domingo, 21 de febrero de 2010

Las tentaciones


PRIMER DOMINGO DE CUARESMA


La humillación de Jesucristo en este pasaje del Evangelio nos aturde.

Vimos el domingo pasado cómo se agiganta la figura de Nuestro Señor ante la Pasión.

Ahora, al considerar este episodio inaudito, sorprendente, debemos tomar la resolución de profundizar en el conocimiento de Cristo, y principalmente en sus atributos divinos.

El Evangelio de hoy presenta dos hechos, distintos pero unidos entre sí: el ayuno y oración de Jesucristo, y las tentaciones a las que fue sometido por el demonio.


El Ayuno y la Oración

Así como Moisés antes de recibir las tablas de la Ley en el monte Sinaí ayunó cuarenta días, del mismo modo Jesús ayuna antes de promulgar la Nueva Ley y llevar a cabo la Redención.

El diablo es nuestro encarnizado enemigo, como lo fue de Jesús. Contra él debemos sostener una lucha tremenda, como la sostuvo el Señor. Por lo mismo, debemos prepararnos como Él se preparó para el combate: con la oración y el ayuno.

La oración nos da firmeza al apoyarnos en Dios, y multiplica nuestras fuerzas por el socorro que nos alcanza del Señor.

El ayuno, por una eficacia incluso de orden fisiológico, mitiga el ardor de la concupiscencia, además de que purifica el alma y atrae las gracias de Dios.

El Prefacio de Cuaresma nos enseña que el ayuno restringe los vicios, eleva el espíritu y aumenta las virtudes y las premia.

“Esta clase de demonios no se expulsa sino con el ayuno y la oración”, dijo Nuestro Señor.


La Cuaresma nos introduce en la imitación de Jesucristo: ella es tiempo de oración y de mortificación.


Las Tentaciones

Uno de los episodios más misteriosos de la vida de Jesús es el de las tentaciones que sufrió en el desierto de parte del demonio.

En este hecho podemos distinguir tres cosas: el tentador, el tentado y las tentaciones en sí mismas.


El tentador: en el cuanto al demonio, la finalidad por la cual tienta a Nuestro Señor es la de sacarse la duda sobre si Jesús era o no el Hijo de Dios.

Según los comentarios a los Evangelios de los Padres y teólogos, los demonios sabían que Nuestro Señor era el Mesías prometido, pero no que fuera Dios, a no ser por conjeturas. Lo sospechaban, pero no estaban seguros.

Veía el demonio los signos de su divinidad, pero el odio y la envidia le impedían creer en esa verdad. Ella no se puede conocer y saber sino es mediante un acto de fe sobrenatural, acto que es imposible sin la gracia de Dios, la cual el diablo no tiene.

Por eso, el fin del tentador fue sacarse la duda.


El tentado: respecto de Nuestro Señor, que es tentado, debemos recordar que tres son los principios de donde proceden las tentaciones: el mundo, la propia carne o sensualidad, y el demonio.

Cristo no podía sufrir los asaltos de la carne, puesto que no existía en Él el fomes peccati, ni la más ligera inclinación al pecado.

Tampoco podía afectarle para nada las pompas y vanidades del mundo, dada su clarividencia y serenidad de juicio.

Pero no hay inconveniente alguno en que se sometiera voluntariamente a la sugestión diabólica, ya que es algo puramente externo al que la padece, y no supone la menor imperfección en él. Toda la malicia de esta tentación pertenece exclusivamente al tentador.


Aquí se plantean dos preguntas: 1ª) ¿por qué quiso Nuestro Señor someterse a la tentación? 2ª) ¿cuál es la naturaleza de estas tentaciones?


Las principales razones por las cuales quiso Cristo someterse a esa humillación fueron:

  • para merecernos el auxilio contra las tentaciones
  • para que nadie se tenga por seguro y exento de tentaciones
  • para enseñarnos la manera de vencerlas
  • para darnos confianza en su misericordia.

Las tentaciones: en cuanto a la naturaleza de las tentaciones, la cuestión se plantea dado que hemos dicho que Nuestro Señor no podía ser tentado ni por la concupiscencia o intemperancia, ni por el mundo y sus vanidades.

¿Cómo, pues, dice el Evangelio que el demonio lo tienta primero de lo que llamaríamos gula, y luego de vanagloria, fama o renombre, propios del espíritu mundano?

Debemos saber que las tres tentaciones son antimesiánicas, contrarias a la misión misma de Cristo, en contra de la obra encomendada por el Padre.

El diablo sabía que Nuestro Señor era un varón religioso, y lo tentó como a tal. Sabía que era el Mesías, y lo tentó contra misión. Sospechaba que fuera el Hijo de Dios, y lo tentó para sacarse la duda y desviarlo de su obra.

El diablo pecó de soberbia, hizo pecar de soberbia a Adán, y tienta de soberbia a los hombres religiosos.

El diablo es el mono de Dios, puesto que querer ser como Dios fue su caída y es su constante manía o monería...

El diablo tienta prometiendo o dando las cosas que Dios nos ha de dar si somos fieles y si esperamos la hora de Dios, siguiendo el camino por Él trazado.

El diablo tienta sugiriendo adelantarse, insinuando desviarse, aconsejando utilizar otros medios.


Primera tentación: induce a Nuestro Señor a empezar su misión por un acto contrario a la voluntad del Padre. No le ofrece suculentos manjares, sino que lo induce simplemente a que manifieste su divinidad, convirtiendo en pan las piedras del desierto.

Es tentación de desobediencia, en el fondo, como en el Paraíso: el Padre te mandó al desierto para que ayunes; ni a un esclavo se obliga a esto; ya que eres el Hijo de Dios, rompe con tu propia voluntad una condición que te rebaja.

Jesús defrauda al demonio: ni le revela su divinidad, ni entra en sus intenciones de desviarse de la voluntad del Padre.

La vida del hombre no se conserva únicamente con el pan, sino que puede sustentarse de la forma que Dios quiera. Si Dios quiere que sufra hambre y viva, viviré sin pan. Hacer un milagro para procurarme qué comer, sería contrariar, en este momento, la voluntad de Dios.


Segunda tentación: Jesús había demostrado en la primera tentación suma confianza en Dios. Ahora es tentado para que se exceda ilegítimamente en esta misma confianza.

Así como Jesús se valió de la Sagrada Escritura para vencer al demonio; del mismo modo el diablo, falseando otro texto de la misma Escritura, en que promete Dios especial asistencia a los justos en las circunstancias peligrosas, tienta ahora a Jesús.

San Jerónimo dice que el diablo es mal intérprete de las Sagradas Escrituras: interpreta mal el texto del salmista, dándole un sentido absoluto a la protección milagrosa divina, incluso en caso de temeridad.

Dios quiere que el Mesías cumpla su misión en medio de dolores y desprecios; y el diablo lo tienta para que caiga en presunción y en la vía clamorosa de honores y fama.

Jesús lo vence sin descubrirse; con el escudo de la Escritura, rechaza los dardos que le vienen de la Escritura falseada.


Tercera tentación: Dios había prometido al Mesías la posesión de todos los reinos de la tierra (salmos 2 y 71); pero debía conquistarlos a fuerza de dolores y abatimientos. El diablo intentará persuadirlo que invierta el orden de la Providencia, llegando al dominio del mundo por un pacto con el mal, comprometiendo así su misión mesiánica.

Le promete el dominio y el gobierno de toda la tierra y el honor que de ello se deriva. Y en una afirmación mentirosa de su orgullo, suplantándose a Dios, Dominador y Dueño de todo, añade: “porque me han sido dadas, y las doy a quien quiero”.

El diablo es el Príncipe de este mundo. El Mesías debe serlo, pero lo ha de lograr por el dolor, por las humillaciones y por la muerte.

El demonio le ofrece la posesión de las cosas en un instante, sin pena ni dolor, por medio de una horrible blasfemia y de la idolatría.

Jesucristo lo rebate con las Sagradas Escrituras y lo rechaza con indignación; lo repudia y lo repele (lo que no hizo en las dos primeras tentaciones), para demostrar que es el vindicador de la gloria de Dios.

Rebate al demonio con otra frase bíblica, y de este modo, quien buscaba adoraciones, oye la palabra que lo condena al eterno reconocimiento de la superioridad divina.

Buscando desviar a Jesús de la voluntad del Padre, el diablo recibe la lección de la absoluta sujeción que él mismo debe a ella.


En cada respuesta, Jesús hace intervenir los derechos de Dios, reivindica la autoridad y el poder divinos.

Glorifiquemos a Jesús en su victoria; admiremos su excelencia, su sabiduría y su poder. Es el desquite contra el demonio, vencedor de nuestros primeros padres y de nosotros mismo cada vez que cedemos a sus insinuaciones y seducciones.

Luchando el demonio contra Adán, tenía en cuenta a todos sus descendientes. Combatiendo contra Jesús, lo hace con la Cabeza de una nueva raza. Comienza la lucha de Jesús contra el demonio; hoy la sostiene solo; mañana la continuará sin treguas en cada alma y en su Cuerpo Místico.



El Cuerpo Místico de Cristo

Si Cristo fue tentado, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, también sería tentada con las mismas tentaciones que sufrió su Cabeza.

Y siempre el esquema de la tentación será el mismo: es decir, será una tentación de falso mesianismo, una seducción de judaizar.


Podemos decir que la primera tentación contra la Iglesia tuvo lugar en la Edad Media; la segunda en el Renacimiento; y la tercera actualmente, hacia el fin de los tiempos.


1ª) La primera tentación consistió en procurarse bienes materiales por medio de bienes espirituales o religiosos: como si dijésemos “intercambiar milagros por pan”. Esta tentación puede llegar a un extremo que se llama simonía o venta de lo sagrado. En la Edad Media era la lucha por las investiduras.


2ª) La segunda tentación, que tuvo lugar durante el Renacimiento, consistió en obtener prestigio, poder, gloria por medio de la religión.


3ª) La tercera tentación, que es manifiestamente diabólica, es ponerse de rodillas delante del tentador; prosternación sacrílega con el fin de dominar el mundo. Es decir: buscar para la religión un reino en este mundo; y buscarlo por los medios más eficaces en ese sentido, que son los satánicos…


Así como los judíos cayeron en la tentación de desear un Rey temporal, así mismo la Iglesia es tentada con el deseo de reinar aquí abajo, como reinan los otros reinos.

A ella sucumbió la Sinagoga, al exigir un reino temporal; con ella fue tentado Cristo, y es consecuentemente sin cesar tentada la Iglesia.



Es muy interesante observar que en la tradición judía la primera confrontación entre el Mesías y el demonio tiene un sentido radicalmente opuesto al relato de la tentación evangélica: lo que Jesucristo rechaza como una sugerencia diabólica, es precisamente lo que para los rabinos debe manifestar la dignidad mesiánica.

En efecto, para ellos, el Mesías debía, milagrosamente, dar abundancia de pan a los pobres, manifestarse desde la cumbre del Templo; allí declarar su Reino, la liberación de Israel y el sometimiento de todas las naciones paganas: de este modo, Jerusalén se transformaría entonces en la capital del mundo.

Se ve que el Mesías del judaísmo del primer siglo es el Anticristo del Evangelio.

Luego, entre los judíos modernos, se llegó, poco a poco, a la negación de la creencia en un Mesías personal, substituyéndola por la concepción de la misión mesiánica del pueblo de Israel, que se concretaría en la era mesiánica de la humanidad, es decir, el reino del Anticristo.

Se ve aquí el falso mesianismo propuesto por el demonio.

Entonces, es necesario tener cuidado con el mesianismo del diablo, el falso mesianismo, este movimiento de reunión universal y fraternización de los hombres en la felicidad perfecta: es una seducción judaizante, una fascinación de judaizar.



El diablo está hoy tentando a la humanidad con un Reino Universal obtenido sin Cristo, con las solas fuerzas del hombre. Pero para ello exige ser adorado de rodillas…

Todo ese gran movimiento del mundo de hoy representa esa aspiración innata al hombre, aspiración a la unidad pacífica. Es una promesa divina, pero el diablo quiere llegar primero y ofrecerlo al margen de Dios y contra Jesucristo.

Ese Reino Universal de paz y armonía se realizará, pero con y por Cristo, pero no intra-históricamente, sino meta-históricamente…

La manera en que se está ofreciendo no podemos aceptarla porque es la preparación al Anticristo…

Llegará un día en que un hombre aceptará el trato: “todo esto es mío y lo doy a quien quiero; todo esto te daré, si cayendo a mis pies me adorases”.



Conclusión

Al comenzar esta nueva Cuaresma (puede ser la última; puede ser nuestra última Cuaresma) debemos armarnos con la oración y con el ayuno para estar prestos a enfrentar la tentación suprema...