martes, 25 de diciembre de 2012

Navidad 1


MISA DE NOCHEBUENA

 

 

Si consideramos el carácter de la Navidad en la Santa Liturgia, vemos que este tiempo está especialmente dedicado al júbilo de la Iglesia por el Advenimiento del Verbo divino, y especialmente consagrado a las congratulaciones debidas a la Purísima Virgen por su divina Maternidad.

 

Este doble pensamiento de una Madre Virgen y de un Niño Dios se expresa a cada momento en las oraciones y ritos de la Liturgia.

 

Todo es misterioso en los días en que nos encontramos. El Verbo de Dios, cuya generación es anterior a los siglos, nace en el tiempo; un Niño es Dios, una Virgen es Madre y permanece Virgen; las cosas divinas se mezclan con los asuntos humanos...

Esta antítesis inefable y sublime es expresada por el discípulo amado en el Evangelio: El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.

Esta frase se repite en todos los tonos y bajo todas las formas en las oraciones de la Iglesia: porque resume maravillosamente el gran evento de la unión, en una sola Persona divina, de la naturaleza humana y la naturaleza divina.

Misterio deslumbrante para la inteligencia humana, pero suave y dulce misterio para el corazón de los fieles. Es la consumación de los designios de Dios en el tiempo, el objeto de la admiración y el asombro de los Ángeles y Santos en su eternidad, al mismo tiempo que el principio y el medio de su bienaventuranza.

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Veamos de qué manera la Santa Iglesia lo propone a sus hijos, bajo los símbolos de la liturgia.

Después de la espera de cuatro semanas de preparación, imagen de los cuatro mil años del mundo antiguo, hemos llegado al vigésimo quinto día del mes de diciembre, como a una estación deseada.

Jesucristo, Nuestro Salvador, la Luz del mundo, nació en el momento en que la noche de la idolatría y del delito se espesaba más profundamente en este mundo. Y he aquí que el día de la Natividad, el 25 de diciembre, es precisamente aquel en que el sol material, en su lucha con las tinieblas, repentinamente revive y prepara su triunfo.

En el hemisferio norte, el decaimiento de la luz física y el acortamiento de los días durante el Adviento es como un triste emblema de la expectativa universal de aquellos días. Hemos clamado junto con la Iglesia al Oriente, el Sol de justicia, único que puede arrancarnos de los horrores de la muerte del cuerpo y del alma.

Dios nos ha escuchado; y el mismo día del solsticio de invierno, famoso por los horrores y las alegrías en la antigüedad, nos da la luz material y la antorcha de las inteligencias.

De este modo, encontramos la confirmación de nuestra fe allí mismo donde muchos hombres creen ver su ruina.

En efecto, el misterio fundamental de nuestra alegre cuarentena de Adviento se revela en el secreto escondido en la predestinación eterna del tiempo escogido para el día del Nacimiento del Hijo de Dios en la tierra: el vigésimo quinto día de diciembre.

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Examinemos ahora con respeto un segundo misterio, el lugar donde se produce dicho nacimiento. Este lugar es Bethlehem. Es de Belén que debe salir el líder de Israel. El Profeta lo predijo, los pontífices judíos lo saben y lo declararon al rey Herodes.

Pero, ¿por qué razón se ha elegido esta ciudad oscura, con preferencia a cualquier otra, para convertirse en la escena de algo tan sublime? Estemos atentos, cristianos... El nombre de esta ciudad de David significa Casa del Pan... Por eso el Pan vivo venido del Cielo la ha elegido para manifestarse.

Hasta ahora, Dios estaba lejos del hombre; de ahora en más, será una misma cosa con ellos. El Arca de la Alianza, que contenía sólo el Maná, es reemplazada por el Arca de la Nueva Alianza; Arca más pura, más incorruptible que la antigua: la Virgen incomparable, que nos presenta el Pan de los Ángeles, el alimento que transforma al hombre en Dios; porque Jesucristo dijo: el que come mi carne permanece en mí y yo en él.

 

Es esta la transformación divina que el mundo esperaba durante cuatro mil años, por la que la Iglesia ha suspirado durante las cuatro semanas del tiempo de Adviento. Por fin ha llegado el momento, y Cristo entrará en nosotros, si queremos recibirlo.

 

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Ha llegado el momento en que el alma fiel recogerá el fruto de los esfuerzos que ha hecho en la laboriosa fase del Adviento, para preparar una morada al hijo de Dios, que quiere tener nacimiento en ella.

¿Cuáles son los deberes que la naturaleza humana y cada una de nuestras almas tienen para con el divino Niño?

Durante el Adviento, nos hemos unido a los Santos de la Antigua Alianza para implorar la venida del Mesías Redentor; ahora que ha llegado, consideremos los homenajes que debemos ofrecerle.

La Santa Iglesia, en este tiempo Santo de Navidad, ofrece al Niño Dios su adoración profunda, el transporte de alegrías inefables, el tributo de reconocimiento sin términos, la ternura de un amor sin par.

Estos sentimientos, de adoración, de alegría, de reconocimiento, de amor, forman el conjunto de deberes que cada alma fiel tiene que ofrecer al Emmanuel en su Pesebre.

Nuestro primer deber es la adoración. La adoración es el primer acto de la religión; pero se puede decir que, en el misterio de la Natividad, este deber es aún más sagrado.

En el Cielo, los Ángeles velan su rostro delante del trono de Dios; los veinticuatro Ancianos inclinan continuamente sus tiaras ante la majestuosidad del Cordero...; ¿qué haremos nosotros, pobres pecadores, indignos de miembros de la raza redimida, cuando el mismo Dios se muestra rebajado, anonadado por nosotros..., cuando, por la inversión más sublime, los deberes de la criatura para con el Creador son cumplidos por el mismo Creador..., cuando el Dios eterno se inclina, no sólo ante la infinita Majestad, sino ante el mismo pecador?

Por lo tanto, es justo que, a la vista de un espectáculo tan increíble, nos esforcemos en ofrecer nuestra profunda adoración al Dios que se inclina por nosotros. Debemos imitar en la tierra, en la medida de lo posible, los sentimientos de los Ángeles en el Cielo; y jamás acercarnos al divino Niño sin presentarle primero el incienso de una adoración sincera, la protesta de nuestra dependencia, el homenaje de nuestro anonadamiento debido a esta Majestad, tanto más digno cuanto por nosotros mismos se ha rebajado, humillado y abatido.

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El ejemplo de la Santísima Virgen María servirá poderosamente para mantenernos en esta actitud de humildad. La Virgen María fue humilde ante Dios, antes de ser Madre; convertida en Madre, Ella se vuelve incluso más humilde delante de su Dios y su Hijo.

Por lo tanto nosotros, criaturas viles, pecadores mil veces perdonados, adoremos con todas nuestras fuerzas a Aquel que, siendo el Altísimo, descendió hasta nuestra bajeza, y esforcémonos por compensar este eclipse de su gloria con nuestros actos de adoración ante el Pesebre.

Pero la Santa Iglesia no sólo ofrece al Niño Dios el homenaje de su profunda adoración; el misterio del Emmanuel, del Dios con nosotros, es para Ella fuente de un gozo inefable.

El respeto debido a Dios se concilia maravillosamente con los cánticos sublimes, con esa alegría que nos han exhortado los Ángeles y a la cual nos han invitado a participar.

La Iglesia desea imitar la alegría de los Pastores que llegaron a toda prisa a Belén y se gozan ante el Niño Dios; la misma alegría de los Reyes Magos que, al salir de Jerusalén, ven nuevamente la estrella que los condujo hasta el Rey de reyes.

De allí viene que la Cristiandad entera, habiéndolo comprendido, celebró al divino Niño con aquellos cánticos alegres y populares, conocidos como villancicos de Navidad; preciosas tradiciones, cuyos últimos restos se van borrando con otras tantas hermosas tradiciones de la fe.

Aceptemos de corazón la alegría que viene de arriba como un regalo celestial. La sabiduría divina nos dice que el corazón de los justos es una fiesta continua, porque la paz está en él. En estos días, la paz es aportada a la tierra a los hombres de buena voluntad.

A esta alegría viene unirse el sentimiento de gratitud hacia Aquel que, sin detenerse por nuestra indignidad, quiso escogerse una Madre entre las hijas de los hombres, una cuna en un Pesebre en un pobre establo.

¡Oh presente inestimable! ¿Qué gratitud podremos ofrecer que sea comparable al beneficio, cuando, desde lo más profundo de nuestra miseria, somos incapaces de evaluar incluso el valor?

Sólo Dios Padre sabe bien lo que nos ha dado en este misterio...; y el divino Niño, en el fondo de su Pesebre, guarda el secreto.

Pero si el reconocimiento está fuera de proporción con el beneficio, ¿quién pagará la deuda? Sólo el amor puede hacerlo. Es por eso que la Santa Iglesia, en presencia del Pesebre, después de haber adorado, alabado, alegrado, dado gracias, se siente presa del amor de una ternura indescriptible.

Y todas sus expresiones se cambian en palabras de amor. Sus expresiones de adoración, de alabanza, de acción de gracias, son en sus cánticos expresiones variadas e íntimas de amor que transforma todos sus sentimientos.

Nosotros también, sigamos a la Iglesia, Nuestra Madre, y llevemos nuestro corazón al Emmanuel. Los Pastores le ofrecen su simplicidad, los Reyes Magos le traen ricos presentes; unos y otros nos enseñan que nadie debe comparecer en presencia del Niño Dios sin hacerle un regalo digno de Él.

Ahora bien, es necesario tenerlo bien en cuenta: Él rechaza cualquier otro tesoro que el que vino a buscar. El amor lo ha hecho descender del Cielo. Esta es la materia de nuestros deberes para con Jesucristo en su primer Advenimiento en carne y debilidad.

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Pero tal es la grandeza del misterio de este día, que la Iglesia no se contenta con ofrecer un único sacrificio. La llegada de un regalo tan precioso y tan esperado merece ser reconocido por nuevos tributos.

Dios Padre da su Hijo a la tierra; el Espíritu de amor realiza esta maravilla: es necesario que la tierra eleve a la gloriosa Trinidad el tributo de un triple sacrificio.

Además, el que nació hoy en esta noche, ¿no se manifestó por medio de tres nacimientos? Nació esa noche de la Virgen Bendita; va a nacer, por su gracia, en los corazones de los pastores, que son las primicias de toda la cristiandad; nace eternamente en el seno de su Padre...

Este nacimiento triple debe ser honrado por un triple homenaje.

La primera Misa es en honor del Nacimiento del Verbo según la carne.

Los tres nacimientos son efusiones de la luz divina; sin embargo, este es el momento en que el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz, y donde la aurora apareció para aquellos que vivían en la región de las sombras de la muerte.

En Belén, en la ciudad, todo es oscuridad; y los hombres que no proporcionaron un lugar para el huésped divino, reposan en una paz grosera; pero no serán despertados por el concierto de los Ángeles.

Mientras tanto, a medianoche, la Virgen Madre sintió que había llegado el momento supremo. Su corazón materno es súbitamente inundado de delicias desconocidas; se derrite en éxtasis del amor.

De repente, franqueando las barreras del seno materno por su omnipotencia, el Hijo de Dios, el Hijo de María, aparece recostado sobre paños ante los ojos de su Madre, hacia la cual extiende sus brazos.

La Virgen adora este divino Niño que le sonríe; se atreve a estrecharlo contra su corazón. Le envuelve en los pañales amorosamente preparados por Ella, y lo recuesta sobre un pesebre.

El fiel San José y los Santos Ángeles, según la profecía de David, rinden sus profundos respetos a su Creador.

El Cielo está abierto sobre el establo, y las primeras súplicas del Dios recién nacido ascienden hacia el Padre de los siglos; su primer llanto, sus suaves suspiros llegan a los oídos del Dios ofendido y ya preparan la salvación del mundo.

Finalmente apareció, en su gracia y misericordia, este Dios Salvador; único que podía arrebatarnos de las obras de la muerte y devolvernos la vida. El Apóstol San Pablo acaba de decirnos que Él es el gran Dios, el Señor, cuyo nacimiento eterno es anterior a todo tiempo. Cantemos su gloria con los Santos Ángeles y con la Iglesia.

Después del Evangelio, la Iglesia canta triunfalmente el glorioso símbolo de la fe, en el que todos los misterios del hombre-Dios son resumidos con estas palabras: et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine et Homo factus est...

Adoremos profundamente al gran Dios que tomó la forma de su criatura, y rindamos los más humildes respetos a esta gloria que se despoja por nosotros. Tributemos especialmente el homenaje de nuestra inteligencia, rendida por la fe ante el misterio

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La Fe esencialmente consiste en creer una cosa sólo porque Dios nos la ha revelado.

No hay que creer porque lo entendamos o lo demostremos con evidencia, como sucede con las verdades humanas..., sino que hemos de someter nuestro juicio... y nuestro parecer... y nuestros sentidos... y nuestra razón misma a la palabra de Dios.

¡Qué humildad!..., ¡Qué sumisión!... ¡Qué confianza en Dios supone el acto de fe!

Por eso tanto agrada al Señor..., por eso también tanto le ofende el pecado de incredulidad.

¿Qué extraño, siendo esto la fe, que se encontrara en grado tan heroico en la Santísima Virgen? Dios tuvo complacencia especial en infundir esta hermosísima virtud en su Madre Santísima, para que nos sirviera de modelo.

María cree siempre... con sencillez..., con confianza..., sin vacilaciones ni dudas, en la palabra de Dios.

El Ángel de la Anunciación pone a prueba su fe; le dice de parte de Dios que concebirá y dará a luz un hijo. Ella, la Virgen, ¿podía ser Madre? Naturalmente esto es imposible. Sin embargo, no duda, no vacila. En cuanto conoce la voluntad de Dios, cree en Él y acepta todo lo que el Ángel le dice.


Si tuvierais fe, dice Cristo, traspasaríais los montes. La fe es la que hace los milagros. En María, obró el milagro de los milagros...; su fe atrajo al Hijo de Dios de los Cielos a su purísimo seno.

Dios ha querido rodear a la fe de una oscuridad en medio de su certeza e infalibilidad, que la haga más meritoria. La fe es cierta, con una certeza que se funda en el mismo Dios, que no se engaña ni puede engañarnos; pero la fe es oscura, muy oscura a veces, tanto que nunca podremos en esta vida llegar a comprender las verdades que nos enseña.

Todavía hay más. Es de tal clase la verdad revelada, que en ocasiones no sólo hemos de creer lo que no vemos, sino lo contrario de lo que vemos. Éste es, sin duda, el sacrificio más meritorio que nos exige la fe.

Pues bien, a María Santísima tampoco le faltaron las grandes oscuridades que hicieron tan meritoria su fe.

En el Nacimiento, aparece Jesús como un niño en todo igual a los demás. Sabía la Virgen que era el Hijo de Dios, pero... ¿qué pruebas tenía delante?... Más bien todo lo contrario... Un niño pobre, desvalido, llorando igual que todos..., que no sabía hablar, ni andar, ni hacer nada por sí mismo, teniendo necesidad del sustento, del cuidado, del sueño, como los demás; perseguido y abandonado por todos..., etc.

Todo esto ¿eran señales de divinidad?... ¿Pero el Hijo de Dios iba a nacer así? El pesebre, el portal, los animales que le acompañan, ¿esto es digno de un Dios? ¿Cómo es posible esto? ¿No estará equivocada? ¿No se habrá forjado una ilusión que no puede ser?

Su fe es inquebrantable. A pesar de todas estas cosas capaces de hacer vacilar a cualquiera, María no duda ni un momento, cree en la palabra del Ángel y en ella la voz de Dios que la revela quién ha de ser su Hijo.

Adora los misterios sacrosantos y profundísimos de la vida y de la muerte de Jesús, trata de sondear las enseñanzas altísimas, y aunque adornada de gracias especialísimas en el orden natural y en el orden sobrenatural, y a pesar de las revelaciones y luces tan extraordinarias que Ella sola recibió, no obstante, como criatura que es al fin, no puede llegar a comprender los insondables e infinitos abismos de la divinidad..., y humildemente se abraza con la fe ciega, que la hace admitir gustosa y alegremente todo lo que Ella no ve y no comprende, dentro de los planes de la providencia divina.

Admiremos esta humildad tan simpática y tan sobrenatural de María en sus actos de fe, dispuesta en todo momento a dejarse guiar por la voluntad de Dios, y a someter y a rendir su juicio con prontitud a la misma... y, finalmente, su confianza en Dios, que la hacía abandonarse en sus brazos, aunque no viera ni entendiera a dónde ni por dónde la llevaba.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Cuarto de Adviento


CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO


El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, gobernando Poncio Pilato la Judea, siendo Herodes tetrarca de la Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene, hallándose Sumos Sacerdotes Anás y Caifás, el Señor hizo entender su palabra a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y vino por toda la ribera del Jordán, predicando un bautismo de penitencia, para remisión de los pecados, como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas. Todo valle será terraplenado, todo monte y cerro rebajado; y los caminos torcidos serán enderezados, y los escabrosos allanados: y verán todos los hombres la salud de Dios.


Ya sabemos que durante el Tiempo Litúrgico de Adviento nos detenemos este año sobre la Persona adorable de Jesús, considerándola según los principales aspectos con que se nos ofrece en los Evangelios. Recuerdo que para este estudio utilizo, principalmente, la precisa y bella doctrina del Cardenal Isidro Gomá y Tomás, Primado de España.

De los rasgos y cualidades del Redentor prometido y el Juez esperado ya hemos analizado el de Hijo de Dios, Hijo del Hombre, Mesías, Maestro, Profeta, Sacerdote y Cordero.

Hoy nos detendremos en los atributos de Jesús Pastor y Rey.

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JESÚS PASTOR

El Profeta Ezequiel había profetizado el retorno de los israelitas de la cautividad de Babilonia y la unión de los dos reinos, en que se habían dividido las doce tribus, bajo el cetro de un solo rey.

Extiéndese luego la visión del profeta al reino mesiánico, cuyas características describe, su perpetuidad, santidad y catolicidad, y dice estas palabras: Y mi siervo David (es decir, el nuevo David que nacerá de la raza del gran rey) será rey sobre ellos, y pastor único de todos ellos: andarán según mis mandatos, y guardarán mis preceptos, y los practicarán.

La vida pastoril ocupa lugar principalísimo en la historia, en las costumbres y en la misma literatura del pueblo de Dios.

El pastor, no el mercenario, sino aquel cuyas ovejas son propias, como dirá más tarde Jesús, ejerce un verdadero señorío y como una paternidad solícita sobre sus rebaños.

De aquí que en la literatura del Antiguo Testamento, en que abunda tanto la concreción metafórica de las ideas, se aplique con frecuencia a Dios, Soberano Señor y Padre providentísimo de los hombres, el título de Pastor, hasta el punto de que el pastor, en el lenguaje de los Profetas de un modo especial, tiene una bien definida significación teológica: es Dios.

Llamábase pastores a los que ejercían autoridad en el pueblo de la teocracia. Pero de una manera especial era Dios el Pastor de Israel por antonomasia.

Correlativamente, el pueblo era la grey de Dios Pastor.

Yahvé es el Pastor de Israel en los escritos del Antiguo Testamento. También el Mesías será el futuro pastor del pueblo redimido.

En la espléndida visión del profeta Ezequiel aparece la distinción entre Dios y el Mesías: Yahvé envía a éste para que apaciente su grey; ambos son pastores.

Dios Pastor y el Mesías Pastor se identificarán en Jesús, el Buen Pastor de la grey cristiana, porque Jesús es el Mesías, Hijo de Dios.

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El arte cristiano se ha complacido en representar a Jesús bajo la figura de un pastor buscando afanoso la oveja descarriada, o mejor, llevándola amablemente cargada sobre sus hombros. Toda la tradición, de la que da testimonio el arte ingenuo de las Catacumbas, ha visto a Jesús en el pastor de la parábola, y a la humanidad pecadora en la oveja descarriada.

Pero Jesús se llama a Sí mismo, en forma enfática, el Buen Pastor; y no de una manera incidental, sino describiendo un verdadero sistema de acción, sacado de la vida pastoril que se aplica a Sí mismo. La condición de propietario de las ovejas supone en Jesús la divinidad.

Son las ovejas de toda la tierra, con las cuales se formará un gran rebaño con un solo Pastor; es la Iglesia Católica con su Cabeza Jesús.

Jesús, pues, es el Pastor que ha suscitado Dios en el reino mesiánico para gobernar el divino aprisco con la sabiduría y solicitud que Él solo puede hacerlo.

Es Dios y es Mesías: por ambos títulos le corresponde el nombre de Pastor de la nueva grey.

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JESÚS REY

Ya hemos indicado la relación de ambos títulos de Pastor y Rey, en la historia y en el pensamiento del pueblo hebreo.

Los antiguos patriarcas fueron a un mismo tiempo pastores y reyes, o poderosos jefes de tribu.

Por esto en el pensamiento y en la literatura del pueblo de Dios, el futuro Mesías se ofrece con los caracteres de Pastor y Rey.

Veamos la profecía y la realidad en lo que atañe a este último título.

David introduce al Mesías proclamándose rey instituido por Yahvé: Yo he sido constituido Rey por Él, sobre Sión, su monte santo.... Rey universal a quien ha dicho el Señor: Pídeme y te daré en herencia las naciones, y serán posesión tuya los confines de la tierra. Rey poderoso, que gobernará con cetro de hierro a los rebeldes y los triturará como vaso de alfarero.

También Jeremías, junto con la promesa de un Pastor, le hace a Israel la promesa de un Rey: Ved que se acercan los días, dice el Señor: y suscitaré de David un descendiente justo: y reinará rey, y será sabio, y hará el juicio y la justicia en la tierra.

Y Zacarías veía en lontananza la escena jubilosa de la entrada del rey futuro en Jerusalén: Regocíjate en gran manera, hija de Sión: alégrate, hija de Jerusalén: mira que vendrá a ti tu rey justo y salvador: vendrá pobre, y sentado sobre una asna, y sobre un pollino hijo de asna.

En tiempo de Jesús, el sentimiento de la realeza del Mesías era universal, y profundamente arraigado en el pueblo. Contribuía a ello el estado lamentable a que había venido a parar la teocracia.

Salido el cetro de la real casa de Judá, oprimido el pueblo bajo el yugo del idumeo Herodes y de los procuradores romanos, sentía la nostalgia de los gloriosos tiempos de David y Salomón.

Las profecías eran terminantes sobre la restauración de una monarquía poderosa, y se esperaba por momentos el advenimiento del gran rey que salvara al pueblo.

Cuando los Magos vienen a Jerusalén para adorar al rey de los judíos, se turba Herodes, y se conmueve toda la ciudad; se congrega el Sinedrio a las órdenes del monarca, quien pregunta a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas: ¿Dónde debe nacer el Cristo?, y responden aquéllos: En Belén de Judá, porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre las principales de Judá, porque de ti saldrá el caudillo que gobernará mi pueblo de Israel.

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Habla Jesús, con gran insistencia del Reino de Dios, del Reino de los cielos, cuyas características analizaremos.

Esta forma de hablar de Jesús, junto con los estupendos prodigios que obraba, formaron alrededor de Él una aureola de verdadero rey. Al aclamarle por tal el pueblo, sus enemigos tomaron este título como motivo de acusación ante las autoridades: era la manera más eficaz de perderle.

Los jefes de la nación le llevan a Pilatos, y le dicen: Hemos hallado a éste pervirtiendo al pueblo y vedando dar el tributo al César, y diciendo que él es el Cristo rey. Pilatos quiere cerciorarse de la verdad de la acusación: llama a Cristo y le dice: ¿Eres tú el rey de los judíos?

Jesús responde al Procurador con una fórmula explicativa, y le habla de un reino que no es de este mundo.

Pilatos insiste: Luego ¿tú eres rey?, y entonces responde Jesús con la plena afirmación de su realeza: Tú lo dices que soy rey, es decir, es cierto que soy rey.

Pilatos, al ceder ante la avalancha del odio de los enemigos de Jesús, querrá que conste el motivo de su condenación, y en la tablilla de la Cruz escribirá: Jesús Nazareno, Rey de los judíos.

Inútil que pretendan los judíos que substituya el título. Morirá Jesús con esta inscripción mesiánica sobre su real cabeza, Y el Hijo de Dios, que con el título de rey de los judíos había sido parangonado con Barrabás; que como rey había sido saludado por la soldadesca en el pretorio; presentado al pueblo como tal después de la flagelación; y escarnecido por los poderosos del pueblo en la cruz, dejará de ser el rey según la mezquina concepción judía, para ser proclamado Rey inmortal e invisible de los siglos.

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¿Qué es el reino de Jesús? Es el Reino de Dios, o Reino de los cielos; es todo espiritual; está en la tierra, en alguna de sus etapas; pero no es de la tierra: no es de aquí.

El Reino de los cielos es el reino de la verdad. Tú dices que soy rey, decía Jesús a Pilatos; Yo para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo aquel que es de la verdad escucha mi voz.

Es la antítesis del reino de Satanás, padre de la mentira, y sobre sus ruinas debe fundarse.

En el orden social, el Reino de Dios es universal: Predicad el Evangelio a toda criatura; Enseñad a todas las naciones.

Este Reino de Dios, que empieza en la tierra por la santificación personal, tendrá un complemento definitivo y eterno, en un lugar que tiene Dios preparado para los justos desde el principio del mundo.

Tiene el Reino de los cielos en este mundo una expresión visible, que es la Iglesia.

En esta enseñanza circunstancial, iba vaciando Jesús su pensamiento en lo tocante a su Reino, y dio la completísima enseñanza del Reino de Dios, que desentrañará y explicitará posteriormente el pensamiento cristiano para formular la maravillosa síntesis de la religión del espíritu y de la verdad, en el orden doctrinal y en la práctica de la vida, en el aspecto individual y social, temporal y eterno.

En verdad que el Reino de Cristo no es de este mundo, porque sólo del cielo podía venir un Rey como Él, que publicara el Evangelio, que es la carta magna de su Reino, y que fundara el Reino más vasto, más íntegro, más santo y más duradero que han visto jamás los siglos, porque durará más que ellos: Su reino no tendrá fin.

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Nada mayor ni mejor puede perder el mundo que perdiendo la Realeza de Cristo Jesús. Ningún crimen mayor, ninguna desgracia mayor, de lesa vida y de lesa sociedad humana, que repetir la frase terrible de los judíos: No queremos que éste reine sobre nosotros.

Porque ningún rey puede procurarle a un pueblo mayores ni más excelsos bienes que los que Jesús procura a los suyos; ninguno podrá jamás llegar al esplendor del Reino de Jesús, en el que caben todas las grandezas humanas, coronadas y glorificadas con grandezas divinas de verdad, que sólo pueden hallarse en el Reino de Jesucristo.

Consideremos las características de este Reino, según el texto magnífico del Prefacio de la Misa de Cristo Rey.

Es el reino de la verdad y de la vida.

Es el Reino de la verdad porque le informa la verdad por antonomasia, que es la misma verdad de Dios, que Jesucristo trajo del cielo a la tierra.

Reino de la verdad sin mentira; luz divina que es de todos y para todos, porque este Rey quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Luz clara y radiante, que ahuyenta errores, deshace sofismas, desenmascara la mentira. Luz fija e indeficiente, que no sólo ilumina los caminos de los hombres y de la historia, sino que hace a los mismos hombres luminosos, porque les comunica la claridad de las vidas según Dios.

Luz que procede del Rey-Luz, porque Él mismo dijo que era la Luz; que hace caminar a los hombres hacia Él, por los caminos de la luz, hacia las regiones de la luz inmortal.

Luz verdadera, que da a las cosas su propio color y que hace sean vistas en su realidad, sin titubeos ni engaños.

Reino de la vida, porque este Rey nos trasladó de la muerte a la vida cuando nos hizo reino suyo; porque fuera de este reino no hay más que la muerte, la temporal y la eterna que, como dice san Agustín, es la síntesis de toda muerte.

Es el reino de la vida, porque en él se vive una vida sobrenatural según el ritmo de la vida del Rey, oculta con la suya en Dios; porque después de esta vida natural, que tanto se asemeja a la muerte y que tiene por término la muerte del cuerpo, se nos ha reservado, a todos los hijos del reino de Jesucristo, una existencia de vida sempiterna, de cuerpo y alma.


Y sigue el Prefacio: Es el reino de la santidad y de la gracia.

Reino de la santidad, porque el fin de este reino no es otro que la rectificación y la rectitud de la vida según las exigencias de la vida de Dios, que es santidad esencial.

Porque en este reino todo es santo: su Cabeza, que es el Rey Jesús, su doctrina, su ley, sus sacramentos, la misma sociedad que forma este reino, la Santa Iglesia, que tiene por alma el mismo Espíritu de Dios, que es el Espíritu Santo.

Reino de la gracia, porque todo en este reino es gracioso, derivado de la bondad liberalísima de Dios; porque el que entra en él no tiene que hacer más que acoplar su libertad a la voluntad y a la gracia de Dios.


Es el reino de la justica, del amor y de la paz, sigue el Prefacio.

Reino de la justicia, porque todo en él se pesa según la balanza de Dios, y nada vale si no lleva la marca de Dios.

Reino de la justicia, porque la verdad divina que le informa y la ley divina que le sostiene son expresión y garantía a un tiempo de toda justicia. Reino de justicia, porque nuestro supremo Rey es la justicia esencial, que da a hombres y pueblos lo que merecen, según sus obras.

Es el Reino del amor, porque el amor es el carácter distintivo de sus súbditos; porque el amor del Padre que envía al Hijo para que funde el Reino, y el amor del Hijo que muere para fundarlo, y el amor del Espíritu Santo que lo informa, son lo que podríamos llamar ley histórica y constitucional de su fundación.

Reino del amor, porque en el reinado del amor contemplativo de la gloria todo amor se fundirá en el divino amor, sin confundirse con él, para constituir la felicidad de toda criatura que forme parte de este reino.

Es, finalmente, el Reino de la paz, porque su Rey es el Príncipe de la paz, el que ha puesto la paz entre los cielos y la tierra, el que trae la paz a los hombres de buena voluntad, y les pone en paz consigo mismos, con Dios y con el prójimo.

Reino de la paz, porque empieza con la paz de todos los factores humanos en la tierra, para consumarse en la paz inalterable y eterna de la gloria.

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Después de todo lo que hemos contemplado estos cuatro domingos de Adviento, acudamos a la gruta de Belén y digamos: Jesum Christum, Regem regum, venite, adoremus: Venid, adoremos a Jesucristo, Rey de reyes.


Adorémosle, y constituyámosle Rey nuestro en todos los órdenes.

Digámosle a Jesucristo Rey aquellas palabras de la Liturgia, que parecen un grito contra la libertad del hombre, pero que de hecho son la salvación del hombre si se les da eficacia: ¡Señor Rey! Subyuga a tu imperio nuestras voluntades rebeldes.

¡Rey nuestro, Jesús, Salvador nuestro! Al celebrar tu realeza en tu Natividad, no queremos contentarnos con rendirte los efímeros tributos de nuestra devoción, sino que queremos que tomes posesión de nuestra libertad.

Usa de ella, Rey nuestro, como te plazca, que mejor que en nuestras manos pecadoras, que la sacan de su cauce para ofenderte, está en las tuyas santísimas, que pueden hacer de ella la obradora de nuestra salvación, temporal y eterna.

¡Rey nuestro, Jesús! Somos rebeldes a tu cetro, lo hemos sido mil veces: aferra nuestra libertad, véncela, subyúgala, para que jamás pueda levantarse contra Ti.

Venga a nos el tu reino, Jesús Rey, en los individuos, en la familia, en la sociedad, para que después de haber sido dignos súbditos de tu cetro, podamos formar parte del Reino eterno de la gloria, donde con el Padre y el Espíritu Santo vives reinas por los siglos de los siglos. Amén

domingo, 16 de diciembre de 2012

Tercero de Adviento

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO


Y éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron a él de Jerusalén sacerdotes y Levitas a preguntarle: "¿Tú quién eres?" Y confesó y no negó: y confesó: "Que yo no soy Cristo". Y le preguntaron: "¿Pues qué cosa? ¿Eres tú Elías?" Y dijo: "No soy". "¿Eres tú el Profeta?" Y respondió: "No". Y le dijeron: "¿Pues quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?" El dijo: "Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta".
Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. Y le preguntaron y le dijeron: "¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?" Juan les respondió, y dijo: "Yo bautizo en agua; mas en medio de vosotros está a quien vosotros no conocéis. Este es el que ha de venir en pos de mí, que ha sido engendrado antes de mí: del cual yo no soy digno de desatar la correa del zapato". Esto aconteció en Betania, de la otra parte del Jordán, en donde estaba Juan bautizando.


Como he dicho los últimos domingos, durante el Tiempo Litúrgico de Adviento nos detendremos sobre la Persona adorable de Jesús, considerándola según los principales aspectos con que se nos ofrece en los Evangelios. Recuerdo que para este estudio utilizo, principalmente, la precisa y bella doctrina del Cardenal Isidro Gomá y Tomás, Primado de España.

De los rasgos y cualidades del Redentor prometido y el Juez esperado ya hemos analizado el de Hijo de Dios, Hijo del Hombre, Mesías, Maestro y Profeta.

Hoy nos detendremos en los atributos de Jesús Sacerdote y Cordero.

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JESÚS, SACERDOTE

Ambos títulos, Sacerdote y Cordero, son mesiánicos. En el Antiguo Testamento se delinea la figura de sacerdote y víctima del futuro Mesías.

En el Evangelio aparece Jesús como Sacerdote y Cordero de Dios; y en los mismos tiempos apostólicos tendrá más amplio desarrollo la teología católica sobre estos dos puntos, especialmente en la carta de San Pablo a los Hebreos y en el Apocalipsis de San Juan.

Escasos son los textos del Antiguo Testamento en que se afirme de una manera concreta el carácter sacerdotal del futuro Mesías; con todo, se delinea en muchísimas de aquellas páginas.

El simple hecho de la filiación divina debía hacer del Mesías el Profeta, el Sacerdote y el Rey por excelencia.

Un sacrificio nuevo exigía un nuevo sacerdocio, y el profeta Malaquías vaticina para los tiempos mesiánicos un sacrificio puro y universal, en que toda la exégesis cristiana ha visto profetizado el sacrificio eucarístico.

Este sacrificio puro no lo ofrecerán los sacerdotes según Aarón, porque el sacerdocio levítico debía circunscribir sus funciones dentro de los límites de Israel, y la nueva Hostia pacífica deberá ofrecerse en todos los puntos de la tierra: lo hará el sacerdote de la religión que funde el Mesías, es decir, el mismo Mesías, de cuyo Sacerdocio eterno participarán sus sacerdotes.

El Rey David, en el salmo 109, que es salmo sacerdotal y real a la vez y que contiene uno de los más claros y definidos vaticinios mesiánicos, llama al Mesías sacerdote eterno según el orden de Melquisedec.

El sacerdocio del Mesías se colige de aquellos pasajes en que se alude a un sacrificio personal que el mismo Mesías realizará, y en el que será sacerdote y víctima a la vez.

David introduce en el mundo al Cristo futuro ofreciéndose como hostia por los pecados con estas palabras: No quisiste sacrificio ni ofrenda. No demandaste holocausto ni ofrenda por el pecado. Entonces dije: He aquí que vengo... para hacer tu voluntad; palabras que San Pablo aplica a Cristo Sacerdote.

Isaías habla de la muerte del Mesías como sacrificio que hace de sí propio, sacrificio voluntario, sangriento, expiatorio.

En la misma tipología del Antiguo Testamento hallamos un preludio del sacerdocio del Mesías. Abel, Melquisedec, Abraham son tipos del sacerdocio del Mesías.

Particularmente Melquisedec y Abraham son los dos tipos representativos de los dos sacerdocios del Testamento Antiguo: el primero representa el sacerdocio antes de la ley; el segundo, el sacerdocio legal, ya que de Abraham vienen Aarón y Leví, de cuya tribu debían ser los sacerdotes según la ley.

El sacerdocio del Mesías deberá ser según el orden de Melquisedec, no de Aarón:

Primero, porque el Mesías no será de la tribu de Leví, sino de la de Judá, que no es sacerdotal.

En segundo lugar, porque el sacerdocio de Melquisedec era más perfecto que el de Abraham, de donde nacerá Aarón.

Era mayor la dignidad del oferente, porque Abraham pagó el diezmo a Melquisedec y recibió de él la bendición.

Más perfecta también la representación del futuro sacerdote Hijo de Dios, sin padre, ni madre, ni genealogía, sin padre como hombre, sin madre como Dios y sin genealogía por su inescrutable origen.

En esta independencia de la genealogía sacerdotal levítica está uno de los más preciados caracteres del futuro sacerdocio del Mesías.

Será un sacerdocio nuevo, porque lo será  su sacrificio y su religión; porque la ley debía ser abolida, substituyéndola un pacto o Testamento nuevo, sellado con la Sangre del nuevo Sacerdote según el orden de Melquisedec; sempiterno, es decir, no dependiente de las generaciones humanas, que fenecen, sino fundado en la unión substancial de la naturaleza humana en la Persona del Verbo que permanece eternamente; perfectísimo, que no tendrá necesidad de ofrecer hostias por sus pecados, porque será el Hijo eternamente perfecto.

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La misión sacerdotal de Jesús, la naturaleza de su sacerdocio y los frutos de su sacrificio vienen expresados casi ya en su forma teológica definitiva en los escritos apostólicos, especialmente en las epístolas de San Pablo.

En la conversación con Nicodemus esboza ya Jesús en sus grandes líneas sus funciones sacerdotales. La primera de ellas es la mediación por el sacrificio expiatorio de sí mismo; la participación, por la fe y el bautismo, de la gracia que brota de la muerte expiatoria de Jesús, es la que reconcilia a los hombres con Dios y les hace capaces de renacer a la vida divina y de ver su reino.

Pero donde aparece la grandeza sacerdotal de Jesús es en el Calvario. Allí se nos presenta como Sacerdote que se inmola a sí mismo con un acto de su voluntad libérrima.

Jesús se inmola a Sí mismo por el derramamiento de su Sangre, la Sangre del Nuevo Testamento, que la noche antes de morir pone en el Cáliz de la última Cena. El sacrificio de Jesús es holocausto, porque glorificó a su Padre de una manera perfecta; es sacrificio para remisión de pecados; es sacrificio pacífico, porque se propone reconciliar los hombres con Dios.

Toda la vida sacerdotal de Jesús está encerrada en aquellas palabras de su oración sacerdotal: Por ellos me santifico a mí mismo. La solemnidad del momento y la misma solemnidad de la frase, demuestran que Jesús iba a entrar en la función definitiva de su sacerdocio eterno, aboliendo los viejos sacrificios y el sacerdocio legal con el acto sacerdotal que dentro de poco realizará inmolándose a sí mismo en la Cruz.

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La primera condición del sacerdote, según el Apóstol, es la de mediador; y para ello es preciso que sea hombre; ni más, ni menos; ni superior ni inferior a la naturaleza humana.

Jesucristo, sacerdote único de una sociedad universal y única como será su Iglesia, debía ser hombre que formara parte de este inmenso organismo social. Dios no es sacerdote; no puede serlo, porque es uno de los extremos de la mediación.

Ni debe ser una naturaleza superior o inferior a la humana la que ejerza el oficio sacerdotal; porque el deber de la ofrenda y de la expiación incumbe personalmente a la criatura racional que recibió de Dios la vida y que pecó contra Él.

Y ved al Verbo cómo se hace hombre, tomando una naturaleza humana en las entrañas de la Virgen. Se hace hombre precisamente para ser sacerdote, porque el fin de la Encarnación es la Redención, y ésta debía lograrla Jesucristo por la gran función sacerdotal de su sacrificio.

No basta para ser sacerdote ser miembro de esta gran solidaridad humana. El sacerdocio no es una función civil, sino sagrada, especialísima, única entre todas las funciones de carácter social. No depende, por lo mismo, de la voluntad personal de cada hombre ni de la autoridad civil que llame a un ciudadano a estas altas funciones; se requiere vocación de Dios; el que toma la investidura sacerdotal sin ser llamado, o ejerce por su antojo las funciones de mediador entre Dios y los hombres, es un intruso.

Es otro carácter que señala el Apóstol: Que nadie se arrogue esta dignidad; es preciso para lograrla ser llamado por Dios, como Aarón.

Exige esta vocación la misma naturaleza del oficio sacerdotal. Intermediario entre Dios y los hombres como es el sacerdote, debe ser grato al Cielo y a la tierra, en especial al Cielo.

Si el sacerdote no es grato a Dios, por la mezquindad de su pensamiento o de su corazón; si no sabe o no quiere rendir toda su vida, que es como la síntesis de la vida de sus representados, ante la majestad del Ser Supremo; si es hombre de pecado, y los ojos santísimos de Dios descubren en el fondo de su alma esta mancha que tanto odia en los hombres, ¿cómo podrá el hombre ejercer con eficacia funciones sacerdotales?

Jesucristo, Sacerdote de la Nueva Ley, Sacerdote único en quien se encerrará todo el sacerdocio definitivo y eterno, debía ser llamado por Dios, con mayor razón con que fue llamado Aarón. Y lo fue en forma solemnísima.

Y por este hecho es llamado a ser Sacerdote; porque el Verbo de Dios se encarna con una finalidad esencialmente sacerdotal. Para esto vino del Cielo a la tierra y para esto fue hecho sacerdote. Es decir, que el Verbo se encarna para redimir, redime por su sacrificio y sacrifica por su ser y sus funciones de sacerdote.

Encarnación y Sacerdocio, Sacrificio y Redención, están en Jesucristo íntimamente trabados, son absolutamente inseparables en la realidad objetiva de su ser y de su vida.

Tal es la vocación de Jesús al sacerdocio. Es vocación de toda la eternidad, que se realiza en el tiempo cuando la naturaleza humana de Cristo se junta a la Persona divina. El mismo hecho de la filiación constituye la razón de su sacerdocio.


¿Fue Jesucristo consagrado sacerdote? ¿Cuándo y cómo lo fue? Al Sacerdote de la Nueva Ley no debía faltarle la consagración, de lo contrario hubiera quedado por debajo del sacerdocio de Aarón.

He aquí cómo fue ordenado y consagrado sacerdote Jesucristo: por el puro hecho de la unión hipostática de su naturaleza humana con la Persona del Verbo. Fue entonces cuando la humanidad de Jesucristo fue ungida con la divinidad del Verbo.

El Verbo es el Crisma sustancial, porque sustancialmente es Dios. Al tocar el Verbo de Dios la Humanidad santísima, Jesucristo fue consagrado Pontífice único, porque es el único hombre que se ha puesto en contacto personal con Dios.

No sólo Pontífice único, sino Pontífice substancial y total, es decir, sacerdote por su misma naturaleza y por su mismo ser; porque al ponerse en contacto con la divinidad fue íntima y totalmente invadido por ella, y por ella ungido en alma y cuerpo.

Así, la unción sacerdotal del Espíritu de Dios, al venir sobre Jesucristo, se compenetró con Él hasta hacer de Él no un hombre ungido, sino "el Ungido", y una como unción viva y substancial, que esto significa la palabra Cristo.

Y si el sacerdote es el hombre de Dios, porque está  tocado por la santa unción de Dios, nadie más sacerdote que Jesucristo, que más que hombre de Dios, es el Hombre-Dios, constituido tal por esta misma unción de la divinidad.

¡Qué dulce y fuerte es para nuestra alma el pensamiento de que Jesús es sacerdote ya desde su primer vagido y de que toda la obra de su vida es función y ofrenda sacerdotal!

Sacerdote en el pesebre de Belén, donde, con su primer dolor, empieza a ofrecerse Hostia viva que se consumará en el Calvario.

Sacerdote cuando consagra el pan y el vino, instituyendo la oblación inmaculada de la Eucaristía, que ya no cesará más y se ofrecerá en todo lugar del mundo.

Sacerdote, especialmente, cuando, clavado en Cruz, es Él mismo el altar, la víctima y el Pontífice que consuma la única oblación totalmente acepta a Dios desde que el mundo es mundo.

Sacerdote en el Cielo, donde ejerce las funciones pontificales de intercesión ante el Padre.

Tales son las características del sacerdocio de Jesucristo. Hombre como nosotros, llamado por Dios con juramento a las funciones sacerdotales, consagrado con la plenitud de la unción de la divinidad misma que le constituyó en Ungido o Cristo personal y vivo, santo, inmortal y de una categoría única en la historia del sacerdocio, Jesucristo es, en verdad, el Hombre constituido intermediario entre Dios y los hombres, puente divino entre el Cielo y la tierra, Mediador entre el Santo y los pecadores.

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JESÚS CORDERO

El Cordero es el símbolo de la dulzura y de la mansedumbre, el ser más inofensivo y amable de la naturaleza. Es el más generoso y abnegado: déjase quitar la blanca y fina lana que cubre sus delicados miembros. Se deja sacrificar sin protesta y da su carne sabrosa a sus mismos verdugos.

Supuestos los designios de Dios sobre la persecución, tormentos y muerte del futuro Mesías, el cordero era el símbolo más apropiado de la divina Víctima. Como tal aparece en los libros del Éxodo, Isaías y Jeremías y en las prácticas del culto mosaico.

Moisés, en el capítulo 12 del Éxodo, promulga su primera ley: es la de la Pascua, por la que se instituye el año lunar, la fiesta principal del año, y el rito del sacrificio y manducación del cordero. Todo este pasaje es el centro y la llave del simbolismo de la redención.

La institución del cordero pascual fue para los judíos no sólo un recuerdo de su liberación de la servidumbre de Egipto, sino un símbolo de su liberación futura y definitiva.

El tipo real y ritual del cordero tendrá su realización en Cristo: Nuestra Pascua es el Cristo inmolado.

En Isaías se nos describe la paciencia en sus dolores. La profecía de la pasión del Cordero está contenida en el fragmento llamado el poema del Siervo de Yahvé, que comprende todo el capítulo 53. En él se describen minuciosamente los tormentos, la muerte y la resurrección gloriosa del Mesías, su carácter de víctima universal y substitutiva y la redención obrada por su sangre.

Jeremías nos presenta al futuro Mesías, en las persecuciones de que le harán objeto sus enemigos, bajo la figura de un cordero que es llevado al sacrificio. El Profeta nos describe las asechanzas que contra él han puesto sus enemigos. El pasaje, en su sentido literal, se aplica al mismo profeta; pero éste es el tipo del Mesías.

El cordero ocupaba un lugar especial en la práctica de los sacrificios de Israel. A más del cordero pascual, sacrificio el más universal y popular del pueblo judío, había el sacrificio diario de dos corderos, uno por la mañana y otro por la tarde. En las principales fiestas, Neomenias, primer día de la Pascua, Pentecostés, fiesta de las Trompetas y de la Expiación, se inmolaban siete corderos de un año; catorce en la fiesta de los Tabernáculos y los seis días siguientes.

Así el cordero, especialmente el pascual y los del sacrificio cotidiano, mantenía vivo en el pueblo de Dios el símbolo del Mesías víctima. Si así no lo interpretaron, sobre todo en los últimos siglos inmediatos a la redención, debióse al extravío de la tradición y a las ideas de megalomanía temporal que habían prevalecido entre los intérpretes de la ley.

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Cuando aparece Jesús a la vida pública, el Bautista, gran Profeta, sintetizando toda la profecía y la tradición de Israel sobre el Mesías Cordero, señala a Jesús, en forma solemne como realización del antiguo símbolo: He aquí el Cordero.

Era el Cordero por antonomasia, antitipo del cordero de las profecías y de las instituciones legales del Antiguo Testamento.

Y luego, a la luz del divino Espíritu, ve el Bautista la trascendencia espiritual del Mesías Cordero: es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Jesús es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. La Iglesia repetirá durante todos los siglos esta frase verdaderamente culminante del Bautista. Cordero único que, con su Sangre de valor infinito, borra todo pecado de toda la faz de la tierra.

En la institución de la Sagrada Eucaristía hallamos el complemento de la significación simbólica del Cordero pascual. Nos dice el Evangelio que Jesús comió su Pascua, la noche antes de morir, con sus discípulos. Comido ya el cordero según las prescripciones de la ley, Jesús tomó el pan, y lo bendijo, y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed: esto es mi cuerpo. Al mismo tiempo figura la inmolación, que deberá realizarse el día siguiente, poniendo aparte en un cáliz su propia sangre: Este es el cáliz de mi sangre: bebed todos de él.

Así se consumaba el simbolismo del cordero: a la mactación seguía la manducación; al Sacrificio, el Sacramento.

Ya el símbolo ha fenecido, y le ha sucedido la realidad que sólo pudo inventar la mansedumbre, la suavidad, la delicadeza del Cordero divino: el Sacrificio y la Comunión Eucarística, que llenarán la tierra y los siglos.

Y acompañarán a la manducación del Cordero de la nueva ley, Jesús, nuestra Pascua, las palabras del Bautista, tan profundamente evangélicas, en las que se suman todas las esperanzas: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que borra los pecados del mundo...

San Juan, el Evangelista, en las magníficas descripciones de su Apocalipsis, ha desentrañado toda la teología del Cordero Jesús, víctima, redentor y lleno de gloria en el Cielo.