domingo, 11 de marzo de 2012

IIIº de Cuaresma

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA

Estaba Jesús expulsando un demonio, y aquel era mudo. Sucedió que cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron.

Pero algunos de ellos dijeron: Por Belzebub, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios.

Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo.

Pero él, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino? Porque decís que yo expulso los demonios por Belzebub. Si yo expulso los demonios por Belzebub, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega uno más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo; y, al no encontrarlo, dice: "Me volveré a mi casa, de donde salí." Y al llegar la encuentra barrida y en orden. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio.

Sucedió que estando él diciendo estas cosas alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: ¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él dijo: Bienaventurados más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.

La Santa Iglesia, que en el primer Domingo de Cuaresma nos propuso como tema de nuestras meditaciones la tentación de Cristo en el desierto para arrojar luz sobre la naturaleza de nuestras propias tentaciones y sobre cómo tenemos que superarlas, hoy nos hace leer un pasaje del Evangelio cuya doctrina tiene por objeto completar nuestra instrucción respecto del poder y de las maniobras del demonio.

Hemos llegado de este modo al llamado Domingo de los escrutinios.

En la iglesia primitiva, desde este día comenzaba para los catecúmenos un nuevo período en la preparación para el Bautismo.

Esto se debía a que las ceremonias compiladas actualmente en el rito bautismal, se celebraban entonces repartidas en distintos días.

Un día como hoy tenían lugar los exorcismos.

Comprendemos, por lo mismo, que se lea como Evangelio el pasaje del endemoniado.

Estaba Jesús expulsando un demonio, y aquel era mudo. Sucedió que cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo…

¡Con qué gozo oirían los catecúmenos este pasaje evangélico! Veían, en efecto, retratado en él lo que invisiblemente acababa de tener lugar en sus almas exorcizadas.

Apropiémonos de su alegría. También nuestras almas, mudas por la muerte espiritual, sintieron el día de nuestro Bautismo la virtud de la palabra divina que conjuraba al diablo: Sal de ella, espíritu inmundo, y da lugar al Espíritu Santo Paráclito, dijo el sacerdote…

Y el espíritu mudo huyó, y pudimos articular palabras de vida eterna…

¡Qué felicidad!

No perdamos don tan precioso.

No seamos mudos para el Cielo. Que nuestra conversación posea siempre la altura que conviene a hijos de Dios. Que nuestros ojos estén siempre elevados al Señor.

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Y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: Por Belzebub, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios.

Jesús aparece en plena lucha con los escribas y fariseos. Éstos, no pudiendo negar la autenticidad de los milagros del Señor, acuden a un último recurso para desacreditarlo: los achacan a virtud demoníaca.

Jesús, con suma mansedumbre, les replica con un argumento ad hominem.

Los tiros de aquellos hombres perversos se dirigían a negar que el Reino de Dios había ya llegado a ellos; el Señor les dice: Si lanzo los demonios en virtud de Belzebub, resulta que Belzebub pelea contra sí mismo; y como todo reino dividido se derrumba; luego, el reino del demonio viene ya a tierra, para dar lugar al Reino de Dios.

Mas, ¿con qué derecho decís que lanzo los demonios en nombre de Belzebub? ¿No se podría decir otro tanto de vuestros exorcistas?

Si, pues, con el dedo de Dios lanzo los demonios, el reino de Satanás está vencido y ha llegado ya la hora del Reino de Dios.

¡Sí!; el Reino de Dios ha llegado ya a nosotros. Formamos parte del mismo. Somos hijos de la luz...

Sigamos, pues, el consejo de la Santa Madre Iglesia: Andad como hijos de luz. El fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sabed, y tened entendido, que ningún fornicario e impúdico tendrá cabida en el Reino de Cristo y de Dios.

Durante la Cuaresma, debemos aprovechar para reparar el pasado y para asegurar el futuro; ahora bien, no podríamos hacer lo primero ni defender eficazmente el segundo, si no tuviésemos ideas claras y sanas sobre la naturaleza de los peligros en los que hemos sucumbido en el pasado, y sobre aquellos que nos siguen amenazando para el futuro.

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El que no está conmigo, está contra mí. Jesús señala, con frase gráfica, la secuela de uno y otro reino.

No hay en asunto tan trascendente terreno neutral; se pertenece a Cristo o a Belial, o se recoge o se desparrama. El que se decida por Cristo, ingresará en el Reino de la luz; quien no lo siga, continuará sometido al Príncipe de las tinieblas.

Esta vida es un campo de batalla. Cristo y Belial pretenden prosélitos.

San Ignacio, en su meditación de las Dos Banderas, ha sabido dar plasticidad a esta idea.

El ejército de Satanás tiene plantados sus reales en Babilonia; el ejército de Cristo Rey, en Jerusalén.

Cristo está sentado sobre un trono de luz; Satanás impera entre llamas y columnas de humo asfixiante.

Los soldados de Cristo pelean con la Cruz; lo soldados de Belial se valen de las pasiones y de la concupiscencia para ganar terreno.

La recompensa de los primeros es el Cielo, la del ejército de Belial, la muerte eterna.

¿Quién diría que Satanás podría lograr halagar con tan terrible galardón? Y, no obstante, triunfa y se envalentona, porque los mortales somos tan necios, que preferimos un gozo presente, aunque lleve a un fin desgraciadísimo, que la felicidad eterna, si para llegar a ella se nos exige pasar por el estrecho callejón de la abnegación…

¡Oh inaudita locura! ¡Oh necia insensatez!

Que no sea así de nosotros. Prometamos seguir y luchar en las filas de Cristo Rey, haciendo honor a nuestro Bautismo.

Ya renunciamos un día a Satanás y a sus pompas; no queramos volvernos atrás de aquel juramento solemne. Seamos fieles a su Bandera hasta morir.

Los antiguos liturgistas y los autores espirituales han reconocido un trazo de la sabiduría maternal de la Iglesia en el discernimiento con el que se ofrece hoy a sus hijos esta lectura, centro de las enseñanzas de este Domingo.

Seríamos, en efecto, ciegos y miserables, si, estando rodeados de enemigos empeñados en nuestra destrucción y muy superiores a nosotros en fuerza y habilidad, no pensásemos en su existencia y maldad.

Si hay una época del año en que los fieles deben reflexionar sobre lo que la fe y la experiencia nos dice acerca de la existencia y las operaciones de los espíritus de las tinieblas, es sin duda ésta, durante la cual debemos reflexionar sobre las causas de nuestros pecados, sobre los peligros de nuestra alma, y sobre los medios de protección contra las recaídas y los futuros ataques.

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Después de la predicación del Evangelio, el poder de Satanás sobre los cuerpos se vio restringido en los países cristianos en virtud de la Cruz; pero retoma fuerza, si disminuyen la fe y las obras de piedad cristiana.

De allí todos estos horrores diabólicos revolucionarios que, con diversos nombres más o menos científicos, se cometieron primero en las sombras, luego fueron y son aceptados en parte por la buena gente, y presionan hoy para destruir la sociedad.

Cristianos de hoy, recordad que habéis renunciado a Satanás, y tened cuidado de que una ignorancia culpable os conduzca a la apostasía.

No es una fantasía o ficción a la que habéis renunciado en la pila bautismal el día de vuestro Bautismo; es a un ser real, formidable, y del cual Jesucristo nos dice que es mentiroso y asesino desde el principio.

Pero, si bien debemos temer al terrible poder que puede ejercer sobre el cuerpo, y no tener ninguna participación en las prácticas que el demonio preside (iniciación al culto al que aspira), también debemos temer, y con mayor razón, su influencia sobre nuestras almas.

Volveré a mi casa, de donde salí. La lucha tiene lugar en el interior del alma. Allí se dan las más espantosas batallas, aunque de fuera no se perciba el choque de espadas, ni el estruendo del cañón.

Toda condescendencia hecha a la pasión chillona, es un palmo de terreno robado a Cristo.

Cuando Lucifer logra que la concupiscencia domine y venza a la Cruz, aherroja al alma y hácela su prisionera; la lleva a su campo y la constituye en número activo de su reino.

Esto sucede cada vez que se comete un pecado mortal.

¡Con qué cuidado andaríamos, si tuviéramos conciencia viva de esta tremenda realidad!

Asimismo, cuando el cristiano comete un pecado venial, no se atreve a expulsar a Cristo de su alma, pero le quita terreno y lo cede al demonio.

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Cristiano, si pensaras en ello, te detendrías un tanto antes de dejarte llevar de tus debilidades, antes de condescender con tus pasiones, con los deseos menos santos de tu naturaleza.

Sírvate esta consideración de serio aviso.

Da hoy una mirada a tu interior. Examina si reina enteramente allí el Príncipe de la Luz, o si hay algún rinconcito reservado al tirano de las tinieblas.

Recuerda que antes del Bautismo pertenecías al demonio, que cual hombre valiente bien armado guardaba aquella su casa. Pero llegó otro más fuerte que él, Cristo Jesús, que lo asaltó, lo venció y lo desarmó.

Considera la lucha de la gracia que Dios tuvo que emprender para arrancarle tu alma de sus garras.

Desde ese momento no había temor para ti, mientras tú mismo no abrieras la puerta al demonio, mientras no te entregaras, voluntariamente, a su esclavitud, ya que el Más fuerte te guardaba.

¿Cuál ha sido tu proceder? Si, por desgracia, has estado ya nuevamente bajo el poder del príncipe de las tinieblas, llora tu iniquidad, y confiando en la misericordia divina, clama con corazón humilde y contrito al Señor.

Mas, si has tenido la gracia de conservar en todo momento para Cristo el terreno de tu pequeño reino, dale gracias y anda prevenido, no te suceda que el demonio pruebe asaltarte con un escuadrón de espíritus peores que él, y te derribe; y venga a ser tu postrer estado peor que el primero.

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Oponte también a que el demonio ocupe ningún rincón de tu alma. Toda ella debe ser de Cristo. No es cualquier cosa lo que esto exige: te costará seguramente grandísima violencia; pero lucha es la vida, y en pie de guerra nos debe encontrar la muerte.

En estos días, la Iglesia nos ofrece todos los medios de superar al demonio: el ayuno, unido a la oración y a la limosna.

Pero no creas que tu enemigo haya sido destruido. Está irritado; la confesión y penitencia lo ha expulsado ignominiosamente de su dominio; y él se comprometió a hacer todo lo posible para volver allí.

Teme, pues, una recaída en el pecado mortal; y para afirmar este saludable temor, reflexiona sobre las palabras del Evangelio de hoy.

El demonio no se resigna a quedarse lejos de la presa que codicia. El odio lo impele, como en el principio del mundo, y se dice: tengo que regresar a mi casa, de donde salí. Pero no vendrá solo, quiere triunfar; y para ello traerá con él, si es necesario, siete demonios más perversos.

¡Qué terrible situación se está preparando para nuestra pobre alma, si ella no es vigilante, si no está fortificada, si la paz que Dios le ha dado no ha sido una paz armada!

Si quieres la paz, prepárate para la guerra…, decían los antiguos… Y hoy nos predican un pacifismo cómplice y traidor…

Temamos, pues, una recaída; y para asegurar nuestra perseverancia, sin la cual sería de muy poca utilidad estar por unos días en la gracia de Dios, vigilemos, recemos, defendamos las murallas de nuestra alma, no renunciemos la batalla.

Y el enemigo infernal, desconcertado por nuestra capacidad de combate, partirá llevándose a otra parte su vergüenza y su rabia.

domingo, 4 de marzo de 2012

IIº de Cuaresma

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él.

Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.

Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo.

Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

Con el fin de invitarnos a seguir su ejemplo, la Santa Liturgia nos presentó el Domingo pasado a Jesús luchando con las armas del ayuno. Hoy nos señala ya la corona que seguirá a la victoria: la transfiguración, la glorificación.

La Transfiguración del Señor sobre el Tabor es el preludio de su glorificación después de resucitado.

Como por un resquicio, miramos ya hoy de antemano la gloria que llena el santuario de la divinidad, que es la sagrada Humanidad de Cristo.

Fortalezcamos nuestro espíritu con la contemplación de estos resplandores.

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La Liturgia nos revela una hora de Tabor en medio de la peregrinación cuaresmal y del destierro.

Un poco más de dos años llevaban ya de aprendizaje los discípulos en la escuela de Jesús. Con su Maestro habían comido su pan y partido sus penas. Unidos con lazos íntimos, sentían como propias las injurias y calumnias que los escribas y fariseos levantaban contra Él, y asimismo se regocijaban en espíritu cuando veían a su Preceptor admirado y bendecido por las turbas.

Aunque engañados e ilusionados por sus falsos prejuicios acerca del Mesías prometido, no es menos verdad que, unidos por amor y con incondicional fe, cerraban los ojos a todo lo que contradecía a sus vanas esperanzas y se sujetaban gustosos a toda clase de privaciones, siempre en expectación del día en que fundara el Señor su Reino.

No hacía más que una semana que Jesús prometiera que algunos de sus discípulos no morirían sin ver antes un bosquejo de la gloria del Reino de Dios.

La visión del Tabor hizo realidad su promesa. Aquella hora desbordante fue un paréntesis de gloria en medio de las penalidades del escabroso camino que recorrían con su Maestro.

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Esto es también lo que pretende hacer hoy la Iglesia con sus fieles.

Hemos emprendido con fervor la dura senda de la penitencia en compañía de Jesús, y la Madre Iglesia quiere dejar caer en nuestras almas unas gotas de consuelo, llevándonos ante el Señor transfigurado.

Con esta visión quiere animarnos a la lucha.

Acerquémonos, pues, con fervor, de modo tal que, cuando vislumbremos, tras la candidez nívea de la blanca Hostia, la gloria del Señor, podamos exclamar con San Pedro: Señor, bueno es estarnos aquí.

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Consideremos lo que nos enseña el Padre Calmel sobre este misterio:

Por derecho, el estado de transfiguración convenía a este Cuerpo, instrumento perfectamente adaptado al Verbo de Dios y a su Alma llena de Gracia y de Verdad.

Sin embargo el Verbo de Dios no asumió un Cuerpo humano para que estuviese transfigurado habitualmente durante su vida mortal, sino al contrario para que fuese capaz de sufrir y de morir para nuestra salvación.

Por esta razón hasta la mañana de la gloriosa resurrección de entre los muertos, excepto el día de la Transfiguración, este Cuerpo no conoció la gloria que le correspondía.

Si el Señor hubiese conocido esta gloria, no solamente no habría podido redimirnos de la manera que convenía, es decir, por el sufrimiento; sino que incluso los Apóstoles, los fieles que lo habrían seguido no lo habrían seguido en verdad.

Seguir un Cristo en estado habitual de transfiguración, eso no habría sido seguir a Cristo en sí mismo, sino más bien encantarse de su magnificencia.

Nosotros, por nuestra parte, podemos hacer reflexiones similares respecto del Cuerpo Místico de Nuestro Señor…

En efecto, si la Santa Iglesia hubiera conocido la gloria, no solamente Ella no habría podido redimirnos de la manera que convenía, es decir, por el sufrimiento; pero incluso los fieles que la hubieran seguido no la habrían seguido en verdad. Seguir una Iglesia en estado habitual de transfiguración, eso no es seguir a la Iglesia en sí misma, sino más bien encantarse de su magnificencia…

Si queremos tener parte en la gloria de la Iglesia en el momento de su triunfo, en primer lugar debemos acompañar a la Iglesia hoy en su Pasión…

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En realidad, la Transfiguración es el término final de los ejercicios cuaresmales y de nuestra peregrinación por la tierra. Es la culminación; y a ella debemos encaminarnos.

Por ahora, en efecto, la gloria de la Transfiguración viene rodeada de un marco de seriedad: es el pensamiento de la cercana Pasión.

Jesús, dice San Lucas, habla con Moisés y Elías acerca de su salida de este mundo, de su Pasión; y al bajar del monte, añade San Marcos, manda el Maestro a los tres Apóstoles que no digan a nadie nada de lo que han visto, sino cuando el Hijo del hombre hubiese resucitado de entre los muertos.

La intención de Jesús, al mostrar a sus discípulos una pequeña partecilla de su gloria, aparece por tanto bien clara: quiere fortalecer en la fe a los tres discípulos que habían de ser testigos de su agonía en el Huerto de los Olivos; quiere confirmar su esperanza, dándoles a entender cuál ha de ser el fin de la carrera de oprobio que ha de trasponer cargado con la cruz de nuestros pecados.

Este momento de gloria no duró mucho tiempo para el Hijo del hombre; su misión de sufrimiento y la humillación lo llamaban desde Jerusalén. Por lo tanto, retiró su brillo sobrenatural y, cuando regresó a los Apóstoles, no vieron más que a su Maestro, con la misma figura de siempre.

¿Recordarán, al menos, lo que vieron y oyeron? La divinidad de Jesús, ¿sigue impresa en su memoria? Cuando llegue la hora de la prueba, ¿no desesperarán de su misión divina y se escandalizarán de su humillación voluntaria?

Poco después de haber celebrado con ellos la Última Cena, Jesús condujo a los mismos tres discípulos a otro Monte, el de los Olivos. Allí les descubrió sus íntimos sentimientos: Mi alma está triste hasta la muerte...

En medio de esta terrible crisis, ¿velaban los tres Apóstoles, esperando el momento en que tendrían que entregarse con y por Él? No. Se durmieron y luego huyeron...

Más tarde, los tres Apóstoles testigos de la resurrección de su Maestro, repudiando por un arrepentimiento sincero su conducta vergonzosa y culpable, reconocieron la previsión bondadosa con la que el Salvador había querido evitar la tentación, transfigurándose en su gloria antes de los días de su Pasión.

Igual pretensión tiene asimismo la Liturgia: quiere darnos un estímulo de energía divina, que nos reanime para continuar con bríos la lucha emprendida, y así llegar al término de la misma: a la alegría de la Resurrección, que será a su vez símbolo de nuestra futura resurrección.

No esperemos a verlo abandonado y traicionado por nosotros, para reconocer luego su grandeza y divinidad.

Llegamos al aniversario de su Sacrificio; también le veremos humillado por sus enemigos y aplastado debajo de la mano de Dios.

Que nuestra fe no desfallezca ante este espectáculo...; cuando todo se haya cumplido a la letra, recordemos los esplendores del Tabor, los tributos de Moisés y Elías, la nube luminosa, la voz del Padre inmortal...

Cuanto más se desplome Jesús ante nuestros ojos, tanto más tenemos que elevar nuestros clamores, diciendo junto a la milicia de los Ángeles y con los veinticuatro Ancianos que San Juan, uno de los testigos del Tabor, oyó en el cielo: Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir el poder y la divinidad, la sabiduría y la fortaleza, a Él el honor, y la gloria, y la alabanza...

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¡Cuántas almas en la vida sobrenatural comparten la ilusión de San Pedro! Aspiran a las consolaciones divinas sin querer pasar por las pruebas y las tribulaciones… No piensan que los sufrimientos conducen al consuelo y al alivio y sobre todo que es necesario buscar Dios en primer lugar, antes de buscar sus consolaciones.

Sobre el Tabor, fue la segunda vez que el Padre Eterno declaró a Jesús su Hijo muy amado y el objeto de sus complacencias; la primera había sido en el Jordán, el día del Bautismo de Nuestro Señor.

El Padre quería por allí consolidar nuestra fe en Jesucristo y excitarnos a amarlo aún más y a obedecerlo en todo: escuchadlo, porque es la verdad; buscadlo, porque es la vida; seguidlo, porque es el camino.

Pedro, escucha a mi Hijo… Antes de permanecer para siempre en la cumbre del Tabor, debes regresar al valle, y subir a continuación, con mi Hijo, al Monte de los Olivos, y luego al Monte Calvario…

¡Oh Pedro!, tus palabras son la marca indudable de tu amor, pero ¡qué prueba dan ellas de la confusión que reina en tu espíritu!

Deslumbrado por una imagen de la gloria celestial, quieres permanecer allí para gozar eternamente...

¿No sabes, pues, que es necesario que Cristo sufra y muera, para entrar definitivamente en su gloria?

¿No sabes que debes también trabajar y sufrir con Él, y morir por Él, con el fin de tener parte en esta gloria?

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De la misma forma, debemos aplicarnos a nosotros mismos estas palabras con respecto a la Pasión de la Iglesia y a nuestras tribulaciones.

¿Por qué, entones, la Transfiguración?... podemos preguntar... El Padre Calmel responde:

Por la misma razón que la Resurrección, de la cual es el anuncio y la figura.

Para darnos confianza en medio de una vida de angustias y oscuridad; para consolidar nuestra esperanza al medio de una vida de incertidumbre y tinieblas.

El Señor nos dio bastante luz para que no dudáramos en seguirlo, incluso en medio de la noche.

Como el apóstol San Pedro, preferiríamos, nuestra naturaleza preferiría, que la noche no vuelva, que la transfiguración se prolongue sin fin.

La naturaleza, abandonada a sí misma, no entiende las cosas de Dios.

Pero es bueno para nosotros que se esfume el resplandor de este sol; es mejor avanzar en la noche.

Aquí bajo es mejor para la fidelidad.

Si no dejamos de ir a su encuentro, aunque sea de noche, esta perseverancia dolorosa es la prueba de que buscamos de verdad al Señor.

Es porque nos ama, porque desea que lo encontremos a Él y nada más en su lugar, que quiere que lo busquemos en la noche… Aunque sea de noche...

En cuanto a esos cristianos, a quienes las comodidades, la paz, las adulaciones, la seguridad del día siguiente…; en cuanto a aquellos otros, a quienes el éxito de la vida impediría prestar atención al Rostro del Salvador, les pido detenerse un momento y reflexionar en presencia del misterio de gloria y el misterio de ignominia del Señor Jesús...

Les pido aceptar observar atentamente a Aquel en el cual siguen creyendo...

Si Él no quiso tomar el camino del éxito, de las comodidades, de la paz, de la seguridad del día siguiente y de la consideración del mundo, es que este camino no era el mejor.

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Si entendemos esto, entonces el Señor se revelará tal como es: Señor de la gloria y Hostia de la Cruz.

Entonces comenzará a estar presente en nuestra vida, para modificarla profundamente.

Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle...

domingo, 26 de febrero de 2012

Iº de Cuaresma

DOMINGO PRIMERO

DE CUARESMA

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo, y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre.

Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Quien respondiendo dijo: Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: Si eres Hijo de Dios, arrójate desde lo alto: está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que la piedra no ofenda tu pie. Jesús le contesta: También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios.

Otra vez el demonio lo llevó a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo, y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Retírate, Satanás, está escrito, pues, que adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo y los ángeles se aproximaron le servían.

No es de extrañar que el tiempo litúrgico tan sagrado como la Cuaresma sea un tiempo lleno de misterios.

La Iglesia, que hizo con él la preparación para la más sublime de sus fiestas, quiso que este tiempo de meditación y de penitencia estuviese marcado por las mayores circunstancias para despertar la fe de los creyentes, así como para apoyar su perseverancia en la obra de expiación cada año.

En el tiempo de Septuagésima encontramos el número setenta, que nos recuerda los setenta años del cautiverio en Babilonia, después del cual el pueblo de Dios, purificado de su idolatría, pudo regresar a Jerusalén para celebrar la Pascua.

Ahora es el severo número cuarenta el que la Santa Iglesia propone a nuestra meditación; el número que, como dice San Jerónimo, es siempre el de la pena y la aflicción.

Recordemos, en efecto la lluvia de cuarenta días y cuarenta noches, surgida de los arcones de la ira de Dios, cuando se arrepintió de haber creado al hombre y anonadó la raza humana bajo las olas, con excepción de una familia.

Consideremos al pueblo hebreo, vagabundo durante cuarenta años en el desierto como castigo por su ingratitud, antes de acceder a la tierra prometida.

Escuchemos al Señor, que ordena a su profeta Ezequiel permanecer cuarenta días acostado sobre su lado derecho, para representar la duración de un asedio que iba a ser seguido por la destrucción de Jerusalén.

Dos hombres en el Antiguo Testamento tienen la misión de representar en su persona las dos manifestaciones de Dios: Moisés, personificando la Ley, y Elías, simbolizando la Profecía. Uno y otro se acercan a Dios: el primero en el Sinaí, el segundo en el Horeb; pero ninguno de los dos puede acceder a la deidad sino después de haber sido purificados por la expiación de un ayuno de cuarenta días.

Enseña San Ambrosio: Reconoce el número místico de cuarenta. Recuerda que las aguas del diluvio cayeron durante ese mismo número de días, y que después de otros tantos, santificados por el ayuno, Dios hizo reaparecer la clemencia de un cielo más sereno. Por otros tantos días de ayuno, Moisés mereció recibir la ley, y los patriarcas en el desierto se alimentaron otros tantos años del pan de los ángeles.

Y San Agustín, por su parte, dice: Este número es el símbolo de esta laboriosa vida, durante la cual, conducidos por Cristo nuestro Rey, luchamos contra el diablo. El ayuno de cuarenta días fue consagrado en la Ley y los Profetas por Moisés y Elías, y en el Evangelio por el mismo Señor.

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Al referirnos a estos grandes hechos, llegamos a entender por qué el Hijo de Dios, encarnado para la salvación de los hombres, resolvió someter su Cuerpo a los rigores del ayuno divino, y eligió el número de cuarenta días para este acto solemne.

La institución de la Cuaresma aparece, entonces, en toda su severidad majestuosa y como una manera efectiva para apaciguar la ira de Dios y purificar nuestras almas.

Elevemos nuestros pensamientos por encima del estrecho horizonte que nos rodea, para contemplar la totalidad de las naciones cristianas en estos días, cuando ofrecemos al Señor justamente enojado, esta gran cuarentena de expiación, con la esperanza de que, como en tiempo de Jonás, se digne de nuevo este año tener misericordia de su pueblo.

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Para completar la instrucción, recordemos que anteriormente al siglo VII la Cuaresma comenzaba hoy, y que, incluso actualmente, el tiempo litúrgico cuadragesimal no empieza sino con el presente Domingo.

En efecto, seis semanas transcurren desde el Primer Domingo de Cuaresma hasta las alegrías del tiempo pascual, cuyos días son cuarenta y dos; de los cuales, quitando los seis Domingos en que no se hace ni ayuno ni abstinencia, quedan treinta y seis.

Por eso se agregaron luego los cuatro día a partir del Miércoles de Ceniza para completar la cuarentena.

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La Iglesia nos enseña acerca de los ejercicios que integran la práctica cuaresmal. Entre ellos figuran la oración, las obras de misericordia, especialmente la limosna, y el ayuno.

Con ocasión del Evangelio del día, nos presenta el ejercicio fundamental y específico, que ya nos inculcó el Miércoles de Ceniza: el ayuno.

La Santa Liturgia se apropia, pues, este día la vibrante arenga de San Pablo: He aquí el tiempo favorable, he aquí el día de la salvación; por eso también nos descubre en el Evangelio de este Domingo un modelo de irresistible atractivo: Nuestro Señor Jesucristo, que por nosotros baja a la arena, entra en la lucha, se somete a riguroso ayuno, y por medio de la penitencia sale vencedor del infierno.

Después que Jesús fue bautizado con agua por San Juan en el Jordán, fue llevado por el Espíritu al desierto, para que allí fuese bautizado con el fuego de la tentación por el demonio.

No sólo Jesucristo fue llevado por el Espíritu al desierto, sino que también lo son todos los hijos de Dios, que no se contentan con vivir ociosos, sino que, instados por el Espíritu Santo, emprenden grandes obras para ser tentados.

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La Iglesia reconoce la dificultad de la empresa que propone a sus hijos, al colocarlos al pie del monte santo de Dios, para escalar sus alturas por los ejercicios cuaresmales. Difícil y casi más que humano es abrirse brecha contra la corriente de nuestra sensibilidad; difícil y casi sobre nuestras fuerzas luchar contra la propia naturaleza.

Pero delante de nosotros va nuestro Capitán, que se arroja a la arena a luchar en un prolongado y rigurosísimo ayuno de cuarenta días.

Dice San Juan Crisóstomo: Para que conozcas cuán útil y bueno es el ayuno y qué clase de escudo es contra el diablo y por qué después del bautismo conviene ayunar y no vivir sujetos a apetitos inmoderados, quiso ayunar Jesús, no porque Él lo necesitase, sino para enseñarnos.

¿Seremos capaces de dejarle solo? ¿Le abandonaremos en la lucha? Cobarde sería nuestro pecho y mezquino el corazón, si así obrásemos. Imitemos más bien a los valientes soldados cristianos, sigamos a nuestro Capitán...

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El ejemplo de Cristo nos apremia más todavía por tres razones particulares:

1ª) Jesús ayunó, no por Sí, sino por nosotros. Vino para pagar nuestras deudas, y quiso satisfacer de este modo por nuestros pecados, especialmente los de gula, los de sensualidad, por la inmoderación en los gustos de los sentidos...

¿Seremos tan ingratos que no queramos unir nuestro pequeño sacrificio a su sacrificio inmenso?

2ª) Jesús ayuna como cabeza de los elegidos.

No queramos, pues, perder el honor de miembro de su Cuerpo Místico al dejar de someternos a las leyes de la vida de Cristo y de su Iglesia.

3ª) Jesús ayuna porque su vida ha de ser un espejo donde puedan mirarse los cristianos. Al consagrar con su ejemplo el ayuno, nos lo ha propuesto a todos como un medio de santificación.

Así lo dijo expresamente cuando describió de antemano la vida de su Iglesia: Vendrán días en que los discípulos serán privados de la presencia del Esposo, en aquellos días ayunarán.

La Iglesia comprendió el sentido de la lección contenida en estas palabras, e instituyó la santa Cuaresma. Aceptemos con gratitud y generosidad este medio de asemejarnos a Cristo.

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Con las armas del ayuno, vence Nuestro Señor a satanás: Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo, y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y acercándose el tentador...

No podemos dejar de ver un misterio en esta correlación. Jesús quiso vencer al diablo después de ceñirse las armas del ayuno, para demostrarnos la eficacia de este medio de santificación.

Lo mismo nos enseñó después en su vida pública. Recordemos el caso de aquel padre que se querella delante del Salvador, porque sus discípulos no habían podido expulsar del cuerpo de su hijo al demonio. Los mismos Apóstoles quedan asombrados de la pertinacia de tal diablo, e interrogan a Cristo acerca del misterio allí encerrado. El Salvador les contesta: Este género de demonios no se puede expeler, si no es por medio de la oración y del ayuno.

La Iglesia ha aprendido bien la enseñanza de su Divino Maestro, y se arma con el ayuno para las batallas que satanás le presenta; de este modo prescribe el ayuno cuaresmal para hacernos fuertes contra el infierno.

Alma devota, si no quieres desfallecer en los ataques que te dirige el demonio, ármate con las armas del ayuno. Sigue el ejemplo de Cristo, y vencerás asimismo con Cristo.

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Santo Tomás enseña que el ayuno cumple tres fines principales:

En primer lugar, sirve para frenar la concupiscencia. Por eso dice el Apóstol: En ayunos, en castidad, dado que el ayuno ayuda a conservar la castidad. En efecto, como dice San Jerónimo, sin Ceres y sin Baco languidece Venus, es decir, la lujuria se enfría mediante la abstinencia de comida y bebida.

En segundo lugar, el ayuno hace que la mente se eleve a la contemplación de lo sublime. Por ello leemos en Daniel que recibió de Dios la revelación después de haber ayunado tres semanas.

En tercer lugar, es bueno para satisfacer por los pecados. De ahí que se diga: Convertíos a mí de todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemido.

Esto es lo que dice San Agustín en un sermón: El ayuno purifica la mente, eleva los sentidos, somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las tinieblas de la concupiscencia, apaga los ardores de los placeres y enciende la luz de la caridad. Es, pues, claro que el ayuno es un acto de virtud.

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Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Quien respondiendo dijo: Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.

Nos dice San Ambrosio: Ya ves de qué armas se sirve contra la tentación de la gula, para defender al hombre de las insinuaciones del espíritu maligno. No usa de su poder como Dios (¿de qué nos aprovecharía?), sino que llama a sí, como hombre, el auxilio que nos es común a todos; piensa en el alimento de las divinas enseñanzas, para olvidar el hambre del cuerpo y obtener el alimento del Verbo; pues el que sigue al Verbo, no puede desear el pan terreno, porque las cosas divinas están muy por encima de las cosas humanas.

Y completa su explanación: El diablo, al ver que Jesús ayunaba cuarenta días, empezó a desesperar. Pero cuando vio que empezó a tener hambre, comenzó a esperar otra vez. Si eres tentado cuando ayunas, no digas que has perdido el fruto de tu ayuno, porque aunque tu ayuno no evite que seas tentado, sin embargo te aprovechará para vencer la tentación.

San Basilio, por su parte, enseña que Cristo, disipador de las tentaciones, no libra a la naturaleza del hambre, sino que conteniendo a la naturaleza dentro de sus propios límites, demuestra cuál es su alimento, por lo que Jesús respondió: Escrito está: No de sólo pan vive el hombre.

Lo cual explica San Cirilo, diciendo: Nuestro cuerpo terrestre se nutre con alimentos terrestres, mas el alma racional se vigoriza con el Verbo divino para la buena acción del espíritu.

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Entonces lo dejó el diablo y los ángeles se aproximaron le servían.

San Gregorio Magno nos aclara que en estas palabras se manifiesta la doble naturaleza de su Persona, porque es hombre a quien el diablo tienta y Él mismo es Dios a la vez, a quien los ángeles sirven.

Y San Agustín, en La Ciudad de Dios, dice que Después de la tentación, los santos ángeles, temibles a los espíritus infernales, servían al Señor y en ello mismo se manifestaba a los demonios cuán grande fuese su poder.

Sin embargo, debe saberse que no lo asistían por necesidad de limitado poder, sino en honra de su infinita potestad. No se dice que lo ayudan, sino que lo sirven.

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Por todo lo dicho, la ley del ayuno permanece grabada con letras de bronce, para recordarnos que sólo por el camino de la penitencia obtendremos cabida en el Cielo.

Obran, pues, mal los que por no poder ayunar, se comportan como si no existiese la Cuaresma. ¡No es así! Quienquiera que, por enfermedad o edad esté dispensado del ayuno, debe salir sin embargo a la arena para luchar con Cristo. No debe creerse dispensado del combate, a no ser que no le interese salir victorioso.

Lo importante es mantener vivo el espíritu de sacrificio y de penitencia, de modo que la Cuaresma sea realmente tiempo de lucha contra las malas inclinaciones, que aspiran a que reine en el hombre la naturaleza indómita y subordine a sí el espíritu.

Combatamos con energía. No abandonemos en ningún instante el valor y coraje. Sólo así podremos un día cantar victoria, unirnos a Cristo en la gloria de la resurrección.

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Pensamientos de la Santa Liturgia en sus Oraciones:

Concédenos, Señor, comenzar con la santos ayunos la carrera de la milicia cristiana; para que, luchando contra los espíritus malignos, seamos protegidos con las armas de la abstinencia. (Oración para después de la imposición de las Cenizas).

Concede, Señor, a tus fieles, empezar con la debida piedad la venerable solemnidad de los ayunos y de observarlos todos con una constante devoción (Oración de la Misa del Miércoles de Ceniza).

Socórrannos, Señor, los Sacramentos recibidos, para que nuestros ayunos te sean gratos y nos aprovechen para la salvación (Poscomunión de la Misa del Miércoles de Cenizas).

Oh Dios, que purificas tu Iglesia con la observancia anual de la Cuaresma, concede a tu familia cristiana que lo que por la abstinencia desea obtener de Ti, lo consiga con las buenas obras (Oración de la Misa del Primer Domingo de Cuaresma).