miércoles, 15 de agosto de 2012

Asunción de Ntra. Sra.


ASUNCIÓN DE LA
SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA


Muchísimo daño nos causaron un varón y una mujer; pero, gracias a Dios, igualmente por un varón y una mujer se restaura todo, dice San Bernardo.

El Santo Doctor continúa: Y no sin grande aumento de gracias. Porque no fue el don como había sido el delito, sino que excede a la estimación del daño la grandeza del beneficio. Así, el prudentísimo y clementísimo Artífice no quebrantó lo que estaba hendido, sino que lo rehízo más útilmente por todos modos, es a saber, formando un nuevo Adán del viejo y transfundiendo a Eva en María.

Y, ciertamente, podía bastar Cristo, pues aun ahora toda nuestra suficiencia es de Él, pero no era bueno para nosotros que estuviese el hombre solo. Mucho más conveniente era que asistiese a nuestra reparación uno y otro sexo, no habiendo faltado para nuestra corrupción ni el uno ni el otro.

Así, pues, ya no parecerá estar de más la Mujer Bendita entre todas las mujeres, pues se ve claramente el papel que desempeña en la obra de nuestra reconciliación, porque necesitamos un mediador cerca de este Mediador; y nadie puede desempeñar tan provechosamente este oficio como María.

¡Mediadora demasiado cruel fue Eva, por quien la serpiente antigua infundió en el varón mismo el pestífero veneno!
¡Pero fiel es María, que propinó el antídoto de la salud a los varones y a las mujeres!

Aquélla fue instrumento de la seducción, Esta de la propiciación; aquella sugirió la prevaricación, Esta introdujo la redención.

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Estas hermosas palabras del San Bernardo nos sirven de introducción y resumen para contemplar en su justa medida el dogma cuya festividad ocupa hoy nuestra atención: la Asunción de María Santísima en Cuerpo y Alma a los Cielos. Digamos algunas palabras sobre los diversos aspectos del mismo.

En primer lugar, en cuanto a la incorrupción del Cuerpo de la Virgen Santísima, debemos creer que Dios le conservó con la misma entereza que tenía en vida; porque esta Señora, aunque fue concebida por orden natural de los demás hombres, por especial privilegio fue preservada su alma de la corrupción de la culpa. Así también, por privilegio especial, fue preservado su cuerpo de la corrupción, que fue pena de la culpa, de modo que no cayese en aquella maldición que echó Dios al hombre cuando le dijo: Polvo eres, y en polvo te convertirás.

Las causas de este privilegio fueron tres.

La primera, en premio de su pureza virginal, la cual fue milagrosa y nunca oída, con gran firmeza de voto y con grande constancia por toda la vida; y así, había de ser premiada con premio milagroso y extraordinario, pero muy proporcionado, conservando la entereza de cuerpo tan puro, sin corrupción por toda la eternidad.

La segunda causa fue en premio de la extraordinaria y milagrosa pureza y santidad de su alma, en la cual nunca hubo gusano de culpa que la mordiese, ni polvo de pecado que la manchase, ni resabio alguno del Adán terreno; y así era muy conveniente que los gusanos no tocasen su cuerpo, ni se convirtiese en tierra o polvo, a semejanza del Cuerpo del Adán celestial, de cuya santidad dijo David: No permitirás que tu santo vea corrupción.

De aquí nace la tercera causa, porque así convenía a la honra de Cristo Nuestro Señor, cuya carne era como una misma cosa con la carne de su purísima Madre, por haber sido tomada de ella; y como su carne nunca experimentó corrupción, así, dice San Agustín, era razón que no la experimentase la carne de su Madre, en la cual estaba en cierto modo la de su Hijo.

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Entrando más profundamente en este punto de la inseparable unión del Cuerpo y del Ama de Nuestra Señora debemos considerar que la primera causa de este favor fue porque como el Hijo de Dios ama tanto a su Madre quiso cumplir y llenar, no solamente los deseos que su alma benditísima tenía de ver a Dios, sino también el deseo natural que tienen de reunirse con su cuerpo las almas de los bienaventurados, las cuales, como se dice en el Apocalipsis, claman con clamor de gran deseo por la resurrección de sus cuerpos.

Como el Cuerpo y Alma de la Virgen siempre estuvieron muy unidos y conformes en cumplir la voluntad de Dios, razón era que Dios no los separase y lo conservara unidos, para que con la misma conformidad siempre le alabasen en el Cielo.

Esto sucedió también para darnos esperanzas de nuestra propia resurrección; y con esto despertar en nosotros grandes deseos de ir a verla, pretendiendo y buscando, no las cosas de la tierra, sino las cosas del Cielo, donde está Cristo y su Madre, sentada a su diestra.

¡Oh! ¡Qué alegre estaría esta Señora con este nuevo beneficio, y cuán de veras renovaría su acostumbrado cántico!, diciendo: Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha hecho en mí grandes cosas el que es Todopoderoso, glorificando mi Alma y también mi Cuerpo.

¡Qué gozoso estaría aquel Cuerpo sacratísimo viéndose unido con aquella benditísima alma glorificada, y recibiendo por ella las cuatro dotes de gloria! Quedó mil veces más resplandeciente que el sol, y hermosísimo sin comparación más que la luna llena; quedó inmortal, impasible, ligero y todo espiritualizado, sin temor de hambre, ni de frío, ni de cansancio, ni de otra alguna miseria, porque todo esto se acabó, viviendo una nueva vida.

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Se ha de considerar en especial la Asunción del Cuerpo glorificado de la Virgen al Cielo.

Aunque no sabemos el modo cómo esto pasó, podemos meditarlo a semejanza de la Ascensión de Cristo Nuestro Señor, imaginando que millares de Ángeles cantando músicas celestiales, y que darían voces a su Rey y Señor, diciéndole aquello del salmo: Levántate, Señor, a tu descanso, Tú y el arca de tu santificación; porque tu descanso será llevar contigo el Arca donde estuvo depositado el tesoro infinito de la santidad.

Luego comenzó a subir esta soberana Arca en brazos de querubines y serafines, rompiendo por esos aires con júbilos de inefable gozo y alegría, y penetró todos los Cielos, hasta llegar al Cielo empíreo.

Recibióla con sumo regocijo su amado Hijo, poniéndola, como Salomón, en el Santo de los Santos y lugar más alto y levantado de aquel templo celestial. Coronóla como al arca, con una corona de oro purísimo, rodeando todo su Cuerpo de una claridad y hermosura inefables que excedían a la misma claridad del Cielo empíreo donde estaba.

¡Qué claro estaría este Cielo, renovado con la luz de tal sol y de tal luna, como Cristo y su Madre! ¡Qué alegres estarían los Ángeles con la gloria de tal Reina, por cuya intercesión esperaban que se repararían las sillas de este reino! ¡Qué regocijados los demás bienaventurados con la gloria de tal Madre, por cuyo medio confiaban ver poblado el Cielo de innumerables hombres! ¡Qué contenta estaría esta humilde Madre viéndose levantada desde lo más bajo de la tierra hasta lo más alto del supremo Cielo!

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Pero también hemos de meditar la gloria esencial del alma de la Virgen Nuestra Señora; porque si a todos los justos dice Jesucristo se les dará medida buena, llena, apretada y colmada, ¿qué medida daría a su Madre?

Si con la medida que midiéremos hemos de ser medidos, quien nunca quiso tener medida limitada en amar y servir a Dios, ¿qué medida casi sin medida recibiría del mismo Dios?

La medida de la Virgen en el servicio de su Hijo siempre fue buena, con todo género de bondad, sin mezcla de culpa; llena de todas gracias y virtudes, con plenitud de buenas obras, sin que le faltase ninguna de sus circunstancias; apretada con trabajos y mortificaciones; colmada y muy sobrada con la observancia de los consejos evangélicos, haciendo mucho más de lo que tenía obligación y deseando siempre hacer más, sin poner tasa ni medida a su deseo.

Pues si Dios premia a los justos con medida de gloria mil veces más excelente que sus servicios, ¿cómo premiaría la medida tan excelente de su Madre?

Sólo el mismo Dios, que se la dio, y la Virgen, que la recibió, pueden conocer la inmensidad de esta medida; a nosotros nos basta saber que la Virgen quedó llena, harta y satisfecha.

La Virgen quedó harta, porque su entendimiento quedó satisfecho con la vista clara de Dios, trino y uno, bebiendo de aquel mar inmenso de su infinita sabiduría con tanta abundancia, que los Querubines, que se llaman plenitud de ciencia, en su comparación están como vacíos.

Su voluntad quedó harta con el amor beatífico de Dios, entrando en la bodega de sus vinos y bebiendo del vino de la caridad hasta embriagarse con tanto exceso de amor que los Serafines en su comparación están como helados.

Su espíritu todo quedó harto con la posesión pacífica del bien infinito que había deseado, engolfándose en el mar de los gozos de su Señor, y bebiendo del río impetuoso de sus deleites con tanta plenitud, que en su comparación los Ángeles están como sedientos.

Finalmente, entonces echó Dios el resto de su bondad y omnipotencia en hartar los deseos de su Madre con toda la hartura que convenía a una pura criatura, premiándole la bebida del cáliz amargo que por su causa recibió en la Pasión, dándole a beber el cáliz dulcísimo de su gloria, con el cual echó en olvido todas las amarguras pasadas, porque incomparablemente fueron mayores las dulzuras; enjugó del todo sus lágrimas desterrando para siempre el llanto y el dolor y todas las miserias del hombre viejo, renovándola con las dotes gloriosas del hombre nuevo.

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Finalmente se ha de considerar la coronación de Nuestra Señora, con las demás circunstancias de su gloria.

Primero, la Virgen Sacratísima fue levantada sobre los nueve Coros de los Ángeles, a gloria incomparablemente mayor que la de todos ellos, sentándola su Hijo a su mano derecha, en un trono de gran majestad; porque así como de Cristo Nuestro Señor se dice estar a la diestra del Padre, en cuanto goza los mejores bienes de gracia y gloria que hay en el Cielo, así la Virgen está a la diestra de su Hijo, porque, después de Él, tiene más alto grado de gloria sobre todos los Coros de los Ángeles y de los demás espíritus bienaventurados.


Fue coronada de la Santísima Trinidad con coronas preciosísimas.

El Padre Eterno la coronó con corona de potestad, concediéndole, después de Cristo, poderío sobre todas las criaturas del Cielo, de la tierra y del infierno, cumpliéndose también en Ella aquello del salmo: Coronástele de honra y gloria, y constituístele sobre las obras de tus manos.

El Hijo de Dios la coronó con corona de sabiduría, dándole conocimiento claro, no solamente de la divina Esencia, sino de todas las cosas criadas y de todas las que pertenecen a su estado de Madre y abogada nuestra.

El Espíritu Santo la coronó con corona de caridad, infundiéndole, no solamente el amor de Dios, sino el amor encendidísimo de los prójimos, con un celo ardentísimo de su bien y salvación.

Además de esto, la Santísima Trinidad coronó a la Virgen con las tres coronas de gloria accidental, que los teólogos llaman laureolas o coronas de laurel, que nunca pierde su verdor; conviene a saber: laureola de virginidad, de martirio y magisterio, porque esta Señora fue Virgen de las vírgenes, fue Mártir en la Pasión de su Hijo, y fue Maestra de nuestra religión, enseñando los misterios de la fe a los mismos maestros de ella.

Últimamente, fue coronada esta Señora con la corona de doce estrellas de que se hace mención en el texto del Apocalipsis que sirve de Introito de la Fiesta; porque, como concurrieron en Ella las grandezas y virtudes de todas las órdenes de santos que hay en el Cielo, así fue coronada con los premios de todos ellos, figurados por las doce estrellas.

Resplandeció en Ella sumamente, con grandes ventajas, la fe y esperanza de los Patriarcas, la luz y contemplación de los Profetas, la caridad y el celo de los Apóstoles, la fortaleza y magnanimidad de los Mártires, la paciencia y penitencia de los Confesores, la sabiduría y discreción de los Doctores, la santidad y pureza de los Sacerdotes, la soledad y oración de los Ermitaños, la pobreza y obediencia de los Monjes, la caridad y limpieza de las Vírgenes, la humildad y sufrimiento de las Viudas, con la fidelidad y concordia de los Santos Casados.

Y, por consiguiente, recibió los premios y coronas de todos ellos con exceso incomparable, porque a Ella cuadra con gran propiedad lo que dice la Sabiduría: Muchas hijas allegaron para sí riquezas, pero tú has excedido a todas; que es decir: Muchas almas allegaron grandes tesoros de merecimientos y virtudes, pero Tú allegaste mucho más que todas ellas.

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Como comenzamos con San Bernardo, concluyamos también con él. Dice el Santo Doctor:

En su cabeza tenía una corona de doce estrellas. Digna, sin duda, de ser coronada con estrellas aquella cuya cabeza, brillando mucho más lúcidamente que ellas, más bien las adornará que será por ellas adornada.

¿Qué mucho que coronen los astros a quien viste el sol como en los días de primavera? ¿Quién apreciará estas piedras? ¿Quién dará nombre a estas estrellas con que está fabricada la diadema real de María?

Sobre la capacidad del hombre es dar idea de esta corona y explicar su composición. Con todo eso, nosotros, según nuestra cortedad, absteniéndonos del peligroso examen de los secretos, podremos acaso sin inconveniente entender en estas doce estrellas doce prerrogativas de gracias con que María singularmente está adornada.

Porque se encuentran en María prerrogativas del Cielo, prerrogativas del Cuerpo y prerrogativas del Corazón; y si este ternario se multiplica por cuatro, tenemos quizá las doce estrellas con que la real diadema de María resplandece sobre todos.

Para mí brilla un singular resplandor, primero, en la generación de María; segundo, en la salutación del Ángel; tercero, en la venida del Espíritu Santo sobre ella; cuarto, en la indecible concepción del Hijo de Dios.

Así, en estas mismas cosas también resplandece un soberano honor, por haber sido Ella la primiceria de la virginidad, por haber sido fecunda sin corrupción, por haber estado encinta sin opresión, por haber dado a luz sin dolor.

No menos también con un especial resplandor brillan en María la mansedumbre del pudor, la devoción de la humildad, la magnanimidad de la fe, el martirio del corazón.

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Levantemos, pues, nuestra alma en el espíritu, y miremos con los ojos de la fe a esta Madre del verdadero rey Salomón, con la corona de gloria con que la coronó su Hijo en el día de su entrada en el Cielo y en el día de la alegría de su corazón.

Contemplemos el inefable gozo de esta Reina soberana y el afecto con que renovaría su antiguo cántico, diciendo: Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque miró la pequeñez de su sierva; desde hoy más me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha obrado en mí grandes cosas el que es Todopoderoso.

Digámosle: ¡Oh Madre benditísima de Jesús, Arca del Nuevo Testamento, fabricada de madera incorruptible, chapeada de oro purísimo, para ser digna morada del que era propiciatorio de vuestro cuerpo y del oro purísimo de vuestras virtudes, con las cuales adornasteis vuestro espíritu!

Alcanzadnos, ¡oh Virgen soberana!, aquella incorruptibilidad del espíritu quieto y modesto, que es rico delante de Dios, para que, libre nuestra alma de la corrupción de la culpa, sea también a su tiempo librado nuestro cuerpo de la corrupción que merece por ella.

domingo, 12 de agosto de 2012

11º post Pentecosten


UNDÉCIMO DOMINGO
DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Del Evangelio del día: Y presentáronle un hombre sordo y mudo, suplicándole que pusiese sobre él su mano para curarle Y apartándole Jesús del bullicio de la gente, le metió los dedos en las orejas, y con la saliva le tocó la lengua, y alzando los ojos al cielo arrojó un suspiro y díjole: Éfeta, que quiere decir: abríos. Y al momento se le abrieron los oídos y se le soltó el impedimento de la lengua, y hablaba claramente.

De la Epístola del día: Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no, ¡habríais creído en vano! Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras...


Las lecturas de este Domingo nos invitan a reflexionar, desde diversos aspectos, sobre la Fe recibida en el Santo Bautismo. Para ello, seguiremos las enseñanzas del Doctor Común, Santo Tomás de Aquino.

Al Bautismo se le llama Sacramento de la Fe en cuanto que en el Bautismo se hace una profesión de fe y por él queda el hombre congregado a la comunidad de los fieles.

Por eso es conveniente que la instrucción catequética preceda al Bautismo. De ahí que el mismo Señor, al transmitir a los discípulos el precepto de bautizar, puso la instrucción antes que el Bautismo al decir: Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas…

Sin la Fe no se puede recibir la gracia, que es el último efecto del Sacramento. Y en este sentido, se requiere para el Bautismo indispensablemente la verdadera Fe.

El Señor habla así del Bautismo en cuanto que conduce a los hombres a la salvación por la gracia justificante, la cual no se puede obtener sin la verdadera Fe. Por eso puntualiza: el que creyere y se bautizare, se salvará.

La Iglesia, en lo que depende de Ella, no quiere dar el Bautismo más que a los que tienen la Fe verdadera, sin la cual no hay remisión de los pecados. Este es el motivo de que pregunte a los bautizandos si creen.

No debe darse el Sacramento del Bautismo a quien no quiere abandonar la infidelidad.

Por eso, si alguien recibe el Bautismo sin la Fe verdadera, no le aprovecharía para la salvación.

Quien responde creo por el niño bautizado, lo que hace es profesar la Fe de la Iglesia en nombre del niño; al que se comunica la Fe, y queda obligado a ella a través de otro.

El padrino que responde por el niño, promete que él hará todo lo que pueda para que el niño crea. Esto, sin embargo, no sería suficiente en el caso de los adultos que tienen uso de razón.

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Los actos externos de una virtud son propiamente los que de manera específica corresponden a los fines de esa virtud.

Pues bien, la confesión de Fe se ordena específicamente como a su fin a la misma Fe, según afirma el Apóstol: Creemos teniendo el mismo espíritu de fe, con el que además hablamos. En efecto, la palabra externa está destinada a significar lo que concibe la mente.

Por lo tanto, como el concepto interior de la Fe es acto suyo propio, lo es también la confesión externa.

Sin embargo, la fortaleza también interviene, pero como causa accidental.

En efecto, el hombre se retrae alguna vez de confesar la Fe por temor o también por vergüenza. Por eso pide el Apóstol que rueguen por él para que pueda dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio.
Ahora bien, el hecho de no desistir de hacer el bien por vergüenza o por temor incumbe a la fortaleza, que modera la audacia y el pavor. Pero esta causa, que quita o remueve los impedimentos, no es causa propia, sino accidental.

Por eso, la fortaleza que quita los obstáculos a la confesión de Fe, es decir, el temor o la vergüenza, no constituye su causa propia y directa, sino accidental.

Para salvarse no es necesario confesar la Fe ni siempre ni en todo lugar, sino en lugares y tiempos determinados, es decir, cuando por omisión de la Fe se sustrajera el honor debido a Dios o la utilidad que se debe prestar al prójimo.

Esto sucedería, por ejemplo, si uno, interrogado sobre su Fe, callase y de ello se dedujera o que no tiene Fe o que no es verdadera; o que otros, por su silencio, se alejaran de ella. En casos como éstos la confesión de Fe es necesaria para la salvación.

El fin de la Fe, como el de las demás virtudes, debe ir orientado al de la caridad, que es amor a Dios y al prójimo. Por eso, cuando lo pide el honor de Dios o la utilidad del prójimo, no debe contentarse el hombre con unirse personalmente a la verdad divina con su Fe; debe confesarla exteriormente.

En caso de necesidad, cuando corre peligro la Fe, están todos obligados a predicarla, sea para información, sea para confirmación de los fieles, sea para contener la audacia de los infieles.

De esto resulta que es absurdo pedir a la Roma anticristo y modernista la “Libertad de guardar, transmitir y enseñar la sana doctrina del magisterio constante de la Iglesia y de la verdad inmutable de la Tradición divina”.

Es suficiente, entre otras, la amonestación de San Pablo: Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no, ¡habríais creído en vano!

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El pecado de infidelidad consiste en la oposición a la Fe: o porque se niega a prestarle atención, o porque la desprecia.

En cuanto pecado, la infidelidad tiene su origen en la soberbia, que hace que el hombre no quiera someter su entendimiento a las reglas de Fe y a las sanas enseñanzas de los Padres.

Todo pecado consiste en la aversión a Dios. De ahí que tanto más grave es el pecado cuanto más aleja al hombre de Dios.

Ahora bien, la infidelidad es la que más aleja a los hombres de Dios, ya que les priva hasta de su auténtico conocimiento, y ese conocimiento falso de Dios no le acerca a Él, sino que le aleja.

Ni siquiera puede darse que conozca a Dios en cuanto a algún aspecto quien tiene de Él una opinión falsa, ya que lo que piensa no es Dios.

Es, pues, evidente que la infidelidad es el mayor pecado de cuantos pervierten la vida normal, cosa distinta a lo que ocurre con los pecados que se oponen a las otras virtudes teologales.

La infidelidad implica no sólo la ignorancia que conlleva, sino también la resistencia a las verdades de Fe. En este sentido se presenta su condición de ser el pecado más grave.

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Toda virtud consiste en la conformidad a una regla del conocimiento o del obrar humanos.

Ahora bien, en una materia determinada hay solamente una forma de alcanzar la regla, mientras que son muchas las formas de apartarse de ella.

De ahí que a una sola virtud se opongan muchos vicios.

En consecuencia, hay que decir que, si se considera la infidelidad en relación con la Fe, las especies de infidelidad son diversas y determinadas en número.

Pues, dado que el pecado de infidelidad consiste en resistir a la Fe, esa resistencia se puede dar de dos maneras, ya que, o se resiste a la Fe aún no recibida, en cuyo caso se da la infidelidad de los paganos o de los gentiles, o se resiste a la Fe cristiana ya recibida.

Esto, a su vez, puede hacerse o en figura, y tenemos la infidelidad judía, o en la manifestación misma de la verdad, y es la infidelidad de los herejes.

Así, pues, en general, se pueden reseñar las tres especies de infidelidad indicadas.

Pero si distinguimos las especies de infidelidad por razón de los errores en las diversas materias que pertenecen a la Fe, en ese caso no hay posibilidad de establecer especies distintas de infidelidad, pues los errores pueden multiplicarse de manera infinita, como enseña San Agustín.

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En la infidelidad se pueden considerar dos cosas. Una de ellas, su relación con la Fe.

Bajo este aspecto, peca más gravemente contra la Fe quien hace frente a la Fe recibida que quien se opone a la Fe aún no recibida; de la misma manera que quien no cumple lo que prometió peca más gravemente que si no cumple lo que nunca prometió.

Según esto, en su infidelidad, los herejes, que profesan la Fe del Evangelio y la rechazan corrompiéndola, pecan más gravemente que los judíos que nunca la recibieron.

Mas porque éstos la recibieron en figura en la ley antigua, y la corrompieron interpretándola mal, su infidelidad es por eso pecado más grave que la de los gentiles que de ningún modo recibieron la ley del Evangelio.

Otra de las cosas a considerar en la infidelidad es la corrupción de lo que concierne a la Fe. En este sentido, dado que los gentiles yerran en más cosas que los judíos, y éstos, a su vez, yerran en más cosas que los herejes, es más grave la infidelidad de los gentiles que la de los judíos, y la de éstos mayor aún que la de los herejes.

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En cuanto a la herejía, hay que saber que quien profesa la Fe cristiana tiene voluntad de asentir a Cristo en lo que realmente constituye su enseñanza.

Pues bien, de la rectitud de la Fe cristiana se puede uno desviar de dos maneras.

La primera: porque no quiere prestar su asentimiento a Cristo, en cuyo caso tiene mala voluntad respecto del fin mismo.

La segunda: porque tiene la intención de prestar su asentimiento a Cristo, pero falla en la elección de los medios para asentir, porque no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino lo que le sugiere su propio pensamiento.

Por eso San Pablo exhortó a permanecer firmes en el Evangelio recibido, y a guardarlo tal como nos fue predicado. De otro modo se habría creído en vano…

De este modo la herejía es una especie de infidelidad, propia de quienes profesan la Fe de Cristo, pero corrompiendo sus dogmas.

Hablamos de la herejía en cuanto implica corrupción de la Fe cristiana. Hay herejía cuando se tiene una opinión falsa sobre algo que pertenece a la Fe.

Ahora bien, a la Fe pertenece una verdad de dos maneras: una, directa y principal, como los artículos de la Fe; otra, indirecta y secundaria, como las cosas que conllevan la corrupción de un artículo.

Pues bien, sobre ambos extremos puede versar la herejía, lo mismo que la Fe.

Se dice que expone la Sagrada Escritura de manera distinta a la que reclama el Espíritu Santo el que fuerza su exposición hasta el extremo de contrariar lo que ha sido revelado por el Espíritu Santo.

Otro tanto ocurre en el caso de la Fe con las palabras con que se hace profesión de ella. Efectivamente, la confesión es acto de Fe. De ahí que, si hay una manera inadecuada de hablar, puede derivarse de ello su corrupción.

Afirma San Agustín que si algunos defienden su manera de pensar, aunque falsa y perversa, pero sin pertinaz animosidad, sino enseñando con cauta solicitud la verdad y dispuestos a corregirse cuando la encuentran, en modo alguno se les puede tener por herejes.

Efectivamente, no han hecho una elección en contradicción con la enseñanza de la Iglesia.

En ese sentido parece que se han dado disensiones entre algunos doctores, o sobre aspectos que de una manera u otra no afectan a la Fe, o también sobre aspectos que concernían a la Fe, pero que aún no estaban definidos por la Iglesia.

Pero, una vez que quedaran definidos por la autoridad de la Iglesia universal, si alguien impugnara con pertinacia esa ordenación, sería tenido por hereje.

Por eso escribe San Jerónimo: Esta es, beatísimo Papa, la fe que aprendimos en la Iglesia. Y si en ella hemos sustentado algo con menos pericia o menos cautela, deseamos que sea enmendado por ti, que posees la sede y la fe de Pedro. Mas si esta nuestra confesión se ve aprobada por el juicio de tu apostolado, quien pretenda culparme a mí, dará con ello prueba de que es imperito o malvado, e incluso no católico, sino hereje.

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En cuanto a las penas que hay que aplicar a los herejes hay que considerar dos aspectos en estos: uno, por parte de ellos; otro, por parte de la Iglesia.

Por parte de ellos hay en realidad pecado por el que merecieron no solamente la separación de la Iglesia por la excomunión, sino también la exclusión del mundo con la muerte.

Mas por parte de la Iglesia está la misericordia en favor de la conversión de los que yerran, y por eso no se les condena, sin más, sino después de una primera y segunda amonestación, como enseña el Apóstol.

Pero después de esto, si sigue todavía pertinaz, la Iglesia, sin esperanza ya de su conversión, mira por la salvación de los demás, y los separa de sí por sentencia de excomunión.

Y aún va más allá entregándolos al juicio secular para su exterminio del mundo con la muerte. A este propósito afirma San Jerónimo: Hay que remondar las carnes podridas, y a la oveja sarnosa hay que separarla del aprisco, no sea que toda la casa arda, la masa se corrompa, la carne se pudra y el ganado se pierda. Arrio, en Alejandría, fue una chispa, pero, por no ser sofocada al instante, todo el orbe se vio arrasado con su llama.

Hay quienes plantean una fuerte objeción: el Señor mandó a sus siervos que dejasen crecer la cizaña hasta la siega, que es el fin del mundo. Mas como por la cizaña están significados los herejes; por lo tanto, se debe tolerar a los herejes.

A esto hay responder que una cosa es la excomunión y otra la extirpación, pues se excomulga a uno, como dice el Apóstol, para que su alma se salve en el día del Señor. Mas si, por otra parte, son extirpados por la muerte los herejes, eso no va contra el mandamiento del Señor. Ese mandamiento se ha de entender para el caso de que no se pueda extirpar la cizaña sin el trigo.

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La apostasía implica cierto retroceso de Dios. Y ese retroceso se produce según los diferentes modos con que el hombre se une a Él.

Efectivamente, el hombre se une a Dios, primero, por la Fe; segundo, por la debida y rendida voluntad de obedecer sus mandamientos; tercero, por obras especiales de supererogación, por ejemplo, las de religión, el estado clerical o las órdenes sagradas.

Ahora bien, eliminando lo que está en segundo lugar, permanece lo que está antes, pero no a la inversa.

Ocurre, pues, que hay quien apostata de Dios dejando la religión que profesó o la orden sagrada que recibió, y a ésta se la llama apostasía de la religión o del orden sagrado.

Pero sucede también que hay quien apostata de Dios oponiéndose con la mente a los divinos mandatos.

Y dándose estas dos formas de apostasía, todavía puede el hombre permanecer unido a Dios por la Fe.

Pero si abandona la Fe, entonces parece que se retira o retrocede totalmente de Dios.

Por eso, la apostasía, en sentido absoluto y principal, es la de quien abandona la Fe; es la apostasía llamada de perfidia.

Según eso, la apostasía propiamente dicha pertenece a la infidelidad.

Pero como la apostasía se refiere a la infidelidad como término final hacia el que se encamina el movimiento de quien se aleja de la Fe, por eso la apostasía no implica una especie bien determinada de infidelidad, sino una circunstancia agravante.

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En las disputas sobre la Fe hay que considerar dos cosas: una, por parte del que disputa; otra, por parte de los que oyen.

Por parte del que disputa hay que considerar, en realidad, la intención. Si disputa como quien duda de la Fe y no tiene por cierta una verdad de ella, sino que intenta probarla con argumentos, peca indudablemente como el que duda de la Fe o el infiel.

Es laudable, en cambio, si uno disputa sobre la Fe para refutar errores o también como materia de ejercicio.

Por parte de los oyentes, hay que considerar si quienes oyen la discusión son instruidos y están firmes en la Fe, o si son gente sencilla y titubean en ella.

Ante personas instruidas en la Fe y firmes en ella no hay, en realidad, peligro alguno en disputar sobre la Fe.

En cambio, por lo que afecta a los sencillos, hay que hacer una distinción. Porque éstos, o están instigados y hasta trabajados por los infieles, por ejemplo, judíos, herejes o paganos, que tienen empeño en corromper la Fe, o no se hallan en absoluto en esa situación, como en las regiones donde no existen infieles.

En el primer caso es necesaria la discusión pública de la Fe, a condición de que haya personas preparadas para ello y sean, además, idóneas para rebatir los errores. De este modo se verán confirmados en la Fe los sencillos, y a los infieles se les quitará la posibilidad de engañar; y hasta el mismo silencio de quienes deberían hacer frente a cuantos pervierten la verdad de la Fe sería la confirmación del error.

En el segundo caso, en cambio, es peligrosa la discusión pública sobre materia de Fe ante gente sencilla, dado que la Fe de éstos se hace más firme al no oír nada opuesto a ella. No les es, por lo mismo, conveniente oír las palabras contra la Fe.

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Respecto a la comunicación con los infieles, hay que tener en cuenta que a los fieles se les prohíbe el trato con alguna persona por precaución. Y hay que distinguir, de acuerdo con las diversas condiciones de personas, ocupaciones y tiempos.

Si se trata, efectivamente, de cristianos firmes en la Fe, hasta el punto de que de su comunicación con los infieles se pueda esperar más bien la conversión de éstos que el alejamiento de aquéllos de la Fe, no debe impedírseles el comunicar con los infieles que nunca recibieron la Fe, es decir, con los paganos y judíos, sobre todo cuando la necesidad apremia.

Si, por el contrario, se trata de fieles sencillos y débiles en la Fe, cuya perversión se pueda temer como probable, se les debe prohibir el trato con los infieles; sobre todo se les debe prohibir que tengan con ellos una familiaridad excesiva y una comunicación innecesaria.

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Todas estas lecciones de Santo Tomás, que resumen la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la Fe, deben ser meditadas y cuidadosamente puestas en práctica.

La situación en la que vivimos pone en peligro nuestra Fe y, con ello, nuestra eterna salvación.