domingo, 20 de febrero de 2011

Septuagésima


DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA


Con este Domingo comenzamos la preparación, remota y pausada, para la Gran Semana del Año Litúrgico, que nos hace conmemorar la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Es sumamente conveniente que nos dispongamos por medio de una buena Confesión y una sincera penitencia, que manifiesten una profunda contrición, un verdadero dolor de los pecados y un firme propósito de enmienda.

La meditación de la Epístola de este Domingo, tomada de la Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios, nos puede ayudar a obtener este fin:


¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado. No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; y todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no fueron del agrado de Dios.


Después del deseo del último fin, uno de los primeros cuidados que debemos tener es el de alcanzar el perdón de nuestro pecados por medio de la penitencia, tanto la sacramental, como la personal.


De nuestros pecados podemos dolernos por uno de estos cuatro motivos:

Por el temor de las penas.

Por el amor del premio.


Por la fealdad del mismo pecado.


Por ser ofensa de Dios, que debe ser amado y reverenciado.


Este cuarto motivo es el más perfecto, y encierra en sí el amor de Dios sobre todas las cosas. Si el penitente formula la intención de recibir el sacramento de la Penitencia, este acto perfecto de contrición, o simple contrición, le restituye la gracia santificante perdida por el pecado mortal.


Los tres primeros motivos hacen imperfecta la contrición. Por eso la llamamos atrición, la cual, si conlleva el propósito de enmienda y el deseo de alcanzar el perdón de los pecados, es suficiente para recibir el Sacramento de la Penitencia.


El temor de la pena tiene gran fuerza para compungir a los pecadores y hacerlos volver sobre sí y concebir el dolor por sus pecados.


Es el caso de un niño que ofendió a su madre, y se arrepiente de haberlo hecho ante la inminencia del castigo.


Nuestro Señor y sus Santos usaron de este motivo para despertar a penitencia a los pecadores.


No es menos eficaz el temor de perder el premio de la eterna gloria. Si suelen los hombres quedar con gran pena y tristeza cuando han perdido por su culpa alguna honra o ganancia, ¡¿qué pena y qué tristeza no sentirá nuestro corazón cuando veamos que hemos perdido bienes inefables y eternos?!


El amor de la gloria eterna y el temor de perderla es un motivo más noble para arrepentirse de las culpas que el simple temor del castigo. Pero no siempre es más eficaz.


Pío XII lo expresa de esta manera: Sin duda, el deseo del Cielo es en sí mismo un motivo más perfecto que el temor de las penas eternas, pero no se sigue de ello que sea siempre el más eficaz para alejar a los pecadores del pecado y conducirlos a Dios.

Las madres conocen por experiencia lo que enseña esta doctrina. Ellas saben que es mucho más noble y perfecto que sus hijitos las obedezcan por amor y no crucen solos la avenida parar no contristarlas… Pero también saben que, muchas veces, el temor al “chancletazo” salvó la vida de su hijo un tanto rebelde…

De estos dos motivos de arrepentimiento y penitencia, San Gregorio dice así: “Dos maneras hay de compunción: porque primero el alma se compunge por temor, y después por amor. Al principio se resuelve en lágrimas; porque, cuando se acuerda de sus pecados, teme que ha de padecer por ellos los tormentos eternos. Pero cuando, después de haber llorado y padecido congoja y tristeza, se le va disminuyendo el temor, nace en ella cierta confianza y seguridad del perdón y se enciende en el amor y deseo de los gozos celestiales. Y la que primero lloraba por el temor del tormento, empieza a llorar porque se le dilata la posesión del Reino.”

El primer motivo de penitencia, el temor de las penas, nace del amor de sí mismo; el segundo, el amor del premio, nace del deseo de la gloria.

Pero, en definitiva, se reducen a lo mismo, porque no hay término medio entre penar para siempre y reinar eternamente.

Aquí viene al caso recordar el famoso soneto que dice:

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Este soneto nos lleva al cuarto motivo de dolor del pecado, por ser ofensa de Dios, pero entre medio está el que nace de la fealdad que el pecado tiene en sí mismo, aunque no estuviese prohibido ni castigado por Dios.

Este tercer motivo es eficacísimo en los ánimos tranquilos y desapasionados; porque la fealdad que el pecado tiene en su misma naturaleza es tal y tanta que, aunque no fuera prohibido por la ley de Dios, y aunque por él no se perdiera el Cielo ni se mereciera el Infierno, por su propia fealdad y bajeza es digno de todo aborrecimiento.

La raíz de esta fealdad consiste en que no hay otra cosa más conforme a la naturaleza del hombre que obrar según lo que dicta la razón, y todo pecado es contrario a la razón.

Se sigue, claramente, que todo pecado es contrario a la naturaleza del hombre, y que lo rebaja de su dignidad natural, haciéndolo semejante a las bestias.

Hay otros dos motivos muy particulares para aborrecer el pecado, nacidos de su deformidad; el primero, es la inquietud de la conciencia; el segundo, la vergüenza y confusión que trae consigo.

La inquietud no nace solamente del temor de la pena, sino del mismo desorden de las acciones, así como de la oposición que se hace a la razón. Esto es gran pena, y muy grande; y bastaría, aunque no hubiera otra.

No es menor la vergüenza que trae consigo el pecado. Es testimonio grande de haber derribado al hombre de su natural dignidad.

La vergüenza con que procuran los hombres esconder sus culpas, es gran indicio de su fealdad, y no pequeño motivo para dolerse de ellas.

Pensemos en cómo se intenta disimular u ocultar un defecto físico o una deformidad…

El hecho de que hoy se exhiban los pecados más vergonzosos y se haga alarde de las deformidades espirituales más horribles…, es un signo de la decadencia de la sociedad que ha perdido la noción del pecado y de Dios…

El cuarto motivo de dolor, por ser el pecado ofensa de Dios, es el más perfecto; y el dolor que procede de él es el que llamamos, con todo rigor, contrición.

Consiste en aborrecer el pecado, no por el temor de la pena, no por el amor del premio, no por la fealdad moral del pecado, sino únicamente por la deformidad de ser contra Dios, el cual merece sobre todas las cosas ser servido y amado…

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

El alma dice: ¡Oh Dios mío!, sépanlo o no lo sepan los hombres…; condenen o excusen mi mal obrar…; esté yo libre de la pena del Infierno y, si puede ser, seguro del premio de la gloria…, nada de esto me da por ahora cuidado; y solamente me aflige el haber pecado contra Ti…

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Cuando el alma se eleva al conocimiento de Dios y al agradecimiento de su divina Majestad y Bondad, y de cuánto merece ser amado y servido; y se mueve entonces a aborrecer el pecado por ser ofensa de este Señor, más que por otra ninguna fealdad que tenga en sí, o daño que le pueda acaecer, ésta se llama verdadera contrición.

Aunque Dios puede inspirar desde el principio de la conversión un dolor de los pecados tan perfecto que llegue a ser verdadera contrición; por lo común va inspirando los motivos del dolor gradualmente.

La razón es que en los comienzos, el hombre está tan materializado y tan inclinado a sí mismo, que ninguna cosa siente sino su daño y su provecho.

Como el hombre animal, como lo llama San Pablo, se gobierna sólo por los sentidos, no le mueven tanto los gozos de la gloria, cuanto le espantan los tormentos del Infierno.

Comenzamos a no pecar más mortalmente de veras cuando la dureza de nuestro corazón se quebranta con el temor de los castigos. Entonces salimos del Infierno, y respiramos con la esperanza del perdón después de las lágrimas de la penitencia.

Y esta experiencia del consuelo interior que siente el alma cuando se ve desahogada y dilatada con la esperanza, la va como desviando de todos los amores y gustos de la carne, y abriéndole los ojos para conocer y estimar los deleites del espíritu.

De este modo, el que antes aborrecía los pecados por el temor de la pena, los detesta ahora mucho más por el amor de la gloria.

Viene luego el tercer motivo, más perfecto que los dos primeros, a saber, la fealdad que tiene el pecado en sí mismo. Porque considerando el hombre su dignidad y el fin tan elevado al que ha sido destinado, doliéndose de haberse privado por sus culpas de una y otro, empieza a avergonzarse de que, habiendo sido creado para ser compañero de los Ángeles, se ha hecho semejante a las bestias.


Ya no se mueve tanto a arrepentirse de sus pecados por el temor de su daño, ni por el amor de su provecho, sino por el desorden de sus acciones.

Cuando uno ha llegado a esta disposición, está muy cerca de que Dios le dé luz para conocer que la mayor deformidad que tiene el pecado es ser una ofensa al mismo Dios, que por tantos motivos debe ser reverenciado y amado sobre todas las cosas.

En ese momento, la voluntad, movida por la gracia, se esfuerza en practicar ese amor y esa reverencia, y aborrece lo que ha hecho movida solamente por el amor y obligaciones que tiene para con Dios.

Ésta es la contrición perfecta.

San Ignacio, en sus Ejercicios Espirituales, pone dos meditaciones para hacernos alcanzar esta gracia de la verdadera contrición.

En la primera pretende mover a dolor con el temor de la pena; nos hace pedir vergüenza y confusión de nosotros mismos, viendo cuántos han sido condenados por un solo pecado mortal.

Hace esto para que escarmentemos en cabeza ajena, considerando la pena que se ha ejecutado en otros.

Si Dios ha castigado por un solo pecado mortal a personas tan excelsas como los ángeles y el primer hombre, cualquier pecador se puede desengañar sobre que no se ha de tener con él mayor cortesía.


Si le parece que sus pecados, si bien graves, son pocos, piense que por un solo pecado mortal se han condenado niños, jóvenes y doncellas.


En la segunda meditación, San Ignacio tiene por objetivo hacernos avanzar a mayor dolor y contrición. De este modo, nos hace pedir crecido dolor y lágrimas por nuestros pecados. Y propone dos motivos: la fealdad y malicia del pecado en sí mismo, y las que tiene contra Dios.

El castigo y la pena quiere que se consideren en los pecados ajenos, para escarmentar en ello; la fealdad y malicia, quiere que las consideremos en los pecados propios, para detestarlos y acusarnos de ellos.

La fealdad y la malicia del pecado aparecen con toda su realidad, si se considera primero quién lo cometió…

Debemos llegar al fondo de nuestra miseria y nada, y preguntarnos: ¿quién soy yo?

Pero esa fealdad y malicia crece, si consideramos la Persona contra la cual se cometió la falta, la Persona ofendida… ¿Quién es Dios?, contra Quien pequé…

Llegados a este punto, debemos admirarnos y juzgarnos merecedores de que todas las criaturas nos castiguen por nuestros pecados…

De este modo, partiendo del temor de un infierno, ahora, olvidados de nosotros mismos y mirando lo que merece una ofensa hecha contra Dios, nos maravillamos de no ser tragados por mil infiernos…

¡Sí!… Nuestras ofensas son muy graves por ser ultrajes contra un Dios tan bueno y tan grande.

¡Sí!… Merecemos el Infierno y, aunque nos hubiese Infierno, igual debemos dolernos por haber ofendido a un Dios tan bondadoso:

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Comencemos hoy mismo a considerar nuestros pecados; detengámonos en el punto en que se halla nuestra alma y por donde Dios quiere hacerla avanzar: ¿Temor del Infierno?…, ¿Deseo del Cielo?… ¿Fealdad del pecado?… ¿Amor puro de Dios?

Durante este tiempo de Septuagésima, y luego durante la Cuaresma, hagamos un profundo examen de conciencia, examinemos nuestra alma, consideremos las faltas y pecados habituales…

Tratemos de despertar en nosotros un vivo dolor y arrepentimiento, proponiendo hacer una buena confesión por medio de un serio y eficaz propósito de enmienda…

Hagamos penitencia por nuestros pecados…

Vayamos pensando desde ahora en la ceremonia del Miércoles de Ceniza y lo que ella encierra. Memento homo quia pulvis es, et in pulverem reverteris…

Y recordemos la lección de hoy de San Pablo:

¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis!

Nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual… Pero la mayoría de ellos no fueron del agrado de Dios.