domingo, 20 de enero de 2013

Epifania 2


SEGUNDO DOMINGO
DE EPIFANÍA


Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía. Dice su madre a los sirvientes: Haced todo lo que él os diga.
Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Sacad ahora, les dice, y llevadlo al maestresala. Ellos lo llevaron.
Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el buen vino hasta este momento. Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus milagros. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.


Hemos llegado al umbral de la vida pública de Jesús. Después de ser bautizado por San Juan, los primeros discípulos comienzan a seguirlo. Sin embargo, mantiene contacto con su Madre Santísima.

Y es María quien va a determinar su divina manifestación y abrirle la carrera: Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos.

Este pasaje evangélico es el fundamento de la oposición al culto de la Madre de Dios, el escándalo de los débiles y la prueba de los fieles.

No vacilemos en sostener, con los más sabios Doctores de la Iglesia, que este es uno de los fundamentos más explícitos del culto de la Virgen Santísima.

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En cuanto a la presencia de la Madre de Jesús en estas bodas, sin duda fue llamada por derecho de proximidad, y para hacer el oficio de compañera y matrona de la casada. Y fue la presencia de María la que trajo la de Jesús; lo cual nos le presenta todavía en aquella dependencia filial en que había vivido hasta entonces.

En cuanto a sus discípulos convidados también, esto nos los muestra ya en vida común con Jesús, como sus hijos espirituales e hijos segundos de María.

Faltando el vino, la Madre de Jesús se interesa caritativamente en el apuro de los esposos; porque es mujer, es madre, y sabe por experiencia compadecerse de estos casos improvisos de la vida doméstica; y Ella, su Hijo y sus discípulos componían una parte bastante notable de los convidados que eran la causa y objeto de aquel apuro.

Según observa San Bernardo, ¿cómo la Madre de Jesús no se hubiera movido a simpatía y compasión? De la fuente de misericordia, ¿qué otra cosa hubiera podido salir sino misericordia? ¿Por ventura la mano que ha tenido un fruto por espacio de medio día no conserva su buen olor todo lo restante de él? ¿Pues cuánto no debió la Misericordia impregnar de su virtud las entrañas de María en que reposó por tiempo de nueve meses? Tanto más cuanto colmó su alma antes de henchir su seno, y al salir de su entrañas no se retiró de su alma.

Nada hay por tanto que no sea legítimamente natural, loable y santo para María en semejante situación como para llamar sobre ella el interés y poder de su divino Hijo.

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Volviéndose hacia Él, le dice por toda súplica: No tienen vino.

En esta expresión brilla, en su brevedad sublime, la caridad, la discreción, la confianza, la fe, el abandono, la dignidad modesta y sufrida.., en una palabra, ¡toda el alma de María!

Ella no manda, no pide siquiera: se limita exponer a la Bondad divina que falta el vino, porque a los que se inclinan naturalmente a la beneficencia, no es necesario instarles, basta con presentarles la ocasión de ejercerla.

Y como la beneficencia de Jesús no puede mostrarse aquí sino por un milagro, y un milagro que no ha tenido precedente, la expresión de María arguye una fe admirable en el poder divino de su Hijo.

Simplemente le dice: No tienen vino, como quien habla al principio creador de todas las cosas, a quien le basta seguir su inclinación, tanto como de poder como de bondad, para derramarlas.

Hay, al mismo tiempo, en esta expresión una maravillosa confianza de María en su valimiento ante Jesús; pero una confianza toda de sumisión; porque su ascendiente consiste, sobre todo, en el sentimiento de su dependencia.

Finalmente, se percibe en la locución de María una especie de inteligencia íntima entre Ella y Jesús, que la dispensa de largos discursos, y que ella emplea en provecho de su humildad, que le hace amar el silencio.

Solo tiene tres palabras; pero esta misma brevedad forma su extensión…

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Jesús le dijo: ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía.

Mi hora no es aún llegada… Este motivo no es absoluto, sino relativo; y por lo tanto quita a la primera parte de su respuesta el carácter absoluto de esas palabras: ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, mujer?

Se comprende muy bien que no haya llegado aún para Jesús la hora de emplear su poder en servicio de su misericordia, y que, por lo tanto, no era oportuno invocarle bajo ese aspecto.

Sin embargo, la conducta inmediata de Jesucristo fija su sentido…

Incluso el uso de la palabra Mujer, que parece le quita el título de Madre, que es el fundamento de su confianza y de la nuestra, hace resaltar la intención de Jesús, tanto más cuanto el Evangelista designa a María, antes y después de la respuesta del Señor, con el título de Madre de Jesús.

Esta expresión Mujer ofrece, pues, un misterio, cuyo espíritu es diverso de la letra… y preciso es que lo comprendamos bien.

No es el honor de María sino el de Jesús el que nos obliga a ver en su respuesta una intención de enaltecer a su Madre.

Desde la Cruz, a cuyo pie esta Madre incomparable le da el testimonio de la fidelidad más heroica, dejará caer sobre Ella esa misma palabra: Mujer que, en la narración que estudiamos, caracteriza su misterio, cargado de espíritu.

Es la misma palabra del Génesis y del Apocalipsis…

Consagrémosle toda nuestra atención.

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La intención de las palabras del Salvador, que vamos a ver manifestada en su conducta, es realzar la gracia que iba a conceder a María, mostrando que esta gracia no guardaba proporción con lo que podía pedírsele.

La expresión de Jesús eleva al más alto grado el objeto de la demanda que le hace su Madre, poniéndolo fuera de todo alcance.

De manera que tanto como crece la dificultad que le opone, mayor será la gloria que le prepara en su vencimiento; mostrándonos así, por medio de su gran ejemplo, que no hay cosa que no pueda alcanzarse de su misericordia.

Ciertamente, el milagro que le pedía su Madre no se recomendaba en sí mismo, precisamente por falta de un gran interés. Incluso se debe observar que se distinguía de todos los demás milagros que obrará el Salvador, que versarán sobre asuntos mucho más graves.

Además, hay que destacar que este milagro que le pide María ha de abrir la carrera de sus prodigios.

Y es por esto que parece le responde Jesús de esa manera, como si dijera: ¿cómo apeláis a mi poder por un interés tan ligero, y le exigís, al mismo tiempo, su primera manifestación?

Sin embargo, cuanto menos se recomendaba este milagro por sí mismo, tanto más parecía como hecho para la consideración y el favor de María. Este era su objeto capital, cuya importancia toma, por consiguiente, todo el lugar que le deja cualquier otro interés.

Pero esto no bastaba para tan grande objeto; Jesús le hace resaltar más con una dificultad de más elevada índole, de modo tal que lo involucra a Él mismo: Mi hora, dice, no ha venido todavía.

¿Qué hora es esa que Jesús llama su hora? De su frecuente repetición en el Evangelio resulta claramente que la hora de Jesús era la de su muerte, es decir, de su gloria, que debía brillar por esta muerte.

Esto es lo que Él mismo expresó cuando, al ir a su Pasión, dijo: Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique.

Así, por estas palabras No ha llegado aún mi hora, debe entenderse la hora de mi manifestación divina, de mi gloria, que el milagro que me pides haría brillar antes de tiempo.

Cierto, que Jesús debía hacer otros milagros antes del gran milagro de su resurrección; pero estos otros milagros sólo eran como los eslabones de una cadena, de los cuales el primero rompería la oscuridad con que la humanidad de Jesucristo ocultaba su divinidad.

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Consideremos, pues, desde este punto de vista, ¡cuánta es la importancia del milagro que María pide a Jesús con estas sencillas palabras!

En efecto, hay que afirmar que en él están representados y contenidos, como en su principio, todos los demás milagros de su vida, ¡y van así a depender de la intercesión y mediación de María!

De aquí resalta que la respuesta de Jesús a su Madre Santísima presenta a nuestra meditación como los primeros considerandos de la gran decisión que va a tomar, y cuya parte dispositiva vamos a ver.

Sería absurdo detenerse en estos considerandos sin tomar en cuenta la parte dispositiva. Lo dispositivo determina la importancia de los considerandos; tanto como estos aclaran la de lo dispositivo. Es contra toda justicia y razón el separarlos; y si tal pudiera hacerse, ¿quién no ve que la parte dispositiva es la que debiera prevalecer, puesto que no es ella la que está hecha para los considerandos sino que lo están estos para ella?

De ella pues va a depender, pues, su verdadera significación: de la conducta de Jesús el verdadero sentido de sus palabras.

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Pero veamos antes qué es lo que dice y hace María.

¿Qué va a decir María ante semejante prueba, oprimida con el irresistible peso de esa majestad divina que parece debe anonadarla?

Haced todo lo que Él os diga… ¡Oh fe! ¡Oh sublime confianza de María! ¡Oh inteligencia profética del poder de su divino Hijo!

La expresión de este Hijo, dice San Bernardo, puede parecer dura y severa, pero es porque conocía a aquella a quien hablaba, y Ella sabía bien quién era el que le hablaba. En resolución, para que sepáis cómo tomó su respuesta y lo que presumió de la condescendencia de su Hijo para con ella, dice a los sirvientes: Haced todo cuanto Él os diga.

¡Qué humilde y sublime majestad en estas dos expresiones de María: No tienen vino, para pedir el primero de los milagros, y Haced lo que os diga, después de la tan fulminante respuesta de Jesús! ¡Cuántas cosas hubiera tenido que decir María, para excusarse o insistir; de las cuales no dice ninguna! ¡Qué santa y sublime economía de palabras!

Se ha observado que María, habló muy pocas veces en el curso de su vida; Ella, que había dado a luz al Verbo, la Palabra…

Mas por lo mismo, no tenía que hablar. No hablaba exteriormente, porque no cesaba de hablar en su interior con esta Palabra, este Verbo, este Hijo a quien había engendrado, y que, al salir de su seno, habíase quedado en su alma. En este santuario íntimo estaba con Él en perpetuo coloquio.

Y Él, mientras parecía que la olvidaba y desconocía exteriormente como Salvador, no cesaba de conversar con Ella, y festejarla interiormente como Dios. De fuera le decía: Mujer, ¿qué importa eso a ti y a mí? mi hora no es aun llegada; pero dentro la decía: Pide, Madre, que no puedo negarte nada.

Evidentemente, de esta última expresión de Jesús es continuación la de María: Haced lo que os diga... Se oye aquella en esta…

Porque, de otro modo, ¿cómo fuera posible explicarla? ¿Cómo, de la exterior respuesta de Jesús, hubiera María comprendido que iba Él a obrar inmediatamente un milagro que parecía le negaba?

¿Cómo hubiera advertido a los sirvientes que estuvieran prontos para ejecutar todo lo que les dijese, si el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, no se lo hubiera revelado interiormente; si en este Espíritu de fe, de amor y de verdad, no hubiera estado de acuerdo con Jesús?

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Pero lo admirable, entre tantas cosas admirables, es la relación que existe entre la palabra exterior y la palabra interior de Jesús a María. Estas dos palabras, que al parecer se contradicen, guardan entre sí el acuerdo más armonioso.

¿Cómo es esto? Porque siendo las palabras exteriores de Jesús una expresión de prueba para la fe de María, la admirable disposición con que la recibe la hace al punto digna de la palabra interior, digna del milagro que pedía.

Ya había hecho, por decirlo así, aquel milagro, trocando en anticipación la dilación de Jesús…

Esto es lo que rebosa la expresión de María: Haced todo lo que os diga, en que se halla nuevamente el poder y la sumisión, la majestad y la humildad de María: Haced todo, palabra de mando y de majestuosa confianza; lo que os diga, palabras de sumisión y de humildad.

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Estas dos expresiones: No tienen vino  y  Haced lo todo que os diga expresan perfectamente el carácter de la intercesión de María y del culto que le tributamos: carácter de Mediadora ante el Mediador, ad mediatorem mediatrix.

Por medio de la primera, No tienen vino, expone nuestras necesidades con un interés y un dominio maternales, siendo juntamente nuestra Madre y la de Jesús; y por la segunda, Haced todo lo que os diga, nos somete a Jesús para la complacencia que de Él consigue: no manda sino para inducirnos a obedecerle, y Ella misma nos da el primer ejemplo de esta obediencia.

He aquí el Evangelio en espíritu y en verdad.

La conducta de Jesús en la operación del milagro, obtenido por la fe y la humildad de María, es tan complaciente para escucharla como áspera había parecido para probarla; y nos nuestra la verdad de este bello dicho de la Sagrada Escritura: Voluntatem timentium se faciet, que significa que Dios hará la voluntad de los que le temen.

María acaba de decir a los sirvientes: Haced todo lo que os diga, y Jesús, aprobando y ejecutando estas palabras, les dice: Llenad de agua las tinajas.

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He aquí el desenlace de todo este misterio, por el cual deben juzgarse sus implicaciones.

En conclusión, ¿qué vemos en él? María pide y María obtiene el milagro de Jesús.

Verdad es que entre la demanda y la satisfacción, hay una respuesta en apariencias negativa de Jesús.

Pero, ¿quién no ve que la verdadera respuesta de Jesús es el hecho y no el dicho? En efecto, como dice San Justino, no pudo haber querido ofender con la palabra a una madre a quien de tal modo honraba con el hecho.

¿Quién no ve que la palabra era para nosotros y la obra para María?

Más aún, ¿quién no ve que el dicho agranda el hecho, y el milagro a María?, puesto que toda la negativa que aquél le opone al principio, sólo es para hacerla merecer y para glorificarla más, para igualar el milagro a su santidad y mostrarnos su santidad igual al milagro.

Suprimamos la respuesta de Jesús; no dejemos subsistir sino la demanda de María y su inmediato cumplimiento…, y habremos disminuido el testimonio de este milagro en favor de María, y sólo nos aparecerá como un milagro ordinario, al que Jesús propendía por su bondad hacia sus huéspedes, y del que María sólo habrá propuesto la ocasión.

Pero restablezcamos la respuesta de Jesús, y elevemos este milagro sobre la circunstancia, sobre María e, incluso, sobre Jesús, porque al realizarlo adelanta su hora…

Por consecuencia, en esta expresión sublime, Haced todo lo que os diga, hacemos brillar la fe, la constancia, la humildad y la caridad de María; y hacemos de este milagro el prodigio de su valimiento.

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Esto es lo que acaba de demostrar el final de la narración evangélica: Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus milagros. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

El Evangelista no nos permite deducir que este fue el primero de los milagros de Jesús, sino que nos lo hace notar él mismo; y esto nos autoriza, y aun nos obliga a ver en ello una intención, que no puede ser otra sino la relación de este milagro con todos los demás, y con la hora de Jesús.

El Evangelio no dice el primer milagro, considerando este milagro en sí, sino el comienzo de los milagros. Es decir que, considerando el Evangelio todos los milagros de Jesús en un solo curso de milagros, los refiere al milagro de Caná como a su primera emanación: al modo que el curso de gracias espirituales que Jesucristo debía derramar en las almas tuvo su emanación primera en la que llevó a Juan Bautista en el misterio de la Visitación.

Ahora bien, en este misterio, Jesús comunicó a su Precursor esta primera de las gracias de santificación, por la mediación, a la voz de María. Igualmente, en el misterio de Caná, por la mediación, a la voz de María, emprende Jesús el curso de sus milagros.

De donde se sigue que la intención del Evangelio es recomendarnos a María como el instrumento, el canal por donde Jesús dispensa todas las gracias, así temporales como espirituales.

Esta doctrina resultaba ya del misterio de la Encarnación, en que vemos a Dios dar al mundo todas sus gracias por medio de María, en Jesús, su Autor. De donde San Agustín saca justamente esta consecuencia: habiendo Dios querido una vez darnos a Jesucristo por medio de la Santísima Virgen, este orden ya no se muda, y que así como María contribuyó a nuestra salud en la Encarnación, que es el principio universal de la gracia, contribuirá a ella eternamente en todas las otras operaciones, que no son más que sus dependencias.

El Evangelio nos muestra a Jesús, no sólo dándose al mundo una primera vez por María, sino, después del don de su Persona, dando también por María sus gracias, así espirituales como temporales, en su primera emanación, y por consiguiente en su decurso.

Estos son hechos evangélicos: la primera de las santificaciones y el primero de los milagros de Jesús obrados por la mediación de María, como testimonio de su influencia en todas las gracias particulares y subsiguientes de que son aquellos significación.

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El Evangelio añade Y manifestó su gloria. Este dicho confirma la explicación de la expresión de Jesús: Aún no ha llegado mi hora, refiriéndola a aquella otra: Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique.

Esto demuestra que por estas palabras Mi hora, quería Jesús hablar de su manifestación gloriosa, la cual, no debiendo llegar sino a su muerte, parece anticipada por el milagro de Caná y, por consiguiente en consideración a María.

¿Qué idea más extraordinaria, qué testimonio más considerable podía darnos Jesús del poder que ha concedido al ruego de su divina Madre, que el adelantar por Ella la hora de su gloria, y manifestarla antes de tiempo?

No quiere decir es esto que Dios mudase de designio y rehiciese su plan; sino que en ese designio y en ese plan hizo entrar la súplica de María como medio determinante de su economía, la cual, sin este medio no hubiera sido lo que es.

Según esta economía, la hora de la manifestación de Jesucristo no hubiera venido sin la mediación de María; como sin su Visitación no hubiera venido a San Juan Bautista la gracia de Jesucristo; como el mismo Jesucristo no hubiera venido sin su consentimiento virginal.

Así, ¡cosa admirable y que nos vuelve también al Plan divino!, María influye en toda la economía de este Plan: en el orden de la Naturaleza, en el de la Gracia, en el de la Gloria.

En el orden de la Naturaleza, da a Jesucristo al mundo, y da de este modo al mundo la causa final de su creación.

En el orden de la Gracia, lleva a Jesucristo a nuestras almas, y nos da a comer este Fruto del Árbol de la Vida que ella probó la primera.

En el orden de la Gloria, manifiesta a Jesucristo, determina, hace brillar su glorificación, prenda de la nuestra.

Siempre Jesucristo viene al mundo por María; siempre María le lleva a nuestras almas; siempre manifiesta su gloria por los prodigios que alcanza de su misericordia.

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Y sus discípulos creyeron en Él. Creían, sin duda, pero con una fe vacilante. Se cree de nuevo cuando se cree firmemente. No hay creyente que no pueda creer más y decir a Jesucristo, como sus discípulos: Señor, aumenta nuestra fe.

Pero sobre todo, y sea esta la última consecuencia de este pasaje evangélico, no hay fe que no sea nula comparada con la que se alcanza por la mediación de María, por las manifestaciones divinas de que es Ella augusta promotora. La experiencia de ello es infalible y cotidiana.

Discípulos de Jesús que creéis en Él como si no creyeseis; que carecéis de fe como aquellos esposos carecían de vino, ¿queréis realmente creer en Él? Hacedlo por María, por su culto, por su intercesión, por su graciosa y maternal influencia.

Esos milagros de fe y de conversión de los hombres a su divino Hijo, de mudanzas de agua en vino, son propiamente los milagros de María Inmaculada, sus victorias.

Y Ella os dirá: Haced todo lo que Él os diga…

domingo, 13 de enero de 2013

Bautismo del Señor


FIESTA DEL BAUTISMO DE JESÚS

(Día Octavo de la Epifanía)


En aquel tiempo, vio Juan a Jesús venir hacia él y dijo: He ahí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: en pos de mí viene un hombre que ha pasado delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.
Y Juan dio testimonio diciendo: He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece en él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo." Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios.


Hacia septiembre del año 778 de Roma, en el principio del año sabático, había aparecido San Juan el Bautista en la región del Jordán, predicando el bautismo de penitencia.

Y aconteció que unos meses más tarde, a principios del año siguiente, como recibiese el bautismo todo el pueblo, entonces vino Jesús de Galilea, de Nazaret, al Jordán hacia Juan para ser bautizado por él.

Dice Santo Tomás que convenía que Cristo fuera bautizado.

Primero, porque, como dice San Ambrosio, el Señor fue bautizado, no porque quisiera ser purificado, sino para purificar las aguas, a fin de que, purificadas ellas por la carne de Cristo, que no conoció el pecado, tuvieran la virtud del Bautismo; y, como escribe San Juan Crisóstomo, para dejarlas santificadas para los que después habían de ser bautizados.

Segundo, porque, como dice el mismo Crisóstomo, aunque Cristo no fuese pecador, recibió, sin embargo, una naturaleza pecadora y una semejanza de carne de pecado. Por esto, aunque no necesitaba del bautismo en favor de sí mismo, lo necesitaba, no obstante, la naturaleza carnal en los demás. Y, como escribe San Gregorio Nacianceno, Cristo fue bautizado para sumergir en el agua a todo el viejo Adán.

En cuanto al río Jordán como lugar del bautismo, enseña Santo Tomás que mediante la travesía del río Jordán entraron los hijos de Israel en la tierra prometida. Ahora bien, el bautismo de Cristo tiene de especial, sobre todos los bautismos, el que introduce en el reino de Dios, significado por la tierra de promisión. Por lo que dice San Juan: Si uno no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios.

Lo mismo acontece con la división de las aguas del Jordán por Elías, que iba a ser arrebatado al cielo en un carro de fuego; porque a los que pasan por las aguas del bautismo se les abre la entrada en el cielo mediante el fuego del Espíritu Santo. Y por este motivo fue conveniente que Cristo fuese bautizado en el Jordán.

Respecto del paso del mar Rojo, este prefiguró el bautismo en cuanto que éste borra los pecados; en cambio, el paso del Jordán lo prefiguró en cuanto a la apertura del reino de los cielos, que es el efecto principal del bautismo, y que sólo es realizado por Cristo. Y por esta causa convino más que Cristo fuera bautizado en el Jordán que en el mar.

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¿Por qué mezclarse con los pecadores? Porque ha cargado sobre Él todos los pecados del mundo, y quiere mostrarlo sensiblemente.

Debemos fijar fuertemente nuestra atención en Jesús: verle en medio de los hombres pecadores cargado con pecados viles, vergonzosos, degradantes, y no distinguiéndose de ellos de ningún modo, antes al contrario, tomando su actitud.

Avanza pausadamente, con la frente baja. Espera su turno. Va a entrar en el agua que purifica...

Ciertamente este espectáculo es extraño, desatina, pero la palabra de Juan lo esclarece con viva luz: He ahí al que lleva los pecados del mundo. En este momento es eso, no otra cosa.


San Mateo, el más completo de los Evangelistas en este punto, nos presenta a Jesús y Juan sosteniendo rápido y ceñido diálogo. Jesús, confundido entre las gentes, quiere ser bautizado como uno más del pueblo. Mas Juan se lo impedía, diciendo: Yo debo ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?

La oposición de Juan es grave, insistente. Para bautizar se necesita misión divina; su bautismo es de penitencia para la remisión de los pecados; y tiene ante sí al Verbo humanado, al que no tiene pecado, al que viene para bautizar en el Espíritu Santo, de cuyo bautismo no es el suyo más que sombra y preparación.

Y respondiendo Jesús, no rectificando, sino más bien ratificando el concepto de Juan, le dijo: Deja ahora; es cierto cuanto dices; consiente en que sea por ti bautizado; pues en este momento es voluntad de Dios, que para mí y para ti debe ser regla del justo obrar, que sea bautizado por ti: Porque así conviene que cumplamos toda justicia.

Intentemos ahondar el sentido de estas palabras... A primera vista parecen obscuras; pero luego resultan luminosas. ¿Dónde está aquí la justicia de parte de Jesús? En la obligación de reparar la gloria de Dios; pero tal gloria no la podía reparar sino sólo Aquel que puede humillarse como Dios hecho hombre y que debe hacerlo en calidad de Redentor.

Si es un deber de justicia para Él llevar la humillación de nuestros pecados, ¿qué decir de nosotros, autores de esos pecados? Deber de justicia, ¡cuán poco comprendido eres!


Entonces lo dejó, consintió en bautizarle, aquietado por las razones del Señor.

San Juan reconoció a Jesús por una moción sobrenatural, o bien por una clara revelación divina, la que le manifestó la persona divina del Mesías que tenía en su presencia.

Fue por esta razón que la humildad del Bautista le hizo negarse a bautizar al Redentor: era el humildísimo Jesús, que se presentaba como pecador, al humildísimo Juan, que se consideraba indigno de desatarle la correa de las sandalias, ¡cuánto más de bautizarle!

Sin embargo, era preciso que se cumpliera toda justicia, presentándose como pecador, ya porque había sido fiador de pecadores, ya porque lo quiere así Dios, a cuya justísima voluntad se somete Jesús.

Se sumergió el cuerpo santísimo de Jesús en el Jordán para que, purificada el agua con el contacto de la purísima carne del Señor, lograse eficacia para obrar la regeneración espiritual.

Bautizado, pues, Jesús, al punto se alzó del agua, y oró en seguida con fervor, encomendando al Padre lo que su bautismo significaba, su carácter de substituto universal de todos los pecadores, su misión de mediador, la regeneración del mundo por su obra.

Mientras oraba, repentinamente, se rasgaron los cielos, como para dar lugar a una comunicación entre el cielo y la tierra; era la señal de que el cielo se asociaba a la gran escena de la tierra.

Seguía orando Jesús, y vio al Espíritu de Dios, al Espíritu Santo que descendía en figura corporal como paloma que venía sobre sí, y que se posaba sobre Él.

La paloma es el signo de la paz, de la sencillez, de la caridad, de la fecundidad; aptísimo símbolo externo para significar todas estas condiciones en Jesús.

Así lo explica Santo Tomás. El Espíritu Santo se dejó ver en forma de paloma sobre Cristo bautizado, por cuatro razones:

Primero, por causa de la disposición requerida en el bautizo, es a saber: para que no se acerque con fingimiento, puesto que, como se dice en el Libro de la Sabiduría, el Espíritu Santo de la instrucción huye del engaño. Y la paloma es un animal sencillo, que carece de astucia y de dolo: Sed sencillos como palomas.

Segundo, para designar los siete dones del Espíritu Santo, que simboliza la paloma con sus propiedades. Efectivamente, la paloma mora junto a las corrientes de agua para que, visto el milano, se sumerja y escape. Esto pertenece al don de sabiduría, por la cual los santos viven junto a las corrientes de la Escritura divina para librarse de los asaltos del diablo. La paloma asimismo escoge los mejores granos. Esto es propio del don de ciencia, mediante la cual eligen los santos las doctrinas sanas de que se alimentan. La paloma alimenta también los pichones ajenos. Esto corresponde al don de consejo, con el que los hombres santos alimentan con la doctrina y el ejemplo. La paloma no hiere con el pico. Esto atañe al don de entendimiento, con el que los santos no pervierten las buenas doctrinas, destrozándolas, como hacen los herejes. La paloma carece de hiel. Esto concierne al don de piedad, por medio de la cual los santos carecen de la ira irracional. La paloma hace su nido en las hendiduras de la roca. Esto corresponde al don de fortaleza, por la que los santos ponen su nido, es decir, su refugio y su esperanza, en las llagas de la muerte de Cristo, que es la roca firme. Finalmente, la paloma tiene por canto el arrullo. Esto es propio del don de temor, mediante el que los santos gozan gimiendo por los pecados.

Tercero, el Espíritu Santo apareció en forma de paloma a causa del efecto propio del bautismo, que es el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, porque la paloma es un animal manso. Y por eso, como dice San Juan Crisóstomo, en el diluvio apareció este animal llevando una rama de olivo y anunciando una paz general a todo el orbe; y ahora también la paloma se deja ver en el bautismo para demostrar nuestra liberación.

Cuarto, aparece el Espíritu Santo en forma de paloma sobre el Señor bautizado para señalar el efecto ordinario del bautismo, que es la construcción de la unidad en la Iglesia. Por esto se dice en Efesios que Cristo se entregó a sí mismo para presentarse una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga o cosa semejante, purificándola con el baño del agua por la palabra de la vida. Y, por este motivo, el Espíritu Santo se manifestó oportunamente en forma de paloma en el bautismo, pues la paloma es un animal amigable y comunitario.

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Al prodigio de los cielos abiertos y de la paloma que de ellos viene, se añade la pública proclamación, en forma sensible de voz humana, de la filiación divina de Jesús: Y al punto sonó una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo el amado, en quien tengo mis complacencias.

Es el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, Hijo esencial y substancial de Dios, segunda Persona de la Trinidad Beatísima. Ella se manifiesta aquí por la voz del Padre, la presencia corporal del Hijo y la paloma del divino Espíritu.

Hijo natural de Dios, en quien Dios Padre se complace desde toda la eternidad; Hijo también como hombre —porque por obra del Espíritu Santo fue concebido—, a quien ve ahora el Padre con complacencia porque es Santísimo, porque es el representante de la humanidad restaurada por Él, porque es el pacificador de cielos y tierra.

Un día dijo Dios que se arrepentía de haber creado al hombre: hoy tiene todas sus complacencias en este Hombre, en quien van a ser restauradas todas las cosas.

Todo este glorioso esplendor y fausto del Bautismo de Jesús es como una segunda Epifanía del Señor, porque es su proclamación oficial como Hijo de Dios ante los hombres y la inauguración de su ministerio público.

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La divinidad de Cristo no debió manifestarse a todos en su nacimiento, antes bien debió ocultarse en las limitaciones de la edad infantil. Pero cuando llegó a la edad perfecta, en la que debía enseñar, hacer milagros y atraer a los hombres hacia sí, entonces debió ser dada a conocer su divinidad por el testimonio del Padre, a fin de que su doctrina se hiciese más creíble.

Por lo que él mismo dice: El Padre que me envió, Él mismo da testimonio de mí. Y esto aconteció, sobre todo, en el bautismo, por el que los hombres renacen convertidos en hijos adoptivos de Dios; y los hijos adoptivos de Dios son formados a imagen y semejanza del Hijo natural.

Es admirable la providencia de Dios en la revelación de su Mesías. Procede con suavidad y sin estrépito; pero le caracteriza en forma tal que, a pesar de su sencillez y obscuridad, todo el mundo puede conocerle.

Fundador de un reino espiritual, todos son factores espirituales los que le denuncian a los hombres: un profeta de vida austerísima, el Espíritu de Dios en la forma suavísima de paloma, la claridad de los cielos, la voz, llena y dulce a la vez, del Padre; todo en medio de una ceremonia de carácter religioso y de purificación espiritual. ¡Qué contraste con la concepción y con las esperanzas mesiánicas del pueblo pérfido!

Por esto se conmemora este hecho junto con la primera Epifanía, la manifestación a los gentiles.

Al mismo tiempo, el Bautismo de Jesús representa los misterios que en nuestro bautismo se obran: porque se nos borran los pecados y somos reconciliados con Dios; se nos abren los cielos, de los que estábamos excluidos por el pecado original; viene la gracia del Espíritu Santo sobre nosotros, y somos declarados hijos de Dios y herederos del Cielo. Aptísimamente se coloca la reproducción de la escena de este Evangelio en nuestros baptisterios.

Termina San Lucas esta narración indicando de una manera aproximada la edad de Jesús al inaugurar sus públicas funciones de Mesías, como había indicado el advenimiento del Bautista al Jordán dando el cuadro de las autoridades de su tiempo: Y el mismo Jesús comenzaba a ser como de treinta años.

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Después de cumplir su ayuno, bajaba el Señor del monte de la Cuarentena, dirigiéndose otra vez a orillas del Jordán, donde seguía San Juan bautizando. Estaba éste con sus discípulos cuando vio llegar a Jesús, que venía hacia él, para darle este gozo y ofrecerle ocasión de que reiterase su testimonio.

Es lo que nos relata el Evangelio de la Fiesta de hoy.

Sentiría el precursor estremecerse su alma de israelita y de profeta a la presencia del Salvador de Israel; él, que había saltado de gozo ya en el seno de su madre...; él, que lo había bautizado...; y, señalándole con el dedo a los concurrentes, dijo con énfasis: He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.

El Mesías, en las antiguas profecías, venía representado por el cordero, y en este símbolo se significaba la función sacrificial del Redentor, porque Jesús es el Sacerdote que se sacrifica a sí mismo, dando voluntariamente su vida, y la Víctima que deja sacrificarse para la remisión de los pecados que voluntariamente tomó sobre sí.

Cordero de Dios, porque Dios le envía para que se sacrificara por los hombres, y porque era Hombre-Dios.

La eficacia de su sacrificio será tal, que borrará el pecado del mundo, todo lo que viene comprendido bajo la denominación singular y genérica de pecado.

Llevar los pecados del mundo, ¡qué carga tan horrible! Todos los pecados son una fealdad; algunos presentan un aspecto odioso. ¡Y son innumerables!

Para cada hombre, los suyos propios son tan pesados, que lo aplastan. Sólo Jesús lleva los de todos...

Llevar mis pecados, ¿qué significa?

¿Es la acción generosa de un hombre que sale fiador de las deudas de otro? Esto, lejos de ser una deshonra, es una gloria...

Pero es muy de otro modo en Jesús. Substituto nuestro, puesto realmente en nuestro lugar..., le hizo pecado, según la frase enérgica de los Libros Sagrados.

Tal es la situación de Jesús, y siente todo su horror. ¡Qué repugnancia! ¡Qué amargura! ¡Y Jesús la acepta!

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Ya aparece aquí el porqué del bautismo en el Espíritu Santo: es la infusión de la gracia de Dios, logrado por el Sacrificio del Cordero, que realizará la completa purificación espiritual significada por el bautismo de agua del Bautista.

Este Cordero es aquel hombre del que había ya testificado Juan, antes de bautizarle, que existía antes que él, y por lo mismo, puesto que Juan era de más edad que él en cuanto hombre, aquella preexistencia demuestra que Jesús era Dios.

El sacrificio de este Cordero será, por consiguiente, de valor infinito, porque será sacrificio de Dios mismo, antitipo de los sacrificios de los corderos que se ofrecían en el templo.

Y yo no le conocía: mas para que sea manifestado en Israel, por eso vine yo a bautizar en agua. Realizóse el milagro que se le había anunciado, y por él reconoció al Mesías; y, con la certeza de que lo era, anunció al pueblo que Él era el Hijo de Dios.

Es decir que San Juan, por señales extraordinarias que viera en Jesús, o por instinto del Espíritu Santo, barrunta, en el momento de bautizarle, que Jesús es el Mesías; de aquí el vivo diálogo que se trabó entre ambos.

Bautizado ya Jesús, y al salir del agua, vino sobre Él el Espíritu en forma de paloma, tal como el mismo Espíritu se lo había indicado; y entonces adquiere la absoluta certeza de la Persona del Mesías.

Termina Juan este episodio con estas palabras solemnes en que se trasluce el íntimo gozo de haber visto al Mesías y de haberle podido anunciar al mundo: Y yo he visto; no sólo he recibido revelación interna de que Jesús es el Mesías, sino que mis propios ojos han podido ver el testimonio externo que se me había anunciado y que dio Dios de Él. Y tengo dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Ha anunciado con ello el Bautista tres verdades fundamentales de nuestra fe:

* Jesús es el Cordero de Dios, que puede borrar los pecados del mundo;

* Jesús bautiza en el Espíritu Santo, y por lo mismo puede darnos la gracia y los Dones del Divino Espíritu;

* Jesús es Hijo de Dios, no adoptivo, sino natural, que como tal puede lograrnos la filiación de hijos adoptivos de Dios y la herencia del Reino de los Cielos.

Son los tres conceptos que distinguimos en la justificación: remisión del pecado, colación de la gracia, adopción de hijos de Dios.

La Iglesia nos hace pedir: Dios, cuyo Unigénito apareció en la sustancia de nuestra carne, haz, te rogamos, que por el que conocimos ser por defuera semejante a nosotros, merezcamos ser renovados por dentro.

domingo, 6 de enero de 2013

Fiesta de los Reyes


EPIFANÍA DEL SEÑOR


Nacido, pues, Jesús, en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos Magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarle. Al oír esto el rey Herodes, se turbó, y con él toda Jerusalén. Y reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos contestaron: En Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel”. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, les interrogó cuidadosamente sobre el tiempo de la aparición de la estrella. Y enviándolos a Belén, les dijo: Id a informaros sobre ese niño; y cuando le halléis, comunicádmelo para que vaya también yo a adorarle. Después de oír al rey se fueron, y la estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que, llegada encima del lugar en que estaba el niño, se detuvo. Al ver la estrella sintieron grandísimo gozo. Y entrados en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y de hinojos le adoraron. Y abriendo sus tesoros le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños de no volver a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino.


A pesar de sus narraciones sencillas, que parecer ocultar un designio profundo, el Evangelio, perfectamente acorde con el Plan divino, se propone principalmente persuadirnos bien, imprimir en nuestra inteligencia, que Jesucristo es Dios y hombre juntamente.

Si nos mostrase con demasiada nitidez los testimonios de su divinidad, nos inclinaríamos a creer que su humanidad es puramente fantástica. Si nos manifestase igualmente con total claridad las pruebas de su humanidad, creeríamos que su divinidad es solamente metafórica.

Por esto, al igual que Jesucristo en todas sus obras, los Evangelistas en sus narraciones mantienen siempre estos dos datos de nuestra fe; presentando siempre al hombre en lo más fuerte del carácter de su divinidad, y al Dios en los anonadamientos que más prueban que es hombre.

Notemos en todo el Evangelio el constante cuidado que tiene Jesucristo de templar el resplandor de sus maravillas sustrayéndose a él por medio de la discreción o el ocultamiento, y de mezclar siempre sus humillaciones con sus triunfos... Aquí tenemos la clave de su conducta.

Según esto, convenía que el Hijo de Dios, antes de revelarse más y más como tal, asentase larga y profundamente en nuestras almas el convencimiento de su humanidad, ya para excitar nuestra confianza, ya para corregir nuestro orgullo.

Importaba principalmente que se dejase ver, acercar, tocar, tratar en cierto modo como niño; pero sin dejar de dar testimonios de su divinidad, cuya grandeza contrapesara los tan profundos abatimientos de su naciente humanidad.

De ahí todos los misterios evangélicos del nacimiento y de la infancia de Jesucristo; de ahí la gloriosa parte que debían tener en ellos su Madre Santísima y San José, su padre nutricio.

Por esta razón el Evangelio nos ha expuesto tan cuidadosamente estos misterios; para que los tengamos siempre presente, para que los cultivemos y aprovechemos sus frutos.

Nada hay ocioso en el Evangelio; todo cuanto contiene encierra una enseñanza importantísima.

Ahora pues, el Hijo de Dios podía ciertamente pasarse sin María Santísima y el Buen San José... El milagro de su concepción y nacimiento virginales, los celestiales prodigios que trajeron a sus pies a los Pastores y a los Magos, prueban superabundantemente que, desde entonces, era el árbitro de la naturaleza.

Asimismo, hubiese podido dejarnos ignorar esta primera edad de su existencia, y aun era esto muy natural.

Si, pues, quiso depender de los cuidados de su Madre y de su castísimo Esposo; si quiso deberles esos desvelos tan familiares, tan íntimos, tan sagrados de una madre y un padre; si quiso mostrársenos en ese estado, y recibir en él las primeras adoraciones del cielo y de la tierra, esto no pudo ser sino para honrar a María y a José, y querer que nosotros los honrásemos.

Como dice muy bien el cardenal de Berulle: una de las grandezas y bendiciones de la Santa Madre de Dios, ha sido el que su Hijo haya querido manifestarse en una edad y un estado en que se veía obligado a manifestarla juntamente con Él. Lo mismo cabe para San José.

Esto es lo que resulta principalmente, no sólo del misterio de su Nacimiento, del de la Adoración de los Pastores, sino también del de la Adoración de los Magos, cuya solemnidad celebramos.

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En efecto, el tercer misterio de la Adoración de los Magos viene a completar, con el de los Pastores, el gran misterio del Nacimiento del Hijo de Dios.

La lección que nos da este misterio parece una repetición. Aquí también el Niño Jesús es adorado en brazos de María. Sin embargo, esta representación del mismo misterio, difiere del que nos ha trazado la Adoración de los Pastores; y esto es una prueba sensible de la importancia que Dios ha querido le prestemos.

Todo indica que a Jesucristo agrada aparecer Niño en el regazo de su Madre, y que nada de cuanto a ello conduce le parece sobrado.

En ese estado quiere mostrar toda su flaqueza; sobre ese trono quiere hacer adorar toda su majestad. En ningún tiempo de su vida apareció tan hombre, ni fue reconocido tan Dios.

Y como de María quiere sacar el testimonio más sensible de su debilidad humana, sobre María refleja el resplandor más vivo de su Divinidad.

Por eso, no bastaba la Adoración de los Pastores, sino que era también necesaria la de los Reyes; no era suficiente la adoración de los Judíos, se necesitaba la de los Gentiles; no alcanzaba la naturaleza angélica, sino que era aun imperiosa la naturaleza física para proclamar esta gran enseñanza.

¡Y cuántas otras enseñanzas particulares se hallan contenidas en esta! No descuidemos estudiarlas y contemplarlas... Esta tarea nos revelará la gloria de María, todo lo que concurre a ella y a la de su castísimo Esposo.

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Era opinión antigua y acreditada en todo el Oriente, fundada en antiguos Oráculos, que en aquel tiempo debía salir de Judea un Poder que regeneraría el universo. Toda la Judea se había de tal modo asentado en esta idea que, según vemos en el Evangelio, la cuestión no estaba en saber si el Mesías iba a venir, sino quién era el Mesías entre los aspirantes a ese gran destino.

En situación semejante, vinieron del Oriente a Jerusalén unos Magos y preguntaron: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos en Oriente su estrella y hemos venido a adorarle.

Estos Magos venían de Oriente, según indica la naturaleza de sus presentes. Eran personajes de importancia, especie de Emires, que juntaban en sí los tres caracteres de la Ciencia, la Religión, y la Soberanía. Estaban sumidos en el Paganismo.

Y es evidente que la Providencia, atrayéndolos a los pies de la cuna del Niño Dios, quiso hacerlos como las primicias de la conversión del gentil al Cristianismo.

Se esclarece más este designio cuando lo comparamos con la Adoración de los Pastores. Estos representaban a los Judíos, y como la fe debía reunir a los dos pueblos, al Judío y al Gentil, su cuna recibe sus adoraciones.

Sólo que el Judío es el hijo de la primera alianza, de cuyo yugo ha huido el Gentil; y por esto los Pastores son llamados de muy cerca y de la vecindad de Belén, como los domésticos de la fe; y los Magos son llamados de muy lejos, como sepultados en las tinieblas de la infidelidad.

Por la misma razón, los Judíos acostumbrados a un santo comercio con Dios, y a las apariciones de los Espíritus celestiales, son avisados por los Ángeles, como por sus hermanos e iguales.

Pero los Gentiles solo tienen el espectáculo de la naturaleza, la luz exterior del sol y de las estrellas, que han convertido en sus dioses, y por ello la Providencia se sirve de esa causa de su extravío para convertirla en instrumento de su conversión.

Una estrella los atrae y los guía a Belén; pero es una estrella milagrosa. Esto manifiestan ellos mismos diciendo: hemos visto su Estrella; la Estrella de Jesús, aquella Estrella maravillosa que no hacía sino asomar y centellear, apareciendo y desapareciendo a la vista de los Magos, pero que agrandándose después, se ha trasformado en ese brillante y permanente Sol de la fe cristiana, que alumbra a todas las naciones.

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La turbación de Herodes y de toda la ciudad de Jerusalén con él, es de todo punto conforme a la preocupación general de los ánimos en orden a la venida del Mesías, de que el Evangelista no nos habla, pero que siéndonos conocida por toda la historia profana, confirma tanto más su narración.

Herodes, singularmente, que era uno de los más ambiciosos competidores del trono del Mesías, y que logró reclutar, como tantos otros, una secta de fanáticos, con el nombre de Herodianos, debió turbarse más que todos; y debió serlo con él Jerusalén, cuyo destino político y religioso estaba pendiente de aquel gran acontecimiento.

Por esto mismo son convocados los consejos públicos: el uno, compuesto de los Príncipes de los Sacerdotes, que era como un senado eclesiástico; el otro de los Escribas del pueblo, que era sin duda una magistratura civil.

La respuesta que dan es clara y pronta. Nadie hay que no la hubiera dado tan exacta como ellos, tan claramente estaba dictada, hacía trescientos años, por el Profeta Miqueas.

Esta profecía del lugar preciso, aunque oscuro, en que debía nacer el Dominador a quien toda la tierra esperaba, y que toda la tierra adora, es una de esas mil pruebas luminosas de la verdad de nuestra Fe, que hacen de la incredulidad un misterio, mayor incluso del que ella se niega a creer.

El Judío, como dice San Pablo, es el olivo no injertado. El Gentil es el olivo silvestre, que debía ser injertado en el otro, y recibir su savia y divina fecundidad.

Por esta razón era preciso que los Magos viniesen a Jerusalén, preguntasen a los Judíos, recibiesen de ellos las Santas Escrituras; era preciso que viniese de Israel la perfección de la revelación particular que había recibido, y que por su conformidad con las profecías se la repute digna e infalible.

Por eso la estrella milagrosa que los había guiado de tan lejos, no los dispensa de este recurso, desaparece para obligarlos a él y no torna a aparecer, sino después que han recibido su propia revelación.

Pero, según los designios de Dios, los Gentiles se aprovecharon mejor de las Escrituras que los Judíos. Estos, ciegos archiveros del Cristianismo, se las dieron sin haberlas alterado. Dejando en Ellas todo lo que concierne al Mesías, conservarán religiosamente predicciones de su nacimiento y su muerte, pero no las aplicarán de ningún modo a Jesucristo...

Era necesario que los Judíos respondiesen bien acerca del Mesías en general, pero que no sacasen de su propia respuesta ninguna consecuencia respecto de Jesucristo... Por el contrario, los Magos debían determinar bien a la Persona de Jesucristo la respuesta general de los Judíos, y se aprovechasen de las Escrituras que los Judíos consultaron para ellos...

¡Qué secreto designio! ¡Qué plan tan sostenido encierran estos misterios del Evangelio!

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Ha bastado decir a los Pastores una palabra sobre el Mesías, y la oyen al punto, y se ponen en camino para adorarlo, sin necesidad de guía.

La sencillez de sus almas y la familiaridad de las cosas de Dios se lo hacen encontrar fácilmente.

Pero todo es nuevo para los Magos. Han menester una estrella de guía en un camino nuevo y desconocido; se turban apenas la pierden de vista, y se llenan de gozo al hallarla nuevamente y ver que se para sobre el punto determinado que buscaban.

Este es el plan de la Revelación cristiana que, desde la cuna de Jesucristo, nos nuestra en acción esta verdad, que saldrá algún día de sus divinos labios: Gracias te doy, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos.

¡Admirable economía, que pone la mayor sumisión donde debe encontrarse el mayor orgullo, y el acceso más fácil a la parte de la mayor ignorancia!

Fieles y sumisos a la celestial enseñanza, entraron los Magos en la casa, y hallaron al Niño con María su Madre, y, postrándose, lo adoraron.

¡Qué admirable lección! He ahí a los Magos que no entran en la Fe con otros fines ni condiciones que los Pastores. No es a Jesús glorioso, ni aun a Jesús Doctor a quien se les concede encontrar de pronto, sino a Jesús Niño.

¿Qué hacéis, oh Magos?, exclama San Bernardo, ¿Qué hacéis? ¿Adoráis un niño de pecho debajo de un techo pajizo, envuelto en miserables fajas? ¿Por ventura está ahí Dios? Dios, seguramente, está en su templo; el Señor está en el cielo, única morada digna de Él; ¿y vosotros lo buscáis en un vil establo, en los brazos de su madre? ¿Cómo han enloquecido así estos sabios personajes? Se han hecho locos para hacerse sabios. El Espíritu de Dios los ha instruido anticipadamente de lo que el Apóstol debía más adelante predicar al mundo, que el que quiere ser sabio debe hacerse necio para ser hecho sabio. Porque no pudiendo el mundo, en su falsa sabiduría, llegar a conocer a Dios por medio de la sabiduría, plugo a Dios que los creyentes se salven por la necedad de su predicación. El que ha guiado a los Magos, ese mismo es el que los ha enseñado.

Y nos enseña esta gran verdad, que a Jesús Niño es a quien debemos buscar especialmente y adorar, y, por lo tanto, que no podemos hallarlo sino con María su Madre.

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Así como Jesús Niño no puede pasar sin su Madre, así nosotros no podemos pasar sin adorarlo en sus brazos, y por consiguiente sin honrar a esta Madre con el mayor honor que pueda tributársele después del de la adoración, puesto que debe aproximársele en la proporción de la unión de la consanguinidad y afinidad que une al Hijo con la Madre, al Niño Dios con su Madre Virgen.

Y todo esto acontece por un gran y tierno designio: para atestiguar el Misterio de los misterios, el Misterio de la Encarnación, el Misterio de Dios hecho hombre e Hijo del hombre.

Aquí está todo el Cristianismo que es propiamente el culto del HIJO DEL HOMBRE y de la MADRE DE Dios. Dos cultos que se llaman, se abrazan, están entre sí tan estrechamente unidos como el Hijo y la Madre.

Para dar al mundo esta grande enseñanza hace Dios venir a los Magos del Oriente a los pies del Niño Dios, como había hecho venir a los Pastores; y por eso nos ha trazado el Evangelio estas dos narraciones.

Por esto quiso que el culto indudablemente mas fervoroso y solemne que haya recibido nunca el Hijo de Dios en su vida mortal se le tributara en ese estado, y se le tributara más aún por los Magos que por los Pastores.

Porque el Evangelio nos da simplemente a entender, pero no nos dice en manera alguna que los Pastores adorasen al Niño Dios; al paso que en cuanto a los Magos, tiene empeño en mostrárnoslos postrados, en razón de su misma sabiduría, de su riqueza y su grandeza, cuya simbólica ofrenda hacen al Niño Dios.

Declaran paladinamente a Herodes que han venido del Oriente para adorarle; y no bien hubieron entrado y vieron al Niño con María su Madre, cuando postrándose en tierra, lo adoraron, y abriendo luego sus tesoros, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra.

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¡Qué fe! ¡Qué humildad! ¡Qué sencillez! ¡Qué ejemplo de todos los afectos con qué debemos presentarnos al pié de los altares de Jesús y María, nos ofrece el Evangelio en la conducta de los Magos!

¿A quién compararé yo a esos hombres?, pregunta también San Bernardo. Y responde: Si considero la fe del buen ladrón, la confesión del centurión, les llevan mucha ventaja, porque, en tiempo de estos, había ya hecho Jesús muchos milagros, había sido preconizado por muchas voces, había recibido muchas adoraciones... En todo esto os ruego consideréis y notéis, cuán perspicaz es la fe, que llaman ciega, cómo tiene ojos de lince, la que descubre al Hijo de Dios en un niño de pecho, en un ajusticiado, en un moribundo.
De este modo descubrían los Magos en aquel Niño al que después de ellos había de adorar toda la tierra.

Y ahora, cuando esta adoración universal de veinte siglos, cuando todas las maravillas y beneficios que tan prodigiosamente la justifican han venido a manifestarnos a Dios y a la Madre de Dios, ¿quién es sabio, quién es perspicaz y verdaderamente ilustrado?

¿Los que no ven todavía?

¿Los que no saben aún encontrar al Niño con la Madre?

¿O los que, postrándose con los Magos, le ofrecen todos los tesoros de su corazón?