domingo, 8 de abril de 2012

Triduo Santo II

VIERNES SANTO

La Iglesia llora hoy al Salvador. Los ornamentos son negros. La Liturgia, impresionante, tétrica.

Podemos dividirla en cuatro partes. En la primera escuchamos el relato de la Pasión; en la segunda suplicamos desciendan los frutos del Sacrificio sobre la humanidad; en la tercera se nos da a contemplar el dulce leño de la Cruz, para adorar al Salvador Crucificado; en la cuarta se consume la Hostia inmolada ayer.

En su conjunto ofrece, pues, la Liturgia algo así como tres cuadros que resumen la historia del Calvario: la crucifixión, el levantamiento del Madero de la salud y el descendimiento y sepultura de la adorable Víctima.

No separemos hoy nuestra mente de estos tres cuadros.

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I) La Crucifixión.

Los deseos de la muchedumbre blasfema van a cumplirse; el mansísimo Cordero ha llegado al patíbulo. Mándanle acostarse sobre el duro lecho. Jesús, en un acto de oblación, cuya intensidad no podemos medir los mortales, obedece y entrega su Cuerpo a los esbirros. Alarga sus pies; presenta sus manos a la indicación del verdugo. Como no llegan brazos ni piernas a las hendiduras abiertas para los clavos, el pacientísimo Jesús tiene que sufrir la dislocación más cruel de sus miembros...

Mas un dolor más agudo todavía viene a despertar de nuevo su sensibilidad. Levántase el martillo en el aire, y al descargar sobre el primer clavo, el duro hierro penetrando en sus carnes, corta tendones, venas, arterias, que hallan salida por aquella mano augusta, como alumbrando un manantial de Sangre purísima.

Y así se les van abriendo cuatro llagas de manos y pies. Y su Madre Inmaculada estaba cerquita de la Cruz, presenciando tun duro suplicio…

Alma que has acompañado a Jesús hasta el Gólgota, no te detengas ni vuelvas atrás. Ofrécete a tu Redentor en momentos tan angustiosos; mira que necesita no sólo almas que le consuelen, le alivien y le ayuden, sino también almas que, juntando sus pequeños sacrificios al Sacrificio de la Cruz, a modo de diminutas partículas que van a incorporarse a la Hostia infinita del Calvario, se entreguen al Padre cual víctimas expiatorias.

Hasta aquí has representado en la Pasión actual de Jesús el papel de las piadosas mujeres, del Cirineo, de la Verónica; ahora resta algo mejor, imitar a María que, de pie junto a la Cruz, ofrece su dolor al Padre en unión con la Sangre Preciosísima de Aquél que es su propio Hijo.

Sé, pues, generosa, y proporciona a Jesús este último consuelo. No le dejes solo en la Cruz. Ofrécete a ser crucificada con Él. Preséntale tus manos, a fin de que ya no se empleen más que en cosas santas; tus pies, para que no caminen por la senda de la iniquidad; en fin, tu cuerpo entero, de modo que realices así el ideal que te expresó San Pablo con aquellas palabras: Vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí..

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II) Jesús, levantado en la Cruz, expira.

Jesús, pendiendo entre el Cielo y la tierra, reconcilia al Padre con la humanidad pecadora, rasgando el decreto que nos condenaba a muerte.

Contémplale. Sus ojos buscan un alma que atienda a las quejas de su amor. Escucha sus gemidos: Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, o ¿en qué té he contristado?... ¡Respóndeme!...

Porque te saqué de la tierra de Egipto, preparaste una cruz a tu Salvador. ¿Qué más debí hacer por ti, que no hiciese?...

Yo te di cetro real, y tú con una caña heriste mi cabeza y pusiste en ella una corona de espinas…

Yo te exalté con gran poder, y tú me levantaste en el patíbulo de la cruz...

Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en qué te he contristado? ¡Respóndeme!…

Alma devota, si puedes escuchar sin inmutarte quejas tan amargas, de piedra eres y no de carne.

Ruméalas y promete a Jesús serle fiel de hoy en adelante.

Mas luego, sigue con la vista puesta en Jesús. Son sus últimos momentos, y no conviene perder ningún gesto, ninguna palabra.

Los enemigos de Cristo han triunfado y le echan en cara su abatimiento. El Señor, en cambio, no tiene para ellos más que sentimientos de perdón: Padre, perdónales, porque no saben lo que se hacen…

Hasta uno de los ladrones le increpa. El otro sale en defensa de Jesús. El Redentor recompensa tan noble gesto: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

En medio de aquella tempestad de odios e imprecaciones, Jesús fija los ojos en su Madre, que al pie de la Cruz ofrecía su dolor al Padre. Mujer, le dice mirando a Juan, ahí tienes a tu hijo; y luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu Madre.

Testamento divino, que nos regaló a una Madre celestial…

Sigue la tempestad de injurias. Los elementos insensibles se ven como constreñidos a protestar contra el atrevimiento loco de los malvados judíos; el sol se oscurece, densas tinieblas invaden el mundo; la tierra tiembla; se quiebran las rocas; se abren las tumbas, y rugen las fuerzas celestes.

Las turbas huyen asustadas, heladas de espanto. Y mientras tanto, arreciaba más y más la tormenta de dolor en el Corazón de Cristo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?, exclama.

Y para que quedara realizado un oráculo sagrado, abre de nuevo sus secos labios con aquella doliente queja: Tengo sed. Un soldado le presenta una esponja empapada en vinagre, y el Salvador añade: Todo está consumado.

Fue entonces cuando, dando un fuerte grito, exclamó: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!; e inclinando la cabeza, expiró.

Eran las tres de la tarde.

Alma cristiana, no te apartes de la Cruz. Báñate en la Sangre que mana del Cuerpo Sagrado…

Que no se pierda para ti Redención tan copiosa…

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Para ayudarnos a recoger tantos frutos, la Santa Liturgia introdujo la Ceremonia de la Adoración de la Cruz.

Una vez terminadas las Oraciones Universales; después de haber rogado a Dios por la conversión de los Paganos, la Iglesia visita con su caridad a todos los habitantes de la tierra y les aplica toda la efusión de la Sangre divina.

Ahora se vuelve hacia sus hijos, y emocionada por la humillación de su celestial Esposo, Ella los invita a disminuirla, aplicando a esta Cruz sus adoraciones.

Para Israel, la Cruz es un objeto de escándalo; para el gentil, un monumento a la locura; nosotros, los cristianos, la veneramos como el trofeo de la victoria del Hijo de Dios y el instrumento de la salvación de los hombres.

Por lo tanto, ha llegado el instante donde debe recibir nuestra adoración, por el honor que se ha dignado atribuirle el Hijo de Dios al regarla con su Sangre y al asociarla a la obra de nuestra redención.

Ningún día, ninguna hora en el año, está más indicado para presentarle nuestros deberes humildes de adoración.

En el altar, el celebrante se despoja de la Casulla, que es la prenda sacerdotal, para aparecer con mayor humildad.

Desprende la parte del velo que cubre la parte superior de la Cruz y la descubre hasta el transepto. La eleva un poco y canta en un tono bajo estas palabras: Ecce lignum Crucis; in quo salus mundi pependit.

Entonces toda la asistencia cae de rodillas, y adora mientras canta: Venite adoremus.

Esta primera exposición, en voz baja y como aparte, representa la primera predicación de la Cruz, que los Apóstoles hicieron entre ellos, no habiendo recibido aún el Espíritu Santo, y no pudiendo hablar del misterio de la redención sino con los discípulos de Jesús, por temor de excitar la atención de los judíos.

Es por eso que el sacerdote eleva mediocremente la Cruz.

Este primer homenaje que recibe es ofrecido en reparación de los ultrajes que el Salvador recibió en la casa de Caifás.

El sacerdote sube sobre el primer escalón del altar y desvela el brazo derecho de la Cruz; y muestra el signo de la salvación, elevándolo un poco más que la primera vez, y canta con más fuerza: Ecce lignum Crucis; in quo salus mundi pependit.

Entonces toda la asistencia cae de rodillas, y adora mientras canta: Venite adoremus.

Esta segunda ostentación, que se desarrolla con más brillo que la primera, es la predicación del misterio de la Cruz a los judíos, cuando los Apóstoles, después de la venida del Espíritu Santo, sentaron las bases de la Iglesia frente a la Sinagoga y condujeron las primicias de Israel a los pies del Redentor.

Esta segunda revelación de la Cruz es ofrecida por la Santa Iglesia, en reparación de las humillaciones del Salvador recibidas en la corte de Pilato.

Finalmente, el sacerdote sube al tercer escalón y en el centro del altar descubre el brazo izquierdo de la Cruz; luego la eleva aún más y termina de quitar el velo. Enseguida canta con triunfo y con un tono más brillante: Ecce lignum Crucis; in quo salus mundi pependit.

Entonces toda la asistencia cae de rodillas, y adora mientras canta: Venite adoremus.

Esta última revelación tan solemne simboliza la predicación del misterio de la Cruz en el mundo entero, cuando los Apóstoles, rechazados por la nación judía, convierten a los Gentiles y anuncian al Dios crucificado hasta más allá de los límites del Imperio Romano.

Este tercer homenaje se ofrece a la Cruz en reparación de los ultrajes que recibió el Salvador en el Calvario.

De ahora en más, la Cruz, que acaba de ser adorada solemnemente, no será velada; esperará sin velo sobre el Altar la hora de la Resurrección gloriosa del Mesías.

Pero la Iglesia no se limita a exponer la Cruz, sino que invita a sus hijos a venir a imprimir sus labios sobre este leño sagrado.

El celebrante les debe preceder y vendrán todos después de él. No contento con haberse despojado la Casulla, deja también su calzado; y después de hacer tres genuflexiones se acerca a la Cruz para adorarla con un beso.

Los cantos que acompañan la adoración de la Cruz son de gran belleza. En primer lugar están los Improperios o reproches que el Mesías hace a los judíos.

Los tres primeros versos de este himno quejumbroso son entrecortados por el canto del Trisagio, o rezo al Dios tres veces Santo, para glorificar su inmortalidad en este momento donde Él se digna como un hombre sufrir la muerte por nosotros.

El resto de este hermoso canto tiene un profundo sentido dramático. Cristo recuerda todos los ultrajes de que ha sido objeto por parte de los judíos y compara los beneficios ha derramado sobre esta nación ingrata.

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III) Descendimiento y sepultura.

La agitación en torno a la Cruz de Cristo ha cesado. Todo es calma y silencio en el Calvario.

Tú, alma piadosa, permanecerás junto a la Madre Dolorosa en aquella tétrica colina, para ser testigo de lo que allí sucede.

Llega al Gólgota un grupo de soldados. Quiebran las piernas de los ladrones. Al tocar su turno a Jesús, un soldado le abre el costado con una lanza. Y salió de él sangre y agua.

Luego se ven subir dos amigos del Maestro, José de Arimatea y Nicodemo. Traen licencia para sepultar el Cuerpo del Redentor. Se da comienzo al descendimiento; y momentos después destácase sobre el sereno firmamento una augusta figura femenina, que sostiene en sus brazos, cual preciosa patena, el precio del rescate de la humanidad.

Es la Madre del Redentor, la Corredentora de la humanidad que eleva al Cielo el Sagrado tesoro que dio al mundo, a fin de apaciguar en esta hora suprema a la Justicia eterna de Dios.

Asistimos, por fin, a un fúnebre cortejo. El Cuerpo de Jesús es llevado a la sepultura. Después de ungirlo, según costumbre de los judíos, se deposita en el sepulcro de José. La losa que cierra su entrada cubre también con su sombra de soledad las últimas horas del Viernes Santo.

¡Redentor divino!, lava con tu Sangre mi alma, y no permitas que se pierda en mí el fruto de Redención tan copiosa…

Te rogamos, Señor, te dignes mirar a esta tu familia; por la cual Nuestro Señor Jesucristo no dudó en entregarse en manos de los malvados y sufrir el tormento de la Cruz.

Triduo Santo I

JUEVES SANTO

Esta Solemnidad encierra ceremonias y ritos de profunda significación. Tratemos de penetrarlos y de descubrirla.

I) Día de reconciliación.

Antiguamente, el Jueves Santo los penitentes públicos eran reincorporados a la comunión de los fieles con un rito impresionante.

Puesto que en la actual Liturgia personificamos nosotros a aquellos penitentes, recordemos que hoy debe derramarse sobre nuestras almas el perdón.

¿Por qué no damos un nuevo sentido a este antiguo rito por medio de una buena confesión, contrita y de serios propósitos? Ella nos preparará, al propio tiempo, a la recepción de todos los frutos de la Pascua de Resurrección.

Después de la confesión podremos exclamar, con la alegría de los antiguos penitentes: No moriré, sino que viviré aún y pregonaré las obras del Señor (Ofertorio).

La bendición de los Santos Óleos, que debería tener lugar también hoy en las Iglesias catedrales, nos debe confirmar en estos sentimientos. Los Santos Óleos nos recuerdan la purificación y consagración que los Sacramentos realizan en el alma, mediante la infusión y acrecentamiento de la Gracia Santificante.

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II) Día de renovación de la caridad fraterna.

Este sentido tiene la hermosa ceremonia del Mandato.

Es la reproducción de aquella otra de la que trae su origen. Tuvo lugar al terminar la Cena Pascua Legal y antes de la Institución de la Eucaristía.

Jesús, sabiendo que era llegada la hora de su tránsito de esté mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el fin. Y así, acabada la Cena, cuando ya el diablo había sugerido al corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, el designio de entregarle, Jesús, que sabía que el Padre le había puesto todas las cosas en sus manos, y cómo había venido de Dios, y a Dios volvía; se levantó de la mesa, se quitó sus vestiduras, y habiendo tomado una toalla, se la ciñó y comenzó a lavar los pies a sus discípulos.

El estupor de los Apóstoles ante tal acto de humildad no admite descripción. Pedro, con su natural vehemencia, se atreve a oponerse al Señor: No te dejaré nunca tomar mis pies para lavarlos.

Jesús le reprende dulcemente, y Pedro se deja lavar. Y así por su turno los doce, sin exceptuar a Judas. Y al final del lavatorio expresa el Señor la sublime lección encerrada en aquel acto de humildad: Ejemplo os he dado, para que así como yo he hecho con vosotros, así lo hagáis vosotros.

La Edad Media vio en este rito como un Sacramental.

La verdad es que en él plasmó el Salvador su nuevo precepto. Por eso comienza el Mandato con la antífona: Un nuevo mandato os doy: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado.

Y por eso también se repite tantas veces durante esta ceremonia aquella otra antífona: Donde hay caridad y amor, allí está Dios… Ubi caritas et amor, Deus ibi est…

Aprendamos la lección; y que el Mandato no sea para nosotros una simple ceremonia, sino un verdadero medio de obtener las gracias necesarias para practicar la caridad fraterna y restablecer la cristiana relación con el prójimo, si en algo se halla lesionada.

El uso de Oriente era lavarse los pies antes de tomar parte en una fiesta; pero el grado más alto de hospitalidad consistía cuando el dueño de casa cumplía este oficio con sus huéspedes.

Es Jesús mismo, que invita en este momento a los Apóstoles al divino festín destinado para ellos, quien se digna ejercitar con ellos la mayor hospitalidad.

Pero como sus acciones siempre contienen un fondo inagotable de enseñanzas, quiere darnos una advertencia acerca de la pureza requerida en quienes deben sentarse a su mesa.

El que ya se lavó, dice, no tiene más necesidad que lavar sus pies; como si dijere: es tal la santidad de este Banquete divino, que para acceder a él no sólo debe estar el alma purificada de sus manchas más graves, sino también debe buscar borrar las ligeras, las que nos hace contraer el contacto con el mundo, el polvo que se adhiere a los pies.

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III) Conmemoración de la Cena del Señor e Institución de la Sagrada Eucaristía.

Este rito recaba en la Liturgia del Jueves Santo casi toda la atención de la Iglesia. Desbordante de emoción, llega a suspender por unos momentos el luto de Semana Santa, para celebrar dignamente tan gran maravilla.

Debemos asistir a este conmovedor acto revestidos de sus sentimientos, y para ello hemos de extender nuestra consideración a los pormenores de la ceremonia de la Institución de la Sagrada Eucaristía.

Contemplemos cómo Jesús abandona Betania y se dirige a Jerusalén. Dos discípulos le han precedido por la mañana para preparar la Pascua. Apenas se pone el sol, comienza la Cena Pascual Legal.

El Señor está triste; y su tristeza se traspasa a los apóstoles. Un denso misterio envuelve todo el Cenáculo…

La segunda comida fue triste; los discípulos estaban preocupados por la confidencia que les había hecho Jesús; y comprendemos que el alma de San Juan, dulce y sencillo, tuviese necesidad de desahogarse con el Salvador por medio de sentidas manifestaciones de su amor.

Pero los apóstoles no esperaban que una tercera Cena sucediese a las dos primeras. Jesús habían mantenido su secreto; pero antes que sufriese tenía que cumplir con una promesa.

En efecto, Él había dicho en presencia de todo un pueblo: Yo soy el pan de vida bajado del cielo; si alguien come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Ha llegado el momento en que el Salvador iba a realizar esta maravilla de su caridad para con nosotros. Pero como había prometido darnos su Carne y Sangre, tuvo que esperar hasta el momento de su inmolación.

Ahora que comienza su Pasión; vendido ya a sus enemigos, su vida está ahora entre sus manos. Por lo tanto, puede ofrecer en sacrificio y distribuir a sus discípulos su propia Carne y Sangre de víctima.

Jesús rompe finalmente su silencio: Con gran deseo he deseado comer esta Pascua antes de morir…

Habló así, no porque esta Pascua tuviese en sí misma algo de superior a las de años anteriores, sino porque ella iba a dar la oportunidad para la institución de la Pascua Nueva, que había preparado en su amor por los hombres. Porque habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Los apóstoles presienten el fatal desenlace. Oyen que uno de ellos le ha de traicionar; hasta queda señalado el aludido. En efecto, durante la comida Jesús, para quien los corazones nada tienen de oculto, dijo: en verdad, os digo, uno de vosotros me va traicionar. Sí, el que mete la mano en el plato conmigo es un traidor...

¡Qué tristeza en esta queja! ¡Qué misericordia para con el culpable, que conocía la bondad de su Maestro! Jesús le abre la puerta del perdón; pero él no aprovecha esta oportunidad... ¡tanto poder tuvo la pasión, que quiso satisfacer su infame negocio! Judas va a mancillar con su presencia los misterios augustos.... Espera el momento de la traición...

Pero es tan grande la impresión de aquellos discípulos, que no salen de su asombro y no aciertan a comprender las palabras de Jesús. Una cosa notan, y es que el Maestro está de despedida. Sí; Jesús solemniza su Última Cena con sus amigos. Por eso aprovecha esos momentos para darles sus últimos consejos… y, por fin, se da a Sí mismo: Tomad y comed, éste es mi Cuerpo.

Los Apóstoles reciban el Cuerpo de su Maestro; se alimentan espiritualmente de Él; Jesús no está sólo con ellos a la mesa, sino también en ellos.

Entonces, como este divino misterio no es solamente el más augusto de los Sacramentos, sino que es un verdadero sacrificio, que exige el derramamiento de sangre, Jesús toma el Cáliz y convierte en su propia Sangre el vino del que está lleno; lo pasa a sus discípulos y les dice: bebed todos de Él; es la Sangre de la Nueva Alianza, que será derramada por vosotros y por muchos...

Estas son las magníficas circunstancias de la Cena del Señor, cuyo aniversario nos reúne hoy. Pero no lo hubiésemos señalado suficientemente sino dijésemos, si no añadiésemos un rasgo esencial.

Lo que ocurría en el Cenáculo no es un evento ocurrido una vez en la vida mortal del Hijo de Dios; y los Apóstoles no son los únicos invitados a la Mesa del Señor. Allí tenía lugar algo más que una comida, y había otra cosa que un sacrificio, por divina que fuese la Víctima ofrecida por el Soberano Sacerdote... Tenía lugar la institución de un nuevo Sacerdocio.

¿Cómo hubiese podido decir Jesús a los hombres: si no coméis mi Carne y bebéis mi Sangre, no tendréis la vida..., si no hubiese pensado en establecer un ministerio por el cual podría renovar hasta el final de los tiempos lo que acababa de hacer en presencia de estos doce hombres?

He aquí que dijo a los hombres que había elegido: haced esto en memoria mía. Y les da con estas palabras el poder de transubstanciar el pan en su Cuerpo y el vino su Sangre.

Y este sublime poder se transmitirá en la Iglesia por la Sagrada Ordenación. Jesús va a seguir operando, por el ministerio de hombres mortales y pecadores, la maravilla que está haciendo en el Cenáculo.

Y al mismo tiempo que dota a su Iglesia del Sacrificio único e inmortal, nos da, de acuerdo con su promesa, la forma de permanecer en Él y Él en nosotros.

Debemos, pues, celebrar hoy otro aniversario no menos maravilloso que el primero: la Institución del Sacerdocio Católico.

La Misa de Jueves Santo es una de las más solemnes del año; y aunque la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento tiene por objeto honrar con creces el misterio mismo de la Eucaristía, la Iglesia no quiso que el aniversario del Jueves Santo perdiese nada de los honores a que tiene derecho.

El color adoptado en esta Misa para los ornamentos sagrados es el blanco, como en los días de la Navidad y Pascua; y todo la ostentación de luto ha desaparecido.

Sin embargo, varios ritos extraordinarios anuncian que la Iglesia todavía gime con su Esposo, y sólo suspende por un momento el dolor que la oprime.

En el Altar, el sacerdote entona con transporte el himno angelical: Gloria a Dios en las alturas de los cielos... De repente se escuchan las campanas en gozoso repique, que acompaña hasta el final el cántico celestial; pero desde ese momento permanecen silenciosas y su silencio durante largas horas hará que planee una sensación de asombro, inquietud y abandono.

La Santa Iglesia, privándonos del énfasis melódico de esos acentos, quiere hacernos sentir que este mundo, testigo de los sufrimientos y de la muerte de su Autor divino, ha perdido toda melodía, y que se convirtió en triste desierto.

Uniendo un recuerdo más preciso a esta impresión general, nos recuerda que los Apóstoles, que son la voz estridente de Cristo y son figurados por las campanas, cuyo sonido llama a los fieles a la casa de Dios, huyeron y dejaron a su Maestro como presa de sus enemigos.

El sacrificio continúa su curso; pero en el momento en que el sacerdote eleva la Santa Hostia y el Cáliz de la salvación, la campana enmudece y sólo un ruido seco, austero e inexpresivo anuncia la llegada del Hijo de Dios sobre el Ara.

Hoy conmemoramos y hacemos presente de una manera particular aquel misterio…

Prepárate, pues, alma devota. Comulga en el ambiente de recogimiento del Cenáculo… Y que ese ambiente te envuelva y santifique esta noche y perdure durante todo el día de mañana.

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IV) Día de unión con Cristo agonizante.

Después de la Santa Misa son despojados los Altares de su natural ornamentación. La Iglesia queda triste; ha comenzando, en efecto, la Pasión del Señor, y quiere llorar con Él.

Después de la Institución de la Eucaristía y del extenso y profundo Sermón de despedida, el Señor se dirigió al Huerto de los Olivos. Allí se internó con tres de sus discípulos, los mismos que habían presenciado su Transfiguración sobre el monte Tabor.

Después de intimarles a que orasen con Él, se apartó de ellos, y comenzó a dominarle una angustia mortal. Un sudor de sangre, que chorreaba hasta empapar el suelo, le cubrió el cuerpo….

Su oración se intensificó cada vez más: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz.

Un Ángel tuvo que descender para confortarle.

Y mientras tanto, los discípulos dormían…

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Si hemos prestado atención, descubriremos que un rito inusual se realizó en el Altar, en la acción del Sacrificio. El sacerdote consagró mayor cantidad de hostias, y después de que han consumido una parte, reserva la otra, colocándola en un Copón.

Es porque la Iglesia ha decidido interrumpir mañana el curso del Sacrificio perpetuo que ofrece cada día. Tal es la impresión que le hace experimentar este cruel aniversario, que Ella no se atreve renovar sobre el Ara, en ese día terrible, la inmolación que tuvo lugar sobre el monte Calvario.

La Iglesia permanece sumida en sus recuerdos, y se contenta con participar del sacrificio de hoy, del cual reserva las Sagradas Formas. Este rito se llama Misa de Presantificados, porque el Sacerdote no consagra, sino que consume y distribuye lo consagrado el día anterior.

Sin embargo, si la Iglesia suspende la ofrenda del eterno Sacrificio por un día, no quiere que su Esposo pierda algo de tributos debidos en el Santísima Sacramento. La piedad católica ha encontrado una manera de convertirlo en un triunfo para la Sagrada Eucaristía en esos momentos donde parece inaccesible.

La Iglesia prepara un suntuoso monumento en cada templo; y es allí donde, después de la Misa de hoy, será reservado el Santísimo Sacramento para que los fieles le presenten sus adoraciones, desagravios, acciones de gracia y súplicas.

Tú, alma devota, acompaña a tu Señor y Redentor después de la Institución Eucarística. No le abandones en su agonía; no dormites mientras el Señor suda sangre. Santifica la hora de la Agonía de Jesús con el piadoso ejercicio de la Hora Santa. Cuida, sobre todo, de no dejar solo a Jesús en el Monumento.

¡Oh, si pudieras acompañarle durante esta noche de soledad! ¡Qué gracias recibirías de sus manos!

domingo, 1 de abril de 2012

Domingo IIº de Pasión

DOMINGO DE RAMOS

Hemos llegado al Sancta Sanctorum del Santuario cuadragesimal. La Iglesia, cual excelente pedagoga, quiere introducirnos en este recinto sagrado con la etiqueta y boato debidos.

La Santa Liturgia tiene por finalidad ambientar al cristiano y disponerle a recibir las enseñanzas que nuestra Madre la Iglesia quiere fijar en el alma fiel.

Dos impresionantes cuadros lograrán formar la correspondiente composición de lugar:

1°) Jesús, montado sobre un jumento, desciende desde el monte de los Olivos en dirección a la ciudad santa. Las turbas se agolpan en torno suyo, alfombran con sus vestidos el camino y agitan en sus manos palmas y ramos de olivo. Los gritos de Hosanna de los niños llenan el espacio.

Es la entrada triunfal del Rey eterno en su ciudad. Todo es júbilo, alborozo y alegría.

2°) El segundo cuadro se desarrolla en la misma ciudad y probablemente por los mismos actores.

El pueblo se agolpa frente al palacio de Poncio Pilato. Los doctores de la Ley subvierten a la multitud. Dentro del palacio está Jesús. Le han traído preso. El gobernador romano se compadece de Él y pretende libertarle.

El pueblo, empero, pide su muerte. He aquí el diálogo que nos transcribe el Evangelio:

— Danos antes a Barrabás que a Jesús.

— Y ¿qué haré de Jesús, Rey de los judíos?

— Crucifícale… Crucifícale…

La Iglesia quiere que renovemos cada año la memoria de este triunfo del Dios-hombre.

En el momento del nacimiento del Emmanuel, vimos a los Reyes Magos venir desde el Oriente buscando en Jerusalén al Rey de los judíos, para rendirle sus honores y ofrecerle sus presentes; hoy es Jerusalén la que se levanta como un solo hombre para salir a su encuentro.

Estos dos hechos están relacionados y tienen un mismo propósito; son un reconocimiento de la Realeza de Jesucristo: la primera por parte de los Gentiles y la segunda por parte de los judíos.

Era necesario que el Hijo de Dios, antes de sufrir su Pasión recibiese el homenaje de unos y otros.

Israel proclama hoy a Jesús su Rey; Israel pronto será dispersado en castigo de su rebelión contra el Hijo de David; pero Jesús, a Quien reconoció y declaró Rey, sigue siendo Rey para siempre.

Tal es, en medio del duelo de la Semana de dolor, el glorioso misterio de este día. La Santa Iglesia quiere que nuestros corazones se sosieguen por un momento de alegría y que Jesús sea hoy aclamado por nosotros como nuestro Rey.

Ella dispuso, por lo tanto, el servicio divino de este día para expresar la alegría y la tristeza: la alegría, uniéndose a las aclamaciones que resuenan en la ciudad de David; la tristeza, retomando pronto el curso de sus lamentos sobre los dolores de su Esposo divino.

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Destaquemos y expliquemos los momentos principales de esta Solemnidad.

I) La bendición de los Ramos y las Palmas.

Un hecho de tanta importancia en la vida de Jesús como su aclamación cual Rey de Israel, no podía pasar inadvertido a la Liturgia, que ha sabido recogerlo, darle actualidad y enriquecerlo con nuevo sentido místico.

Esa nueva modalidad mística, ese simbolismo, encerrado en el Domingo de Ramos, es el siguiente: Jesús va a entrar en la Jerusalén de su Pasión.

La Iglesia nos invita a acompañarle. No es éste menguado honor. Por eso, para hacernos dignos de formar el séquito del Rey, se nos consagra antes como confesores o testigos de la fe, lo cual implica la perspectiva del martirio.

Este sentido tiene la ceremonia de la repartición de los Ramos y Palmas, previamente bendecidas con un rito hermosísimo y particular de este día.

La bendición de las Palmas y Ramos es el primer rito que se lleva a cabo; podemos juzgar de su importancia por la solemnidad que la Iglesia despliega.

Parecería como que el Sacrificio se ofrecerá sin ninguna otra intención que la de celebrar el aniversario de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén.

Introito, Colecta, Epístola, Gradual, Evangelio, incluso Prefacio, se suceden como para preparar la inmolación del Cordero sin mancha…

Pero después el Trisagio: Sanctus Sanctus Sanctus, la Iglesia suspende estas fórmulas solemnes y su Ministro procede a la bendición de estos místicos Ramos que están ante él.

Las oraciones empleadas en su bendición son elocuentes y llenas de lecciones. Estos Ramos, objeto de la primera parte de la función sagrada, reciben por estas oraciones, acompañadas del incienso y de la aspersión con el agua bendita, una virtud que los eleva al orden sobrenatural y los hace medios para ayudar a la santificación de nuestras almas y para la protección de nuestros cuerpos y de nuestros hogares.

Los fieles deben mantener respetuosamente elevados estos Ramos en sus manos durante la Procesión y en la Misa durante el canto de la Pasión; luego deben exponerlos con honor en sus casas, como signo de su fe y como esperanza en su auxilio.

Acércate, pues, oh cristiano, al altar con este convencimiento, con la conciencia de que vas a recibir la dignidad de luchador, de soldado, de confesor de Cristo, para combatir con Él y vencer con Él. ¡Qué gloria tan grande!

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II) La Procesión y nuestro Hosanna.

El segundo rito de este día es la célebre Procesión, que sigue a la solemne bendición de los Ramos. Ella tiene por objeto representar la marcha del Salvador caminando hacia Jerusalén y su entrada triunfal en esta ciudad.

Y para que nada falte a la imitación del hecho tal como está en el Santo Evangelio, los Ramos son llevados por todos aquellos que participan en esta Procesión.

Entre los judíos, tener en sus manos ramas de los árboles era un signo de alegría; y la ley divina ratificó este uso. Dios dice en el libro del Levítico, al establecer la Fiesta de los Tabernáculos: El día quince del séptimo mes, después de haber cosechado el producto de la tierra, celebraréis la fiesta en honor de Yahveh durante siete días. El primer día será de descanso completo e igualmente el octavo. El primer día tomaréis frutos de los mejores árboles, ramos de palmeras, ramas de árboles frondosos y sauces de río; y os alegraréis en la presencia de Yahveh, vuestro Dios, por espacio de siete días. Celebraréis fiesta en honor de Yahveh durante siete días cada año. Será decreto perpetuo de generación en generación.

Por lo tanto, fue para declarar el entusiasmo por la llegada de Jesús a la ciudad que los habitantes de Jerusalén, incluso los niños, recurrieron a esta demostración de alegría. También nosotros debemos salir al encuentro de Nuestro Rey y cantar el Hosanna al vencedor de la muerte, al Libertador de su pueblo.

Hemos de asistir a la Procesión con el espíritu de los discípulos de Cristo el día de su entrada triunfal en Jerusalén.

Destaquemos que la Cruz Procesional esta descubierta, pues se trata del triunfo de Nuestro Señor.

Resuene en nuestro pecho el Hosanna infantil.

A los Ángeles y los niños unámonos los fieles, aclamando al vencedor de la muerte: ¡Hosanna!

Pensemos, además, que en este cortejo triunfal se simboliza la vida del cristiano. Toda ella debe ser no sólo una lucha sino más todavía, una victoria sobre el pecado, un canto al Redentor.

¿Lo es la nuestra?

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III) A las puertas del templo. Cristo nos deja expedita con su Pasión la entrada en la gloria.

El final de la Procesión está marcado por una ceremonia del más alto y profundo simbolismo. En el momento de volver a la iglesia, el piadoso cortejo encuentra las puertas cerradas.

Se detiene la marcha triunfal; pero no se suspenden los cánticos de alegría. Un himno particular en honor a Cristo Rey resuena en el aire con su gozoso estribillo, hasta que finalmente el Subdiácono golpea la puerta con el asta de la Cruz, la puerta se abre y la multitud entra en la Iglesia celebrando al que es la resurrección y la vida.

Esta escena misteriosa tiene por finalidad describir la entrada del Salvador en la otra Jerusalén, de la cual la de la tierra es sólo figura. Esta Jerusalén es la Patria celestial, cuyas puertas Jesús nos abrió.

El pecado del primer hombre había cerrado esas puertas; pero Jesús, el Rey de la gloria, las abrió nuevamente por la virtud de su Cruz.

Sigamos los pasos del Hijo de David; porque Él es el Hijo de Dios, y nos invita a tomar parte en su Reino.

Es así cómo la Iglesia, en la Procesión de los Ramos, eleva nuestro pensamiento hasta el glorioso misterio de la Ascensión, que termina en el Cielo la misión del Hijo de Dios en la tierra.

Pero, por desgracia, los días que separan entre sí estos dos triunfos del Redentor no son todos de alegría, y la Procesión no será completada hasta que la Santa Iglesia, que levantó por un momento el manto de sus dolores, haya terminado con sus lamentos.

Al llegar, pues, el cortejo triunfal a las puertas del templo, las halla cerradas, y en ese momento se entabla un idílico diálogo entre sus moradores y el pueblo reunido afuera.

¿Qué simbolismo se halla aquí escondido? El templo es la imagen de la gloria. Sus puertas se cerraron por el pecado. La Iglesia triunfante y la militante compiten, es verdad, en sus loores a Cristo; pero el Cielo continúa clausurado.

Sólo cuando el Subdiácono golpea las puertas con el asta de la cruz, éstas se franquean, porque únicamente la cruz de Cristo ha conseguido abrir el Cielo para los desterrados hijos de Eva, y ha dejado patente la entrada en la gloria.

Aprovechemos tan santa lección. Nosotros, los confesores y testigos de Cristo, le hemos de seguir en su Calvario, luchando y venciendo.

Tengamos entendido que así como entramos en el templo precedidos de la Cruz, así también caminando en pos del divino Redentor, entraremos en la gloria.

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IV) La Santa Misa. Comencemos el camino del Calvario.

La tercera parte de la función de este día es la ofrenda del Santo Sacrificio. Todos los cánticos que la acompañan están impregnados de desolación; y para llevar hasta el máximo el duelo que señala el resto de este día, se lleva a cabo el recitado de la Pasión del Redentor.

Al entrar en el templo, al ambiente litúrgico sufre un cambio. La imagen del Cristo vencedor es substituida por el Cristo paciente.

Así, con el manto del dolor, aparece ya el Redentor desde el Introito. En el Evangelio, en vez del relato del Domingo de Ramos, escuchamos la historia de la Pasión, con el conmovedor Crucifícale, que ahora suplanta al Hosanna.

Durante el canto de la Pasión todos los asistentes deben tomar en sus manos los Ramos, para protestar, por este emblema de triunfo, contra la humillación de que el Redentor es objeto de parte de sus enemigos.

Es en este momento en que, en su amor por nosotros, se deja aplastar bajo los pies de los pecadores, que debemos proclamarlo bien alto como nuestro Dios y nuestro Soberano Rey.

Alma devota, dedica unos momentos a este cuadro, el primero que meditas de la Pasión externa del Señor. Contempla a tu Salvador ante Pilato.

Hasta sus oídos divinos llegan las blasfemias que la turba impía le dirige… ¡Qué humillación la suya, al ser comparado y pospuesto a Barrabás! ¡Qué vergüenza, al aparecer ante aquel pueblo como Rey de burlas!

Entre la multitud, Jesús divisa a hombres y mujeres sobre quienes su pródiga mano ha derramado beneficios sin cuento; a entusiastas galileos, que unos días antes le aclamaban; a discípulos suyos, que han disfrutado de su compañía…

Nos divisa, en fin, oh alma, a ti y a mí, y a tantos cristianos no menos dichosos que aquellos judíos a quienes tocó la mano divina, y que, siguiendo su mal ejemplo, no dudan en lanzar un Crucifige sobre el rostro de Jesús, cada vez que su santa Ley exige algo que les mortifica.

Pensémoslo y andaremos con mayor cuidado de evitar el pecado.

Que su sola sombra nos espante. No reproduzcamos ya más la escena de la mañana del Viernes Santo.

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V) Con el Rey de los mártires.

Salimos del templo llevando en alto nuestros Ramos. Simbolizamos con ello que con la función litúrgica no abandonamos al Rey de los mártires; que durante la Semana Santa hemos de formar el cortejo de Cristo paciente.

No lo olvides, cristiano. Asiste a los oficios recogida y devotamente, con un devocionario que te dé razón de las ceremonias. De esa forma hallarás en las mismas una mina inagotable de santos pensamientos, que te ocuparán durante todo el día y no podrán menos de dar su fruto.

Y sobre todo, considera los misterios que la Iglesia hace pasar por tu mente, no como algo puramente histórico, sino como escenas reales y de plena actualidad.

Tienes que acompañar a Cristo en su agonía, en su calle de Amargura, hasta el pie de la Cruz y hasta encerrarte con Él en el Sepulcro.

Si así lo haces, la Semana Santa será un digno coronamiento de la Cuaresma; el misterio de la Cruz vendrá a tomar cuerpo en tu alma, cumpliéndose el deseo de la Iglesia en su Liturgia, y, unificado con Cristo en su abatimiento, tendrás también parte en la alegría de su Resurrección.

Con ello el Aleluya pascual será para ti algo más que un momento de emoción; será la nota final de triunfo, que tu alma cantará con Cristo, una vez alcanzada la cumbre del monte del incienso y del collado de la mirra.

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Omnipotente y sempiterno Dios, que para ofrecer al género humano un ejemplo de humildad ordenaste que Nuestro Salvador se encarnase y muriese en Cruz; concédenos propicio seguir los ejemplos de paciencia que nos dio, y merecer participar de su Resurrección.

Pensamiento para la Comunión: Si no puede pasar este Cáliz… El Cáliz consagrado recuerda en la Liturgia el Cáliz de la Pasión. Con el primero nos hemos de fortalecer para el segundo; de manera que podamos clamar con Cristo: ¡Hágase tu voluntad!