sábado, 27 de febrero de 2010

La Transfiguración


SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA


El Evangelio de este Segundo Domingo de Cuaresma nos invita a meditar sobre la Transfiguración de Nuestro Señor.

Y la pregunta lógica que podemos plantearnos es ¿por qué la Iglesia en su Liturgia presenta este misterio durante el tiempo cuaresmal?

Para responder adecuadamente a tal interrogante, debemos dar una explicación doctrinal y hacer una aplicación espiritual de este episodio de la vida de Nuestro Señor.

La explicación doctrinal tiene que manifestar la raíz sobrenatural de nuestra espiritualidad; pues debemos fundamentar nuestra vida espiritual sobre la base sólida del dogma.

La aplicación espiritual tiene por finalidad hacer del dogma nuestra vida, es decir, hacernos vivir de los misterios divinos, hacer de los divinos misterios nuestra propia vida sobrenatural.



Explicación doctrinal

Este episodio de la Transfiguración es considerado por los exégetas como el punto culminante del ministerio público de Jesús. De hecho, los milagros son más escasos, la predicación es menos frecuente, el trato con sus discípulos es más íntimo, las alusiones a su muerte son frecuentes y los choques con los fariseos son violentísimos.


Siendo como es un misterio glorioso, está, sin embargo, saturado del pensamiento de la Pasión:
  • inmediatamente antes, predice su Pasión y Muerte;
  • en la fase central, habla con Moisés y Elías sobre la Pasión;
  • al descender del monte, alude nuevamente a su muerte o salida de este mundo.

¿Cuál es el motivo de tal insistencia? La razón para enfatizar en este punto radica en que Nuestro Señor quería conducir a sus discípulos a la convicción profunda de que el Cristo, el Mesías esperado, era al mismo tiempo el Hijo Unico de Dios (Dios verdadero) y el Hijo del Hombre (verdadero Hombre). Una de las dos creencias sin la otra no bastaba para la salvación.

Jesucristo quiere confirmar a los Apóstoles en la fe del Verbo Encarnado: como Hombre, debía padecer...; como Dios, había de resucitar...

Con una muestra de la Resurrección (un misterio glorioso), quiere prepararlos para que acepten el escándalo de la Pasión. Quiere hacerles entender (y hacernos comprender a nosotros) que después del pecado original no hay Resurrección ni Glorificación sin Cruz... Pero que, ya que hay Resurrección y Glorificación, no debemos temer la Pasión y la Cruz...


Todo esto se entiende mejor si consideramos la ocasión y las circunstancias del episodio.

San Mateo nota con exactitud el tiempo: “seis días después”, dice. ¿Seis días después de qué? De haber recibido Jesús la confesión de San Pedro de que Él es el Hijo de Dios, y de haber anunciado por vez primera su Pasión y Muerte.

Para confirmar a los Apóstoles en la doble creencia de su Divinidad y Humanidad, Nuestro Señor había preguntado a los discípulos quién decía la gente que era el Hijo del Hombre. Como sabemos, los contemporáneos de Jesucristo pensaban que Jesús era Juan Bautista, o Elías, o Jeremías u otro de los Profetas, es decir, un simple hombre.

“Y vosotros, ¿quién decís que soy?”, preguntó a los Apóstoles. Y aquí vino la confesión de San Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Declaración rotunda de la filiación divina de Jesús... Confesión pública de la gloria de su divinidad...

Ahora bien, la fe del Apóstol, que había sido elevada hasta la gloria de la divinidad, no debía juzgar inconveniente ni indigno del Dios impasible la adopción de nuestra debilidad, ni pensar que la humanidad sagrada de Jesús no podía ser alcanzada por el suplicio y la muerte. Por eso Nuestro Señor, inmediatamente a la confesión de San Pedro, predice la Pasión..., y transcurridos seis días se transfigura para confirmar su fe.


El hecho mismo de la transfiguración, con todos sus detalles, demuestra lo que llevamos dicho:

“Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve”. Es el símbolo de la majestad divina de Jesús. Su alma santísima gozaba de la visión beatífica, y el efecto connatural es la gloria de su Cuerpo; gloria que ahora deja traslucir. La transfiguración hubiese debido ser el estado habitual de Jesús.


“Se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él”. Moisés, testigo de la Ley que preparó la venida del Mesías, rinde pleitesía al Sumo Legislador. Elías, representante de los Profetas, reverencia al Maestro infalible, dueño y señor del pasado, del presente y del futuro. Todo el Antiguo Testamento da testimonio de Nuestro Señor.


“Y hablaban de su salida de este mundo”. Se ocupaban de la Pasión de Jesús.

Alrededor de la muerte de Jesús gira toda la historia y toda la economía de la Revelación, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, representados allí por Moisés, Elías, Pedro, Santiago y Juan. Todo converge hacia la Cruz, y del Calvario parten las líneas rectoras de la salvación de la humanidad.


“Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»”. Estas palabras manifiestan el gozo intenso del magnífico espectáculo... Pedro quiere prologarlo para siempre...


“No sabía lo que decía”. Es decir, no guardaba las circunstancias. San Pablo nos asegura que Nuestro Señor reformará el cuerpo de nuestra ruindad, transfigurándolo en el cuerpo de su claridad (Fil., 3:21). Después de la resurrección, si nos hemos salvado, nuestro cuerpo participará de las dotes de la gloria del alma.


“Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle»”. Es la confirmación de la confesión de San Pedro seis días atrás. Esta voz del Padre es la aprobación de la Pasión del Hijo. Y para que los Apóstoles confiasen en Nuestro Señor y no temiesen seguir a Jesús en las persecuciones, en los tormentos, en la muerte, así como en las tentaciones, pruebas y cruces, les dice escuchadle.

Esta voz divina, voz que se oye en medio de una espléndida teofanía, que se oye en un momento en que en la cumbre del monte se halla representada toda la historia religiosa de la humanidad, esta voz del Padre es la consagración de la suprema ley del cristianismo: la ley de las humillaciones y del dolor para llegar a la gloria... Antes de llegar al monte Tabor es necesario pasar por el monte de Getsemaní y por el monte Calvario... No hay glorificación sin agonía y cruz.


Esta voz divina es también la condena anticipada del vergonzoso ecumenismo hodierno, de todo naturalismo y humanismo. Mientras Dios Padre nos manda escuchar a su Hijo bienamado, en el cual tiene puestas todas sus complacencias, la sociedad moderna escucha y sigue a aquellos que no pueden salvar.

¡Y cuántas veces nosotros mismos ponemos nuestras esperanzas en tal o cual hombre!


“Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos»”. Jesús les impone silencio para que los prejuicios de orden temporal de los judíos no malograsen la obra de la Redención.


“Y guardaron el hecho dentro de sí, discurriendo qué significaba «hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos»”. No comprendían aún que el Hijo de Dios, que de tal manera acababan de contemplar glorificado, tuviese que padecer y morir. No terminaban de entender la profundidad de la espiritualidad cristiana, que nos enseña que, una vez rota la armonía primitiva, sólo puede ser restaurada por el sacrificio.


Así como la transfiguración se ordenaba a confirmar la fe en la divinidad de Jesucristo y preparar a los Apóstoles para la Pasión, del mimo modo los consuelos espirituales tienen por finalidad hacernos sobrellevar las purificaciones y a ellas nos orientan. Aquí viene, pues la aplicación espiritual que podemos hacer de este misterio de la vida de Nuestro Señor.



Aplicación espiritual

Además de la transfiguración de gloria, debemos considerar otras transfiguraciones para poder decir más oportunamente que San Pedro: ¡qué bien se está aquí, Señor!

Existe una transfiguración de la pobreza. ¿Quién adivinará al Verbo, Sabiduría de Dios, Majestad y Grandeza infinitas, en el Niñito desnudo de Belén, abrigado con las pajas? La pobreza transfigura a Jesús...


Tenemos también la transfiguración del dolor. En efecto, en la calle de la Amargura y en el Calvario, ¿quién se atreverá a asegurar que aquella llaga viva es el Hijo bello de la hermosa Nazarena y el más hermoso de los hijos de los hombres? Es que el dolor, concentrado en una acerbidad inaudita, transfigura a Jesús...


En Belén, al menos, a través de los pañales y las pajas, se veían unos ojos de cielo y se besaban unas manos tiernas y puras...

En el Calvario, incluso por entre los labios cárdenos y la lengua seca por la fiebre, se escapaba un aliento; debajo del pecho herido y desgarrado se sentía palpitar un Corazón...

Pero en la Sagrada Eucaristía ni se ven ojos, ni se besan manos, ni se perciben alientos ni palpitaciones... El Hermoso no se ve, la Palabra de Dios no se oye, el Poder de Dios no se mueve, al Amor no suspira...

Y, sin embargo, el Hermoso, el Verbo de Dios, el Poder, el Amor, está allí, como estaba tiritando de frío en Belén, como estaba sediento de amores en la Cruz…


Es que existe una transfiguración de la humildadJesús está en la Sagrada Eucaristía transfigurado por la humildad.


Finalmente, está la transfiguración que nos presenta el Evangelio de hoy. La transfiguración que a todos nos gusta meditar y practicar: Jesús en lo alto del monte, resplandeciente el rostro como el sol, blancas con blancura de nieve las vestiduras... ¡Qué atrayente aparece! ¡Qué claramente Dios se manifiesta!


Y consideremos lo que hacemos los hombres con ese Jesucristo transfigurado en sus diversas transformaciones.

Cuando se nos presenta bajo sus tres primeras apariencias de pobreza, dolor y humildad, en sus tres desfiguraciones ¡el silencio!

Cuando se nos muestra glorioso y radiante, entonces sí, y con una prisa que contrasta con el silencio anterior, prorrumpimos con la misma exclamación de San Pedro: ¡Qué bien se está aquí, Señor!

Ahora como entonces, Jesús no responde nada a la invitación de San Pedro...; calla delante de todos los que sólo están a gusto con Él cuando les regala con dulzuras en el Tabor.

Jesús sólo responde a los que, transfigurados como Él por la pobreza, el dolor y la humildad, van a Getsemaní y al Calvario

Responde a los que con el mismo apresuramiento de San Pedro le dicen: ¡Bien se está aquí, Señor!; ¡déjame estar así transfigurado todo el tiempo que Tú quieras!

Sólo a estos responde Jesús...; pero, ¡qué respuestas de dulzuras inefables, de esperanza de cielo y de fortaleza inaudita suele dar en esos momentos!



Tenemos en la vida de Santa Teresita del Niño Jesús un ejemplo luminoso de esta aplicación espiritual. El 26 de febrero de 1895 compuso una de sus más hermosas poesías, y en ella dice así:

Vivir de amor no es plantar el peregrino de la vida
Su tienda en la cima del Tabor.
Es subir con Jesús hacia el Calvario
Y valorar la Cruz como un tesoro.



Y Teresita se explica:

Vivir de amor es darse sin medida,
Sin reclamar salario aquí en la tierra.
¡Ah, yo me doy sin cuenta, bien segura
De que en amor el cálculo no entra!
Lo he dado todo al corazón divino,
Que rebosa ternura.
Nada me queda ya. Corro ligera...
Ya mi única riqueza es, y será por siempre
¡Vivir de amor!



Y por eso termina su cántico de este modo:

¡Jesús!, amarte es pérdida fecunda
Tuyos son mis perfumes para siempre.
Al salir de este mundo cantar quiero:
¡Muero de amor!



Qué luz arrojan a nuestras confusas almas, sumergidas en las tinieblas de este mundo tan materialista, estas palabras de la santa carmelita:

No espero en la tierra recompensa alguna. Lo hago todo por Dios; de este modo, nada puedo perder, y me siento siempre muy bien pagada del trabajo que me tomo por servir. Si por un imposible ni el mismo Dios viese mis buenas acciones, no por eso me sentiría en modo alguno afligida. Le amo tanto, que quisiera poder complacerle sin que Él mismo supiera que soy yo. Sabiéndolo y viéndolo, está como obligado a pagármelo; no quisiera causarle esa molestia.


Y por eso podía decir con toda sinceridad:

Por tu amor, ¡oh, Jesús!
Yo prodigué mi vida,
Prodigué mi futuro.



San Francisco de Sales, por su parte, enseña que “donde se prueba la verdadera virtud y los espíritus generosos es en las tormentas de las contrariedades”. Y agrega que “las tormentas conducen al puerto... la Cruz encamina a la gloria... la contradicción y la tribulación a la transfiguración”.


Entre las glorias del Tabor, San Pedro decía: “Bueno es para nosotros estarnos aquí, hagamos tres tiendas”. Pero no sabía lo que decía...

El alma fiel ama a Jesús tanto transfigurado en el Tabor como desfigurado en el Calvario. El alma fiel es generosa con Jesús que transfigura y consuela, pero también con Jesús que crucifica...

Es más, el alma amante se desposa con Jesús en lo alto de la Cruz; y así como San Pedro ofreció levantar tres tiendas en el Tabor, ella ofrece erigir tres moradas en el Calvario: una para Jesús, otra para la Madre Dolorosa y una tercera para San Juan.

El alma fiel ama y se goza en Jesús tanto en el monte de la transfiguración como cuando Jesús sube al monte a orar solo; tanto cuando es aclamado como Rey como cuando es flagelado, coronado de espinas y crucificado.


Por lo tanto, acompañemos a Nuestro Señor durante esta Cuaresma. Subamos con Él al monte Tabor para confirmar nuestra fe en su divinidad. Pero, sobre todo, asistamos y participemos de su Pasión a fin de poder ser transfigurados y glorificados.

domingo, 21 de febrero de 2010

Las tentaciones


PRIMER DOMINGO DE CUARESMA


La humillación de Jesucristo en este pasaje del Evangelio nos aturde.

Vimos el domingo pasado cómo se agiganta la figura de Nuestro Señor ante la Pasión.

Ahora, al considerar este episodio inaudito, sorprendente, debemos tomar la resolución de profundizar en el conocimiento de Cristo, y principalmente en sus atributos divinos.

El Evangelio de hoy presenta dos hechos, distintos pero unidos entre sí: el ayuno y oración de Jesucristo, y las tentaciones a las que fue sometido por el demonio.


El Ayuno y la Oración

Así como Moisés antes de recibir las tablas de la Ley en el monte Sinaí ayunó cuarenta días, del mismo modo Jesús ayuna antes de promulgar la Nueva Ley y llevar a cabo la Redención.

El diablo es nuestro encarnizado enemigo, como lo fue de Jesús. Contra él debemos sostener una lucha tremenda, como la sostuvo el Señor. Por lo mismo, debemos prepararnos como Él se preparó para el combate: con la oración y el ayuno.

La oración nos da firmeza al apoyarnos en Dios, y multiplica nuestras fuerzas por el socorro que nos alcanza del Señor.

El ayuno, por una eficacia incluso de orden fisiológico, mitiga el ardor de la concupiscencia, además de que purifica el alma y atrae las gracias de Dios.

El Prefacio de Cuaresma nos enseña que el ayuno restringe los vicios, eleva el espíritu y aumenta las virtudes y las premia.

“Esta clase de demonios no se expulsa sino con el ayuno y la oración”, dijo Nuestro Señor.


La Cuaresma nos introduce en la imitación de Jesucristo: ella es tiempo de oración y de mortificación.


Las Tentaciones

Uno de los episodios más misteriosos de la vida de Jesús es el de las tentaciones que sufrió en el desierto de parte del demonio.

En este hecho podemos distinguir tres cosas: el tentador, el tentado y las tentaciones en sí mismas.


El tentador: en el cuanto al demonio, la finalidad por la cual tienta a Nuestro Señor es la de sacarse la duda sobre si Jesús era o no el Hijo de Dios.

Según los comentarios a los Evangelios de los Padres y teólogos, los demonios sabían que Nuestro Señor era el Mesías prometido, pero no que fuera Dios, a no ser por conjeturas. Lo sospechaban, pero no estaban seguros.

Veía el demonio los signos de su divinidad, pero el odio y la envidia le impedían creer en esa verdad. Ella no se puede conocer y saber sino es mediante un acto de fe sobrenatural, acto que es imposible sin la gracia de Dios, la cual el diablo no tiene.

Por eso, el fin del tentador fue sacarse la duda.


El tentado: respecto de Nuestro Señor, que es tentado, debemos recordar que tres son los principios de donde proceden las tentaciones: el mundo, la propia carne o sensualidad, y el demonio.

Cristo no podía sufrir los asaltos de la carne, puesto que no existía en Él el fomes peccati, ni la más ligera inclinación al pecado.

Tampoco podía afectarle para nada las pompas y vanidades del mundo, dada su clarividencia y serenidad de juicio.

Pero no hay inconveniente alguno en que se sometiera voluntariamente a la sugestión diabólica, ya que es algo puramente externo al que la padece, y no supone la menor imperfección en él. Toda la malicia de esta tentación pertenece exclusivamente al tentador.


Aquí se plantean dos preguntas: 1ª) ¿por qué quiso Nuestro Señor someterse a la tentación? 2ª) ¿cuál es la naturaleza de estas tentaciones?


Las principales razones por las cuales quiso Cristo someterse a esa humillación fueron:

  • para merecernos el auxilio contra las tentaciones
  • para que nadie se tenga por seguro y exento de tentaciones
  • para enseñarnos la manera de vencerlas
  • para darnos confianza en su misericordia.

Las tentaciones: en cuanto a la naturaleza de las tentaciones, la cuestión se plantea dado que hemos dicho que Nuestro Señor no podía ser tentado ni por la concupiscencia o intemperancia, ni por el mundo y sus vanidades.

¿Cómo, pues, dice el Evangelio que el demonio lo tienta primero de lo que llamaríamos gula, y luego de vanagloria, fama o renombre, propios del espíritu mundano?

Debemos saber que las tres tentaciones son antimesiánicas, contrarias a la misión misma de Cristo, en contra de la obra encomendada por el Padre.

El diablo sabía que Nuestro Señor era un varón religioso, y lo tentó como a tal. Sabía que era el Mesías, y lo tentó contra misión. Sospechaba que fuera el Hijo de Dios, y lo tentó para sacarse la duda y desviarlo de su obra.

El diablo pecó de soberbia, hizo pecar de soberbia a Adán, y tienta de soberbia a los hombres religiosos.

El diablo es el mono de Dios, puesto que querer ser como Dios fue su caída y es su constante manía o monería...

El diablo tienta prometiendo o dando las cosas que Dios nos ha de dar si somos fieles y si esperamos la hora de Dios, siguiendo el camino por Él trazado.

El diablo tienta sugiriendo adelantarse, insinuando desviarse, aconsejando utilizar otros medios.


Primera tentación: induce a Nuestro Señor a empezar su misión por un acto contrario a la voluntad del Padre. No le ofrece suculentos manjares, sino que lo induce simplemente a que manifieste su divinidad, convirtiendo en pan las piedras del desierto.

Es tentación de desobediencia, en el fondo, como en el Paraíso: el Padre te mandó al desierto para que ayunes; ni a un esclavo se obliga a esto; ya que eres el Hijo de Dios, rompe con tu propia voluntad una condición que te rebaja.

Jesús defrauda al demonio: ni le revela su divinidad, ni entra en sus intenciones de desviarse de la voluntad del Padre.

La vida del hombre no se conserva únicamente con el pan, sino que puede sustentarse de la forma que Dios quiera. Si Dios quiere que sufra hambre y viva, viviré sin pan. Hacer un milagro para procurarme qué comer, sería contrariar, en este momento, la voluntad de Dios.


Segunda tentación: Jesús había demostrado en la primera tentación suma confianza en Dios. Ahora es tentado para que se exceda ilegítimamente en esta misma confianza.

Así como Jesús se valió de la Sagrada Escritura para vencer al demonio; del mismo modo el diablo, falseando otro texto de la misma Escritura, en que promete Dios especial asistencia a los justos en las circunstancias peligrosas, tienta ahora a Jesús.

San Jerónimo dice que el diablo es mal intérprete de las Sagradas Escrituras: interpreta mal el texto del salmista, dándole un sentido absoluto a la protección milagrosa divina, incluso en caso de temeridad.

Dios quiere que el Mesías cumpla su misión en medio de dolores y desprecios; y el diablo lo tienta para que caiga en presunción y en la vía clamorosa de honores y fama.

Jesús lo vence sin descubrirse; con el escudo de la Escritura, rechaza los dardos que le vienen de la Escritura falseada.


Tercera tentación: Dios había prometido al Mesías la posesión de todos los reinos de la tierra (salmos 2 y 71); pero debía conquistarlos a fuerza de dolores y abatimientos. El diablo intentará persuadirlo que invierta el orden de la Providencia, llegando al dominio del mundo por un pacto con el mal, comprometiendo así su misión mesiánica.

Le promete el dominio y el gobierno de toda la tierra y el honor que de ello se deriva. Y en una afirmación mentirosa de su orgullo, suplantándose a Dios, Dominador y Dueño de todo, añade: “porque me han sido dadas, y las doy a quien quiero”.

El diablo es el Príncipe de este mundo. El Mesías debe serlo, pero lo ha de lograr por el dolor, por las humillaciones y por la muerte.

El demonio le ofrece la posesión de las cosas en un instante, sin pena ni dolor, por medio de una horrible blasfemia y de la idolatría.

Jesucristo lo rebate con las Sagradas Escrituras y lo rechaza con indignación; lo repudia y lo repele (lo que no hizo en las dos primeras tentaciones), para demostrar que es el vindicador de la gloria de Dios.

Rebate al demonio con otra frase bíblica, y de este modo, quien buscaba adoraciones, oye la palabra que lo condena al eterno reconocimiento de la superioridad divina.

Buscando desviar a Jesús de la voluntad del Padre, el diablo recibe la lección de la absoluta sujeción que él mismo debe a ella.


En cada respuesta, Jesús hace intervenir los derechos de Dios, reivindica la autoridad y el poder divinos.

Glorifiquemos a Jesús en su victoria; admiremos su excelencia, su sabiduría y su poder. Es el desquite contra el demonio, vencedor de nuestros primeros padres y de nosotros mismo cada vez que cedemos a sus insinuaciones y seducciones.

Luchando el demonio contra Adán, tenía en cuenta a todos sus descendientes. Combatiendo contra Jesús, lo hace con la Cabeza de una nueva raza. Comienza la lucha de Jesús contra el demonio; hoy la sostiene solo; mañana la continuará sin treguas en cada alma y en su Cuerpo Místico.



El Cuerpo Místico de Cristo

Si Cristo fue tentado, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, también sería tentada con las mismas tentaciones que sufrió su Cabeza.

Y siempre el esquema de la tentación será el mismo: es decir, será una tentación de falso mesianismo, una seducción de judaizar.


Podemos decir que la primera tentación contra la Iglesia tuvo lugar en la Edad Media; la segunda en el Renacimiento; y la tercera actualmente, hacia el fin de los tiempos.


1ª) La primera tentación consistió en procurarse bienes materiales por medio de bienes espirituales o religiosos: como si dijésemos “intercambiar milagros por pan”. Esta tentación puede llegar a un extremo que se llama simonía o venta de lo sagrado. En la Edad Media era la lucha por las investiduras.


2ª) La segunda tentación, que tuvo lugar durante el Renacimiento, consistió en obtener prestigio, poder, gloria por medio de la religión.


3ª) La tercera tentación, que es manifiestamente diabólica, es ponerse de rodillas delante del tentador; prosternación sacrílega con el fin de dominar el mundo. Es decir: buscar para la religión un reino en este mundo; y buscarlo por los medios más eficaces en ese sentido, que son los satánicos…


Así como los judíos cayeron en la tentación de desear un Rey temporal, así mismo la Iglesia es tentada con el deseo de reinar aquí abajo, como reinan los otros reinos.

A ella sucumbió la Sinagoga, al exigir un reino temporal; con ella fue tentado Cristo, y es consecuentemente sin cesar tentada la Iglesia.



Es muy interesante observar que en la tradición judía la primera confrontación entre el Mesías y el demonio tiene un sentido radicalmente opuesto al relato de la tentación evangélica: lo que Jesucristo rechaza como una sugerencia diabólica, es precisamente lo que para los rabinos debe manifestar la dignidad mesiánica.

En efecto, para ellos, el Mesías debía, milagrosamente, dar abundancia de pan a los pobres, manifestarse desde la cumbre del Templo; allí declarar su Reino, la liberación de Israel y el sometimiento de todas las naciones paganas: de este modo, Jerusalén se transformaría entonces en la capital del mundo.

Se ve que el Mesías del judaísmo del primer siglo es el Anticristo del Evangelio.

Luego, entre los judíos modernos, se llegó, poco a poco, a la negación de la creencia en un Mesías personal, substituyéndola por la concepción de la misión mesiánica del pueblo de Israel, que se concretaría en la era mesiánica de la humanidad, es decir, el reino del Anticristo.

Se ve aquí el falso mesianismo propuesto por el demonio.

Entonces, es necesario tener cuidado con el mesianismo del diablo, el falso mesianismo, este movimiento de reunión universal y fraternización de los hombres en la felicidad perfecta: es una seducción judaizante, una fascinación de judaizar.



El diablo está hoy tentando a la humanidad con un Reino Universal obtenido sin Cristo, con las solas fuerzas del hombre. Pero para ello exige ser adorado de rodillas…

Todo ese gran movimiento del mundo de hoy representa esa aspiración innata al hombre, aspiración a la unidad pacífica. Es una promesa divina, pero el diablo quiere llegar primero y ofrecerlo al margen de Dios y contra Jesucristo.

Ese Reino Universal de paz y armonía se realizará, pero con y por Cristo, pero no intra-históricamente, sino meta-históricamente…

La manera en que se está ofreciendo no podemos aceptarla porque es la preparación al Anticristo…

Llegará un día en que un hombre aceptará el trato: “todo esto es mío y lo doy a quien quiero; todo esto te daré, si cayendo a mis pies me adorases”.



Conclusión

Al comenzar esta nueva Cuaresma (puede ser la última; puede ser nuestra última Cuaresma) debemos armarnos con la oración y con el ayuno para estar prestos a enfrentar la tentación suprema...

sábado, 13 de febrero de 2010

Domingo 14 de febrero


DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA

El Evangelio de este domingo de Quincuagésima, último de la preparación para la Cuaresma que comienza el próximo miércoles, nos presenta el relato del viaje de Nuestro Señor desde Galilea a Jerusalén, durante cuyo transcurso predijo por tercera vez su Pasión y su muerte a sus discípulos, los cuales no entendieron nada.

El odio de los fariseos y de los doctores de la ley contra Jesús se hacía cada vez más agresivo. Jesús, el gran reformador, admirado por el pueblo, ponía en peligro su prepotencia por sus denuncias tan justas como implacables. Los avergonzaba; era el enemigo; convenía abatirlo. Lo habían declarado fuera de la ley y buscaban cómo apoderarse de su persona; pero, recelando la indignación del pueblo, espiaban la ocasión de hacerlo en secreto.

Jesús, conociendo sus designios, se substraía a su persecución; cuando la inquina arreciaba, se retiraba al desierto para reaparecer ya calmada un tanto o si lo llamaba el deber. Mas, como había de salvarnos con su muerte, no aguardaba más que el momento señalado por su Padre para entregarse.


Pues bien, esta hora, siempre presente en su inteligencia, objeto continuo a la vez de sus deseos y de sus repugnancias, se iba acercando, estaba ya muy próxima.

La fiesta de la Pascua debía celebrarse en aquellos días, y de todas las regiones de Palestina venían los israelitas fieles a Jerusalén. En tales circunstancias, Jesús habitaba cerca del desierto de Efrén; sus Apóstoles y el grupo de discípulos lo habían acompañado en esta huída y temblaban por Él y también por sí mismos.

La hora era solemne, el divino Salvador se disponía a hacerles una confidencia que, si bien ya había sido realizada en dos oportunidades, no dejaba de ser inesperada e imprevista, al mismo tiempo que pondría a prueba su fe, su confianza y su caridad...: les va a anunciar solemne y definitivamente su inmediata Pasión y a declararles minuciosamente todas las circunstancias humillantes y acerbas... Mas, para sostener su coraje y su ánimo, les anunciará también su resurrección al tercer día.



Se entiende perfectamente la intención de la Santa Iglesia, por medio de su Liturgia, al insertar este pasaje evangélico justo en la antesala de la Cuaresma: imaginemos, cerca de un desierto, un camino mal trazado que desaparece en lontananza. El divino Salvador de pie, el brazo extendido y señalando con la mano la pérfida ciudad deicida. Los doce Apóstoles, a ambos lados, sorprendido y absortos, escuchan las confidencias de Jesús: Ya veis que subimos a Jerusalén, donde se cumplirán todas las cosas que fueron escritas por los profetas acerca del Hijo del hombre; porque será entregado en manos de los gentiles y escarnecido y azotado y escupido; y, después que lo hubieren azotado, le darán muerte, y al tercer día resucitará”…



Jesucristo profetiza su propia Pasión y muerte. Cuando celebremos el Domingo de Ramos, hemos de recordar esto: cuando Nuestro Señor entró en Jerusalén por última vez sabía perfectamente que iba a la muerte.

¡Qué concepto, qué idea enorme debemos formarnos de Jesús!... Cuando se deja aclamar por una muchedumbre, cuando se presta para ser proclamado Rey, sabe que otra muchedumbre, compuesta en su mayor parte por las mismas personas, cinco días más tarde, iba a gritar: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!

¡Qué inmensa y admirable es la figura de Nuestro Señor Jesucristo! Dotado de una fuerza de carácter indomable, encara de frente la tormenta de su derrumbe y, de paso, acepta la irrisoria brisa de su efímero triunfo...

Jesús enfrenta el martirio con fortaleza porque es la Verdad y sabe, como Dios, los pormenores de este drama y su culminación gloriosa... Pero, los Apóstoles, ¿cómo reaccionaron?

Consideremos la actitud de los Apóstoles, esto nos puede dar grandes lecciones para nuestra vida espiritual...

Sus semblantes reflejan una mezcla vaga de extrañeza y espanto... Cristo profetiza su Pasión y sus discípulos no entienden, no le creen.
¿Por qué no entendieron? Era porque sus ideas y sus impresiones permanecían muy humanas. La naturaleza tiene horror al sufrimiento y a la humillación...

Para que este horror se disipe, es necesario que la naturaleza sufra un cambio: sólo las miras sobrenaturales lo preparan... Y los Apóstoles, poco asiduos a la oración y un tanto indiferentes a la gracia, permanecían bajo la influencia de la opinión pública, esperando un Mesías glorioso, temporal, terreno...

Además, a la perspectiva de los tormentos que padecería el Divino Maestro, se añadía el temor instintivo de tener que participar de su suerte. Esta impresión les substraía la vista de las razones superiores y turbaba en ellos el sentido sobrenatural.



Pues bien, todo cristiano debe resignarse de antemano a este evento espantoso y que infunde tanto miedo a la pobre naturaleza, porque todo aquel que quiere vivir piadosamente en Cristo, sufrirá la humillación, sufrirá el deshonor, sufrirá la persecución, sufrirá, por así decir, la muerte civil y social.


¿Acaso no somos en esto semejantes a los Apóstoles? No nos han faltado santas instrucciones y enseñanzas; todo el Evangelio, toda la predicación, todos los libros de piedad, toda la sagrada liturgia, toda la historia de la Iglesia y de sus santos están allí para recordarnos sin cesar el sublime papel de padecimiento y de la humillación... Y sin embargo, nuestras ideas demasiado humanas y terrenas nos dominan...; nos sentimos débiles y quisiéramos huir...

¿Por qué somos tan parecidos a los Apóstoles en esto? Porque, como ellos, hemos correspondido mediocremente a la gracia; no hemos cambiado profundamente nuestras ideas y menos nuestra actitud, nuestras costumbres.


Si bien los Apóstoles no entendieron a Jesús, con todo lo siguieron, y no fue sin mérito, porque todo les hablaba de peligros y fracasos.

Jesús conocía bien el corazón de sus Apóstoles; por eso no les dice «Yo voy»; sino «Vamos», como si toda separación fuera imposible. Con lo cual les hizo mucha honra, como si les dijera: “De tal manera cuento con vosotros que ni siquiera os consulto: «Vamos a Jerusalén», juntos estamos aquí y juntos estaremos allá”.

Sea este nuestro aliento... Sin duda no gustamos del padecimiento y las perspectivas de humillaciones y deshonores nos horripilan...

Con todo, debemos estar preparados para esta especie de martirio. Pero para ello se precisa fortaleza y fe en Jesucristo y su santa religión.

La enseñanza que debemos extraer de este anuncio de la Pasión, que nos introduce inmediatamente a la Cuaresma de este año y nos prepara mediatamente al martirio, al menos incruento, es la de la necesidad de la fe y de la confianza...


Por eso, el Evangelio continúa inmediatamente, aparentemente sin ninguna unidad, con el milagro de la curación del ciego de Jericó...

Pero debemos recordar que, como dice San Agustín, “los actos del Verbo son también palabras”. En efecto, estos dos episodios del Evangelio parecen heterogéneos y, sin embargo, tienen una profunda unidad.

Dentro de seis días, Jesús sufrirá las traiciones más odiosas, los abandonos más sensibles, los suplicios más crueles...

Todo esto Jesús lo sabe y lo ve; ningún detalle se lo oculta; esta multitud que lo sigue y lo aclama, lo dejará morir sin protesta alguna; los mismos Apóstoles enmudecerán, y uno de ellos será el traidor... Y sin embargo, una serenidad perfecta reina en su semblante y su Corazón multiplica los beneficios y las enseñanzas...


El miedo, la visión demasiado natural, el apego a lo terreno, la falta de espíritu sobrenatural había cegado a los Apóstoles... Jesús cura al cieguito y con ello fortalece la fe y la confianza de sus discípulos, sana la ceguera espiritual y los prepara para el martirio.

El ciego representa al incrédulo, envuelto en la noche completa, o al cristiano que queda como extraño a las verdades sobrenaturales, las que conoce de memoria pero no alcanza a penetrar su viviente realidad...

El ciego Bartimeo es un ejemplo de fe viva y actuante...: “tu fe te ha curado”, le dice Nuestro Señor.

Notemos que Bartimeo, significa hijo de Timeo. Ahora bien, en latín, timeo significa temer… Jesús quiere sanar la ceguera de los hijos del miedo


El desgraciado Bartimeo, pues, pedía limosna a la vera del camino; primero preguntó, después escudriñó, luego creyó y, por último, obró.

Esta es la fe con obras, la fe luminosa, diferente a la fe dormida o muerta, a la fe enceguecida... El cieguito, en su ceguera, veía mucho más que otros que se tienen por linces...

Él sentía la inmensidad de su infortunio, mientras que nosotros no tenemos bastante consciencia del nuestro; él sabía que irían apareciendo espectáculos maravillosos cuando se abriesen sus ojos; sabía que entonces podría guiarse a sí mismo y obrar libremente... Por eso obra con fe...

Esas son las cualidades de la fe: preguntar sumisamente, averiguar diligentemente, confesar paladinamente, obrar valientemente.

Decirle a Jesucristo “Hijo de David” era reconocerlo como verdadero Mesías... y así obtuvo lo que pedía: “Señor, que vea”...

La oración de la fe jamás termina en la nada...

Así nos sucedería a nosotros si nuestros ojos llegasen a abrirse bien... ¡Qué objetos tan admirables se presentarían delante de los ojos interiores del alma!

Ahora bien, esa fe viva y luminosa para serlo debe estar animada por la caridad. Por esta razón también la Santa Liturgia acompaña este Evangelio con el trozo de la epístola de San Pablo que trae el cántico de la caridad. Por más que tenga una fe capaz de trasladar las montañas, si no tengo caridad, no soy nada, etc.

Lleno de gozo, Bartimeo siguió a Jesús. Nada más natural. También nosotros debemos ser consecuentes. A medida que Dios nos da más luz, debemos acercarnos al Divino Salvador. La luz es una gracia muy grande. Toda gracia exige una fiel correspondencia. Toda correspondencia trae progresos.

Seguir a Jesús es, en primer lugar, amarlo; luego quedar libre y hábil para estar con Él; y sobre todo es vivir como Él vivió.

Si nuestra fe topa con obscuridades, elevemos nuestra visión en proporción a las luces que nos deja, y estas luces aumentarán mucho más. Si Jesús en la vida interior se nos manifiesta con aspectos nuevos, seamos más decididos en seguirlo.

Digámosle con instancia; ¡Oh Divino Salvador, haced que vea, haced que os siga!

sábado, 6 de febrero de 2010

Acercándonos a la Cuaresma


DOMINGO DE SEXAGÉSIMA


Durante el año primero de su predicación, Jesús daba a las multitudes su doctrina sin velar su pensamiento: su lenguaje claro y transparente, como se ofrece en el Sermón de la Montaña, permitía al pueblo entender directamente, sin metáforas, sus divinas enseñanzas.

Pero los escribas y los fariseos, celosos de la preponderancia del Divino Maestro, a quien, además, consideraban como blasfemo, endemoniado, amigo de pecadores y corruptor de la ley, soliviantaron contra Él a las multitudes, que se pusieron en guardia contra sus enseñanzas: Jesús, en el concepto de aquel pueblo, desviado por las predicaciones y la influencia política y religiosa de sus enemigos, ya no era el Maestro de verdad infalible.

Fue entonces cuando Jesús cambió de procedimiento pedagógico en sus predicaciones. Sus milagros se hicieron menos frecuentes y su predicación, sin perder nada de su fuerza, dejó de ser la exposición clara y propia de los conceptos para vestir el ropaje de la parábola, escondiendo su doctrina espiritual bajo el envoltorio de este género de apólogo.


Parábola es palabra griega que significa comparación, yuxtaposición, colocación, semejanza.

Es, pues, la parábola la expresión simbólica de una verdad religiosa, por medio de una narración más o menos fingida, pero verosímil, tomada siempre de la naturaleza o de las costumbres de la vida humana.

De donde se deduce que la parábola no es más que la comparación entre dos objetos, uno material y otro espiritual, semejantes uno al otro, de tal manera que el mayor conocimiento que tenemos del material nos ayude a comprender mejor el espiritual.

De manera que el rasgo esencial de la parábola es que, siendo pura invención, reproduce un fenómeno o una escena de la vida humana tal como en realidad ocurren o pueden ocurrir, con la finalidad de simbolizar una verdad religiosa. En ella, la parte de ficción está claramente separada de la realidad doctrinal que con ella se trata de dilucidar.


La parábola se funda, en primer lugar, en la profunda semejanza que hay entre el orden natural y el sobrenatural.

Todas las criaturas son obra de Dios, que imprime en ellas alguna semejanza de su naturaleza y de sus perfecciones.

Por la misma razón, el mundo de la naturaleza es asimismo semejante al mundo de la gracia, ambos son obra de Dios y reproducen un aspecto inimitable del Verbo de Dios.


Las dificultades de su interpretación provienen de la misma naturaleza de la parábola y de la distancia enorme que hay entre la parte narrativa o descriptiva de la misma y las altísimas verdades de orden sobrenatural que en ella se encierran.

Las parábolas de Jesús son claras y simples, es verdad; pero ello debe entenderse de la parte material o literaria; son piezas expuestas con una facilidad y con una viveza extraordinarias, que hacen que a la simple lectura se comprenda la parte material del apólogo.

Pero la aplicación total a la doctrina es difícil. Es la imperfección del instrumento que no deja ver la profundidad de luz que en él encerró Jesús.

Siendo la parábola la narración de un hecho que pertenece al mundo fenomenal de la naturaleza o a alguna escena de la vida humana, pero que es como el envoltorio material de una verdad de orden espiritual sobrenatural, la función del exegeta se reduce a tres puntos:
  • a) Desentrañar el sentido literal de la parábola,
  • b) Considerar la doctrina espiritual que encierra,
  • c) Relacionar el sentido literal con el espiritual.

Para conocer el sentido literal deben tenerse en cuenta, además de las leyes de hermenéutica general, gramatical y lógica, las condiciones en que se desarrolla el fenómeno natural o la escena de costumbres que sirven de soporte histórico a la parábola.

Es preciso que el exegeta conozca lo que sea preciso de la naturaleza, del arte, de las costumbres en que las parábolas se inspiraron, y que tenían las características históricas del país y tiempo en que vivió Jesús.


Conocido y fijado ya el sentido literal se procede a investigar el sentido parabólico o espiritual.

La llave de la interpretación la da la misma parábola o el contexto. No hay parábola alguna, dice Tertuliano, que o no sea explicada por el mismo Cristo; o aclarada por el redactor del Evangelio; o que no ofrezca ella misma su significación.


Procede luego cotejar la parte literal o histórica de la parábola con la doctrina y hacer las oportunas aplicaciones de los detalles de la una a las particularidades de la otra. Es la parte más delicada de la exégesis de la parábola.

Dos excesos deben evitarse en ello: es el primero el querer dar un sentido espiritual a todos los detalles, hasta los más nimios de la parábola. Otro exceso o abuso es el de quienes no conceden más sentido espiritual que al núcleo de la parábola, dejando sin él a todos los adjuntos de la misma.



La parábola del Sembrador forma parte del grupo de ocho llamado “del Reino de Dios”.

San Mateo nos dice que esta predicación la tuvo Jesús el mismo día de sus disputas acérrimas con escribas y fariseos.


Jesús, antes de dar la explicación de esta parábola, da la razón de su pedagogía.

Hay dos clases de hombres con respecto al Reino de Dios: unos, protervos, que no quieren reconocer los títulos que Cristo exhibe de su misión mesiánica (su doctrina y sus milagros), aferrándose más bien al equivocado concepto de un reino material y glorioso en la tierra; éstos no merecen se les expliquen los misterios del Reino de Dios.

Otros, en cambio, como los apóstoles, creen en la legación de Jesús, y a éstos explicará claramente su pensamiento.


Guardaban los judíos la fe en el Mesías: si hubieran creído en la misión de Jesús, aquella fe se hubiese desarrollado en el don mayor de su entrada en la Iglesia; ahora hasta aquella gracia primera les será inútil.

En cambio, los discípulos de Jesús pasarán de aquella fe a la abundancia del Reino de Dios.


Esta razón del cambio en su pedagogía, Jesucristo la sintetiza en estas tremendas palabras: Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven; y oyendo no oyen, ni entienden.

Ven con los ojos de su imaginación y de su entendimiento el contenido material de la parábola, y oyen con sus oídos las cosas indicadas en su descripción; pero no penetran su profundo sentido.

Es la pena que ha merecido su incredulidad: si no han creído en la doctrina, confirmada con tantos milagros, menos creerían las profecías del Reino de Dios que en las parábolas se encierran.

En esta conducta del pueblo judío para con Jesús, San Mateo ve el cumplimiento de una antigua profecía: Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Oiréis con cuidado, y no entenderéis: miraréis con atención y no veréis: veréis la imagen, el enigma, no la realidad que contiene. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, imagen de la insensibilidad, de la indiferencia, y con los oídos pesadamente oyeron, y cerraron sus ojos, por miedo a que vean con los ojos y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón, y se conviertan y yo los sane, y les sean perdonados los pecados (Isaías, 6, 9-10).

Es el terrible castigo del pecado contra el Espíritu Santo.

Mas a los discípulos, que han sido dóciles a sus enseñanzas, Jesús los trata con predilección especial, abriéndoles de par en par los misterios del Reino de Dios. Es para ellos el comienzo de la bienaventuranza: Mas dichosos vuestros ojos, que ven, y vuestros oídos, que oyen.


Tampoco los discípulos habían entendido la parábola del sembrador. Después de la digresión, en que les ha respondido a su pregunta del por qué de la predicación por parábolas, va a desentrañarles la del sembrador, como le piden.


El que siembra, siembra la palabra. Así queda definido el protagonista de la acción: es un sembrador de palabras, un maestro, un adoctrinador, con misión para ello.

Luego define la naturaleza de la palabra sembrada: La simiente es la Palabra de Dios.

Es la que Dios, por medio de la revelación, se ha dignado comunicar a los hombres; la que Cristo anuncia, y la que confió a sus apóstoles, la que sus sucesores anuncian al pueblo.

Se compara a una semilla, porque el Evangelio, como que es la fuerza de Dios para la salvación, tiene fuerza y eficacia para producir ubérrimos frutos, si se recibe del modo debido.


Ahora bien, siendo la semilla siempre la misma, de las condiciones del suelo depende el fruto.

Es decir, hay diferentes clases de almas respecto de la religión, de la fe... Existen diversas clases de hombres:
  • los que fallan en la fe
  • los que responden bien

Entre aquellos que fallan en la fe, hay tres clases:


1ª) Los frívolos, superficiales o pueriles. Son los señalados por el camino en el que cae la semilla, aquellos que reciben la palabra de Dios… Pero he aquí el primer enemigo, “el maligno”, “Satanás”, el primero empeñado en destruir el Reino de Dios, que suscita en el corazón de estos hombres, en el que no ha podido penetrar la divina palabra, mil impresiones y recuerdos que la borran.

La semilla no germina; ni siquiera ha podido penetrar la divina Palabra: cae sobre el camino y es hollada.

La fe ni siquiera puede prender en estas almas, porque la fe pertenece al dominio de lo serio, de lo profundo, y éstas son superficiales, no tienen peso ni sujeto. No tienen ambiente para la vida de la fe.

Esta clase de almas es la más común hoy en día.



2ª) Los flojos, tibios o dubitantes, en los cuales la semilla cae sobre piedra, donde no tiene mucha tierra; y apenas nacida, cuando sale el sol, se quema y se seca porque no tiene humedad ni raíz.

La semilla germina, pero la planta se quema pronto. Estos hombres reciben la fe, son capaces de lo religioso, de moverse en el plano religioso, incluso practican algún bien; pero no quieren sufrir, y la fe no echa raíces en su corazón y se les seca pronto.

Como no quieren obrar conforme a la fe, y la fe sin obras es una fe muerta, lo religioso dura poco en estas almas.


Cuatro son las causas de esta triste realidad: tierra escasa - sol abrasador - poca humedad - no tienen raíz.

El miedo al sufrimiento suprime la fe en estos hombres. Ellos entienden de religión y ven claramente lo que la religión les exige y dónde y por dónde los quiere llevar... y por eso abandonan…

Cuando se presenta la tentación, retroceden, dejan la fe.



3ª) Los furiosos, enardecidos o desesperados, representados por la semilla que cae entre espinas que, al nacer junto con ella, la ahogan, y no da fruto.

La planta se asfixia. La fe existe, tienen fe, pero cubierta y convertida en fermento de acción y desesperación; fermento de acción mundana, de agitación.

Son hombres religiosos, pero cuya mística está desviada, aprisionada por una pasión y un falso ideal: éstos son los que oyeron la palabra, pero como andan en afanes de este siglo, en riquezas y placeres de la vida, se ahoga y no reporta fruto.

Están sofocados por las preocupaciones terrenales. De allí nace el desasosiego espiritual y la angustia, acompañado de un activismo malsano.

¡Aquí hay vida!, pero natural, humana… cardos y espinas. Lo demoníaco es inmediato.

¡Cuántos jóvenes hemos visto enrolados en movimientos revolucionarios, inspirados por una religiosidad temporal, un mesianismo demoníaco!




Están también aquellos que responden bien a la fe, que retienen la Palabra de Dios y dan su fruto con paciencia, longanimidad, constancia y perseverancia.

Entre ellos hay también tres clases: cayó en tierra buena, y nació, y dio fruto, como dice San Marcos, uno el treinta, otro el sesenta, otro el ciento por uno, según la proporción de sus buenas disposiciones.


1ª) Los penitentes, de piedad mediocre e intermitente.

En ellos, el pecado mortal es más o menos combatido; pactan con el pecado venial y a veces lo cometen deliberadamente; abandonando fácilmente la oración.



2ª) Los piadosos, cuya piedad es sostenida e incluso fervorosa.

Ellos jamás cometen un pecado mortal; difícilmente cometen un pecado venial plenamente deliberado; son fieles a la oración.



3ª) Los perfectos, que tienen una fe total y cuyos actos la manifiestan.

Ellos jamás cometen un pecado deliberado, ni mortal, ni venial; combaten incluso las imperfecciones; tienen una fidelidad exquisita a la oración. Poseen un corazón magnánimo.



Como conclusión práctica, nuestro corazón tiene que ser tierra buena, que reciba con amor toda semilla de Palabra de Dios: lecturas, sermones, consejos, ejemplos, inspiraciones.

Tierra humedecida por la gracia de Dios que la penetre sin resistencias.

Tierra soleada por el amor de Dios; labrada y abonada con el cuidado perseverante.

Tierra vigilada de todo ladrón que pudiera arrebatar el fruto.

Tierra guardada de todos los enemigos de dentro, representados por las rocas y las espinas (la vanidad, la codicia, las malas concupiscencias, las resistencias, el endurecimiento, los excesivos cuidados).

Tierra protegida contra los enemigos de fuera, el mundo y el demonio, figurados por las aves del cielo.



El que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto con paciencia, y produce uno ciento, otro sesenta, otro treinta por uno…


¡Atención!, pues, porque el Divino Sembrador sigue esparciendo su semilla…