domingo, 18 de septiembre de 2011

Domingo 14º post Pentecostés

DECIMOCUARTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará. No podéis servir a Dios y a las riquezas.

Por lo tanto os digo: No andéis afanados para vuestra alma qué comeréis, ni para vuestro cuerpo qué vestiréis. ¿No es más el alma que la comida y el cuerpo más que el vestido?

Mirad las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni amontonan en graneros; y vuestro padre celestial las alimenta. ¿Pues no sois vosotros más que ellas? ¿Y quién de vosotros discurriendo puede añadir un codo a su estatura?

¿Y por qué andáis acongojados por el vestido? Considerad los lirios del campo cómo crecen, no trabajan ni hilan: os digo, pues, que ni Salomón con toda su gloria fue cubierto como uno de éstos. Pues si al heno del campo, que hoy es, y mañana es echado en el horno, Dios viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?

No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los Gentiles se afanan por estas cosas, y vuestro Padre celestial sabe que necesitáis de todas ellas. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura.

Y no andéis cuidadosos por el día de mañana. Porque el día de mañana a sí mismo se traerá su cuidado: le basta al día su propia aflicción.

El Evangelio de este Domingo nos recomienda de una manera precisa y clara la confianza en la divina Providencia.

Contemplemos a Jesús, hablando a las muchedumbres en el Monte de las Bienaventuranzas.

Tenemos un Padre que vela por nosotros: Vuestro Padre sabe que habéis menester de todas estas cosas…

¡Gran dicha la de los cristianos! Sabemos que desde lo alto del Cielo lleva cuidado de nosotros un Dios omnisciente, de infinito poder y de suma bondad; que allá arriba hay un Padre amoroso, que vela por sus hijos.

Dios Padre, como supremo Gobernador del movimiento de los mundos, lleva cuenta de todos los sucesos de nuestra vida, prevé los peligros y dirige nuestros pasos.

Nada acontece que no haya obtenido antes su beneplácito, o al menos su consentimiento; y como nos ama como hijos, nada puede permitir que no vaya dirigido a nuestro mayor bien y provecho.

¡Ah! Si lo pensáramos y consideráramos seriamente, nada habría que nos pudiera conturbar. Ni las necesidades temporales, ni las tribulaciones de este valle de lágrimas, ni aun las angustiosas dudas con que el demonio pretende enredar el negocio de nuestra salvación.

¿Cómo osaríamos inquietarnos por nada teniendo a Dios por Padre? Sin embargo, los afanes temporales nos perturban, los pesares nos abaten, y las preocupaciones internas frecuentemente nos amilanan.

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¡Cuán bien cuadra también a nosotros, por desgracia, aquella imprecación del Salvador: Hombres de poca fe!

Y la verdad es que, si miramos nuestro pasado, aparece tan claramente la Providencia dirigiendo nuestros pasos, que en ocasiones casi hemos visto sensiblemente el brazo que nos guiaba.

¿Por qué, pues, no somos consecuentes? ¿Cómo es que, a pesar de tan claras señales de la Providencia amorosa que nos gobierna, cuando de nuevo se oscurece nuestro cielo y no percibimos más luz que la de la antorcha de nuestra débil fe, volvemos a las antiguas dudas y perplejidades, olvidando que esa Providencia nos ha librado de peores peligros?

Acabemos ya con tanta fluctuación, busquemos la estabilidad del corazón, arrojando nuestros cuidados en las manos del Señor, que Él se interesará por nosotros: Sabe bien vuestro Padre que necesitáis de todas estas cosas…

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No os acongojéis por la comida o por el vestido. Este postulado viene a ser una consecuencia lógica de la doctrina expuesta.

Pero el Señor tiene tanto interés en que quedemos compenetrados del pensamiento de la Providencia, que llega a multiplicar razones y argumentos:

No andéis afanados para vuestra alma qué comeréis…

San Jerónimo enseña que en algunos códices se ha añadido: Ni qué beberéis. Luego se refiere a aquello que la naturaleza concede a las fieras, a las bestias y también a los hombres; y siéndonos esto común, no podemos vivir libres de este cuidado. Pero se nos manda que no andemos solícitos acerca de lo que hemos de comer, porque con el sudor de nuestra frente debemos prepararnos el pan. El trabajo debe ejercitarse, mas se debe evitar el afán. Por lo tanto, se debe trabajar, pero debe evitarse la preocupación.

Así, pues, cuando el Señor dice: No queráis andar solícitos, no lo dice con el objeto de que no busquemos lo necesario con lo que podamos vivir honradamente, sino para que no nos fijemos en estas cosas, y que no sea por ellas que hagamos todo lo que se manda en la predicación del Evangelio.

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Confirma, pues, el Señor nuestra esperanza, razonando así, de mayor a menor: ¿Acaso el alma no vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido?

Después que el divino Maestro ha confirmado nuestra esperanza razonando de mayor a menor, ahora vuelve a confirmarla razonando de menor a mayor, cuando dice: Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan...

Lo que dice el Señor respecto de las aves del cielo, se refiere a convencernos que ninguno debe creer que Dios no se cuida de procurar lo necesario a los que le sirven, siendo así que su Providencia se extiende hasta gobernar estas criaturas.

Respecto de los siervos de Dios que pueden ganarse el sustento con sus manos, si alguno les argumentase con las palabras del Evangelio que habla de las aves del cielo que ni siembran ni siegan, San Agustín dice que pueden responder: Si nosotros por alguna enfermedad u ocupación no podemos trabajar, el Señor nos alimentará, como alimenta a las aves del cielo que no trabajan. Cuando podemos trabajar, no podemos tentar a Dios, porque todo lo que podemos hacer, lo podemos por su auxilio, y todo el tiempo que aquí vivimos, por su largueza vivimos, pues nos ha dado el que podamos vivir, y Él nos alimenta del mismo modo que alimenta a las aves.

Sabemos que Dios ha hecho todos los animales para el hombre, y al hombre para Sí. Cuanto más vale la creación del hombre, tanto mayor es el cuidado que Dios tiene por él. Si, pues, las aves que no trabajan encuentran qué comer, ¿no lo encontrará el hombre, a quien Dios le ha concedido la ciencia de trabajar?

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Y ¿quién de vosotros, a fuerza de discurrir, puede añadir un codo a su estatura?

Nuestro Señor enseña, no sólo con el ejemplo de las aves, sino también con la experiencia, que nos prueba que no es suficiente nuestro cuidado para que podamos subsistir y vivir, sino que es necesaria la acción de la divina Providencia, diciendo: ¿Quién de vosotros, discurriendo puede añadir un codo a su estatura?

En efecto, Dios es quien todos los días hace que nuestro cuerpo crezca, sin conocerlo nosotros. Si, pues, la Providencia de Dios obra todos los días, ¿cómo podrá decirse que cesará en las cosas indispensables?

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Y ¿por qué andáis solícitos por el vestido? Considerad cómo crecen los lirios del campo: ellos no trabajan, ni hilan. Y sin embargo, Yo os digo, que ni Salomón, en el apogeo -de su gloria, llegó a vestirse como uno de éstos. Pues si el heno del campo, que hoy es y mañana es echado al horno, Dios así lo viste, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?

San Juan Crisóstomo dice que, después que demostró a sus discípulos que no era conveniente andar solícitos con el alimento, Nuestro Señor pasó a otra cosa más sencilla. No es tan necesario el vestido como el alimento, y por ello dice: ¿Y por qué andáis acongojados por los vestidos? No usa aquí del ejemplo de las aves, para citar como ejemplo el pavo real o el cisne, de quienes se podrían tomar ejemplos parecidos, sino que usa del ejemplo de los lirios, queriendo demostrar con estas dos cosas la sobreabundancia de sus dones, a saber, con el derroche de hermosura y la vileza de los que participan de tanto decoro.

Si Dios cuida tanto de las flores de la tierra que mueren apenas nacen y son vistas, ¿despreciará a los hombres a los que ha creado, no para un tiempo limitado, sino para que vivan eternamente? Y esto es lo que expresa cuando dice: ¿cuánto más cuidará de vosotros, hombres de poca fe?

Los llama hombres de poca fe, porque es muy limitada aquella fe que no está segura aun de las cosas más pequeñas.

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No os preocupéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos?

Después de haber excluido sucesivamente la preocupación por el vestido y la comida, tomando su argumento de las cosas inferiores, excluye ahora las dos, diciendo: No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los gentiles se afanan por estas cosas…

Los gentiles, dado que creen que la fortuna consiste en las cosas humanas, no creen que hay Providencia, ni que Dios sea quien cuida del gobierno de estas cosas, sino que suceden por casualidad. Así, con razón, temen y desesperan, como si no tuviesen quien los dirigiese.

No obremos nosotros como gentiles; pensemos como cristianos; no olvidemos que el Padre que se ocupa de los extraños, no puede menos, de cuidarse de nosotros; que quien con tanto cuidado atiende a las flores del campo y a las aves del cielo, por precisión se ha de preocupar de los que somos sus hijos.

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Los que creen que todas las cosas son gobernadas por Dios, confían la comida a la dirección de su liberal mano, y por eso añade: Sabe vuestro Padre que necesitáis de todas estas cosas…

Acota San Juan Crisóstomo que no dijo sabe Dios, sino sabe vuestro Padre, para inspirarles más confianza. Si es padre, no podrá despreciar a sus hijos. ¿Qué padre sostiene que no deben darse a sus hijos las cosas necesarias? Si fuesen superfluas, no convendría confiar así.

Sin embargo, Providencia divina y prudencia cristiana van juntas. El pensamiento de la Providencia divina no desliga al hombre de los deberes que le impone el propio estado, de las preocupaciones por las cosas materiales.

La doctrina católica nos enseña la virtud del trabajo; y tanto; que llega a decir San Pablo: Quien no quiera trabajar, que no coma.

Y, si se trata de padres de familia o de aquéllos que tienen a su cargo súbditos que alimentar, es, además, bien lo sabemos, un deber elemental el desvelarse por ellos.

Dios promete su asistencia al que le sirve, y no le sirve quien huye de cumplir su deber.

Por eso, al lado de la total confianza en brazos de la Providencia, debe hacer valer también sus derechos la prudencia cristiana. Aquí cabe muy bien aquel lema de San Ignacio: En todas tus empresas pon tal confianza en Dios, como si Él solo, sin tu cooperación, las realizase; y empréndelas con tal energía y afán, cual si su efecto dependiese únicamente de tu interés.

Debe adquirirse el pan, no por medio de afanes espirituales, sino por medio de trabajos corporales, cuyo pan abunda para los que trabajan, puesto que Dios se lo concede como premio de su laboriosidad y se lo oculta a los perezosos como castigo.

Puesta, pues, toda nuestra confianza en el Señor y nuestras miras en el Cielo, procuremos cumplir las obligaciones terrenas como el más interesado, convencidos de que con ello nos ganamos la gloria.

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Y todas estas cosas se os darán por añadidura, a saber, dice San Agustín, las cosas temporales, las cuales manifiesta terminantemente aquí que no son tales bienes nuestros por los que debemos obrar bien, pero que, sin embargo, son necesarios.

El Reino de Dios y su justicia son nuestro bien, en el cual debemos constituir nuestro fin. Pero como en esta vida, en la que peleamos para conseguir aquel Reino, nos son necesarias estas cosas, por eso nos dice que se nos darán por añadidura.

Cuando Nuestro Señor dijo primero, no significó prioridad de tiempo, sino de dignidad: el Reino como nuestro verdadero bien; estas cosas como necesarias para la vida.

Explicita aún más San Agustín, diciendo: a los que buscan primeramente el Reino de Dios y su justicia no debe molestar el cuidado de si faltarán las cosas necesarias. Y por ello dice el Señor: Estas cosas se os darán por añadidura, esto es, las conseguiréis, si no ponéis impedimento, no sea que buscando estas cosas os pervirtáis de tal modo, que constituyáis dos fines.

Y va más lejos todavía el Santo Doctor: como estas cosas se nos dan por añadidura, el Médico Divino, a Quien todos nos hemos confiado, sabe cuándo debe concedernos la abundancia, y cuándo la escasez, según cree que nos conviene. Si alguna vez nos faltan las cosas necesarias a la vida, lo que con frecuencia permite el Señor para nuestra prueba, no refuta lo que hemos dicho, sino que, examinado, lo confirma.

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Finalmente, prohibida la preocupación por las cosas presentes, ahora prohíbe la preocupación vana de las cosas futuras, cuando dice: No andéis solícitos por el día de mañana.

San Jerónimo explica que Mañana, en los sagrados Libros se entiende la Vida futura; y que el Señor concede que debamos andar preocupados por las cosas presentes, pero nos prohíbe pensar en las cosas futuras.

Es decir, nos basta el pensar en las cosas presentes; las futuras, como inciertas que son, dejémoslas a Dios. Y esto es lo que indica cuando añade: Porque el día de mañana, a sí mismo se traerá su cuidado. Esto es, traerá consigo su propia preocupación, trabajo, aflicción, y penas de la vida…

Ninguna cosa hace tanto daño al alma como la preocupación y los cuidados. Por eso, Nuestro Señor, designa por hoy las cosas que son necesarias ahora para la vida; y cuando dice mañana se refiere a lo que ahora es superfluo.

No queráis andar preocupados por lo que es propio del día de mañana, esto es, no os preocupéis de las cosas que mañana necesitaréis para la vida, sino sólo del alimento necesario para hoy. Lo que es superfluo, como lo es lo del día de mañana, ya se cuidará a su tiempo.

Es suficiente para cada día su propio afán, esto es, nos basta el trabajo que empleamos para conseguir las cosas necesarias, no queramos andar solícitos acerca de las cosas superfluas.

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Concluimos con San Hilario, que dice: El significado de esas palabras celestiales se reduce, pues, a que no nos preocupemos del porvenir.

La malicia de nuestra vida y los pecados de todos los días bastan para que toda nuestra meditación y todos nuestros esfuerzos no se empleen en otra cosa que en purificarnos de ellos.

Cesando nuestro cuidado, el porvenir queda con su propia preocupación, mientras Dios nos obtiene el adelanto de la eterna claridad.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Domingo XIIIº post Pentecostés

DECIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y aconteció que yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por medio de Samaria y de Galilea. Y entrando en una aldea, salieron a Él diez hombres leprosos, que se pararon de lejos. Y alzaron la voz diciendo: Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros. Y cuando los vio, dijo: Id y mostraos a los sacerdotes. Y aconteció, que mientras iban quedaron limpios. Y uno de ellos cuando vio que había quedado limpio volvió glorificando a Dios a grandes voces. Y se postró en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias; y éste era samaritano. Y respondió Jesús, y dijo: ¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve dónde están? ¿No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo.

Hoy asistimos a uno de los milagros obrados por Jesús en su postrer viaje a Jerusalén: la curación de los diez leprosos.

Representémonos al vivo la escena, y tratemos de sacar de ella enseñanzas prácticas.

Los leprosos constituían entre los judíos una clase despreciable. La Ley les declaraba impuros y les obligaba a vivir fuera de todo comercio humano. Erraban a lo largo de los caminos, implorando un mendrugo de pan de los transeúntes. Cuando algún hombre se acercaba a ellos, quedaban obligados a proferir el grito desgarrador de ¡Impuro!

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Junto al camino de Jerusalén yacían los diez leprosos del Evangelio de hoy, cuando el rumor de las gentes que pasaban les anuncia que el Profeta, cuya fama se había extendido ya por toda Palestina, se acercaba. Levantan los ojos, le divisan, y al punto se disponen a salirle al encuentro.

Llegados ya a una distancia conveniente, se detienen y exclaman todos a una voz: ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!

¡Qué profunda humildad la suya! Conscientes de su indignidad, no se atreven a llegarse cerca de Jesús.

Y ¡cuál no es su fervor y confianza! No sé detienen en largas exposiciones, sino que apelan llanamente a la bondad y misericordia del Señor: ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!

Aprendamos de estos desgraciados cómo debe ser nuestra oración, si queremos que sea escuchada.

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Id y mostraos a los sacerdotes… El Antiguo Testamento nos enseñó con figuras lo que el Nuevo nos ha mostrado a las claras. Las prescripciones de Moisés sobre los leprosos no eran tan sólo medidas higiénicas; tenían una finalidad más elevada.

La lepra era una imagen significativa de los estragos del pecado, particularmente contra la fe; de ahí el carácter de inmundicia legal que adquirió en los libros de Moisés.

El leproso era apartado de la Comunión de sus hermanos con un rito especial, y no podía ser devuelto a ella mientras no le reconociese el sacerdote por limpio de la inmundicia de la lepra.

Con estos antecedentes llegamos a entender el sentido de la respuesta de Cristo al clamor de los desgraciados: ¡Id y mostraos a los sacerdotes!

Apenas escucharon los leprosos la intimación del Salvador, partieron con presteza a cumplir el divino mandato, dándonos con ello un ejemplo de confianza a toda prueba. En efecto, se ven todavía cubiertos de asquerosas escamas, y se apresuran, no obstante, a correr a la presencia de los sacerdotes, para que éstos constaten su curación.

Confianza tan grande en la palabra del Señor mereció el milagro que pedían, y así en el camino quedaron curados.

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También a cada uno de nosotros nos dice Jesús cuando nos presentamos a Él cubiertos de la lepra del pecado: ¡Ve, muéstrate al sacerdote! Con la diferencia de que el sacerdote de la Antigua Ley no tenía más facultad que la de declarar que el leproso estaba curado, mientras que el sacerdote de la Ley Nueva posee la plena potestad de limpiar al enfermo de la lepra de la iniquidad.

¡Cuántas gracias debiéramos dar al Cielo por beneficio tan insigne!

Recordemos hoy las veces que hemos sido objeto de la misericordia divina en el tribunal de la Penitencia, y, reconociendo tanta bondad, agradezcamos al Señor la multitud de consuelos que desde el confesonario ha prodigado a nuestra alma.

Aprendamos asimismo de los leprosos a acudir con presteza al sacerdote cuantas veces manchemos nuestras almas con la inmundicia del pecado.

Pero procuremos eludir el reproche del Divino Maestro por medio de una conducta noble para con Dios. Egoísmo puro e ingratitud feísima es recurrir a su misericordia cuando le necesitamos, y, después de socorridos, volverle las espaldas. No cometamos tal ingratitud. No olvidemos nunca el ejercicio de la acción de gracias.

Este pasaje evangélico nos impone un ejercicio especial de acción de gracias, la acción de gracias después de la confesión.

La curación de los leprosos simboliza los efectos del Sacramento de la Penitencia. En el fervoroso reconocimiento del Samaritano vienen figurados todos aquéllos que saben agradecer a la Bondad divina el beneficio incomparable de la absolución; en la ingratitud de los nueve restantes, el olvido de los que no se acuerdan de dirigir a Dios una palabra de gratitud por el perdón alcanzado.

Esta acción de gracias es un deber. Es verdaderamente doloroso considerar cómo tantos cristianos, al momento de levantarse de los pies del confesor, se hallan ya en disposición de darse a las conversaciones y negocios del mundo, como nada de particular acabara de realizarse en sus almas.

Con ello, además de mostrar una fe muy lánguida, declaramos cuán lejos estamos de apreciar el beneficio de la absolución. Acaba de derramarse la Sangre de Jesús sobre el alma, purificándola y blanqueándola, y nosotros desentendiéndonos de la asombrosa dignación de un Dios todo Misericordia, nos apartamos de la Cruz redentora, sin dirigir una mirada de gratitud al Crucificado en ella…

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Uno de ellos volvió glorificando a Dios… Causa admiración la actitud de los nueve leprosos que, luego de curados, no se dignaron volver a reconocer tamaño beneficio.

Aquí hay mucho más que ese egoísmo tan arraigado en nuestra naturaleza, que nos hace acordar de Dios cuando la necesidad nos acucia; pero para olvidarlo al momento que nos vemos satisfechos…

Se trata de una falta contra la fe; tan fea y abominable a los ojos de Dios, que al propio Jesús arráncale frases de amarga queja: ¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve dónde están? ¿No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero?

Los nueve faltantes tuvieron confianza en Jesús, pero no creyeron en su divinidad. El agradecido era, en efecto, samaritano, que no profesaba la fe verdadera… Y, sin embargo, termina profesando la divinidad de Nuestro Señor por medio de un acto de adoración: Y se postró en tierra a los pies de Jesús…, mientras los otros nueve están junto al sacerdote de la Antigua Ley…

Por esta razón, como particular gracia de esta semana pide la Iglesia en la colecta un aumento de fe, esperanza y caridad.

Detengamos nuestra atención en tema de tanta trascendencia para la vida del alma, como son las virtudes teologales.

Toda virtud es un hábito que nos dispone a obrar el bien; las teologales se llama así porque miran inmediatamente a Dios, a diferencia de las morales, que tienen por objeto inmediato la honestidad de las acciones.

Han sido gratuitamente infundidas en nuestra alma por medio del Bautismo. En aquel momento augusto recibimos, con la gracia santificante, este tripea tesoro: la fe, que nos inclina a creer cuanto Dios ha revelado; la esperanza, que abre nuestra alma a la confianza en la Misericordia divina; la caridad, por la cual amamos al Señor sobre todas las cosas y al prójimo por Dios.

La misma experiencia nos enseña la importancia de estos tres hábitos infusos, pues mientras al pagano le resulta tan difícil inclinar su cerviz a la revelación, aun cuando su entendimiento percibe claramente los motivos de credibilidad, el cristiano dobla con facilidad el espíritu a la palabra revelada.

¡Cuántas gracias debemos dar al Cielo por este triple don tan inmerecido! ¿Qué hicimos nosotros para obligar a Dios a ser tan generoso para con sus pobres criaturas? Nada absolutamente; porque antes del Bautismo es el hombre incapaz de mérito alguno, mucho más los qué fuimos conducidos a las fuentes de la vida antes de poseer el uso de razón.

Agradezcamos, por tanto, a la Suma Bondad merced tan gratuita. La fe, porque por medio de ella se nos hace posible la salvación; sin fe es imposible agradar a Dios, dice San Pablo. La esperanza, porque con ella es iluminado nuestro destierro con la claridad que se desprende de la patria. Y, en fin, la caridad, la mayor de las tres, y la que da vida a las demás virtudes.

Ya que no merecimos, estas tres virtudes antes de poseerlas, merezcámoslas al menos a posteriori por nuestra gratitud. La acción de gracias obliga casi a nuestro Sumo Bienhechor a derramar sus favores sobre su criatura agradecida.

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Si bien las virtudes teologales son infusas, no dejan por eso de depender en cierto modo de nosotros. Existen en el cristiano en virtud del Bautismo, pero como en germen. Ese germen pide desarrollo y crecimiento, y aquí comienza la parte que a nosotros toca en el terreno de las virtudes infusas.

La virtud da aptitud para el acto, pero no es el acto mismo. Si a un niño bautizado se le coloca en un ambiente impío, a pesar de la aptitud e inclinación que en sí lleva al ejercicio de la fe, esperanza y caridad, quedarán estas virtudes en germen, sin conseguir su desarrollo; el hábito no llegará a demostrarse en actos.

De ahí la obligación inherente a los padres y pedagogos, de dar desarrollo a las virtudes teologales por medio de una educación cristiana; y la obligación del propio bautizado de ejercitarse en los actos de las tres virtudes.

A este deber elemental sigue el de perfeccionar los hábitos infusos de fe, esperanza y caridad. Todo, hábito se perfecciona con la repetición de actos y se pierde con la falta de ejercicio.

El que pretende adquirir destreza en un arte, no debe cansarse en los ejercicios que exige su consecución. Otro tanto sucede en el orden moral y religioso. De ahí que con actos de fe, esperanza y caridad, se aumenten dichas virtudes.

La obligación de hacer actos de las tres virtudes es grave, y, aunque se satisface a dicha obligación por medio de cualquier acto religioso, ya que por él confesamos, implícitamente, a Dios por Supremo Señor, esperamos en su Bondad y le amamos como a nuestro Padre; no obstante, aconsejan los autores ascéticos, que nos ejercitemos en actos explícitos las virtudes teologales, sobre todo cuando urge una tentación contra ellas.

Si el hábito se fortifica con la repetición de actos, no hay medio más apto para desvanecer las dudas religiosas, que hacer con frecuencia actos de fe. Y lo mismo habrá que decirse de la esperanza y de la caridad.

Abundante es, en verdad, la doctrina que este punto nos proporciona, y debemos procurar aprovecharnos intensamente de ella.

Pidamos con la Santa Liturgia:

Omnipotente y sempiterno Dios, aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad; y a fin de que merezcamos obtener tus promesas, haz que amemos lo que nos mandas.

¿No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero?...

Y le dijo: Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Domingo XIIº post Pentecostés

DUODÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y volviéndose hacia sus discípulos, dijo Jesús: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis. Porque os digo, que muchos Profetas y Reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron. Y se levantó un doctor de la ley, y le dijo para tentarle: Maestro, ¿qué haré para poseer la vida eterna? Y El le dijo: En la ley, ¿qué hay escrito? ¿Cómo lees? El, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu entendimiento, y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido: Haz eso, y vivirás. Mas él, queriéndose justificar a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Y Jesús, tomando la palabra, dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y dio en manos de unos ladrones, los cuales le despojaron, y después de haberle herido, le dejaron medio muerto, y se fueron. Aconteció, pues, que pasaba por el mismo camino un sacerdote, y, viéndole, pasó de largo. Y asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó también de largo. Mas un samaritano, que iba su camino, se llegó cerca de él: y cuando le vio, se movió a compasión, y acercándosele, le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino; y poniéndole sobre su bestia, le llevó a una venta, y tuvo cuidado de él. Y al otro día sacó dos denarios y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele, y cuanto gastares de más, yo te lo daré cuando vuelva. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquél, que dio en manos de los ladrones? Aquél, respondió el doctor, que usó con él de misericordia. Y Jesús le dijo: Ve y haz tú lo mismo.

Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis. Porque os digo, que muchos Profetas y Reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron

Debe advertirse que ver no representa exclusivamente la acción de los ojos, sino también la recreación de la inteligencia en los beneficios recibidos. Muchos de los judíos vieron al Señor con los ojos del cuerpo hacer milagros y, sin embargo, no a todos convino la beatificación porque no todos creyeron ni vieron su gloria con los ojos del alma.

Nosotros no hemos visto con los ojos carnales la hermosura del rostro de Jesús, ni hemos oído su regalada voz; pero sí nos es dado contemplar, a la luz del Evangelio, ese Divino Modelo, el cual debemos imitar.

Jesús es Modelo, ante todo, por su ser. Él es Hijo de Dios por naturaleza; nosotros somos hijos adoptivos. Y lo somos porque Él nos hizo partícipes de su filiación divina.

Nuestra perfección consiste, pues, esencialmente en asemejarnos al Divino Ejemplar.

Jesús es asimismo el Modelo constituido por el Padre. En el Jordán y sobre el Tabor se dejó oír la voz divina que proclamaba a Jesús por hijo muy amado y nos apremiaba a convertirnos en sus discípulos: Este es mi Hijo muy amado; a Él debéis escuchar.

El mismo Jesús se nos propone como ejemplar en muchísimas páginas del Evangelio: Aprended de Mí... Yo soy el camino... Nadie va al Padre si no es por Mí... El que Me sigue, no anda en tinieblas…

Y San Pablo dice: A los que tiene previstos, también los predestinó, para que se hiciesen conformes a la imagen de su Hijo…

¡Oh, qué sublimes realidades! ¡Qué alteza de linaje! Conscientes de nuestra dignidad, tendamos a las alturas excelsas que se nos señalan.

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También por ley natural estamos obligados a imitar a Cristo. Llevamos su Nombre; somos cristianos. Luego nuestra conducta tiene que ser cristiana, debe conformarse a Cristo.

Sin embargo, ¡cuán distinto es el cuadro que presenta nuestra vida! Avergoncémonos, y decidámonos a vivir como exige el Evangelio, a publicar a Cristo en nuestra conducta.

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Jesús es nuestro Modelo, Modelo perfecto. Y para que nada faltase a ese dechado, no se contentó, al obrar la Redención, con sufrir por nosotros, sino que se sometió a una vida mortal semejante a la nuestra, a fin de que en todas las situaciones de la vida podamos levantar los ojos hacia Él.

Al igual que nosotros nació, se sometió a las leyes del crecimiento, vivió en pobreza y estrechez, trabajó, fue perseguido, sufrió penalidades mil, y, por fin, murió en una cruz. ¿Quién puede desde entonces creerse solo aun en las situaciones más difíciles de la vida?

Pero Jesús es modelo de un orden aparte de los demás. No sólo exige que copiemos sus actos; manda también que insertemos en nosotros su vida. He aquí la clave de la imitación de Cristo.

La misión del cristiano consiste en ir convirtiéndose en imagen viva de Cristo, en otro Cristo viviente; en que, como miembro de Cristo, no desdiga de su Divina Cabeza.

Conviene naturalmente que en cada situación de la vida miremos a Cristo en nuestro lugar. Pero por encima de esto hemos de procurar asimilar su espíritu, que nos mueva a obrar como Él obró.

Imitar a Cristo es la tarea del cristiano. Pero ¿cómo podremos llenarla? Ante todo, estudiando con cariño el Evangelio: Sea todo nuestro estudio, meditar la vida de Cristo. Sucede que muchos, por la frecuencia de oír el Evangelio, sienten poco deseo de él; y es que no tienen el espíritu de Cristo (Imitación de Cristo).

Sea, pues, nuestro libro predilecto el Evangelio, y nuestra ocupación continua la meditación de sus páginas admirables, la meditación de la vida de Cristo.

Pero a más de tratar de conocer a Cristo, hemos de procurar amarle, y amarle sin medida, ya que sin medida es el amor que el Señor nos profesa. El amor es el lazo de unión más fuerte; es el único elemento fusionador de las almas. No hay medio más apto para parecemos a Jesús, que amarle con todo el corazón, y con toda el alma, y con todas las fuerzas, y con todo el entendimiento…

Camino severo el de Jesús; pero Él ha recorrido antes y ha convertido sus huellas en manantiales de energía divina. Mirando a Jesús, sentimos rejuvenecidas nuestras fuerzas, y envueltos en su luz caminamos alegremente hacia el Calvario.

No nos perturben, pues, las dificultades de esta vida. La visión del Divino Nazareno nos dará siempre nuevo aliento: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis

Por eso la Santa Iglesia nos hace pedir en la Santa Liturgia: Omnipotente y misericordioso Dios, de cuyo don procede el que los fieles Te sirvan de una manera digna y laudable; concédenos, Te rogamos, que corramos sin tropiezo tras la consecución de tus promesas.

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En particular, sentados en torno a Jesús, oigamos sus divinas enseñanzas; aprendamos la lección que nos da hoy con la parábola del Buen Samaritano.

El Señor intentaba desvanecer los prejuicios nacionales de los judíos, que desfiguraban la pureza de la Ley. El precepto del amor a Dios y al prójimo estaba diáfanamente expuesto en el código de Moisés; pero los escribas y doctores consiguieron enturbiar su claridad con la controversia acerca de quiénes quedaban comprendidos bajo el nombre de prójimo.

Con ello transformaron el precepto del amor en este otro: Amarás a tu amigo, y aborrecerás a tu enemigo. Sólo el amigo era prójimo para aquellos legistas.

El Divino Maestro, con un tacto finísimo, consigue del escriba que le interpela, que reconozca a su prójimo en el ser más desgraciado para un judío, en el Samaritano…: ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquél que dio en manos de los ladrones? Aquél, respondió el doctor, que usó con él de misericordia.

Y Jesús le dijo: Anda, pues, y haz tú otro tanto. Es decir, obra como este samaritano; ejercita tu caridad sin atender a razas ni a castas. Todos son hermanos tuyos, hijos de un mismo Padre que está en los Cielos; todos son tus prójimos.

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La lección que nos da este Evangelio es clara. Para el cristiano no hay barreras en el ejercicio de su caridad.

El Salvador no determina el prójimo por las acciones o por las dignidades, sino por la naturaleza. Como si dijese: No creas que, aunque seas justo, no tienes prójimo. Todos los que tienen la misma naturaleza que tú, son tus prójimos. Hazte tú, pues, prójimo de ellos, no por el lugar, sino por el afecto, y cuídalos.

No quiere esto decir que deba desaparecer la jerarquía entre nuestros prójimos.

Así como nos obliga más la necesidad de los propios padres que la de un extraño, así también entre los extraños hay categorías que deben ser respetadas.

En un mismo grado de necesidad tiene más derecho a nuestra caridad el que más títulos presenta a la amistad. Esos títulos pueden ser de sangre, de parentesco espiritual, de comunidad de ideas y, sobre todo, de comunidad de religión, la cual nos hace a todos hermanos de Jesucristo.

Pero una vez cumplido el primordial deber del socorro de nuestros allegados, es decir, en desigualdad de circunstancias, tiene mayor derecho a nuestra caridad el más desgraciado.

La limosna depositada en las manos del que nos resulta odioso y hasta nos persigue, reclamará mayor galardón en el Cielo, por la sencilla razón de que a hacerla nos mueve la pura caridad, caridad desprovista de motivos humanos.

Aprendamos doctrina tan importante. Imitemos al Buen Samaritano, Nuestro Seño. Miremos a todos los hombres como hermanos, y dejémonos llevar de la compasión hacia todos.

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La parábola tiene también un sentido místico. En el desgraciado que cayó en manos de los ladrones está figurada la humanidad. Allá en el Paraíso se entregó, en efecto, en manos de los ladrones infernales, quienes la despojaron de los bienes sobrenaturales de la gracia y de la incolumidad que le prestaban los dones preternaturales, dejándola además malherida en los bienes de naturaleza.

Enseña San Agustín: Este hombre representa a Adán y a todo el género humano. Jerusalén, ciudad de la paz, representa la Jerusalén celestial, de cuya felicidad había caído. Jericó quiere decir luna, y significa nuestra mortalidad, porque nace, crece, envejece y muere. Jerusalén, que se interpreta visión de la paz, representa el paraíso; porque antes que el hombre pecara, estaba en la visión de la paz, esto es, en el paraíso. Todo lo que veía era paz y alegría; pero bajó de allí, como humillado y abatido por el pecado, hacia Jericó, esto es, al mundo, en donde todo lo que nace, desaparece como la luna.

El Buen Samaritano, que pasó junto a ella, es Cristo, que por algo, al tratarle los fariseos de endemoniado y samaritano, se defendió de la primera calumnia, mas no mencionó la segunda

Nuestro Divino Samaritano compadecióse de la desgraciada humanidad; la tomó a su cargo; derramó sobre sus llagas el aceite de su suave doctrina y el vino milagroso de su Sangre; y habiendo de seguir su camino al Cielo, la llevó al mesón de su Iglesia, a la que entregó los tesoros de los Sacramentos, para que cuidase de la infortunada, hasta que Él volviese a recogerla y llevarla a la patria.

¡Oh benignidad y largueza de la Misericordia divina!

¿Cómo agradeceremos tamaño beneficio?