domingo, 25 de septiembre de 2011

Domingo XVº post Pentecostés

DECIMOQUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Y aconteció después, que iba a una ciudad, llamada Naím: y sus discípulos iban con Él, y una grande muchedumbre de pueblo. Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda: y venía con ella mucha gente de la ciudad. Luego que la vio el Señor, movido de misericordia por ella, le dijo: No llores. Y se acercó, y tocó el féretro; y los que lo llevaban, se pararon. Y dijo: Mancebo, a ti digo, levántate. Y se sentó el que había estado muerto, y comenzó a hablar. Y le dio a su madre, y tuvieron todos grande miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros: y Dios ha visitado a su pueblo. Y la fama de este milagro corrió por toda la Judea, y por toda la comarca.

El Evangelio de este Domingo nos presenta la resurrección del hijo de la viuda de Naím.

Sabemos que Nuestro Señor Jesucristo resucitó tres difuntos; y esos milagros nos pueden servir para meditar en la resurrección espiritual de los pecadores.

En efecto, la meditación de los tres difuntos que Cristo Nuestro Señor resucitó se ha de hacer, no solamente ponderando el milagro, sino también la significación del mismo, que es la resurrección espiritual de todos los pecadores que se convierten; los cuales se reducen a tres clases:

1ª) Unos que pecan por flaqueza o ignorancia, figurados por la niña de doce años, a quien resucitó Cristo en casa de sus padres.

2ª) Otros que pecan por pasión, representados por el muchacho, hijo de la viuda de Naím, que fue resucitado cuando lo llevaban ya a enterrar.

3ª) Los últimos pecan de malicia, caracterizados por Lázaro, resucitado por Cristo después de enterrado desde hacía cuatro días.

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En las circunstancias y modos de las tres resurrecciones, quedan representadas también las maneras de la resurrección de los pecadores.

La difunta hija del archisinagogo representa la muerte de gente moza: Habiendo muerto una doncella de doce años, hija única de un príncipe de la sinagoga, fue su padre a Jesús, y postrado a sus pies le suplicó con grande instancia viniese a su casa y pusiese sus manos sobre ella.

Debemos tener en cuenta la calidad de esta difunta y la causa de su muerte; porque aunque era hija única de sus padres, y de padres ricos y nobles, y, por consiguiente, muy regalada de ellos, sin embargo de esto, le alcanzó la muerte, sin que pudiesen atajarla ni los padres, ni los médicos, ni la hacienda, ni el verdor de la edad; para que entendamos que en ninguna edad, ni en cualquier fortuna y estado hay seguridad de vida; sino que de repente nos alcanzará la muerte, porque ley general es que todos mueran una sola vez, y el daño de la primera muerte no tendrá remedio.

Luego hemos de considerar que la muerte de esta gente moza, unas veces sucede por los pecados de los padres, que los aman y regalan con demasía, y por su respeto atropellan la ley de Dios.

Otras veces, por pecados de ellos mismos, que se van sin freno tras sus inclinaciones, y quiere Dios atajarles esos pasos, para no se condenen o para que tengan un infierno menos riguroso.

En otros casos, por gracia, arrebatándolos, como dice el Sabio, antes que la malicia mude su corazón y el fingimiento engañe su alma (Sap., 4, 11).

Otras veces, en fin, por causas secretas de la gloria de Dios, que no alcanzamos a comprender.

De esto debemos sacar, como resolución, un saludable temor de la culpa, por la cual entra la muerte, y arrojarnos en la Providencia paternal de Dios, suplicándole nos dé la muerte en aquel tiempo y coyuntura que conviniere más para su gloria y para nuestra salvación.

También es de notar que, así como esta difunta no pudo por sí buscar a Cristo para que le diese vida, y hubiese quedado muerta para siempre, si su padre no hubiese ido a rogar por ella, igual le pasa al pecador muerto por la culpa; y aunque es verdad que no está tan muerto que no pueda llamar a Cristo Nuestro Señor, pero importa mucho que tenga intercesores que rueguen por él y soliciten a Dios nuestro Señor que le resucite.

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Una vez resucitada, encontramos otros símbolos: la tomó de la mano, ella comenzó a andar, y Él mandó darle de comer, lo cual no hizo con los otros difuntos.

Todo fue para significar que los pecadores que mueren y pecan por flaqueza, figurados por esta niña, son vivificados por Cristo, ayudándoles con su mano poderosa a vencer aquella flaqueza; y así, en resucitando con su virtud, quiere de ellos dos cosas:

La una, que no estén ociosos ni se queden en la cama de la pereza, sino que luego comiencen a andar y ejercitar buenas obras, aprovechando el camino de la virtud.

La segunda, que coman el Pan que confirma el corazón, que es el Santísimo Sacramento del Altar, con cuya virtud acaban de fortalecer, y se alientan a proseguir la jornada que han comenzado.

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El difunto hijo de la viuda de Naim es figura del pecador abandonado a sus pasiones: sacaban a enterrar a un mancebo difunto, hijo único de su madre, que era viuda.

En persona de este muchacho difunto debemos considerar al pecador que está muerto por culpas nacidas de sus vehementes pasiones, cuya alma está encerrada en su cuerpo como en unas andas o ataúd, porque todo cuanto piensa, habla y trata es en carne y de su carne.

Los que llevan estas andas son cuatro apetitos o pasiones vehementes, conviene a saber:

- la lujuria, que es apetito de deleites sensuales;

- la ambición, que es apetito de honras vanas;

- la codicia, que es apetito de riquezas;

- la ira, que es apetito de venganza contra los que le impiden estos bienes.

De estas cuatro pasiones este miserable pecador es llevado a enterrar en el abismo de innumerables pecados, y después en el abismo del infierno, si Cristo nuestro Señor no le ataja.

De donde hemos de sacar afectos de compasión viendo el mundo lleno de estos muertos, que salen cada día en público y están en las plazas y puertas de las ciudades.

Midamos la caridad y providencia de Cristo Nuestro Señor en venir a Naím, en tales circunstancias que se encontrase con este difunto, pues no fue al acaso, sino sabiéndolo y con deseo de resucitarle, ofreciéndose a ello sin que nadie se lo pidiese.

A la niña la resucitó a petición de su padre; a Lázaro, por petición de sus hermanas; pero a éste por propia iniciativa, para significar la grandeza de su misericordia en buscar las almas muertas, salirles al encuentro y ofrecerles el remedio aunque no se lo pidan, movido de la compasión que tiene de ellas.

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En la resurrección de Lázaro hemos de considerar a un pecador que antes había sido justo, y ausentándose de él Dios Nuestro Señor para probarle, respondió mal. Porque primero enfermó por tibieza, luego murió por consentimiento en la culpa; fue enterrado, porque se rindió a las aficiones de las cosas terrenas, y se sumió en ellas; después cayó sobre él la losa de la dureza de corazón por costumbre de largos días en pecar; y últimamente estuvo hediondo por el mal ejemplo que dio de sí a otros, a quien escandalizó.

De allí procede que ni él llama a Cristo para que le ayude, ni tiene cuidado de esto.

Del mismo modo, así como Lázaro salió del sepulcro vivo, pero atado con sus mortajas, las cuales le quitaron los Apóstoles, así suelen los pecadores resucitar a la vida de la gracia atados con muchas reliquias de los pecados y costumbres viciosas de la vida pasada, de las cuales se van desatando después con la industria y dirección de los confesores, a los cuales también dejó Cristo nuestro Señor sus veces, como lo prometió a San Pedro, para que con la voz de la absolución sacramental desaten a los pecadores.

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Viniendo nuevamente al milagro del Evangelio de hoy, vemos que Jesucristo, si bien resucita al hijo de la viuda, no en secreto sino en público; sin embargo, no lo hizo por ostentación, sino para gloria de su Padre y para autorizar su doctrina, y por compasión, viendo la miseria de aquella mujer, por ser viuda y ser único el hijo que perdió.

Las lágrimas de esta viuda, sin hablar ni pedir nada, movieron a Cristo nuestro Señor a que resucitase su hijo; porque las lágrimas que derramamos por nuestros pecados, o por los pecados ajenos, son un modo de oración poderosa con Dios para moverle a remediar nuestras miserias.

Digno de compasión era este dolor y bien capaz de excitar el llanto y las lágrimas. Por eso el Señor, movido de misericordia por ella, le dijo No llores; como diciendo: No le llores ya como muerto, porque dentro de muy poco lo verás resucitar.

Cristo Nuestro Señor se llegó a las andas y las tocó, y se pararon los que las llevaban, para significar que antes de resucitar al pecador le toca con la-mano de su omnipotencia y con fuertes inspiraciones, ya de temor con amenazas, ya de esperanza con promesas, y hace que cese el ímpetu de las cuatro pasiones que le arrastraban, las cuales, por más fuertes que sean, se rinden al toque e imperio de Cristo.

Tocando el féretro, sale la vida al encuentro de la muerte… Como enseña San Cirilo, no hizo este milagro con sólo la palabra, sino que también tocó el féretro, para que comprendamos la eficacia del sagrado Cuerpo de Jesús para la salud de los hombres. Es, en efecto, el cuerpo de vida y la carne del Verbo omnipotente, de quien viene la virtud. Pues así como el hierro unido al fuego produce los efectos del fuego, así la carne, una vez unida al Verbo que da vida a todas las cosas, se hace también vivificadora y expulsiva de la muerte.

Luego dijo Jesús: Muchacho, a ti te digo, levántate; y al punto se sentó y comenzó a hablar, y Cristo se lo dio a su madre.

Aquí se hemos de considerar la omnipotencia de la palabra del Salvador en este milagro, porque no tuvo necesidad, como Elías y Eliseo, de tenderse sobre el cuerpo del mozo difunto, juntando rostro con rostro y ojos con ojos; ni aun le tocó con la mano como a la hija del archisinagogo, sino con una palabra imperiosa, hablando con el muerto como si estuviera durmiendo.

Sin embargo, este mancebo, no sin misterio, no comenzó a andar enseguida, como la hija de Jairo, sino que, sentándose en las andas, comenzó a hablar, para significar que los pecadores que están arrastrados por sus ocasiones van sanando de ellas poco a poco:

- primero reciben la vida de la gracia, y apartan el afecto desordenado de las cosas carnales, aunque todavía se quedan con algo de afición que les pega y traba el corazón con ellas;

- después vienen del todo a despegarse de las costumbres viciosas, y comienzan a hablar, confesando sus yerros, pidiendo perdón de ellos, proponiendo la enmienda y alabando a Dios por las mercedes que les hace.

De esto hemos de sacar aviso para no desesperar de los que no dejan de un golpe las costumbres de la vida pasada; pues aunque la justificación se hace en un momento, la perfección de ella va poco a poco.

Finalmente, debemos alabar la caridad de Cristo Nuestro Señor en devolver el hijo a su madre viuda, aunque pudiera tomarle para Sí; pero no quiso, para que atendiese a servirla en su vejez y viudez, y para que su consuelo fuese cumplido.

Con esto quiso significar que es propio de Cristo restituir los pecadores a su Madre, la Iglesia. Y así como este mancebo, que salió de casa de su madre muerto y llevado de otros, se volvió a ella vivo, por sus medios, con alegría de su madre; del mismo modo el pecador que sale de la congregación de los justos llevado por sus pasiones, vuelve a ella vivificado por Cristo, con libertad del espíritu y alegría de la Iglesia.

Dice bellamente San Ambrosio: Si es tu pecado grave y no puedes lavarlo con las lágrimas de la penitencia, que llore por ti nuestra Madre la Iglesia; que la turba te asista, y resucitarás de la muerte, dirás palabras de vida, todos temerán (con el ejemplo de uno se corrigen muchos), y también alabarán al Señor porque se ha dignado concedernos tan grandes remedios para evitar la muerte.

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Hemos considerado la resurrección espiritual de los pecadores, y debemos meditar y hacer una aplicación práctica sobre esto.

Hemos visto que unos pecan por flaqueza o ignorancia, figurados por la niña de doce años; otros pecan por pasión, representados por hijo de la viuda de Naím; y otros pecan por malicia, caracterizados por Lázaro.

Sea que pertenezcamos a uno u otro de estos casos, todos necesitamos del divino Redentor y de los medios que Él ha establecido por su infinita misericordia y sabiduría para sacarnos de la muerte del pecado y resucitarnos a la vida de la gracia.

Agradezcamos a Nuestro Señor su bondad y seamos fieles en poner en práctica todos los medios para no recaer en la muerte espiritual.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Domingo 14º post Pentecostés

DECIMOCUARTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará. No podéis servir a Dios y a las riquezas.

Por lo tanto os digo: No andéis afanados para vuestra alma qué comeréis, ni para vuestro cuerpo qué vestiréis. ¿No es más el alma que la comida y el cuerpo más que el vestido?

Mirad las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni amontonan en graneros; y vuestro padre celestial las alimenta. ¿Pues no sois vosotros más que ellas? ¿Y quién de vosotros discurriendo puede añadir un codo a su estatura?

¿Y por qué andáis acongojados por el vestido? Considerad los lirios del campo cómo crecen, no trabajan ni hilan: os digo, pues, que ni Salomón con toda su gloria fue cubierto como uno de éstos. Pues si al heno del campo, que hoy es, y mañana es echado en el horno, Dios viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?

No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los Gentiles se afanan por estas cosas, y vuestro Padre celestial sabe que necesitáis de todas ellas. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura.

Y no andéis cuidadosos por el día de mañana. Porque el día de mañana a sí mismo se traerá su cuidado: le basta al día su propia aflicción.

El Evangelio de este Domingo nos recomienda de una manera precisa y clara la confianza en la divina Providencia.

Contemplemos a Jesús, hablando a las muchedumbres en el Monte de las Bienaventuranzas.

Tenemos un Padre que vela por nosotros: Vuestro Padre sabe que habéis menester de todas estas cosas…

¡Gran dicha la de los cristianos! Sabemos que desde lo alto del Cielo lleva cuidado de nosotros un Dios omnisciente, de infinito poder y de suma bondad; que allá arriba hay un Padre amoroso, que vela por sus hijos.

Dios Padre, como supremo Gobernador del movimiento de los mundos, lleva cuenta de todos los sucesos de nuestra vida, prevé los peligros y dirige nuestros pasos.

Nada acontece que no haya obtenido antes su beneplácito, o al menos su consentimiento; y como nos ama como hijos, nada puede permitir que no vaya dirigido a nuestro mayor bien y provecho.

¡Ah! Si lo pensáramos y consideráramos seriamente, nada habría que nos pudiera conturbar. Ni las necesidades temporales, ni las tribulaciones de este valle de lágrimas, ni aun las angustiosas dudas con que el demonio pretende enredar el negocio de nuestra salvación.

¿Cómo osaríamos inquietarnos por nada teniendo a Dios por Padre? Sin embargo, los afanes temporales nos perturban, los pesares nos abaten, y las preocupaciones internas frecuentemente nos amilanan.

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¡Cuán bien cuadra también a nosotros, por desgracia, aquella imprecación del Salvador: Hombres de poca fe!

Y la verdad es que, si miramos nuestro pasado, aparece tan claramente la Providencia dirigiendo nuestros pasos, que en ocasiones casi hemos visto sensiblemente el brazo que nos guiaba.

¿Por qué, pues, no somos consecuentes? ¿Cómo es que, a pesar de tan claras señales de la Providencia amorosa que nos gobierna, cuando de nuevo se oscurece nuestro cielo y no percibimos más luz que la de la antorcha de nuestra débil fe, volvemos a las antiguas dudas y perplejidades, olvidando que esa Providencia nos ha librado de peores peligros?

Acabemos ya con tanta fluctuación, busquemos la estabilidad del corazón, arrojando nuestros cuidados en las manos del Señor, que Él se interesará por nosotros: Sabe bien vuestro Padre que necesitáis de todas estas cosas…

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No os acongojéis por la comida o por el vestido. Este postulado viene a ser una consecuencia lógica de la doctrina expuesta.

Pero el Señor tiene tanto interés en que quedemos compenetrados del pensamiento de la Providencia, que llega a multiplicar razones y argumentos:

No andéis afanados para vuestra alma qué comeréis…

San Jerónimo enseña que en algunos códices se ha añadido: Ni qué beberéis. Luego se refiere a aquello que la naturaleza concede a las fieras, a las bestias y también a los hombres; y siéndonos esto común, no podemos vivir libres de este cuidado. Pero se nos manda que no andemos solícitos acerca de lo que hemos de comer, porque con el sudor de nuestra frente debemos prepararnos el pan. El trabajo debe ejercitarse, mas se debe evitar el afán. Por lo tanto, se debe trabajar, pero debe evitarse la preocupación.

Así, pues, cuando el Señor dice: No queráis andar solícitos, no lo dice con el objeto de que no busquemos lo necesario con lo que podamos vivir honradamente, sino para que no nos fijemos en estas cosas, y que no sea por ellas que hagamos todo lo que se manda en la predicación del Evangelio.

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Confirma, pues, el Señor nuestra esperanza, razonando así, de mayor a menor: ¿Acaso el alma no vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido?

Después que el divino Maestro ha confirmado nuestra esperanza razonando de mayor a menor, ahora vuelve a confirmarla razonando de menor a mayor, cuando dice: Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan...

Lo que dice el Señor respecto de las aves del cielo, se refiere a convencernos que ninguno debe creer que Dios no se cuida de procurar lo necesario a los que le sirven, siendo así que su Providencia se extiende hasta gobernar estas criaturas.

Respecto de los siervos de Dios que pueden ganarse el sustento con sus manos, si alguno les argumentase con las palabras del Evangelio que habla de las aves del cielo que ni siembran ni siegan, San Agustín dice que pueden responder: Si nosotros por alguna enfermedad u ocupación no podemos trabajar, el Señor nos alimentará, como alimenta a las aves del cielo que no trabajan. Cuando podemos trabajar, no podemos tentar a Dios, porque todo lo que podemos hacer, lo podemos por su auxilio, y todo el tiempo que aquí vivimos, por su largueza vivimos, pues nos ha dado el que podamos vivir, y Él nos alimenta del mismo modo que alimenta a las aves.

Sabemos que Dios ha hecho todos los animales para el hombre, y al hombre para Sí. Cuanto más vale la creación del hombre, tanto mayor es el cuidado que Dios tiene por él. Si, pues, las aves que no trabajan encuentran qué comer, ¿no lo encontrará el hombre, a quien Dios le ha concedido la ciencia de trabajar?

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Y ¿quién de vosotros, a fuerza de discurrir, puede añadir un codo a su estatura?

Nuestro Señor enseña, no sólo con el ejemplo de las aves, sino también con la experiencia, que nos prueba que no es suficiente nuestro cuidado para que podamos subsistir y vivir, sino que es necesaria la acción de la divina Providencia, diciendo: ¿Quién de vosotros, discurriendo puede añadir un codo a su estatura?

En efecto, Dios es quien todos los días hace que nuestro cuerpo crezca, sin conocerlo nosotros. Si, pues, la Providencia de Dios obra todos los días, ¿cómo podrá decirse que cesará en las cosas indispensables?

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Y ¿por qué andáis solícitos por el vestido? Considerad cómo crecen los lirios del campo: ellos no trabajan, ni hilan. Y sin embargo, Yo os digo, que ni Salomón, en el apogeo -de su gloria, llegó a vestirse como uno de éstos. Pues si el heno del campo, que hoy es y mañana es echado al horno, Dios así lo viste, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?

San Juan Crisóstomo dice que, después que demostró a sus discípulos que no era conveniente andar solícitos con el alimento, Nuestro Señor pasó a otra cosa más sencilla. No es tan necesario el vestido como el alimento, y por ello dice: ¿Y por qué andáis acongojados por los vestidos? No usa aquí del ejemplo de las aves, para citar como ejemplo el pavo real o el cisne, de quienes se podrían tomar ejemplos parecidos, sino que usa del ejemplo de los lirios, queriendo demostrar con estas dos cosas la sobreabundancia de sus dones, a saber, con el derroche de hermosura y la vileza de los que participan de tanto decoro.

Si Dios cuida tanto de las flores de la tierra que mueren apenas nacen y son vistas, ¿despreciará a los hombres a los que ha creado, no para un tiempo limitado, sino para que vivan eternamente? Y esto es lo que expresa cuando dice: ¿cuánto más cuidará de vosotros, hombres de poca fe?

Los llama hombres de poca fe, porque es muy limitada aquella fe que no está segura aun de las cosas más pequeñas.

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No os preocupéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos?

Después de haber excluido sucesivamente la preocupación por el vestido y la comida, tomando su argumento de las cosas inferiores, excluye ahora las dos, diciendo: No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los gentiles se afanan por estas cosas…

Los gentiles, dado que creen que la fortuna consiste en las cosas humanas, no creen que hay Providencia, ni que Dios sea quien cuida del gobierno de estas cosas, sino que suceden por casualidad. Así, con razón, temen y desesperan, como si no tuviesen quien los dirigiese.

No obremos nosotros como gentiles; pensemos como cristianos; no olvidemos que el Padre que se ocupa de los extraños, no puede menos, de cuidarse de nosotros; que quien con tanto cuidado atiende a las flores del campo y a las aves del cielo, por precisión se ha de preocupar de los que somos sus hijos.

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Los que creen que todas las cosas son gobernadas por Dios, confían la comida a la dirección de su liberal mano, y por eso añade: Sabe vuestro Padre que necesitáis de todas estas cosas…

Acota San Juan Crisóstomo que no dijo sabe Dios, sino sabe vuestro Padre, para inspirarles más confianza. Si es padre, no podrá despreciar a sus hijos. ¿Qué padre sostiene que no deben darse a sus hijos las cosas necesarias? Si fuesen superfluas, no convendría confiar así.

Sin embargo, Providencia divina y prudencia cristiana van juntas. El pensamiento de la Providencia divina no desliga al hombre de los deberes que le impone el propio estado, de las preocupaciones por las cosas materiales.

La doctrina católica nos enseña la virtud del trabajo; y tanto; que llega a decir San Pablo: Quien no quiera trabajar, que no coma.

Y, si se trata de padres de familia o de aquéllos que tienen a su cargo súbditos que alimentar, es, además, bien lo sabemos, un deber elemental el desvelarse por ellos.

Dios promete su asistencia al que le sirve, y no le sirve quien huye de cumplir su deber.

Por eso, al lado de la total confianza en brazos de la Providencia, debe hacer valer también sus derechos la prudencia cristiana. Aquí cabe muy bien aquel lema de San Ignacio: En todas tus empresas pon tal confianza en Dios, como si Él solo, sin tu cooperación, las realizase; y empréndelas con tal energía y afán, cual si su efecto dependiese únicamente de tu interés.

Debe adquirirse el pan, no por medio de afanes espirituales, sino por medio de trabajos corporales, cuyo pan abunda para los que trabajan, puesto que Dios se lo concede como premio de su laboriosidad y se lo oculta a los perezosos como castigo.

Puesta, pues, toda nuestra confianza en el Señor y nuestras miras en el Cielo, procuremos cumplir las obligaciones terrenas como el más interesado, convencidos de que con ello nos ganamos la gloria.

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Y todas estas cosas se os darán por añadidura, a saber, dice San Agustín, las cosas temporales, las cuales manifiesta terminantemente aquí que no son tales bienes nuestros por los que debemos obrar bien, pero que, sin embargo, son necesarios.

El Reino de Dios y su justicia son nuestro bien, en el cual debemos constituir nuestro fin. Pero como en esta vida, en la que peleamos para conseguir aquel Reino, nos son necesarias estas cosas, por eso nos dice que se nos darán por añadidura.

Cuando Nuestro Señor dijo primero, no significó prioridad de tiempo, sino de dignidad: el Reino como nuestro verdadero bien; estas cosas como necesarias para la vida.

Explicita aún más San Agustín, diciendo: a los que buscan primeramente el Reino de Dios y su justicia no debe molestar el cuidado de si faltarán las cosas necesarias. Y por ello dice el Señor: Estas cosas se os darán por añadidura, esto es, las conseguiréis, si no ponéis impedimento, no sea que buscando estas cosas os pervirtáis de tal modo, que constituyáis dos fines.

Y va más lejos todavía el Santo Doctor: como estas cosas se nos dan por añadidura, el Médico Divino, a Quien todos nos hemos confiado, sabe cuándo debe concedernos la abundancia, y cuándo la escasez, según cree que nos conviene. Si alguna vez nos faltan las cosas necesarias a la vida, lo que con frecuencia permite el Señor para nuestra prueba, no refuta lo que hemos dicho, sino que, examinado, lo confirma.

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Finalmente, prohibida la preocupación por las cosas presentes, ahora prohíbe la preocupación vana de las cosas futuras, cuando dice: No andéis solícitos por el día de mañana.

San Jerónimo explica que Mañana, en los sagrados Libros se entiende la Vida futura; y que el Señor concede que debamos andar preocupados por las cosas presentes, pero nos prohíbe pensar en las cosas futuras.

Es decir, nos basta el pensar en las cosas presentes; las futuras, como inciertas que son, dejémoslas a Dios. Y esto es lo que indica cuando añade: Porque el día de mañana, a sí mismo se traerá su cuidado. Esto es, traerá consigo su propia preocupación, trabajo, aflicción, y penas de la vida…

Ninguna cosa hace tanto daño al alma como la preocupación y los cuidados. Por eso, Nuestro Señor, designa por hoy las cosas que son necesarias ahora para la vida; y cuando dice mañana se refiere a lo que ahora es superfluo.

No queráis andar preocupados por lo que es propio del día de mañana, esto es, no os preocupéis de las cosas que mañana necesitaréis para la vida, sino sólo del alimento necesario para hoy. Lo que es superfluo, como lo es lo del día de mañana, ya se cuidará a su tiempo.

Es suficiente para cada día su propio afán, esto es, nos basta el trabajo que empleamos para conseguir las cosas necesarias, no queramos andar solícitos acerca de las cosas superfluas.

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Concluimos con San Hilario, que dice: El significado de esas palabras celestiales se reduce, pues, a que no nos preocupemos del porvenir.

La malicia de nuestra vida y los pecados de todos los días bastan para que toda nuestra meditación y todos nuestros esfuerzos no se empleen en otra cosa que en purificarnos de ellos.

Cesando nuestro cuidado, el porvenir queda con su propia preocupación, mientras Dios nos obtiene el adelanto de la eterna claridad.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Domingo XIIIº post Pentecostés

DECIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y aconteció que yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por medio de Samaria y de Galilea. Y entrando en una aldea, salieron a Él diez hombres leprosos, que se pararon de lejos. Y alzaron la voz diciendo: Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros. Y cuando los vio, dijo: Id y mostraos a los sacerdotes. Y aconteció, que mientras iban quedaron limpios. Y uno de ellos cuando vio que había quedado limpio volvió glorificando a Dios a grandes voces. Y se postró en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias; y éste era samaritano. Y respondió Jesús, y dijo: ¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve dónde están? ¿No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo.

Hoy asistimos a uno de los milagros obrados por Jesús en su postrer viaje a Jerusalén: la curación de los diez leprosos.

Representémonos al vivo la escena, y tratemos de sacar de ella enseñanzas prácticas.

Los leprosos constituían entre los judíos una clase despreciable. La Ley les declaraba impuros y les obligaba a vivir fuera de todo comercio humano. Erraban a lo largo de los caminos, implorando un mendrugo de pan de los transeúntes. Cuando algún hombre se acercaba a ellos, quedaban obligados a proferir el grito desgarrador de ¡Impuro!

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Junto al camino de Jerusalén yacían los diez leprosos del Evangelio de hoy, cuando el rumor de las gentes que pasaban les anuncia que el Profeta, cuya fama se había extendido ya por toda Palestina, se acercaba. Levantan los ojos, le divisan, y al punto se disponen a salirle al encuentro.

Llegados ya a una distancia conveniente, se detienen y exclaman todos a una voz: ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!

¡Qué profunda humildad la suya! Conscientes de su indignidad, no se atreven a llegarse cerca de Jesús.

Y ¡cuál no es su fervor y confianza! No sé detienen en largas exposiciones, sino que apelan llanamente a la bondad y misericordia del Señor: ¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!

Aprendamos de estos desgraciados cómo debe ser nuestra oración, si queremos que sea escuchada.

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Id y mostraos a los sacerdotes… El Antiguo Testamento nos enseñó con figuras lo que el Nuevo nos ha mostrado a las claras. Las prescripciones de Moisés sobre los leprosos no eran tan sólo medidas higiénicas; tenían una finalidad más elevada.

La lepra era una imagen significativa de los estragos del pecado, particularmente contra la fe; de ahí el carácter de inmundicia legal que adquirió en los libros de Moisés.

El leproso era apartado de la Comunión de sus hermanos con un rito especial, y no podía ser devuelto a ella mientras no le reconociese el sacerdote por limpio de la inmundicia de la lepra.

Con estos antecedentes llegamos a entender el sentido de la respuesta de Cristo al clamor de los desgraciados: ¡Id y mostraos a los sacerdotes!

Apenas escucharon los leprosos la intimación del Salvador, partieron con presteza a cumplir el divino mandato, dándonos con ello un ejemplo de confianza a toda prueba. En efecto, se ven todavía cubiertos de asquerosas escamas, y se apresuran, no obstante, a correr a la presencia de los sacerdotes, para que éstos constaten su curación.

Confianza tan grande en la palabra del Señor mereció el milagro que pedían, y así en el camino quedaron curados.

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También a cada uno de nosotros nos dice Jesús cuando nos presentamos a Él cubiertos de la lepra del pecado: ¡Ve, muéstrate al sacerdote! Con la diferencia de que el sacerdote de la Antigua Ley no tenía más facultad que la de declarar que el leproso estaba curado, mientras que el sacerdote de la Ley Nueva posee la plena potestad de limpiar al enfermo de la lepra de la iniquidad.

¡Cuántas gracias debiéramos dar al Cielo por beneficio tan insigne!

Recordemos hoy las veces que hemos sido objeto de la misericordia divina en el tribunal de la Penitencia, y, reconociendo tanta bondad, agradezcamos al Señor la multitud de consuelos que desde el confesonario ha prodigado a nuestra alma.

Aprendamos asimismo de los leprosos a acudir con presteza al sacerdote cuantas veces manchemos nuestras almas con la inmundicia del pecado.

Pero procuremos eludir el reproche del Divino Maestro por medio de una conducta noble para con Dios. Egoísmo puro e ingratitud feísima es recurrir a su misericordia cuando le necesitamos, y, después de socorridos, volverle las espaldas. No cometamos tal ingratitud. No olvidemos nunca el ejercicio de la acción de gracias.

Este pasaje evangélico nos impone un ejercicio especial de acción de gracias, la acción de gracias después de la confesión.

La curación de los leprosos simboliza los efectos del Sacramento de la Penitencia. En el fervoroso reconocimiento del Samaritano vienen figurados todos aquéllos que saben agradecer a la Bondad divina el beneficio incomparable de la absolución; en la ingratitud de los nueve restantes, el olvido de los que no se acuerdan de dirigir a Dios una palabra de gratitud por el perdón alcanzado.

Esta acción de gracias es un deber. Es verdaderamente doloroso considerar cómo tantos cristianos, al momento de levantarse de los pies del confesor, se hallan ya en disposición de darse a las conversaciones y negocios del mundo, como nada de particular acabara de realizarse en sus almas.

Con ello, además de mostrar una fe muy lánguida, declaramos cuán lejos estamos de apreciar el beneficio de la absolución. Acaba de derramarse la Sangre de Jesús sobre el alma, purificándola y blanqueándola, y nosotros desentendiéndonos de la asombrosa dignación de un Dios todo Misericordia, nos apartamos de la Cruz redentora, sin dirigir una mirada de gratitud al Crucificado en ella…

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Uno de ellos volvió glorificando a Dios… Causa admiración la actitud de los nueve leprosos que, luego de curados, no se dignaron volver a reconocer tamaño beneficio.

Aquí hay mucho más que ese egoísmo tan arraigado en nuestra naturaleza, que nos hace acordar de Dios cuando la necesidad nos acucia; pero para olvidarlo al momento que nos vemos satisfechos…

Se trata de una falta contra la fe; tan fea y abominable a los ojos de Dios, que al propio Jesús arráncale frases de amarga queja: ¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve dónde están? ¿No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero?

Los nueve faltantes tuvieron confianza en Jesús, pero no creyeron en su divinidad. El agradecido era, en efecto, samaritano, que no profesaba la fe verdadera… Y, sin embargo, termina profesando la divinidad de Nuestro Señor por medio de un acto de adoración: Y se postró en tierra a los pies de Jesús…, mientras los otros nueve están junto al sacerdote de la Antigua Ley…

Por esta razón, como particular gracia de esta semana pide la Iglesia en la colecta un aumento de fe, esperanza y caridad.

Detengamos nuestra atención en tema de tanta trascendencia para la vida del alma, como son las virtudes teologales.

Toda virtud es un hábito que nos dispone a obrar el bien; las teologales se llama así porque miran inmediatamente a Dios, a diferencia de las morales, que tienen por objeto inmediato la honestidad de las acciones.

Han sido gratuitamente infundidas en nuestra alma por medio del Bautismo. En aquel momento augusto recibimos, con la gracia santificante, este tripea tesoro: la fe, que nos inclina a creer cuanto Dios ha revelado; la esperanza, que abre nuestra alma a la confianza en la Misericordia divina; la caridad, por la cual amamos al Señor sobre todas las cosas y al prójimo por Dios.

La misma experiencia nos enseña la importancia de estos tres hábitos infusos, pues mientras al pagano le resulta tan difícil inclinar su cerviz a la revelación, aun cuando su entendimiento percibe claramente los motivos de credibilidad, el cristiano dobla con facilidad el espíritu a la palabra revelada.

¡Cuántas gracias debemos dar al Cielo por este triple don tan inmerecido! ¿Qué hicimos nosotros para obligar a Dios a ser tan generoso para con sus pobres criaturas? Nada absolutamente; porque antes del Bautismo es el hombre incapaz de mérito alguno, mucho más los qué fuimos conducidos a las fuentes de la vida antes de poseer el uso de razón.

Agradezcamos, por tanto, a la Suma Bondad merced tan gratuita. La fe, porque por medio de ella se nos hace posible la salvación; sin fe es imposible agradar a Dios, dice San Pablo. La esperanza, porque con ella es iluminado nuestro destierro con la claridad que se desprende de la patria. Y, en fin, la caridad, la mayor de las tres, y la que da vida a las demás virtudes.

Ya que no merecimos, estas tres virtudes antes de poseerlas, merezcámoslas al menos a posteriori por nuestra gratitud. La acción de gracias obliga casi a nuestro Sumo Bienhechor a derramar sus favores sobre su criatura agradecida.

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Si bien las virtudes teologales son infusas, no dejan por eso de depender en cierto modo de nosotros. Existen en el cristiano en virtud del Bautismo, pero como en germen. Ese germen pide desarrollo y crecimiento, y aquí comienza la parte que a nosotros toca en el terreno de las virtudes infusas.

La virtud da aptitud para el acto, pero no es el acto mismo. Si a un niño bautizado se le coloca en un ambiente impío, a pesar de la aptitud e inclinación que en sí lleva al ejercicio de la fe, esperanza y caridad, quedarán estas virtudes en germen, sin conseguir su desarrollo; el hábito no llegará a demostrarse en actos.

De ahí la obligación inherente a los padres y pedagogos, de dar desarrollo a las virtudes teologales por medio de una educación cristiana; y la obligación del propio bautizado de ejercitarse en los actos de las tres virtudes.

A este deber elemental sigue el de perfeccionar los hábitos infusos de fe, esperanza y caridad. Todo, hábito se perfecciona con la repetición de actos y se pierde con la falta de ejercicio.

El que pretende adquirir destreza en un arte, no debe cansarse en los ejercicios que exige su consecución. Otro tanto sucede en el orden moral y religioso. De ahí que con actos de fe, esperanza y caridad, se aumenten dichas virtudes.

La obligación de hacer actos de las tres virtudes es grave, y, aunque se satisface a dicha obligación por medio de cualquier acto religioso, ya que por él confesamos, implícitamente, a Dios por Supremo Señor, esperamos en su Bondad y le amamos como a nuestro Padre; no obstante, aconsejan los autores ascéticos, que nos ejercitemos en actos explícitos las virtudes teologales, sobre todo cuando urge una tentación contra ellas.

Si el hábito se fortifica con la repetición de actos, no hay medio más apto para desvanecer las dudas religiosas, que hacer con frecuencia actos de fe. Y lo mismo habrá que decirse de la esperanza y de la caridad.

Abundante es, en verdad, la doctrina que este punto nos proporciona, y debemos procurar aprovecharnos intensamente de ella.

Pidamos con la Santa Liturgia:

Omnipotente y sempiterno Dios, aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad; y a fin de que merezcamos obtener tus promesas, haz que amemos lo que nos mandas.

¿No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero?...

Y le dijo: Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo.