede el ímpetu de la pasión desbocada!


No se puede disolver el vínculo cuando concurren las dichas condiciones, pero sí se puede pretender el simular que estas condiciones no han existido, y entonces… sería declarado nulo el matrimonio.


Y aquí el esfuerzo de las agencias eclesiásticas de nulidad de matrimonios.


La cuestión es poder acallar a la pasión, que está inquieta por volar a contraer un nuevo vínculo.


¿Nuevo vínculo? ¡Ni hay nulidad del primer matrimonio, ni hay posibilidad de legítimo segundo matrimonio!


No hay nada más que un enorme sacrilegio, en el que han intervenido personas sacrílegamente criminales, que se han atrevido a traficar con el Sacramento.



Declamaciones sentimentalistas, ridiculeces filosóficas y sacrílegas componendas han querido corregir la plana a Dios y enmendar la doctrina de Jesucristo.


Al procurar problemáticos arreglos en casos individuales de desavenencias conyugales, han destrozado el matrimonio y arrasado el hogar.


Por atender a excepciones, se arruina a la sociedad.


Clara y serenamente, con la elevación y profundidad de su entendimiento angélico, escribía Santo Tomás: “La rectitud natural de los actos humanos se toma, no de lo que sucede excepcionalmente a un individuo, sino de lo que conviene a toda la especie”.


Y ratificaba: “El matrimonio, en razón de su fin principal, que es el nacimiento de la prole, está ordenado principalmente al bien común, aunque en razón de su fin secundario sea ordenado también al bien de los esposos, en cuanto el matrimonio es para el remedio de la concupiscencia. Por eso, en las leyes del matrimonio se atiende más bien a lo que conviene a todos que a lo que conviene a uno solo. Así que cuando la indisolubilidad del matrimonio impidiese, en un caso particular, el bien de la prole (por ejemplo, en caso de relativa esterilidad), de suyo lo protege, sin embargo, comúnmente”.


El pretendido e hipotético arreglo del caso particular, lleva intrínsecamente a la ruina y al desquiciamiento de toda la institución matrimonial y familiar.


Y es que se ha sustituido la Moral de Jesucristo, por el principio destructor de toda moralidad.


A la Doctrina de Jesucristo sobre el matrimonio, cimentada en los deberes conyugales para el bien de la prole y de la sociedad, se la ha querido sustituir por la de la saciedad del egoísmo como norma única de moralidad.


Se ha propalado: “cesa el deber, cuando origina incomodidad”; “no hay obligaciones, cuando exigen sacrificios”; “la ley desaparece, en cuanto es penoso su cumplimiento”; y de estas premisas no han podido deducir más que esta consecuencia: “la ley de toda moral es el propio placer”.


Y con esta ley, se comprende perfectamente que se rompa el vínculo conyugal, que sujeta; que se evite la natalidad, que es carga; que se descuide la formación de los hijos, (tenidos al acaso tal vez), porque es preocupación y molestia; que, en una palabra, se desarticule la esencia del matrimonio en su fin primario.


Con esta ley, de hacer norma de la moral al principio del placer, se comprenden las infidelidades conyugales; se comprende la violación de los contratos; se comprende la relajación de todo lazo que exija vencimiento y subordinación a la comparte; se comprende, en una palabra, que se conculquen todos los fines secundarios del matrimonio.



Y lo gravísimo en el divorcio admitido es esto: que está admitido, esto es, que se lo cubre con apariencias de legitimidad.


No es ya la violación individual del vínculo matrimonial, es la violación social y pública de la doctrina de Jesucristo referente al matrimonio.


No se pueden dislocar los miembros y perturbar las funciones del organismo, sin sufrir las consecuencias del dolor y de la muerte.


No se puede atentar contra la doctrina de Jesucristo, sin sufrir socialmente las fatales consecuencias que hemos visto: el matrimonio cristiano dislocado por el divorcio, sumido en el fango del apetito pasional más que bestializado, esterilizando las fuentes de la vida, abandonando la prole, criminalizando la sociedad y poniendo como norma de la ley el egoísmo del placer…



Católicos… matrimonios católicos… en este ocaso del mundo, con vuestra conducta, dignificad el hogar, santificad vuestro hogar.


Con vuestro influjo trabajad, en vuestro entorno inmediato, por el mantenimiento del matrimonio y del hogar en la doctrina de Jesucristo.


No sólo obtendréis así vuestra propia felicidad, sino que conseguiréis el bien básico de la sociedad.



Que la Sagrada Familia de Jesús, María y José, bendigan a todos los hogares verdaderamente cristianos; los sostenga y fortalezca; y obtenga para sus miembros las gracias especiales para santificarse en estos tiempos tan difíciles como dramáticos.


jueves, 6 de enero de 2011

Epifanía del Señor


EPIFANÍA

San Mateo es el único evangelista que recoge el episodio de la manifestación del Niño Jesús a los Magos: Nacido, pues, Jesús, en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos Magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo. Al oír esto el rey Herodes, se turbó, y con él toda Jerusalén. Y reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos contestaron: En Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel”. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, les interrogó cuidadosamente sobre el tiempo de la aparición de la estrella. Y enviándolos a Belén, les dijo: Id a informaros sobre ese niño; y cuando le halléis, comunicádmelo para que vaya también yo a adorarlo. Después de oír al rey se fueron, y la estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que, llegada encima del lugar en que estaba el niño, se detuvo. Al ver la estrella sintieron grandísimo gozo. Y entrados en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y de hinojos le adoraron. Y abriendo sus tesoros le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños de no volver a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino.


Epifanía equivale a manifestación, y así fue llamada esta fiesta por conmemorarse este día la manifestación del Señor al mundo en carne mortal.

Pero el pensamiento humano no es más que oscuridad y tinieblas ante la espléndida epifanía de la luz de Dios que conmemoramos: y las tinieblas no quieren aprehender esta luz; la miseria del hombre rechaza la misericordia de Dios que se le manifiesta en forma prodigiosa.

Basta leer el Evangelio de este día para clasificar las actitudes de la inteligencia y de la vida de los hombres ante la manifestación del misterio de Jesús:

Herodes se turba, con todo el pueblo.

Los sacerdotes y escribas indagan fríamente la verdad significada por el gran suceso, y ni siquiera se preocupan del hecho histórico que es trascendental para su pueblo.

Sólo los Magos buscan e inquieren con lealtad de pensamiento y de corazón.

Herodes, ante la Epifanía de Jesús, finge adorarlo, pero concibe un horrible plan para matarlo.

Los sabios de Israel se quedan en las alturas de la verdad especulativa y no siguen a Jesús.

Únicamente los Magos encuentran a Jesús, lo adoran y le ofrecen sus dones.


Meditemos el Evangelio, más concretamente los personajes que Él se presentan, y deduzcamos las lecciones oportunas para nuestra edificación.


Tres tipos de hombres, tres clases de almas en relación con Jesús aparecen en este pasaje evangélico: Herodes, los sacerdotes y dirigentes de la nación judía, y los Magos.


HERODES

Se encuentra ya al fin de su reinado y no tardará en morir. Es el tipo del político astuto, sin grandes dotes, pero que las pone al servicio de una ambición desmedida.

Oprime con mano de hierro a los que estorban y se inclina hasta la abyección ante los romanos, que ven en él un buen colaborador y le encumbran a la dignidad real.

Es sanguinario, hasta matar a una de sus mujeres y a su propio hijo; hasta quemar vivos a los jefes de una sedición y ahogar en sangre las revueltas de los judíos, que ven en él un usurpador del trono de Judá; hasta ordenar que después de su muerte sean asesinados los primados de la nación.

Por todo esto es profundamente odiado por los judíos, a quienes ha agobiado con tributos, en su afán de construcciones suntuosas.

El anuncio del nacimiento de un rey en sus dominios debía llevar al colmo su recelo. No era para menos. Aunque extranjero, conoce la inextinguible esperanza del pueblo judío en un rey glorioso de su raza.

Se sabe que este rey será poderosísimo: las profecías de Israel no dejan lugar a duda; la noticia, que se ha divulgado desde Roma a los confines de Oriente, de que ha de nacer un rey en Judá que se apoderará del mundo, confirma sus temores.

Conoce, además, la inminencia de la venida del gran rey: el pueblo judío lo espera de un momento a otro.

En estas circunstancias aparece en Jerusalén, la capital de su reino, una fastuosa comitiva de grandes personajes orientales que buscan al rey recién nacido.

La conmoción es profunda, de orden religioso y político; señala un punto culminante en la historia de Israel, esperado por todos sus videntes; puede ser el comienzo de sus grandes destinos futuros, empezando por la ruina del propio Herodes.


¿Por qué se turba Herodes? Cuenta con el apoyo de los emperadores romanos; le es incondicional el partido de los herodianos; bien que muchos de los príncipes de Israel se han negado a prestarle juramento de fidelidad, pero gran parte de ellos, los saduceos especialmente, no están mal con el poderoso idumeo.

Ignora la naturaleza del Mesías y del reino mesiánico que los judíos esperan; mas no puede ignorar que ha llegado la hora de que aparezca en Judea un hombre extraordinario, enviado de Dios y que influirá poderosamente en la dirección de los destinos humanos.

Esto es cosa viva en la tradición de Israel; y se ha hecho del dominio universal, gracias a las colonias judías diseminadas por Europa, África y Asia, todo esto ha sido corroborado por los mismos oráculos paganos.

Por esto se turba Herodes. Es un poder de la tierra que tal vez tenga relación con un poder del Cielo.

Es un poder material, el suyo, que se encontrará frente a uno espiritual, el del Rey Mesías.

De aquí la turbación de Herodes. Adulador de las autoridades del imperio, déspota con sus propios súbditos, el reyezuelo, que no pasa de la categoría de tetrarca, siente turbación ante la sospecha de que un poder sobrenatural haya aparecido en sus dominios.

Fijémonos un momento en este hecho, para deducir la lección moral que de él se desprende. La Iglesia, en bellísimo apóstrofe, en uno de los himnos de la Epifanía, se dirige a Herodes y le dice: Herodes cruel, ¿por qué temes la venida de un Dios Rey? No usurpa los reinos de la tierra quien da los reinos del Cielo.

Herodes, por temperamento, por política, por imitación de los emperadores romanos de quienes era favorito, veía con recelo la aparición de un poder espiritual en sus dominios.

Y se turbó. Turbación es confusión, desconcierto mental, tal vez trepidación del corazón.

Pero, ningún poder temporal, ni grande ni pequeño, tiene nada que recelar de los poderes espirituales. Ambos son obra de Dios; ambos van ordenados al bien del hombre; obedecen ambos a una doble exigencia de la vida humana: la de vivir en sociedad para lograr el mayor verdadero bienestar posible en el orden temporal, y alcanzar la visión de Dios en la gloria eterna, y éste es el objetivo de la sociedad espiritual.


El segundo aspecto de la conducta de Herodes es la persecución sañuda de que hizo objeto al Niño de Belén. Jesucristo es la primera víctima de Herodes; si no sucumbe en la matanza de los Inocentes es porque Dios lo libra milagrosamente de la furia del rey cobarde y sanguinario.

Herodes se turbó. No es un crimen turbarse; es un movimiento natural de la parte inferior o pasional de la vida que previene muchas veces toda conciencia reflexiva.

Lo que más podría delatar la turbación de Herodes sería una naturaleza suspicaz, un temperamento ambicioso, el miedo súbito a perder el poder de que disfruta.

Pero le quedaba el alma libre para discurrir en buen sentido, como su propensión al mal lo llevó a la hipocresía y al crimen.

Pudo examinar la naturaleza del hecho extraordinario de la aparición de la estrella a los Magos, estudiar las condiciones del reino mesiánico, esperar a que nuevos hechos le diesen más luz en el grave negocio. No quiso; le dominó la ambición y el miedo de perder su trono, y su alma perdió la dirección y el sosiego.

Vedlo cómo congrega a todos los sabios de la nación, príncipes de los sacerdotes y escribas del pueblo, y les pregunta el lugar en que había de nacer el Cristo; cómo pregunta a los Magos, en secreto y con diligencia exquisita, sobre el tiempo en que se les apareció la estrella; cómo los envía a Belén, con encargo de que busquen al niño, no al Rey, que ni tal nombre puede soportar.

Todo este proceso revela la profunda agitación de su espíritu. En el fondo de su alma ha despuntado la idea del crimen feroz.


Pero ¿qué puede la locura de un hombre contra la providencia de Dios? Y es inútil la lucha de Herodes contra Dios.

Este Niño, que va a escapar del odio de Herodes, poco antes de morir les dirá a sus discípulos, después de ofrecerles el panorama de las futuras persecuciones y de darles divinos consejos: Os he dicho todo esto para que descanséis en mí. En el mundo tendréis grandes tribulaciones; pero tened confianza; yo he vencido al mundo.

Esta es la política divina en el gobierno de la Iglesia.

Y esta es la lección que se desprende de la actitud de Herodes ante Jesús que se manifiesta al mundo. Herodes se levanta contra Dios, hace la guerra a Dios, quiere anonadar a Dios, y él es el vencido, mientras Dios triunfa de su perversa astucia.

Es lección de historia, que se reproducirá en todos los tiempos, y de la que debemos sacar una ilimitada confianza en nuestras tribulaciones.


LOS SABIOS DE ISRAEL

Herodes congrega a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo. Se trata de una consulta de carácter teológico, y los llamados a resolverla son los maestros de la religión y los intérpretes de la ley.

Los Magos han dicho que han visto la estrella del Rey de los judíos en el Oriente; el Rey de los judíos es el Mesías prometido, el enviado de Dios… Herodes, con el ansia mal contenida, pregunta a la asamblea de sabios dónde ha de nacer el Cristo.

Es fácil evacuar la consulta: todo israelita sabía que el Mesías había de nacer en Belén…

El Evangelio no dice nada más de la intervención de sacerdotes y escribas en el asunto que trajo a los Magos a Jerusalén.

Debemos profundizar en la conducta de estos hombres representantes de la ciencia divina y de la ley, porque es el segundo poder que se enfrenta con el Niño recién nacido.

Más tarde, cuando lleguen los días de su predicación pública, este poder se afrontará con Jesús para desautorizar y malograr su obra, apelando a todos los recursos de su fuerza social y de su astucia.

Este poder es el que en la apariencia triunfará de Jesús, arrancando del Procurador romano una sentencia de muerte…


Todo Jerusalén se conmovió, nos dice el Evangelio; sacerdotes y escribas participan de esta conmoción… Ciertamente, a Jerusalén habría llegado la noticia de los maravillosos sucesos ocurridos la noche del nacimiento de Jesús…

Los príncipes de Israel saben que es inminente la venida del Mesías: ha salido ya el cetro de Israel de la casa de Judá, y están para cumplirse las semanas de Daniel.

La presencia de los Magos, venidos de tierras lejanas para adorar al Rey de los judíos y el interés de Herodes en conocer el lugar de su nacimiento, deben, levantar en su espíritu de israelitas el ansia de descubrir la verdad del hecho que deberá cambiar la historia de su pueblo: el Mesías es el Ungido de Dios para obrar la redención de Israel y levantarse sobre todas las demás naciones…

Y, no obstante, sacerdotes y escribas, evacuada la consulta de Herodes, se desinteresan totalmente del hecho famoso…

Treinta años más tarde, los mismos jefes de Israel, tal vez algunos sobrevivientes de los de ahora, se convertirán en feroces enemigos de Jesús…

El orgullo, el servilismo, las comodidades del bien vivir fueron el obstáculo que les impidió acercarse a Jesús y recibir su salvación.

¿Cuál fue la causa de esta ruina espiritual?

Sacerdotes y doctores de Israel estaban en tiempo de Herodes en plena decadencia.

El sacerdocio, a lo menos en sus puestos principales, estaba en manos de los saduceos; y éstos eran los materialistas de aquellos tiempos. Débiles ante la omnipotencia de Herodes, que disponía del sumo sacerdocio a su placer.

Los sumos sacerdotes nombraban arbitrariamente a los príncipes de los sacerdotes, y unos y otros se cuidaban de incurrir en la cólera del rey, que les procuraba abundantemente plazas y dineros.

En cuanto a los doctores, eran todos fariseos, y ya sabemos por el Evangelio el orgullo inverosímil de esta casta de hombres: proponerles que debían reconocer como rey a un pobre niño nacido en un establo de la pequeña ciudad vecina, hubiese sido contravenir las ideas que tenían del futuro libertador de Israel: Rey magnífico, que debía triunfar del mundo por la gloria de sus armas y por la magnificencia de su imperio terrenal.

Y estos fueron los dos grandes obstáculos de la fe en los principales de Israel: el concepto materialista de la vida y el orgullo del espíritu.

De aquí la indiferencia de los príncipes de los sacerdotes ante el anuncio del nacimiento del Rey de los judíos… Dejarán a los Magos que hagan su camino, y después de haber satisfecho la curiosidad de Herodes, le permitirán consumar la horrible matanza de Inocentes…


Nunca como en nuestros días se ha presentado el materialismo como una concepción total de la vida que abarca todos sus problemas de orden político y social.

Por el otro lado, el orgullo del espíritu es el gran obstáculo para la fe. El orgullo es el desbordamiento del espíritu; es como la lujuria del alma, así como a la del cuerpo podemos llamarla orgullo de la carne. Y como ésta no sufre el freno, tampoco aquél.

Y la verdad sobrenatural es freno que contiene al pensamiento dentro de sus límites…

Los doctores de la ley y los fariseos eran hombres religiosos, que ponían la religión sobre todas las cosas de la vida; pero su criterio personal en materia religiosa los desvió del camino de la virtud y los hizo abominables a los ojos de Dios.

Esto causa su ruina en la consulta que se les hace con ocasión de la pregunta de los Magos. Pudieron ser las primicias del Reino de Jesucristo y los introductores de Israel en la Iglesia. No lo serán por su soberbia; porque reputan indigno de su raza un Dios que nace pobre y sin gloria; porque quieren el Mesías que su fantasía y el orgullo de su raza inventó; pero no el que en su misericordia presenta Dios para salvar al mundo.

De aquí arranca toda su desgracia y la de su pueblo; de su primera resistencia a las luces de Dios. Ellos no conocieron el misterio de Jesús; si lo hubieran conocido, dice San Pablo, jamás hubiesen crucificado al Señor de la gloria; pero no lo conocieron porque cerraron sus ojos a los primeros rayos de luz de la revelación del Mesías.

Este es el triste oficio a que su orgullo les redujo en la historia, a ellos y a sus descendientes. Oficio que con soberana elocuencia describe San Agustín: “Dieron el testimonio divino del lugar en que debía nacer el Cristo, no para su salvación, sino para la de los gentiles. Por esto fueron arrojados de su reino y diseminados por la tierra, para que fueran testigos obligados de 1a fe de la que son enemigos. Porque perdido su templo, el sacrificio, el sacerdocio y hasta el mismo reino, conservan el nombre y la sangre para que no desaparezcan, mezclados con otros pueblos, y pierdan el testimonio de la verdad; como recibió Caín la señal divina para que nadie lo matara, a él, que envidioso y soberbio había matado al hermano justo”.

Lección terrible que debemos aprender humillando nuestro pensamiento ante Dios, que trata de iluminarlo y ennoblecerlo en su misericordia.


LOS MAGOS

Llegamos a la tercera actitud de los hombres ante la verdad religiosa que se les ofrece.

Herodes, ante la Epifanía de Jesús, se turba, se irrita contra el nuevo poder que ha aparecido, se inclina del lado de la venganza y trabaja para aniquilarlo: es el representante del poder temporal que ha desconocido sus deberes ante la Verdad divina.

Los sacerdotes y doctores, confiesan, en principio, la Verdad; pero no la aplican al hecho de la vida; son víctimas de los dos grandes enemigos de la Verdad de Dios: la comodidad de vivir y el orgullo.

Restan los Magos, que representan la lealtad de la inteligencia humana, su rendimiento ante la Verdad sobrenatural que se les ha manifestado y ante los principios que deben gobernarla.

Analicemos su conducta y aprendamos las lecciones que de ella se derivan, resumidas en estas palabras de San Agustín: "Alma mía, si buscaras la verdad con diligencia, lo manifestarías con estas tres señales: primero, pedirías luz, para que las tinieblas no te impidiesen verla; segundo, preguntarías a los que la conocen, para que no erraras en su búsqueda; tercero, no hallarías descanso hasta encontrarla".

Esto hicieron puntualmente los Magos.


Comparemos la turbación de Herodes, con la serena simplicidad de los Magos; la curiosidad insana de aquél, con la noble resolución de éstos; la propensión del ambicioso rey a cerrarle el paso a Dios, con el abandono de los Magos a la inspiración divina.

Comparemos aún a los Magos con sacerdotes y escribas: el conocimiento frío, la pasividad suicida, el desdén de aquellos hombres de ciencia por el Niño que ha nacido en Belén, con el ardor con que emprenden los Magos el camino y el desasosiego hasta encontrarlo, donde quiera que esté.

Y comparémoslos con nuestra frialdad y con nuestra inercia ante los fuertes llamados de Dios, sin que queramos inclinarnos del lado hacia donde nos solicita.


No basta pedir la luz; ni es suficiente abrirle las puertas de nuestra alma. A veces la luz se oculta, como la estrella a los Magos. La lealtad de espíritu reclama que, cuando corramos peligro de perder el camino, pidamos el auxilio de una mano experta que nos guíe.

¡Prueba tremenda ésta a que sujetó Dios a los Magos! Pudieron retroceder, defraudados; y, sin embargo, preguntan, inquieren, y salen de la ciudad dispuestos a cumplir el consejo de Herodes hasta que se pongan en contacto con el Dios que buscan.

Dios, dice Bossuet, sabe conturbar a los hombres con pequeñas dificultades, y calmarlos luego de una manera maravillosa.


Los Magos, entrando en la casa, encontraron al Niño con su Madre. ¡El Niño con su Madre! Es la Sabiduría junto con la que es la Sede de la Sabiduría; el Rey con la Reina; el Redentor con la Corredentora; el segundo Adán con la segunda Eva.

Es la revelación plena del gran misterio del Cristianismo, empezando por la Encarnación, siguiendo por esta conjunción de las dos vidas de Jesús y de María que tiene su punto culminante en el Calvario y expansionándose en esta gloriosa Epifanía de Jesucristo y de su Madre santísima a través de los siglos cristianos.


Y ellos vieron, creyeron y, cayendo de hinojos, lo adoraron.

Vieron un Niño y adoraron a un Dios. A través de aquel cuerpo débil y de su carne frágil, adivinaron al Fuerte e Inmortal que tiene el imperio del mundo y de los siglos.

Por vez primera el poder y la ciencia de los hombres rinden sus homenajes a Jesucristo.

¡Contraste maravilloso con la conducta de Herodes, el poderoso, y de los sacerdotes y escribas, sabios de Israel!

Y abriendo los cofres en que llevaban sus tesoros, le ofrecieron oro, incienso y mirra.

Oro al Rey, incienso a Dios, mirra al Hombre.

El oro puro del amor, el incienso del servicio continuo de una vida que se consume ante Dios; la mirra de la penitencia y mortificación que nos consepultan con Él.

Como recompensa, el Niño Jesús los colmaría de sus mejores dones.

Herodes, mientras tanto, los espera. Los separa ya de él un abismo: conocen la verdad, y no volverán al mundo de la mentira; saben de santidad, y no se contaminarán tratando con los impíos; sus almas iluminadas no entrarán ya más en la región de las tinieblas.

Dios los advierte, y vuelven a su país por otro camino.

Es el símbolo de que el mundo se ha trocado ya, entrando por otro rumbo… Rumbo que no es otro que el señalado por el que es Camino de nuestra vida.

Símbolo del repudio de Israel que, por su contumacia, quedará fuera del verdadero camino, hasta que la plenitud de las naciones haya entrado en la Iglesia.

Símbolo de que las profecías han cedido ya a la realidad; de que ha llegado Jesús, la salvación para todo el mundo.


Y subiremos de claridad en claridad, de epifanía en epifanía, revelándose Dios cada vez con mayor claridad; hasta que nos deje verlo en la revelación definitiva de su gloria, que es la epifanía eterna, que inunda de gozo a los bienaventurados.

sábado, 1 de enero de 2011

El Santo Nombre


EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS


Con la simplicidad y concisión propias del Evangelio, se nos descubren dos misterios de profunda importancia y de alta trascendencia: la circuncisión del Niño y la imposición del Santísimo Nombre…

Cumplidos los ocho días para circuncidar al Niño, le dieron el Nombre de Jesús, impuesto por el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.


Nuestro Señor Jesucristo no tenía obligación alguna de someterse a las observancias legales que la ley de Moisés y las costumbres del pueblo imponían a todo israelita. Él estaba por encima de la Ley.


Con todo, quiso voluntariamente someterse a aquellas ceremonias prescritas por la Ley, no sin altísimo designio de su infinita sabiduría.


En torno al nacimiento de un niño, las principales obligaciones mosaicas eran cuatro: la circuncisión, la imposición del nombre, la presentación en el Templo y la purificación de la madre.


El Evangelio de hoy nos narra el hecho histórico de la Circuncisión de Nuestro Señor; y Santo Tomás señala siete razones de conveniencia por las cuales el Salvador se sometió a un rito propio de un pecador:


  • 1) Para demostrar la verdad de su carne humana, contra los que se atreverían a decir que tiene un cuerpo fantástico o aparente; contra los que afirmarían la consubstancialidad del Cuerpo de Cristo con la divinidad; y contra los que sostendrían que Cristo trajo su Cuerpo del Cielo.
  • 2) Para aprobar la Circuncisión, que en otro tiempo había sido instituida por Dios.
  • 3) Para probar que era del linaje de Abrahán, el cual había recibido el precepto de la Circuncisión como signo de su fe en Cristo.
  • 4) Para quitar a los judíos el pretexto de rechazarle por incircunciso.
  • 5) Para recomendarnos con su ejemplo la virtud de la obediencia, por lo que fue circuncidado al octavo día, según el mandato de la ley.
  • 6) Para que quien había venido en carne semejante a la del pecado, según la expresión de San Pablo, no desechase el remedio con que la carne de pecado solía purificarse.
  • 7) Para que, tomando sobre sí la carga de la ley, librase a los demás de semejante carga, según las palabras de San Pablo: Dios envió a su Hijo, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley.

Dos objeciones importantes se presentan contra esta ceremonia. Santo Tomás las resuelve, y en sus respuestas encontramos nuevas luces sobre este profundo misterio del Verbo Encarnado.

Una primera dificultad se presenta de este modo: al llegar la realidad debe cesar la figura. La Alianza de Dios con su pueblo, simbolizada por la Circuncisión, quedó realizada con el Nacimiento de Cristo. Por lo tanto, a partir de ese instante debió cesar la Circuncisión.


En la respuesta, el Santo Doctor dice que la Circuncisión, que consiste en quitar el prepucio del miembro viril, significa el despojo de la vieja generación, de la cual fuimos libertados por la Pasión de Cristo. Por esto, la plena realización de esa figura no se cumplió en el Nacimiento de Cristo, sino en su Pasión, antes de la cual conservaba la Circuncisión su virtud y vigencia. De ahí la conveniencia de que Cristo, antes de su Pasión, fuese circuncidado como hijo de Abraham.



Otra dificultad afirma que la Circuncisión se ordenaba a quitar el pecado original. Pero, como Cristo no lo tuvo, no debió someterse a ella.

Y Santo Tomás responde de modo profundísimo: Como Cristo, sin tener ningún pecado, sufrió por propia voluntad la muerte, que es efecto del pecado, para librarnos a nosotros de ella y hacernos morir espiritualmente al pecado, así también quiso someterse a la Circuncisión, remedio del pecado original, sin tener ese pecado, para librarnos del yugo de la ley y para producir en nosotros la circuncisión espiritual; es decir, para que, tomando la figura, cumpliera la realidad.


La segunda ceremonia era la de la imposición del nombre. Y el Evangelista de San Lucas nos dice que le dieron el Nombre de Jesús, impuesto por el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.


Etimológicamente, el Nombre de Jesús significa la salvación de Yhavé, como dijo el Ángel al anunciar a San José el misterio realizado en su virginal esposa: Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados.


Sobre la imposición de este Santísimo Nombre, Santo Tomás nos enseña lo siguiente:


“Los nombres deben responder a las propiedades de las cosas, expresando la definición y dándonos a conocer la naturaleza de las mismas.
Los nombres de los individuos se toman de alguna propiedad de la persona a quien se impone. Ya sea del tiempo, como se imponen los nombres de los Santos a aquellos que nacen en sus fiestas; ya del parentesco, como se impone al hijo el nombre de su padre o de algún pariente; ya de algún suceso, como José llamó a su primogénito Manasés, diciendo: Dios me ha hecho olvidar todas mis penas; ya de alguna cualidad de la persona a quien se impone el nombre, como se llamó Esaú (rubio) al primer hijo de Jacob, que nació con el pelo de ese color.
Ahora bien: los nombres impuestos por Dios a algunos siempre significan algún don gratuito que Dios les concede, como cuando cambió el nombre al patriarca Abraham diciéndole: Ya no te llamarás Abram, sino Abraham, porque yo te haré padre de una muchedumbre de pueblos; y a San Pedro: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú serás llamado Cefas, que quiere decir Pedro (piedra), porque sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.
Pues como a Cristo-hombre le fue otorgada la gracia de ser el Salvador del mundo, con razón se le llamó Jesús, o sea Salvador. Y este nombre fue previamente comunicado por el Ángel, no sólo a la Madre, sino también a San José, que había de ser su padre nutricio”.

Ahora bien, si consideramos el aspecto social y público de la salvación por Jesús, una sola frase del Apóstol San Pablo sintetiza toda su obra salvadora: Instaurare omnia in Christo; recapitularlo todo a la unidad de un principio capital, que lo presida, armonice y dirija todo, en los cielos y en la tierra.

Gloriosos y universales han de ser los triunfos logrados por la fuerza del Nombre de Jesús en el orden social.


Los vislumbró el profeta Isaías, cuando describía la gloria del futuro Mesías. Toda ella la reducía a los tres grandes factores de su fuerza social: la verdad, la justicia, el imperio.



En orden a la Verdad, dice el Profeta: Herirá la tierra con la vara de su boca, es decir conmoverá la tierra con su palabra y con la verdad en ella contenida.


¡La palabra de Jesús! La palabra es la expresión del pensamiento. Brilla la idea en las alturas de la inteligencia y se encarna en una palabra, que se introduce por el oído en el espíritu de quien la oye.


La palabra de Jesús es la Palabra de Dios, porque Jesús es el Verbo de Dios y habla lo que ha oído en el seno del Padre. Viva y eficaz, y más penetrante que una espada de dos filos.


Y habló Jesús… y transformóse la tierra por la fuerza acérrima de su doctrina
.

Se predicó el Nombre de Jesús; y la doctrina que en su virtud se enseñaba se propagó como jamás se haya propagado ninguna doctrina, iluminando al mundo y saturando de luz todo lo humano.


¿De dónde tanta y tan súbita luz le ha venido al mundo, sino de la predicación del Nombre de Jesús?


Él se ha metido en todo para iluminarlo todo, para convertirlo todo en luz; la filosofía, las ciencias, la política, las leyes, las costumbres, los grandes problemas de la vida individual, familiar y social…, todo lo ha iluminado el Nombre de Jesús.


Cada nueva etapa de la historia ve brillar el Nombre de Jesús con una luz nueva; para cada momento tiene su matiz; para cada problema un rayo de claridad que consienta descifrarlo y resolverlo.


Tal es la fuerza del nombre de Jesús en orden a la Verdad.



¡Cuán necio es el hombre! Deja la luz indeficiente, suave y clara, de este Nombre, y va en busca de las luces fatuas, sea de las miserables luciérnagas de las humanas doctrinas, sea de los mismos hombres que las propagan.


De aquí que volvamos a las tinieblas y a la noche de donde habíamos salido.


De aquí que ya no son las armas de la luz las que los hombres visten, sino que, como dice San Pablo, son llevados por el viento de toda doctrina a toda maldad.



No seamos nosotros así. Dejemos que la luz de este Nombre divino penetre hasta la médula de nuestra vida, en la seguridad de que veremos clara la Verdad en todo momento.



Prosigue el Profeta Isaías, indicando otra fuerza del futuro Mesías, la Justicia: Y será la justicia el ceñidor de sus lomos.


Siempre sintieron los pueblos ansiáis de Justicia; pero por una aberración, que es ley constante fuera del Cristianismo, la justicia jamás reinó sobre la tierra hasta que vino Jesús, y reinó en la medida en que fue aceptada su ley por los pueblos.


Jesús ha reinado en justicia. Bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los pacíficos, los que sufren persecución por la justicia… he aquí la rehabilitación de la humanidad desgraciada y la condenación de toda injusticia y de todo abuso.


Y la paz será la obra de la justicia; esta paz que cantaban los Ángeles cuando nació Jesús, el Príncipe de la paz.


En fin, como tiene Jesús la fuerza de la Verdad y de la Justicia, tiene también la fuerza del Imperio, del poder para salvar al mundo, venciendo a sus enemigos: Y con el aliento de sus labios matará al impío, dice Isaías.

Ningún poder ha habido en el mundo como el de Jesús. Algunos hombres han dominado con la fuerza de sus armas; Jesús, dice San Agustín, ha dominado al mundo, no por la espada, sino por la Cruz.


Jesús es el Señor de los tiempos; los hombres más poderosos sucumben, y no se levantan; Jesús muere y resucita, es más poderoso que los más poderosos.


Éstos sucumbieron por debilidad, por la traición, por la fuerza contraria de sus enemigos; Jesús sigue con igual fuerza que siempre; la traición de los herejes y malos hijos lo ha hecho más fuerte; sus adversarios más poderosos son los grandes derrotados por la fuerza de Jesús.



Ésta es la grandeza de nuestro Salvador Jesús; y con esta triple grandeza, de la Verdad, de la Justicia y del Poder, ¡qué ascensiones ha logrado la humanidad que ha creído en Él y adorado su Santo Nombre!


De Él son los Mártires, que rubricaron con su sangre el pacto de reconciliación entre Dios y los hombres.


De Él son los Confesores, que triunfaron de las fuerzas bajas de la vida, utilizando la fuerza de la gracia que en sus manos puso Jesús.


De Él es la civilización brillante que ha levantado a los pueblos cristianos por sobre todos los pueblos de la historia.


De Él esa ciencia gloriosa de las cosas divinas y humanas, expresión y producto de la luz que trajo al mundo el Nombre de Jesús.


De Él es el alto sentido moral de las sociedades cristianas y el profundo respeto que a sí mismas se inspiran, y que instintivamente las eleva sobre el fango de la tierra.


De Él aquel arte cristiano, único que ha hecho estremecer el espíritu de las generaciones haciendo pasar ante él una imagen de la Belleza infinita.


De Él somos nosotros, que hemos hecho ley de nuestra vida la ley inmaculada de Jesús, y que somos los hijos de esas generaciones forjadas a la luz y al calor del Nombre Santísimo de Jesús.



Y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. El Evangelio, que parece se complace en insistir en el origen celestial del Nombre de Jesús, añade: Y se llamó su Nombre Jesús, el mismo que le había dado el Ángel antes que fuera concebido.

Y Jesús ha sido el Jesús de la humanidad que, como tal, lo esperaba.


Jesús es el Jesús, el Salvador del mundo, como lo llamaron los Samaritanos, porque lo ha salvado con la plenitud de su gracia y con su fuerza invencible de Hombre-Dios.


Su poder de Verdad, de Justicia y de Imperio ha hecho de las sociedades que han querido incorporarse a su redención, las únicas grandes, santas y gloriosas que ha habido en la historia.


Como los de Samaría, podemos decir: Nosotros mismos hemos oído, y lo sabemos de ciencia propia, que Éste es verdaderamente el Salvador del mundo.



Humillemos nuestras frentes y nuestras almas al Nombre dulcísimo y terribilísimo de Jesús, no para nuestra confusión, sino para nuestro consuelo, porque Él es el que da al alma los verdaderos goces.


Invoquémoslo con frecuencia, especialmente en nuestras horas difíciles, porque está escrito que quienquiera que invocare este Nombre será salvo.


Pidámosle cuanto nos falte, porque toda salvación está en el Nombre de Jesús: el dolor de los pecados, la victoria en las tentaciones, el progreso en las virtudes, luz en nuestras tinieblas, fortaleza en nuestras debilidades, y sobre todo el don de la perseverancia, que prolongue nuestra salvación hasta el punto de la muerte, en la que podamos pronunciar el Nombre de Jesús, que será nuestra salvación definitiva en el Cielo.