domingo, 1 de julio de 2012

Preciosísima Sangre

FIESTA DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO


He aquí una fiesta que nos debería ser muy apreciada y que tendría que excitar en nuestra alma grandes sentimientos de gratitud y de amor, porque nos recuerda que Nuestro Señor nos amó, y hasta tal punto que derramó toda su Sangre por nosotros, ofreciéndola a su Padre en expiación por nuestros pecados...

Y, lo que es más aún, este amor incomprensible e infinito se manifestó cuando éramos enemigos de Dios, lo cual se suma a la bondad excesiva del Salvador para con nosotros.

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Figuras de la Preciosísima Sangre

Una de las más llamativas, sin duda, es la sangre del Cordero Pascual, que fue la salvación de los hebreos...

El Ángel encargado de exterminar a los primogénitos de los egipcios dejó a salvo, por orden de Dios, las casas de los hebreos, cuya puerta estaba marcada con esa sangre protectora...

¡Y bien!, exclama San Juan Crisóstomo, ¿qué virtud podría tener aquella sangre? Ninguna... Pero ella figuraba la sangre del Salvador, el verdadero Cordero de Dios...


La sangre de las víctimas cruentas de la Antigua Ley es otra figura, muy expresiva, de la Sangre de Nuestro Señor...

Desde la caída de Adán, el hombre había entendido que para expiar era necesario sangre, es decir, la destrucción o la inmolación de un ser destinado para su uso, especialmente en el mantenimiento de su vida; y entre todos los seres, animales domésticos e inocentes..., de modo que la sustitución por este ser fuese más evidente.

Y fue Dios mismo quien había legislado esta sustitución: Sin derramamiento de sangre no hay remisión de los pecados..., dice San Pablo.

Es por eso que se sacrificaban e inmolaban víctimas inocentes, y se ofrecía su sangre al Señor... Está claro que su sangre, como la del Cordero Pascual, no tenía por sí misma ningún valor o virtud de satisfacer, sino que prefigura la Sangre de Nuestro Señor, que habría de expiar nuestros pecados.

Efusión y derramamiento de la sangre de las víctimas, he aquí otras tantas imágenes proféticas y simbólicas de la Sangre del Salvador, cuyas ondas sagradas eliminan por completo los pecados de la humanidad, desde el pecado de Adán hasta el del último hombre en el último día...


La sangre de Abel, derramada por Caín; la de los Profetas, derramada por los Judíos incrédulos, también es símbolo y figura de la Sangre de Jesucristo, que tuvo que ser derramada por la mano de los impíos...

Pero la sangre de Abel clamó venganza, y la de los Profetas resuena en el cielo, mientras que la de Jesús, clama misericordia y perdón..., la redención del género humano...

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Excelencia y precio de la Sangre de Nuestro Señor

Como desde toda la eternidad Dios vio la mísera y lamentable caída del hombre, rebelándose contra Él, del mismo modo, desde toda la eternidad, consideró el remedio para estos males. Es así que determinó y aceptó el rescate expiador de la rebelión. Este rescate no es otro que la Preciosísima Sangre de su Hijo.

La Sangre de Jesucristo tiene un valor infinito, porque es el Espíritu Santo quien la ha formado de la sustancia de la Purísima Virgen María..., y en virtud de la unión hipostática, es la Sangre del Verbo de Dios.

Y tal es su valor que una sola gota vale más que todo lo que existe y sería suficiente para redimir miles de mundos.

Lo que aumenta aún más el precio de la Sangre de Nuestro Señor, es el gran amor con que Él se ofreció a su Padre por nosotros.

Derramó hasta la última gota y en medio de las más atroces torturas, para hacernos comprender mejor la magnitud de nuestros crímenes, el precio de nuestra alma, y la grandeza de su amor.

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Aplicación de la Preciosísima Sangre

La Sangre de Jesús tiene un valor infinito, ya que es la Sangre de Dios..., y posee una virtud infinita para la redención y la santificación de las almas.

Pero es necesario desear que nos sea aplicada para aprovechar de Ella...

En una Carta de noviembre de 2006, dirigida a todos los Presidentes de las Conferencias Episcopales, el Cardenal Arinze, en ese momento Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, exigía la supresión de las traducciones vernáculas erróneas de la fórmula latina "pro vobis et pro multis" en la Consagración del Cáliz.

La frase latina se había hecho, en la gran mayoría de las lenguas, por el equivalente de la castellana: "por todos". La Carta dice:

"Se solicita a las Conferencias Episcopales de los países en donde la frase “por todos” o su equivalente está en uso actualmente llevar a cabo la necesaria catequesis de los fieles sobre este tema durante los próximos dos años para prepararlos a la introducción de una traducción exacta en la lengua vernácula de la fórmula pro multis (es decir, "por muchos")".


Sin embargo, el Cardenal Arinze agrega que "No hay ninguna duda sobre la validez de las Misas celebradas con una fórmula debidamente aprobada que contenga una expresión equivalente a "todos". En efecto, la fórmula "por todos", correspondería, sin ninguna duda, a una correcta interpretación de la intención del Señor expresada en el texto. Es un dogma de fe que Cristo murió en la Cruz por todos los hombres y todas las mujeres".

Ante todo, señalo que el Cardenal me hace pensar en las reivindicaciones feministas, así como en una cierta presidente...

Dejemos de lado estos reclamos revolucionarios y retomemos el texto del Cardenal: “la fórmula "por todos", correspondería, sin ninguna duda, a una correcta interpretación de la intención del Señor expresada en el texto”

Entonces, este cambio de sentido muy grave, en la óptica de la "Nueva Teología" no es, obviamente, inofensivo. Permite aceptar la teoría de la redención universal y la visión escatológica de un infierno finalmente inexistente o vacío.

En efecto, el Concilio de Trento, en su Decreto sobre la justificación, Capítulo 3, Los que están justificados en Cristo, dice:

"Mas, aun cuando Él murió por todos, no todos, sin embargo, reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión."

Y el Catecismo de Trento explicita:

XXIV.-: Mas aquellas palabras que se añaden: pro vobis, et pro multis, son tomadas parte de San Mateo y parte de San Lucas, mas la santa Iglesia instruida por el Espíritu divino las juntó, y se ordenan a declarar el fruto y utilidad de la Pasión. Porque si aten-demos a la virtud de ésta, debemos confesar que el Salvador derramó su Sangre para la salud de todos, mas si consideramos el fruto que los hombres sacan de ella, fácilmente veremos que esta utilidad no llega a todos, sino solamente a muchos. Por lo cual, cuando el Señor dijo: pro vobis indicó o bien a los que allí estaban presentes, o bien a los escogidos del pueblo judío, como eran los discípulos con quienes hablaba, excepto Judas. Más cuando añadió: pro multis, quiso indicar a todos los demás escogidos, así judíos como gentiles. Y fue muy bien no decir por todos, porque aquí se trataba solamente de los frutos de la pasión, la cual a sólo los escogidos reportó el fruto de la salud eterna. A esto aluden aquellas palabras del Apóstol: “Cristo ha sido una sola vez inmolado, para quitar de raíz los pecados de muchos”, y lo que el Señor dijo por San Juan: “Yo por estos ruego, no ruego por el mundo, sino por estos que me diste, porque son tuyos”.

Según el Magisterio de la Iglesia, «Pro vobis et pro multis» son, pues, palabras muy apropiadas para manifestar el fruto y las ventajas de la Pasión; ya que, si bien es cierto que Cristo padeció y derramó su Sangre por todos los hombres, no todos se aprovechan de Ella, sino sólo muchos.

Por lo tanto, hay serias dudas sobre la validez de las Misas (incluso tradicionales) celebras con la intención, supuestamente del Señor, que expresa que Cristo derramó su Sangre por todos los hombres.

En efecto, incluso si el sacerdote pronuncia en la fórmula de Consagración las palabras "pro multis", pero con la intención de "por todos", no consagra, porque no tiene la intención de la Iglesia.

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¿Dónde y Cómo nos son aplicados los frutos de la Sangre de Jesús?

En los Sacramentos. Ellos son como los recipientes y canales de la Preciosísima Sangre, al igual que las ramas del árbol de la vida por las cuales la gracia, que es la savia y el fruto, nos es comunicada.

Hay tres Sacramentos, especialmente, donde los efectos de la Sangre de Jesús son más sensibles:

El primero es el Bautismo. En este Sacramento, en virtud de los méritos de la Sangre de Nuestro Señor, nuestra alma es arrancada al demonio infernal, redimida, regenerada, completamente purificada, marcada por el sello de los hijos de Dios...

Luego, la Penitencia, semejante a un baño sagrado en el que toda nuestra pobre alma es purificada de las manchas contraídas después del Bautismo y adornada con la gracia de Dios...

Una vez más, la Sangre de Cristo tiene una virtud maravillosa, toma la forma de un remedio muy fácil y eficiente, para aquellos que quieran usarlo con los requisitos necesarios...

¿Quién podrá contar las maravillas de la gracia y de la santidad operadas en el Sacramento de la Penitencia, en virtud de la Sangre de Jesús, para las almas bien dispuestas?

¡Cuántas veces, en nuestras meditaciones, hemos deseado encontrarnos en el Calvario, para recibir sobre la cabeza unas cuantas gotas de la Sangre de Jesús!... Ahora bien, en el tribunal sagrado, es como si estuviéramos al pie de la Cruz de Jesús; allí podemos recibir las mismas gracias, conforme a nuestras disposiciones.

¿Por qué tantas almas, al final de la confesión, salen del confesionario como si no se hubiesen confesado?... Sin embargo, la Sangre de Jesús está siempre allí y no ha perdido ningún grado de virtud y eficacia... Pero la rutina, la tibieza, la mala voluntad, las continuas y deliberadas recaídas, impiden los efectos tan preciosos.

Prestemos atención sobre nosotros mismos y, para ser realmente curados de nuestras enfermedades, esforcémonos por llevar siempre a la recepción del Sacramento de la Penitencia un gran espíritu de fe, una contrición sincera, una gran confianza, un amor ardiente y generoso, y, finalmente, gran gratitud a Nuestro Señor que nos ha amado tanto...

Por último, la Eucaristía, que es el mismo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor y que nos es preparado y dado como alimento espiritual y fortaleza principal de nuestra alma...

La Sangre de Jesús es una bebida divina que fortalece el alma fervorosa, la hace feliz y digna del Cielo.

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Conclusión

Adoremos con todo nuestro corazón la Sangre Preciosísima de Nuestro Señor, especialmente durante la Santa Misa, cuando está delante de nosotros, presente en el Altar...

Agradezcamos al Divino Salvador por su infinito amor y por todos los dones, conocidos o desconocidos, que nos ha adquirido con su Sangre...

Digámosle a menudo, con gran y vehemente deseo, pero en un sentido opuesto al de los judíos: ¡Oh Jesús, que vuestra Sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos! Que corra sobre nuestra alma y la penetre, para purificarla, fortalecerla, vivificarla, santificarla. Amén.