sábado, 26 de febrero de 2011

Sexagésima


DOMINGO DE SEXAGÉSIMA


Salió un sembrador a sembrar… Nuestro Señor, al proponer a sus discípulos esta parábola, consideraba que hasta el final de los siglos, en todos los tiempos y en todos los lugares, siempre Él será Aquel que siembra, es decir siempre viviente, siempre presente.

Sería un error considerarlo como el gran sembrador del pasado, habiendo finalizado su tarea. Por el contrario, sabemos que constantemente cumple con esta labor.

En este momento, durante esta lectura, Él desea tener un papel activo en nosotros. ¿Qué tenemos que hacer, sino dejarlo trabajar, sembrar?

Él sigue siendo Aquel que siembra, no sólo para nosotros, sino también para todas las almas… También para aquellas que nos preocupan, que están en peligro…; para las que están bien preparadas y para las que no están bien dispuestas…

Siempre, a todo momento, es el Sembrador infatigable…

Presentemos a Jesús el inmenso campo del sembradío del mundo, con todos los Nicodemos, los Lázaros, las Samaritanas, las María Magdalenas, los Zaqueos…, y también los Pilatos…, y los Judas del mundo actual…; los amigos, quienes lo ignoran, los que lo atacan…

Que el Divino Sembrador arroje sus semillas a manos llenas en los buenos y en los malos, y que les conceda la gracia de recibirla bien…

Y después, debemos agradecer las gracias por las semillas que sembró en nuestra alma durante tanto tiempo: plantación que nos ha llegado a través de las generaciones anteriores de nuestra patria y familia cristianas; que, día a día, hora por hora, ha sembrado desde nuestro nacimiento.

Una tierra sin semillas es una tierra sin vida; del mismo modo, sin Jesús, no somos nada, y nada podemos producir de bueno.

Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; y fueron pisoteadas, vinieron las aves y se las comieron… Al escuchar esta frase del Evangelio, debemos sentir la necesidad de allegarnos a Jesús con espíritu de reparación.

Vemos esta hermosa y semilla divina, arrojada por Jesús, y que cayó al borde del camino, de algún modo perdida, despreciada, profanada…

¡Cuántas semillas arrojadas han sido desperdiciadas por la profanación…, a veces aniquiladas por el sacrilegio!…

Considerando este espectáculo terrible, ¿no vemos nuestra responsabilidad, espléndida y terrible? Jesús quiere que seamos como centinelas, guardianes del borde del camino, a fin de que, por nuestra oración y nuestro sacrificio, podamos recoger algunos granos aislados y ayudarlos a entrar en el surco divino.

¿Cuidamos de este borde del camino, donde la semilla más bella corre el riesgo de ser pisoteada y robada por los pájaros?

Si esta ansiedad divina está en nosotros, debe manifestarse por una gran ofrenda y una inmolación interior; un celo y una sed de reparación.

Hagamos actos de reparación compensatoria por todas las semillas profanadas en el borde de los caminos…

Debemos también preguntarnos: ¿estoy a veces tentado por el borde del camino? ¿Me he arriesgado a encontrar la muerte espiritual?


Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron… Oh Jesús, he aquí otra semilla expuesta a la esterilidad.

Ya no es por las causas externas que encontró la que cayó en el camino, sino por culpa de la piedra que la recibe.

Y sin embargo, esta alma, esta piedra, recibe tus semillas con alegría Aprecia la semilla, ella conoce el Don de Dios, ofrecido a la Samaritana…, pero le falta humedad, es decir, la vida interior, y todo se seca en ella…

La Gracia, delicada planta divina, tiene necesidad de encontrar en nosotros profundas disposiciones para desarrollarse. Es necesario, como mínimo, nuestra buena voluntad; y, sobre todo, la fidelidad activa que aspira a corresponder.

No reflexionamos lo suficiente en lo que perdemos cuando dejamos pasar una invitación de Dios. De omisiones en omisiones, de desprecios en desprecios, se puede llegar a un estado grave de esterilidad…

El fervor, poco a poco, se deseca… Nuestra alma puede convertirse en una piedra porque la dejamos endurecer por un defecto no combatido.

Nuestra alma puede llegar a ser una piedra, si ella le llega a faltar la humedad fertilizante de lo sobrenatural. No tendrá más que reacciones humanas, naturales, que la condenan a la muerte espiritual.

Oh Jesús, Sembrador divino, concédeme no perder nunca una sola de tus gracias…


Otras cayeron entre abrojos y espinas; crecieron los abrojos y las ahogaron… Oh Jesús, escuchando esta frase de la parábola, evoco una escena del Evangelio que siempre deja un recuerdo de tristeza en mi alma. Te veo en el camino, listo para alejarte, cuando de repente, un hombre joven llega corriendo, y se pone de rodillas ante Tí…

He aquí, que en esta tierra espiritual que se Te ofrece, arrojas una semilla de elección, de predilección: sólo te falta una cosa: si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres; luego, ven y ¡sígueme!

¡Cómo entusiasma el llamado a este joven!… ¡Qué bueno es Jesús al llamar a las almas a esta intimidad con Él!…

Pero, ¿qué pasó? El joven rico, tras escuchar la invitación, se ensombreció y apenó. La alegría y el ofrecimiento de sus ojos se apagaron…; se levanta y se va lentamente, lleno de aflicción… Y vemos reflejada en los ojos de Jesús una profunda tristeza…

¿Cuáles son los grandes bienes que mantienen a este joven alejado de Jesús? ¿Cuál es la fortuna que prefiere al tesoro ofrecido por Nuestro Señor? ¡Él es rico!… Por desgracia, ¡sus riquezas son abrojos y espinas!, que sofocan la semilla arrojada en su alma.

La semilla cayó en un alma atiborrada y desordenada…, y ella no puede germinar y crecer en ese terreno.

Es necesario tener un alma libre. Debemos impedir que nuestra alma sea invadida por solicitudes terrenas. Hemos de desmalezar nuestro corazón e impedir que crezcan espinas sofocantes de la buena espiga…

No queramos experimentar la misma tristeza del joven rico… Respondamos generosamente a todas las llamadas del Sagrado Corazón.


Otras cayeron en tierra buena… Esta vez cayó la semilla en un surco ampliamente abierto de tierra fértil.

Contemplemos esta tierra excelente. ¿Por qué es así? Debido a que ha sido trabajada. Ha sido roturada, despejada de las rocas y purificada de las espinas… Esta tierra ha sufrido para convertirse en buena.

De igual modo, un alma, para que sea muy buena tierra, debe ser arada espiritualmente.

Conocemos todas las imperfecciones que saturan nuestro suelo, todos los defectos que obstaculizan la semilla, así como también el trabajo que Jesús desea hacer en nosotros.
Somos conscientes de que es necesario desarraigar malas hierbas y hacer algunos esfuerzos indispensables para fecundizar nuestro campo.


Jesús ha puesto sus ojos divinos sobre nosotros desde hace mucho tiempo. Él quería hacer de nuestra alma su tierra de elección. Para hacer esto, viene a nosotros con los instrumentos de las virtudes para roturar, remover, abonar, enriquecer nuestra alma. Nuestra fertilidad dependerá de nuestra docilidad y generosidad.



Y dieron su fruto por la paciencia… Nuestro Señor destaca aquí una virtud en la que tal vez no hemos prestado atención.

En el mundo, la paciencia fácilmente es considerada como la virtud pasiva y secundaria. Santiago nos la presenta, sin embargo, como el alma de la perfección de todas las obras.

Esta virtud se manifiesta con trascendencia en Jesucristo, el cordero que no abre la boca para quejarse.

Preguntaron a Santo Tomás: ¿en qué reconoce usted a un Santo?, y respondió: en su paciencia.

Nuestro gran defecto es nuestro apresuramiento natural; siempre queremos ir más rápido que Dios y su gracia. Queremos ir demasiado rápido.

Demasiado rápido para nuestra santificación; y como ella se desarrolla lentamente, estamos tentados de abandonar todo.

Demasiado rápido para la salvación de las almas; y como se requiere tiempo para esto, pronto decimos con desaliento: “no hay nada que hacer”.

Demasiado rápido para el establecimiento de una obra; y nuestra precipitación nos expone a los escollos.

No somos pacientes.

Sería bueno que reflexionásemos a menudo en la palabra de la Sagrada Escritura: Más vale el hombre paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades (Prov. XVI, 32)
.

La paciencia es la base indispensable y la manifestación más segura de su valentía.


Para el hombre religioso, su vida está bajo el signo del dolor; no del dolor como accidente o prueba pasajera, sino del dolor como estado permanente, estado interno, más allá de la dicha y la desdicha; porque la vida del hombre de fe es una lucha interna continua, como la de un animal fuera de su elemento.

Los dos actos principales de la virtud de fortaleza son acometer y aguantar; y este último es el principal; dice Santo Tomás. Soportar es más fuerte que atacar.

Santo Tomás tiene por más a la Paciencia que al Arrojo; pero no excluye el Arrojo cuando es posible, al contrario.

En la condición actual del mundo, en que la estupidez y la maldad tienen mucha fuerza, hay muchos casos en que no hay chance de lucha; y aun para luchar bien se necesita como precondición la paciencia; y a veces el sacrificio.

El acto supremo de la virtud de la fortaleza es el martirio, pero la Iglesia ha llamado siempre al martirio triunfo y no derrota.

La paciencia consiste formalmente en no dejarse derrotar por las heridas, o sea, no caer en tristeza desordenada que abata el corazón y perturbe el pensamiento; hasta hacer abandonar la Prudencia, abandonar el bien o adherir al mal; y en eso se ejerce una actividad enorme.

La paciencia consiste en no dejarse destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir el interior.

Pase lo que pase, al fin voy a vencer, cree el cristiano; y hasta el fin nadie es dichoso.

La paciencia no consiste en el sufrir, sino en el vencer el sufrimiento. Sufrir y aguantar no es lo mismo: aguantar es activo, y viene de los guantes de hierro de los caballeros medievales.


Y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta… Nuestro Señor nos presenta una semilla sumamente productiva.

En la parábola de los talentos, el siervo que recibe el título de bueno y fiel había producido cinco por cinco o dos por dos. Pero aquí, Jesús presenta una cosecha de hasta ciento por uno.

¿De dónde viene la fertilidad? De la bondad de la tierra, sin duda; pero ella fecundizada y divinizada sin medida según los designios de Dios.

Jesucristo quiere enseñarnos el maravilloso desarrollo de la gracia, si es recibida por un corazón bueno y excelente.

¿Sabemos hasta dónde podríamos llegar, si dejásemos crecer dentro de nosotros todos los dones de Dios? Consideremos la distancia entre María Magdalena y la solitaria de la Sainte Baume…; Saulo de Tarso y Pablo de Damasco…, el publicano Leví y el Apóstol San Mateo… y tantos otros.

¿Qué ha ocurrido en esas vidas? Un día, una semilla divina cayó sobre aquellas almas. A pesar de su miseria, había un rincón de tierra buena donde la planta espiritual pudo desarrollarse. Y nosotros admiramos este progreso y el aumento de la gracia.

Estos milagros de la gracia no serían una excepción, si tuviésemos un corazón mejor dispuesto. Lamentablemente, somos tierras pobres, que no buscan sanar de su pobreza.

Jesús no nos santificará sin nosotros; y su plan de santidad quedará pendiente, tal vez para siempre, por nuestra culpa…


Si no queremos que sea así; si deseamos que la divina semilla dé abundante fruto en nosotros, debemos ofrecernos completamente para que ella produzca 30, 60 ó 100 por uno, según los designios de Dios.

Si hemos comprendido, hemos de colaborar con la acción que Jesús espera de nosotros.

Ahí están todos los talentos que hemos recibido de Él:


Nuestra inteligencia: prometamos ser fieles en cultivar y poner a su servicio esta facultad. No podemos consentir con nuestras perezas intelectuales. Ellas son aún más culpables en razón de la crisis actual que nos toca vivir: ¡qué necesarios son los estudios y el conocimiento profundo de la religión y de la historia de la Iglesia!


Nuestra voluntad: prometamos a Jesús utilizarla mejor para trabajar para Él, para fortalecer los actos con una generosidad constante y ajustarla a todos sus designios.

Hagamos penitencia por todas nuestras debilidades y cobardías.


Nuestro corazón: formulemos el firme propósito de mortificar los sentimientos mezquinos y demasiado humanos, y de expandir nuestro corazón por la verdadera caridad divina.

Pidamos perdón por nuestra pusilanimidad y por las deformaciones del amor en nosotros.


Pongamos al servicio de Dios y de su causa todos nuestros talentos y fuerzas. Trabajemos mejor en su servicio y apliquémonos a desarrollar todos los dones recibidos.

Reparemos nuestras negligencias, nuestra pereza y nuestros talentos enterrados.


Como Santa Teresita, hagamos el firme propósito de no ser santos a medias.