sábado, 8 de octubre de 2011

Domingo XVIIº post Pentecostés

DECIMOSEPTIMO DOMINGO

DESPUES DE PENTECOSTES

Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley? El le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.

Estando reunidos los fariseos, les propuso Jesús esta cuestión: ¿Qué pensáis acerca del Cristo? ¿De quién es hijo? Dícenle: De David. Díceles: Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?” Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?

Nadie era capaz de contestarle nada; y desde ese día ninguno se atrevió ya a hacerle más preguntas.

El Evangelio de hoy refiere la crucial pregunta planteada por Nuestro Señor a fariseos y escribas: ¿Qué pensáis acerca del Cristo?

Nuestro Señor, queriendo iluminar a los judíos acerca de su divinidad, les propone la gran cuestión de la filiación del Mesías.

Jesús los pone a prueba, no con malignidad, sino para enseñarles la verdad: ¿Qué pensáis acerca del Cristo? Es una pregunta general, para concentrar la atención de sus oyentes en ésta, más concreta: ¿De quién es hijo?

Jesús trata de remover un prejuicio del espíritu de sus oyentes: creían ellos que el Cristo sería un egregio descendiente del Rey David, pero simple hombre, que restauraría el trono de su progenitor y que arrojaría a los romanos, injustos dominadores.

Jesús quiere elevar su consideración a una filiación más alta…, y les plantea una objeción que no esperaban.

La profecía de David contiene tres verdades de suma importancia:

1ª: el Mesías esperado será más que un hombre, porque es Dios.

2ª: el Cristo, el Mesías, es Dios, igual á su Padre.

3ª: el Cristo será infinitamente poderoso y, por numerosos y fuertes que sean sus enemigos…, triunfará de todos ellos y su reinado será eterno.

Esta magnífica exposición de la doble naturaleza, humana y divina, del Mesías y de su reinado eterno, era un misterio para los fariseos.

Nuestro Señor presenta un texto indiscutible y fulmina un argumento imposible de refutar.

Vencidos, quedarán mudos ante Jesús; pero, orgullosos, no querrán caer a sus pies para adorarle…

Como los Herodianos y los Saduceos, también se reducen al silencio ante todo el pueblo estos Fariseos orgullosos; humillados en un punto esencial de la religión, como es la naturaleza del Mesías…

Con un poco de humildad y de buena voluntad habrían podido pedir al manso Salvador que los iluminase y les explicase este gran misterio.

Pero no, cegados por Satanás, que avivó aún más su odio, se endurecieron cada vez más en su malicia e incredulidad; y, en lugar de reconocer la divinidad de Jesús y rendirle culto como a Cristo, Mesías y Dios, y estuvieron a la espera para atraparlo, maltratarlo y matarlo…

Vencidos los adversarios, cuando creían triunfar de Jesús, lejos de confesarle y admitir su doctrina, se retiran, temerosos de su poder, dejando el campo de las disputas doctrinales para perderle en el de la intriga política y religiosa, en que eran maestros.

Es la posición mental de muchos millares que vendrán, después de los fariseos, para tentar a Jesús…

Dice San Jerónimo: Esta pregunta nos aprovecha hasta hoy contra los judíos; porque los que dicen que el Cristo ha de venir, afirman que es un simple hombre, aunque Santo, de la descendencia de David. Preguntémosles, por lo tanto, como nos enseñó el Señor: si es únicamente hombre, y tan sólo hijo de David, ¿cómo es que David le llama su Señor?

Y San Beda el Venerable agrega: Lo que se les reprocha, pues, no es que le llamen Hijo de David, sino que no le crean Hijo de Dios.

¿Qué pensáis acerca del Cristo?

Mis hermanos, meditemos a menudo esta pregunta… Y retengamos la respuesta y sus consecuencias; pues contiene grandes verdades, preciosas y consoladoras... ¡Máxime para los tiempos que nos tocan vivir!

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Por eso mismo, conviene recordar aquí aquella otra escena que nos relata el Santo Evangelio en otro lugar:

Llegado Jesús a la región de Cesárea de Filipo, pregunta a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Y ellos respondieron: Los unos, que Juan el Bautista; los otros, que Elías; y los otros, que Jeremías, o uno de los Profetas. Y Jesús les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondió Simón Pedro y dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

El Señor, queriendo afirmar en la fe a sus discípulos, comienza por alejar de sus espíritus las opiniones y los errores de sus contemporáneos. Por eso les pregunta: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?

Jesús sabe lo que las multitudes piensan de su Persona; pero su intención, al proponer solemnemente esta cuestión gravísima, era sin duda preparar una segunda pregunta que reclamase la definición absoluta y precisa de su Naturaleza y Persona.

Eran graves y frecuentes las controversias de la gente sencilla, no pervertida por la malicia de escribas y fariseos, sobre la personalidad del gran Maestro y Taumaturgo. Todos le creían un hombre extraordinario, de mayor poder que los antiguos Profetas.

Pero imbuido el pueblo en las desviadas ideas de la magnificencia y poder terrenal del Mesías, ninguno le reconocía por tal.

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Pregunta el Señor a los discípulos para que conozcamos nosotros, por las respuestas de los Apóstoles, las diversas opiniones que había entonces sobre Cristo entre los judíos; y para que investiguemos la opinión que se forman los hombres hoy en día sobre Jesucristo.

San Juan Crisóstomo, aclara: No pregunta: ¿qué dicen los escribas y los fariseos de mí?, sino: ¿qué dicen los hombres de mí? Investiga la opinión del pueblo, porque no estaba inclinado hacia el mal. Y aunque su opinión sobre Cristo era inferior a la realidad, estaba, sin embargo, puro de toda malicia. No así la opinión de los fariseos, que era sumamente maliciosa.

Y Jesús, yendo al fondo del pensamiento de los Apóstoles, les dice: Mas vosotros, acentuando el pronombre y distinguiéndoles de las multitudes, indicándoles ya con eso que espera de ellos otra respuesta, ¿quién decís que soy yo?

Vosotros, que estáis siempre conmigo y que habéis presenciado milagros más grandes que los que ha visto el pueblo…; vosotros, bajo ningún concepto debéis tener sobre mí la misma opinión que éstos.

Vosotros, ¿pensáis de mí como el vulgo?

Señala muy finamente San Jerónimo: Observad por el contexto de las palabras, cómo los apóstoles no son llamados hombres, sino dioses… Que equivale a decir: aquellos que son hombres, tienen una opinión mundana, pero vosotros que sois dioses, ¿quién decís que soy yo? La pregunta del Señor es admirable; porque los que hablan del Hijo del hombre, son hombres y los que comprenden su divinidad no se llaman hombres, sino dioses.

¿Qué encierra la pregunta de Nuestros Señor? San Hilario responde con mucha profundidad: Dio a entender que debían tenerle por otra cosa distinta de lo que veían en Él. Él era, efectivamente, Hijo del hombre. ¿Qué deseaba, pues, que opinaran sobre Él? No debemos opinar sobre lo que Él mismo confesó de sí, sino de lo que está oculto en Él, que es el objeto de la pregunta y la materia de nuestra fe. Nuestra confesión debe estar basada en la creencia de que Cristo no solamente es Hijo del hombre, sino también Hijo de Dios; y en que sin las dos cosas no podemos abrigar esperanza alguna de salvación.

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San Pedro confesó: Tú eres el Cristo, cosa que ignoraban los judíos. Y lo que es aun más: El Hijo de Dios vivo

La definición que da Pedro de Jesús es llena, precisa, enérgica: Tú eres el Cristo, el Mesías en persona, prometido a los judíos y ardientemente por ellos esperado. Mas: Tú eres el Hijo de Dios, no en el sentido de una relación moral de santidad o por una filiación adoptiva, como así eran llamados los santos, sino el Hijo único de Dios según la naturaleza divina, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Le llama también Dios vivo para distinguirle de aquellos dioses que llevan el nombre de dioses, pero que están muertos como todas las ficciones de los idólatras.

San Hilario enseña que la fe verdadera e inviolable consiste en creer que el Hijo de Dios fue engendrado por Dios y que tiene la eternidad del Padre. Y la confesión perfecta consiste en decir que este Hijo tomó cuerpo y fue hecho hombre. Pedro comprendió pues en sí todo lo que expresa su naturaleza y su nombre, en lo que está la perfección de las virtudes.

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Repetidamente se llama a Jesús en los Evangelios Hijo del hombre. Esto se debe a que en Jesús hay, en cuanto es Dios, la plenitud de la naturaleza y de la vida divina; y, en cuanto Hombre, posee asimismo la plenitud de la naturaleza y de la vida humana.

Es perfecto Dios y perfecto Hombre; engendrado de la substancia del Padre antes todos los siglos, nacido en el tiempo de la substancia de la madre, como dice el Símbolo de San Atanasio.

Es Jesús Dios verdadero de Dios verdadero; pero es, al propio tiempo, verdadero hombre como nosotros, compuesto de alma y cuerpo, con las mismas facultades espirituales, con los mismos elementos orgánicos, con iguales sentimientos, bien que todo está en Él sublimado a la máxima altura de perfección, porque es el Hombre-tipo.

En distintas ocasiones se emplea en el Antiguo Testamento la locución Hijo del hombre, y en todas ellas, excepto una sola, tiene la significación simple de hombre.

Es el Profeta Daniel quien emplea por primera vez la locución Hijo del hombre en el sentido concreto de alguien que es el Hijo del hombre por antonomasia.

En la famosa visión de los cuatro imperios, se le presenta al Profeta como un Hijo de hombre, que debía fundar el quinto imperio, indestructible, que no será otro que el Reino Mesiánico: Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí que venía uno como Hijo de hombre con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano... Y dióle la potestad y el honor y el reino... Su potestad es potestad eterna, que no será destruida... (Dan. 7, 13-14).

Desde esta célebre profecía, el Hijo del hombre es sinónimo de Mesías, entre los hebreos.

Es un Hombre que será Dios al mismo tiempo: la naturaleza humana viene manifestada por el apelativo ordinario Hijo del hombre; la naturaleza y el poder divinos se expresan con la forma con que en el Antiguo Testamento se presenta Dios a los hombres: sobre las nubes del cielo.

De hecho, los judíos del tiempo de Cristo hacían sinónimas las dos locuciones; y Caifas, a la respuesta de Jesús Veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo..., entendió la alusión de Jesús a la profecía de Daniel y se rasgó las vestiduras, por creerle blasfemo, pues se atribuía la naturaleza divina.

Jesucristo se presenta a los hombres como Verbo encarnado; es por su Humanidad, unida a su Persona Divina, que Jesús obra, sufre y triunfa; por ello aparece como Hijo del hombre en todos los textos que se refieren a sus funciones de Redentor, de Dios hecho hombre.

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¡Es necesario confesar, con San Pedro, que Jesús es el Hijo de Dios!

Hijo de Dios es el título más glorioso de Jesucristo, y en el que se funda toda la grandeza de los demás que se le atribuyen; el que le ha conquistado más seguidores y más acérrimos enemigos.

En el sentido estricto de la palabra, Jesús es el Hijo natural de Dios, y, por lo mismo, es Dios.

Jesús es el Hijo de Dios, no adoptivo, sino natural, único. Esta afirmación sale de los labios de amigos y enemigos, pero es especialísima aseveración del mismo Jesús.

Es inútil la estrategia de sus enemigos, de todos los tiempos, de ponderar la grandeza del lado humano de Jesús disimulando o combatiendo abiertamente su divinidad.

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En el pueblo judío, el futuro salvador de las naciones se llamó Mesías, palabra que equivale a Cristo o Ungido, por cuanto debía recibir la plenitud de la unción, no la unción meramenmte litúrgica o material, sino lo por ella simbolizada, que no es otra cosa que la efusión, sobre el ungido, de los dones del divino Espíritu.

El espíritu eminentemente nacionalista de los judíos, las sucesivas catástrofes, políticas y guerreras, en que la independencia de Israel sucumbió bajo el poder de asirios y babilonios, y una tradición secular de grandeza fundada en las promesas divinas, hizo que tomara cuerpo en el pueblo judío la idea y la esperanza de un Mesías que sería un capitán invicto, que llevaría sus huestes a la conquista del mundo, y a Israel a la hegemonía sobre todos los pueblos. Jerusalén sería la gran ciudad, centro y cabeza de la teocracia universal.

Era todo ello un sueño de revancha con que Judá esperaba desquitarse de sus pasadas humillaciones.

Tomó mayor incremento esta idea en tiempo de Jesucristo. Se había ya cumplido la casi totalidad del vaticinio de Daniel: tocaban ya a su término las setenta semanas de años por él anunciadas como prefacio histórico al advenimiento del Mesías. Había el cetro salido de la casa de Judá y pasado al idumeo Herodes. Los romanos oprimían toda la Palestina con el peso de su dominación férrea. Coincidía el tiempo señalado para la llegada del Mesías con la pérdida de la nacionalidad y de la autonomía política.

Fue entonces cuando el sentido tradicional de independencia y de grandeza tomó cuerpo en violentas revoluciones contra los poderes constituidos, que fueron ahogadas en sangre de las multitudes fanatizadas por falsos mesías que soliviantaban el pueblo contra sus dominadores.

Tan profundamente arraigado se hallaba este sentimiento en el pueblo judío, que más de un episodio de los Evangelios nos revela esta hipertensión espiritual producida por la inminencia de la venida del Mesías y por las humillaciones a que al mismo tiempo se veía sujeto.

Los mismos enemigos de Jesús le acusan porque se hace rey, frente al poder del César, reconociendo con ello el carácter político del futuro Mesías, según los prejuicios populares, y la inminencia de su venida.

Hasta los mismos Apóstoles, aun después de la resurrección de Jesús, sienten las ansias de la restauración política de Israel.

Pero el triunfo del Mesías debía ser de orden espiritual, y por ahí debía empezar la siembra del grano de mostaza que es el reino de Dios. Cuando a fuerza de tiempo y de gracia se imponga Cristo a los espíritus, el mismo orden temporal de las cosas se le sujetará.

Por esto, Jesús sólo reivindica para sí el título de Mesías en los lugares y ocasiones en que la declaración de su mesianidad no fomentará equivocados prejuicios ni pondrá en peligro su obra, mientras que rehúye el título y la consideración de Mesías en los lugares y ante auditorios en que dominaba el prejuicio de un Mesías político que debiese restaurar el antiguo esplendor de Israel.

Pero cuando Jesús ha realizado ya su obra de evangelización y ha puesto los cimientos de su reino espiritual, deja todo reparo y se presenta claramente como Mesías.

Cuando pocos días antes de su última Pascua entra con solemnidad en Jerusalén, y las turbas le reciben como Mesías a los gritos de Hosanna al hijo de David.

Y la noche antes de morir, al solemne conjuro del Sumo Sacerdote que le exige, en el nombre de Dios vivo que diga si es el Cristo Hijo de Dios, responde Jesús: Tú lo has dicho, es decir, sí, lo soy: y añade un rasgo que en la mente de todo judío era inseparable del carácter de Mesías-Dios, a saber, el presentarse un día Él, sentado a la diestra del Dios poderoso, viniendo sobre las nubes del cielo.

Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies.

Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Mis hermanos, meditemos a menudo y retengamos estas respuestas y sus consecuencias; pues contiene grandes verdades, preciosas y consoladoras... ¡Máxime para los tiempos que nos tocan vivir!

domingo, 2 de octubre de 2011

Domingo XVIº post Pentecostés

FIESTA DEL SANTÍSIMO ROSARIO

Entre las devociones de la Virgen Santísima, la más celebrada es la del Rosario o Salterio, llamado así porque consta de ciento cincuenta Avemarías, que corresponden al Salterio, compuesto de los ciento cincuenta Salmos de David.

Esta devoción de recitar el Salterio de María, las ciento cincuenta Avemarías, es tan antigua como la Iglesia; porque empezó con Ella.

Advocación eminentemente popular, arraigada en nuestras antiguas y santas costumbres que no se concibe una familia de veras cristiana donde no se rece diariamente el Santo Rosario.

El Salterio de la Virgen, así llama el Papa León XIII al Rosario; y dice que otros Romanos Pontífices también le dieron este nombre.

¿El motivo o razón? Todos los días, los sacerdotes y religiosos han de rezar gran parte del Salterio, completándolo semanalmente. Con esta oración cumplen con la obligación sacerdotal de orar por los fieles; es la oración oficial de la Iglesia, quien ora por su intermedio. Por lo mismo, es una oración de eficacia extraordinaria.

Apliquemos todo esto al Santo Rosario, y veremos cómo, en la debida proporción, lo es para el pueblo cristiano. Es su oración, que podemos llamar oficial…, a punto que parece que, en cierto modo, el Santo Rosario deja de ser en el pueblo cristiano una devoción privada y particular para adquirir, al menos, la dignidad de oración pública y oficial.

Por eso es también tan grande su eficacia. Precisamente, y son palabras del Sumo Pontífice León XIII, porque las plegarias públicas son mucho más excelentes que las privadas…, y tienen una fuerza impetratoria mucho mayor…

Por eso no es fácil encontrar una oración que en esta eficacia aventaje al Santo Rosario.

Añádase a esto que, así como el Salterio de los sacerdotes es una oración excelentísima por ser inspirado por Dios, así también el Santo Rosario, porque no sólo en cuanto a su estructura fue inspirado por la Santísima Virgen María, sino que además está compuesto de las mejores oraciones que pueden darse; el Padrenuestro, el Ave Maria, y el Gloria Patri.

El Salterio de la Virgen fue el primer Breviario y las primeras Horas Canónicas que la Iglesia usó.

Los Apóstoles lo rezaron por orden de la Virgen Santísima; y los fieles, que tuvieron el primitivo espíritu y las primicias de esta devoción, la adquirieron por orden de los Apóstoles, antes que San Ignacio, mártir, introdujese en Antioquía el Salterio de David, que recibió después toda la Iglesia Católica para cantar las alabanzas a Dios.

El Salterio mariano se derivó de los primeros fieles a los anacoretas de Egipto y Nitria; y de los desiertos le recibieron en las ciudades San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y otros Padres; y resfriándose después de algunos años el fervor de esta devoción, le avivó y encendió en Inglaterra el venerable San Beda; porque los ingleses confesaban haber recibido esta devoción de sus antepasados, como herencia de padres a hijos, debida a la enseñanza de este venerable Padre.

Pero, como las devociones no sólo se acreditan por la antigüedad de los años que tienen, si no también, y sobre todo, por la gloria que de ellas se sigue a Dios, y provecho que sacan los que las usan, no hay duda que merece con mucha razón Santo Domingo de Guzmán el título que le dan de inventor y primer predicador del Santo Rosario de Nuestra Señora.

En efecto, este esclarecidísimo Patriarca fue el primero que lo enseñó y predicó con el método y orden admirable de meditar los Misterios de nuestra fe repartidos en tres clases, gozosos, dolorosos y gloriosos.

Él lo aprendió de Nuestra Señora; y de él lo recibió la Iglesia como cosa venida del Cielo para provecho de todo el mundo, culto de la Madre de Dios y gloria del mismo Dios.

Porque en esta utilísima devoción se eslabonan y encadenan la oración mental y vocal, para que el alma y el cuerpo, el entendimiento y la lengua, la voluntad y los labios alaben a Dios y celebren a su Santísima Madre; y no haya parte en el hombre que no alabe al Criador y Redentor del hombre y a la Madre de su Creador y Redentor; y juntamente pida y merezca los favores de que necesita para su salvación, y obligue a quien se los ha de conceder y a la que se los ha de alcanzar con su intercesión.

Por eso, los hijos de Santo Domingo, celosísimos siempre de la salvación de las almas, imitando la caridad y devoción de su incomparable Padre, han extendido y dilatado esta devoción por todo el mundo; y el Señor la ha acreditado con innumerables milagros; y los Sumos Pontífices la han aprobado, confirmado y recomendado con muchos privilegios, gracias e indulgencias, que han concedido a los que rezan el Rosario o Corona de Nuestra Señora.

El Santo Rosario es la oración de todos, pero principalmente lo es de la familia cristiana.

En octubre del año 1941, en víspera de la fiesta litúrgica del Santísimo Rosario y ante una gran multitud de recién casados que habían acudido a Roma para recibir la bendición de Su Santidad, pronunció el Papa Pío XII la siguiente exhortación sobre la tradicional devoción del Rosario en las familias:

“Venidos a Roma, queridos recién casados, a pedir la bendición del Padre común de los fieles para vuestros nuevos hogares, Nos quisiéramos que llevarais al mismo tiempo una mayor devoción al Santo Rosario de la Virgen, al cual se consagra este mes de octubre.

Devoción a la cual la piedad romana está ligada por tantos recuerdos y que se armoniza tan bien con todas las circunstancias de la vida doméstica, con todas las necesidades y disposiciones de cada miembro de la familia.

En vuestras visitas a los Santuarios de esta Eterna Ciudad, cuando alguna de sus basílicas y de sus gloriosas tumbas os han conmovido en mayor grado, y no contentos con un rápido pasaje, os habéis entretenido allí en fervorosa plegaria por vuestras comunes intenciones, la oración que os ha venido espontáneamente a los labios ¿no ha sido con frecuencia la recitación de alguna parte de nuestro Rosario?

Rosario de los nuevos esposos, que vosotros el uno junto a la otra recitasteis en la aurora de vuestra nueva familia ante la vida que se abría para vosotros con sus alegres perspectivas, pero también con sus misterios y con sus responsabilidades.

¡Es tan dulce, en la alegría de estos primeros días de intimidad total, poner de esta manera esperanzas y propósitos del porvenir bajo la protección de la Virgen, toda pura y poderosa, de la Madre misericordiosa y amante, cuyas alegrías y dolores y glorias pasan por delante de los ojos de vuestra alma, a medida que se deslizan las decenas de Ave Marías, recordándoos los ejemplos de la más santa de las familias!

Rosario de los niños. Rosario de los pequeños, los cuales, teniendo entre sus deditos todavía inexpertos las cuentas del Rosario, repiten lentamente, con aplicación y esfuerzo, pero ya con tanto amor, el Padre Nuestro y las Avemarías que la madre les ha pacientemente enseñado. Se equivocan a veces, dudan y se confunden; pero ¡hay un candor tan confiado en la mirada que dirigen a la imagen de María, de aquella que saben ya reconocer como su gran Madre del cielo! Después, será el Rosario de la Primera Comunión, que tiene un lugar aparte entre los recuerdos de aquel gran día; hermoso, pero que no debe ser un vano objeto de lujo, sino un instrumento que ayude a rezar y que lleve el pensamiento a la Virgen Santísima.

Rosario de la joven. Ya mayor, alegre y serena, pero al mismo tiempo seria y pensativa acerca de su porvenir, que confía a María, Virgen Inmaculada, prudente y benigna, los deseos de entrega y don de sí misma a los cuales siente abrirse su corazón; que ruega por aquel que todavía le es desconocido a ella, pero conocido de Dios, que la Providencia le destina y que ella quisiera que fuese también cristiano ferviente y generoso.

Este Rosario, que tanto le gusta recitar el domingo juntamente con sus compañeras, deberá durante la semana rezarlo otra vez entre los cuidados de la casa y al lado de su madre o en las horas del trabajo en la oficina, o en el campo, cuando tenga un momento libre para ir a la humilde iglesia próxima.

Rosario del joven. Aprendiz, estudiante, agricultor, que se prepara trabajando valerosamente para ganar un día el pan para sí y para los suyos. Rosario que conserva preciosamente consigo, como una protección de aquella pureza que desea llevar intacta al altar el día de sus nupcias; Rosario que reza sin respeto humano en momentos libres para el recogimiento y la oración; que le acompaña bajo el uniforme militar, en medio de las fatigas y peligros de la guerra; que apretarán sus manos la última vez el día en que acaso la Patria le pida el supremo sacrificio y que sus compañeros de armas encontrarán conmovidos entre sus dedos fríos y ensangrentados.

Rosario de la madre de familia, de la obrera, de la campesina; sencillo, sólido, usado ya desde mucho tiempo, que acaso no puede coger en la mano sino a la noche cuando, bien cansada de su trabajo, encontrará todavía en su fe y en su amor fuerza para rezarlo, luchando con el sueño, por todos los seres queridos, por aquellos especialmente que ella sabe están más expuestos a peligros del alma y del cuerpo, que teme sean tentados o afligidos, que ve con tanta tristeza alejarse de Dios. Rosario de la mujer de mundo, acaso rica, pero con frecuencia cargada de preocupaciones y de angustias todavía más pesadas.

Rosario del padre de familia, del hombre trabajador y enérgico, que nunca olvida de llevar consigo su Rosario juntamente con la pluma estilográfica y el cuadernito de los negocios; a veces gran profesor, renombrado ingeniero, célebre clínico, abogado elocuente, artista genial, agrónomo experto, no se avergüenza de rezarlo con devota sencillez en aquellos momentos arrancados a la tiranía del trabajo profesional para templar su alma de cristiano en la paz de una iglesia a los pies del Tabernáculo.

Rosario de los ancianos. Anciana abuela que hace correr incansablemente las cuentas entre sus dedos ya gastados, en el fondo de la iglesia, mientras puede arrastrarse hasta allí con sus piernas ya casi rígidas, y durante las horas de forzada inmovilidad en su silla al lado del fuego.

Anciana tía, que ha consagrado todas sus fuerzas al bien de la familia y ahora, aproximándose al término de una vida empleada en buenas obras, alterna con inagotada abnegación los pequeños servicios que todavía puede prestar con sus numerosas decenas de Ave Marías, que repite sin cansarse con su Rosario.

Rosario del moribundo, apretado en la hora extrema, como un último apoyo entre sus manos temblorosas, mientras en torno de él, los seres queridos lo rezan en voz baja; Rosario que quedará sobre su pecho juntamente con el Crucifijo y demostrará su confianza en la divina misericordia y en la intercesión de la Virgen, de que estaba lleno aquel corazón que ha cesado de palpitar.

Rosario, en fin, de la familia entera, rezado en común, entre todos, pequeños y grandes, que reúne por la noche a los pies de la Virgen a los que el trabajo del día había separado; que los reúne con los ausentes y con los desaparecidos, cuyo recuerdo se aviva en una oración fervorosa; que consagra de esta manera el lazo que los une a todos, bajo la protección materna de la Virgen Inmaculada, reina del Santísimo Rosario.

En Lourdes, como en Pompeya, la Virgen María ha querido demostrar con innumerables gracias cuán grata le es esta oración, a la cual Ella incitaba a su confidente, Santa Bernardita, acompañando a las Ave Marías de la niña con el lento discurrir de su hermoso Rosario, reluciente, como las rosas de oro que brillaban a sus pies.

Responded, queridos nuevos esposos, a estas invitaciones de vuestra Madre celestial, conservando a su Rosario un puesto de honor en las oraciones de vuestras nuevas familias.”

Supliquemos a la Santísima Virgen que nos conceda la gracia de esta devoción constante, fervorosa, filial y, por lo mismo, llena de amor a Nuestra Madre.

Que nunca nos canse el rezo del Santo Rosario, y así la Virgen Bendita nos otorgue que nuestras manos trémulas sostengan el Crucifijo de nuestro Rosario entrelazado, ya que estos serán, junto con el Escapulario, los objetos que mayor consuelo nos podrán dar en aquella hora, la hora de la verdad… en la que se verá lo que valen todas las cosas de la tierra ante un Crucifijo, un Rosario, un Escapulario…

domingo, 25 de septiembre de 2011

Domingo XVº post Pentecostés

DECIMOQUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Y aconteció después, que iba a una ciudad, llamada Naím: y sus discípulos iban con Él, y una grande muchedumbre de pueblo. Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda: y venía con ella mucha gente de la ciudad. Luego que la vio el Señor, movido de misericordia por ella, le dijo: No llores. Y se acercó, y tocó el féretro; y los que lo llevaban, se pararon. Y dijo: Mancebo, a ti digo, levántate. Y se sentó el que había estado muerto, y comenzó a hablar. Y le dio a su madre, y tuvieron todos grande miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros: y Dios ha visitado a su pueblo. Y la fama de este milagro corrió por toda la Judea, y por toda la comarca.

El Evangelio de este Domingo nos presenta la resurrección del hijo de la viuda de Naím.

Sabemos que Nuestro Señor Jesucristo resucitó tres difuntos; y esos milagros nos pueden servir para meditar en la resurrección espiritual de los pecadores.

En efecto, la meditación de los tres difuntos que Cristo Nuestro Señor resucitó se ha de hacer, no solamente ponderando el milagro, sino también la significación del mismo, que es la resurrección espiritual de todos los pecadores que se convierten; los cuales se reducen a tres clases:

1ª) Unos que pecan por flaqueza o ignorancia, figurados por la niña de doce años, a quien resucitó Cristo en casa de sus padres.

2ª) Otros que pecan por pasión, representados por el muchacho, hijo de la viuda de Naím, que fue resucitado cuando lo llevaban ya a enterrar.

3ª) Los últimos pecan de malicia, caracterizados por Lázaro, resucitado por Cristo después de enterrado desde hacía cuatro días.

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En las circunstancias y modos de las tres resurrecciones, quedan representadas también las maneras de la resurrección de los pecadores.

La difunta hija del archisinagogo representa la muerte de gente moza: Habiendo muerto una doncella de doce años, hija única de un príncipe de la sinagoga, fue su padre a Jesús, y postrado a sus pies le suplicó con grande instancia viniese a su casa y pusiese sus manos sobre ella.

Debemos tener en cuenta la calidad de esta difunta y la causa de su muerte; porque aunque era hija única de sus padres, y de padres ricos y nobles, y, por consiguiente, muy regalada de ellos, sin embargo de esto, le alcanzó la muerte, sin que pudiesen atajarla ni los padres, ni los médicos, ni la hacienda, ni el verdor de la edad; para que entendamos que en ninguna edad, ni en cualquier fortuna y estado hay seguridad de vida; sino que de repente nos alcanzará la muerte, porque ley general es que todos mueran una sola vez, y el daño de la primera muerte no tendrá remedio.

Luego hemos de considerar que la muerte de esta gente moza, unas veces sucede por los pecados de los padres, que los aman y regalan con demasía, y por su respeto atropellan la ley de Dios.

Otras veces, por pecados de ellos mismos, que se van sin freno tras sus inclinaciones, y quiere Dios atajarles esos pasos, para no se condenen o para que tengan un infierno menos riguroso.

En otros casos, por gracia, arrebatándolos, como dice el Sabio, antes que la malicia mude su corazón y el fingimiento engañe su alma (Sap., 4, 11).

Otras veces, en fin, por causas secretas de la gloria de Dios, que no alcanzamos a comprender.

De esto debemos sacar, como resolución, un saludable temor de la culpa, por la cual entra la muerte, y arrojarnos en la Providencia paternal de Dios, suplicándole nos dé la muerte en aquel tiempo y coyuntura que conviniere más para su gloria y para nuestra salvación.

También es de notar que, así como esta difunta no pudo por sí buscar a Cristo para que le diese vida, y hubiese quedado muerta para siempre, si su padre no hubiese ido a rogar por ella, igual le pasa al pecador muerto por la culpa; y aunque es verdad que no está tan muerto que no pueda llamar a Cristo Nuestro Señor, pero importa mucho que tenga intercesores que rueguen por él y soliciten a Dios nuestro Señor que le resucite.

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Una vez resucitada, encontramos otros símbolos: la tomó de la mano, ella comenzó a andar, y Él mandó darle de comer, lo cual no hizo con los otros difuntos.

Todo fue para significar que los pecadores que mueren y pecan por flaqueza, figurados por esta niña, son vivificados por Cristo, ayudándoles con su mano poderosa a vencer aquella flaqueza; y así, en resucitando con su virtud, quiere de ellos dos cosas:

La una, que no estén ociosos ni se queden en la cama de la pereza, sino que luego comiencen a andar y ejercitar buenas obras, aprovechando el camino de la virtud.

La segunda, que coman el Pan que confirma el corazón, que es el Santísimo Sacramento del Altar, con cuya virtud acaban de fortalecer, y se alientan a proseguir la jornada que han comenzado.

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El difunto hijo de la viuda de Naim es figura del pecador abandonado a sus pasiones: sacaban a enterrar a un mancebo difunto, hijo único de su madre, que era viuda.

En persona de este muchacho difunto debemos considerar al pecador que está muerto por culpas nacidas de sus vehementes pasiones, cuya alma está encerrada en su cuerpo como en unas andas o ataúd, porque todo cuanto piensa, habla y trata es en carne y de su carne.

Los que llevan estas andas son cuatro apetitos o pasiones vehementes, conviene a saber:

- la lujuria, que es apetito de deleites sensuales;

- la ambición, que es apetito de honras vanas;

- la codicia, que es apetito de riquezas;

- la ira, que es apetito de venganza contra los que le impiden estos bienes.

De estas cuatro pasiones este miserable pecador es llevado a enterrar en el abismo de innumerables pecados, y después en el abismo del infierno, si Cristo nuestro Señor no le ataja.

De donde hemos de sacar afectos de compasión viendo el mundo lleno de estos muertos, que salen cada día en público y están en las plazas y puertas de las ciudades.

Midamos la caridad y providencia de Cristo Nuestro Señor en venir a Naím, en tales circunstancias que se encontrase con este difunto, pues no fue al acaso, sino sabiéndolo y con deseo de resucitarle, ofreciéndose a ello sin que nadie se lo pidiese.

A la niña la resucitó a petición de su padre; a Lázaro, por petición de sus hermanas; pero a éste por propia iniciativa, para significar la grandeza de su misericordia en buscar las almas muertas, salirles al encuentro y ofrecerles el remedio aunque no se lo pidan, movido de la compasión que tiene de ellas.

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En la resurrección de Lázaro hemos de considerar a un pecador que antes había sido justo, y ausentándose de él Dios Nuestro Señor para probarle, respondió mal. Porque primero enfermó por tibieza, luego murió por consentimiento en la culpa; fue enterrado, porque se rindió a las aficiones de las cosas terrenas, y se sumió en ellas; después cayó sobre él la losa de la dureza de corazón por costumbre de largos días en pecar; y últimamente estuvo hediondo por el mal ejemplo que dio de sí a otros, a quien escandalizó.

De allí procede que ni él llama a Cristo para que le ayude, ni tiene cuidado de esto.

Del mismo modo, así como Lázaro salió del sepulcro vivo, pero atado con sus mortajas, las cuales le quitaron los Apóstoles, así suelen los pecadores resucitar a la vida de la gracia atados con muchas reliquias de los pecados y costumbres viciosas de la vida pasada, de las cuales se van desatando después con la industria y dirección de los confesores, a los cuales también dejó Cristo nuestro Señor sus veces, como lo prometió a San Pedro, para que con la voz de la absolución sacramental desaten a los pecadores.

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Viniendo nuevamente al milagro del Evangelio de hoy, vemos que Jesucristo, si bien resucita al hijo de la viuda, no en secreto sino en público; sin embargo, no lo hizo por ostentación, sino para gloria de su Padre y para autorizar su doctrina, y por compasión, viendo la miseria de aquella mujer, por ser viuda y ser único el hijo que perdió.

Las lágrimas de esta viuda, sin hablar ni pedir nada, movieron a Cristo nuestro Señor a que resucitase su hijo; porque las lágrimas que derramamos por nuestros pecados, o por los pecados ajenos, son un modo de oración poderosa con Dios para moverle a remediar nuestras miserias.

Digno de compasión era este dolor y bien capaz de excitar el llanto y las lágrimas. Por eso el Señor, movido de misericordia por ella, le dijo No llores; como diciendo: No le llores ya como muerto, porque dentro de muy poco lo verás resucitar.

Cristo Nuestro Señor se llegó a las andas y las tocó, y se pararon los que las llevaban, para significar que antes de resucitar al pecador le toca con la-mano de su omnipotencia y con fuertes inspiraciones, ya de temor con amenazas, ya de esperanza con promesas, y hace que cese el ímpetu de las cuatro pasiones que le arrastraban, las cuales, por más fuertes que sean, se rinden al toque e imperio de Cristo.

Tocando el féretro, sale la vida al encuentro de la muerte… Como enseña San Cirilo, no hizo este milagro con sólo la palabra, sino que también tocó el féretro, para que comprendamos la eficacia del sagrado Cuerpo de Jesús para la salud de los hombres. Es, en efecto, el cuerpo de vida y la carne del Verbo omnipotente, de quien viene la virtud. Pues así como el hierro unido al fuego produce los efectos del fuego, así la carne, una vez unida al Verbo que da vida a todas las cosas, se hace también vivificadora y expulsiva de la muerte.

Luego dijo Jesús: Muchacho, a ti te digo, levántate; y al punto se sentó y comenzó a hablar, y Cristo se lo dio a su madre.

Aquí se hemos de considerar la omnipotencia de la palabra del Salvador en este milagro, porque no tuvo necesidad, como Elías y Eliseo, de tenderse sobre el cuerpo del mozo difunto, juntando rostro con rostro y ojos con ojos; ni aun le tocó con la mano como a la hija del archisinagogo, sino con una palabra imperiosa, hablando con el muerto como si estuviera durmiendo.

Sin embargo, este mancebo, no sin misterio, no comenzó a andar enseguida, como la hija de Jairo, sino que, sentándose en las andas, comenzó a hablar, para significar que los pecadores que están arrastrados por sus ocasiones van sanando de ellas poco a poco:

- primero reciben la vida de la gracia, y apartan el afecto desordenado de las cosas carnales, aunque todavía se quedan con algo de afición que les pega y traba el corazón con ellas;

- después vienen del todo a despegarse de las costumbres viciosas, y comienzan a hablar, confesando sus yerros, pidiendo perdón de ellos, proponiendo la enmienda y alabando a Dios por las mercedes que les hace.

De esto hemos de sacar aviso para no desesperar de los que no dejan de un golpe las costumbres de la vida pasada; pues aunque la justificación se hace en un momento, la perfección de ella va poco a poco.

Finalmente, debemos alabar la caridad de Cristo Nuestro Señor en devolver el hijo a su madre viuda, aunque pudiera tomarle para Sí; pero no quiso, para que atendiese a servirla en su vejez y viudez, y para que su consuelo fuese cumplido.

Con esto quiso significar que es propio de Cristo restituir los pecadores a su Madre, la Iglesia. Y así como este mancebo, que salió de casa de su madre muerto y llevado de otros, se volvió a ella vivo, por sus medios, con alegría de su madre; del mismo modo el pecador que sale de la congregación de los justos llevado por sus pasiones, vuelve a ella vivificado por Cristo, con libertad del espíritu y alegría de la Iglesia.

Dice bellamente San Ambrosio: Si es tu pecado grave y no puedes lavarlo con las lágrimas de la penitencia, que llore por ti nuestra Madre la Iglesia; que la turba te asista, y resucitarás de la muerte, dirás palabras de vida, todos temerán (con el ejemplo de uno se corrigen muchos), y también alabarán al Señor porque se ha dignado concedernos tan grandes remedios para evitar la muerte.

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Hemos considerado la resurrección espiritual de los pecadores, y debemos meditar y hacer una aplicación práctica sobre esto.

Hemos visto que unos pecan por flaqueza o ignorancia, figurados por la niña de doce años; otros pecan por pasión, representados por hijo de la viuda de Naím; y otros pecan por malicia, caracterizados por Lázaro.

Sea que pertenezcamos a uno u otro de estos casos, todos necesitamos del divino Redentor y de los medios que Él ha establecido por su infinita misericordia y sabiduría para sacarnos de la muerte del pecado y resucitarnos a la vida de la gracia.

Agradezcamos a Nuestro Señor su bondad y seamos fieles en poner en práctica todos los medios para no recaer en la muerte espiritual.