domingo, 23 de enero de 2011

Domingo IIIº post Epifanía


TERCER DOMINGO DE EPIFANÍA


El Evangelio de este Tercer Domingo de Epifanía trae dos curaciones milagrosas, la de un leproso y la del criado del centurión:

Y habiendo bajado del monte, le siguieron muchas turbas; y he aquí que, viniendo un leproso, lo adoraba, diciendo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Y extendiendo la mano le tocó, diciendo: “Quiero. Sé limpio”, y al punto su lepra fue limpiada…
Y habiendo entrado en Cafarnaúm, se llegó a Él un Centurión, rogándole y diciendo: “Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado”. Y le dijo Jesús: “Yo iré y lo sanaré”. Y respondiendo el Centurión, dijo: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, sino tan solamente dilo con la palabra, y será sano mi siervo. Pues también yo soy hombre sujeto a otro, que tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace”. Y dijo Jesús al Centurión: “Ve, y como creíste, así te sea hecho”. Y fue sano el siervo en aquella hora.

Es mi intención, hoy, atraer la atención sobre un punto particular de la doctrina sobre el Verbo Encarnado: la humanidad de Cristo, como instrumento unido a la divinidad, es causa de la gracia y de todos los efectos sobrenaturales procedentes de ella, y también de todos los milagros.

La Santa Liturgia, tanto en el Ofertorio del Santo Sacrificio de la Misa, como en los Prefacios de Navidad y Epifanía, suministra abundante materia para esta meditación:


Oh Dios, que creaste maravillosamente la dignidad de la naturaleza humana, y más maravillosamente aún la reformaste, haz que, por el misterio de esta agua y vino, seamos consortes de la divinidad de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que se dignó hacerse partícipe de nuestra humanidad.


Por el misterio del Verbo Encarnado ha brillado ante los ojos de nuestra alma la nueva luz de tu claridad; para que, mientras conocemos visiblemente a Dios, por Él nos elevemos al amor de las cosas invisibles.

Cuando tu Unigénito apareció en la sustancia de nuestra mortalidad, nos reparó con la nueva luz de su inmortalidad.


Hay multitud de textos en el Evangelio en los que aparece Nuestro Señor Jesucristo actuando, sea con su contacto físico, sea con el imperio de su voluntad, para la producción de milagros o de efectos sobrenaturales en las almas, por ejemplo, el perdón de los pecados.

San Lucas lo resume en una sola frase: “Toda la multitud buscaba tocarlo, porque salía de Él una virtud que sanaba a todos” (San Lucas, 6, 19).

Es imposible hablar más claro y de manera más rotunda: de la humanidad de Jesucristo salía físicamente una virtud que producía toda clase de milagros.

Unas veces, se producía un verdadero contacto físico entre Jesús y sus beneficiados; pero otras muchas, ejercía Cristo su causalidad física con sólo el imperio de su voluntad, incluso en ausencia del que recibía el beneficio.


Por medio del contacto físico Nuestro Señor sanó al leproso y con el solo imperio de su voluntad curó a distancia al siervo del centurión, tal como nos lo relata el Evangelio de hoy.



Los Santos Padres traen hermosos textos que proclaman la causalidad instrumental de la humanidad de Nuestro Señor.

San Atanasio afirma que “Jesucristo tenía cuerpo propio, del cual se servía como de instrumento”.

San Cirilo de Alejandría dice: “Impone sus manos a los enfermos, manifestando así que la poderosa eficacia del Verbo es sustentada por su santa carne, que hizo suya, comunicándole una virtud como conviene a Dios; para que conozcamos que, si bien el Verbo unigénito de Dios se sometió a nuestra condición, permaneció Dios, llevando a cabo todas las cosas mediante su propia carne, pues realmente obraba milagros por ella. Ni te admire esto, antes considera cómo el fuego introducido en un vaso de bronce comunica a éste la fuerza de su propio calor”.

San Gregorio Niceno exclama: “¿Qué es esto, pues? No otra cosa sino aquel cuerpo que se mostró más poderoso que la muerte y que fue el principio de nuestra vida. Es, por tanto, necesario que, en la medida en que la naturaleza es capaz de ello, reciba la virtud vivífica del espíritu. Mas sólo aquel cuerpo que sustentó a Dios ha recibido esta gracia…”



El Concilio de Éfeso, en una condena, se expresa de modo profundo y claro: “Si alguno no confiesa que la carne del Señor es vivificante y propia del mismo Verbo de Dios Padre, sino de otro fuera de Él, aunque unido a Él por dignidad; o que sólo tiene la inhabitación divina y no, más bien, vivificante, porque se hizo propia del Verbo, que tiene poder de vivificarlo todo, sea anatema”.

Pío XII confirmó plenamente esta doctrina en su magnífica Encíclica sobre el Sagrado Corazón de Jesús: “El Corazón Sacratísimo de Jesús, copartícipe tan íntimo de la vida del Verbo Encarnado, fue, por esto mismo, asumido como instrumento unido de la divinidad, no menos que los otros miembros de la naturaleza humana, para el cumplimiento de todas sus obras de gracia y de omnipotencia”.


¿Cómo se fundamenta esta doctrina? Así como la humanidad de Cristo está físicamente unida al Verbo en su ser divino, es necesario que lo esté también en su operación, en cuanto sea posible.

Este “en cuanto sea posible” explica que, si bien la humanidad de Nuestro Señor no puede recibir la virtud o poder divino de una manera permanente para alterar las leyes o el curso de la naturaleza y realizar milagros, sí puede recibirla, sin inconveniente alguno, de una manera transeúnte, como causa instrumental.

Por eso, la humanidad de Cristo concurrió físicamente a la producción de los efectos sobrenaturales (gracia, justificación, milagros…) en virtud de la moción divina que el Verbo le comunicaba transeúntemente, o sea, utilizándolo como instrumento cuando había de realizar alguno de esos actos.


Y si preguntamos: ¿hasta dónde se extiende esta virtud instrumental de la humanidad de Jesucristo?, Santo Tomás contesta: hasta la producción de todos los efectos sobrenaturales y milagrosos ordenados al fin de la Encarnación, o sea, a todos los efectos de la economía de la gracia de Cristo Redentor. Éstas son sus propias palabras:

“Considerada la humanidad de Cristo en cuanto instrumento del Verbo unido a ella, estuvo dotada de una potencia instrumental capaz de producir todas las inmutaciones milagrosas ordenadas al fin de la encarnación, que es «restaurar todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra».


Es asombroso saber que la humanidad de Jesucristo, Nuestro Señor, sigue gozando en el Cielo de esta virtud física instrumental de que estuvo dotada aquí en la tierra.

La razón es porque la humanidad de Cristo es más perfecta en el Cielo que lo era en la tierra, puesto que está glorificada; y si en la tierra tenía ese poder, no ha de carecer de él en el Cielo.


A quien objetase que el instrumento físico requiere el contacto físico del agente con el sujeto que recibe su acción; y que este contacto físico que se dio entre la humanidad de Cristo y los que recibieron su influencia mientras Cristo vivió en este mundo, ya no se da desde su gloriosa ascensión a los Cielos, se respondería:

El contacto físico se requiere en los instrumentos manejados por una virtud finita, que no puede obrar a distancia. Pero no es éste el caso de la humanidad de Cristo en cuanto instrumento del Verbo; porque siendo inmensa e infinita la virtud divina del Verbo puede actuar en todas partes, ya que en todas partes está presente. Y no hay ningún inconveniente en que el Verbo, presente en todas partes, utilice físicamente la virtud instrumental de la humanidad de Cristo para la producción de todos los efectos sobrenaturales ordenados al fin de la Encarnación.

No olvidemos, además, que a la humanidad de Jesucristo pertenece no solamente el Cuerpo, sino también, y sobre todo, el Alma. Y el Alma de Cristo, con su voluntad, puede obrar como instrumento del Verbo para producir efectos sobrenaturales en sujetos materialmente distantes, como ocurrió muchas veces mientras vivió Cristo en este mundo, y tal como lo prueba el Evangelio de hoy.

Este imperio de la voluntad es suficiente para salvar la causalidad física instrumental de la humanidad de Cristo. Para ello basta el contacto virtual con el efecto, sin que se requiera en modo alguno el contacto material o físico.


Aplicando lo que llevamos dicho a los milagros, Nuestro Señor Jesucristo los realizó con el poder divino.

En efecto, como sabemos, en Cristo existen dos naturalezas, la divina y la humana, en la unidad de la Persona del Verbo; la naturaleza divina es, pues, la que resplandece con los milagros; mientras la humana es la que cede al peso de las debilidades e injurias.

Sin embargo, cada una de las naturalezas obra en comunicación con la otra, en cuanto que la naturaleza humana es instrumento de la acción divina, y la acción humana recibe el poder de la naturaleza divina.


En cuanto a las diferentes especies de milagros, se puede establecer una división y catalogarlos en cuatro grupos: sobre los espíritus, sobre los cuerpos celestes, sobre los hombres y sobre las criaturas irracionales.

La mayor parte de sus milagros los hizo Cristo en la persona de los hombres, ya sea curándoles sus enfermedades, ya devolviendo la vida a los muertos.

Podemos confeccionar la lista de milagros cuya descripción minuciosa nos proporcionan los Evangelios. Además de ellos, hizo Jesucristo muchísimos otros, como dicen repetidas veces los Evangelistas; y no sólo externos y comprobables por todos, sino también internos, cambiando las disposiciones íntimas de sus oyentes mal dispuestos, o dejándolos admirados y sin respuesta, o, incluso, derribándolos por el suelo al conjuro taumatúrgico de su palabra.

Muchos de estos milagros los hizo Cristo por modo imperativo, con una sola palabra (quiero; sé limpio; levántate) y, a veces, a distancia del beneficiado. Otras veces, en cambio, hacía alguna cosa más que la simple palabra (v.gr., tocarlos, poner saliva, etc.) e incluso en alguna ocasión no curó a un ciego instantáneamente, sino por grados.

Explicando esta distinta manera de proceder, los Santos Padres han dicho cosas muy hermosas, a veces extrayendo con habilidad e ingenio enseñanzas místicas muy elevadas a propósito de cualquier detalle de esos milagros.

Santo Tomás recoge esos textos y los introduce de este modo: Cristo había venido a salvar al mundo no sólo con el poder de su divinidad, sino asimismo mediante el misterio de su Encarnación. Y por esto, con frecuencia, cuando curaba a los enfermos no usaba sólo del poder divino, simplemente ordenando, sino que también añadía algo de parte de su humanidad.

Por esto, sobre el pasaje de San Lucas, 4, 40 (“imponiendo las manos a cada uno, los curaba a todos”) comenta Cirilo: Aunque en cuanto Dios hubiera podido alejar todas las enfermedades con una palabra, los tocó, demostrando con ello que su humanidad era eficaz para dar remedios.

Y acerca de San Marcos, 8, 23-25 (“poniendo saliva en sus ojos e imponiéndole las manos…”), dice el Crisóstomo: Escupió e impuso las manos al ciego, queriendo demostrar que la palabra divina, unida a la obra, hizo el milagro; la mano deja ver la acción; la saliva, la palabra que procede de la boca.

Y sobre el pasaje de San Juan, 9, 6 (“hizo barro con la saliva y untó con el barro los ojos del ciego”), escribe Agustín: Hizo barro con su saliva, porque “el Verbo se hizo carne”. O también para significar que Él mismo era quien del barro de la tierra había formado al hombre, como explica el Crisóstomo.

Acerca de los milagros de Cristo hay que considerar también que, en general, los hacía como obras perfectísimas. Por esto, a propósito de San Juan, 2, 10 (“todo el mundo sirve primero el vino bueno”), comenta el Crisóstomo: Los milagros de Cristo son de tal categoría que resultan mucho más preciosos y útiles que las obras realizadas por la naturaleza.

De igual modo confería instantáneamente la salud perfecta a los enfermos. Por ello, Jerónimo, a propósito de San Mateo, 8, 15 (“se levantó y los servía”), comenta: La salud que el Señor confiere, vuelve íntegra en un instante.

Especialmente a propósito del ciego aquel que recuperó la vista por grados, sucedió lo contrario por su falta de fe, como dice el Crisóstomo. O, como dice Beda, al que podía curar totalmente y con una sola palabra, lo sana poco a poco, para mostrar la grandeza de la ceguera humana, que con dificultad, y como por pasos, vuelve a la luz, y para indicarnos su gracia, con la cual nos ayuda en cada avance hacia la perfección.

Viniendo más precisamente al Evangelio de hoy, vemos a Nuestro Señor Jesucristo cuando cura milagrosamente a un leproso y al siervo del centurión; y ambos milagros nos descubren el Salvador, el Médico de nuestras almas; y en nosotros mismos, las condiciones de nuestra curación.

La horrible enfermedad de que adolecía el leproso y la parálisis que afligía al siervo del centurión de nuestro Evangelio, eran figuras del pecado, de las pasiones y de las diversas enfermedades espirituales de que Jesucristo venía a curar a la humanidad.

El caritativo Salvador, lleno de compasión, toca con su mano al leproso y le devuelve la salud; dice al centurión: ¡Id, que vuestro siervo está sano!, y al instante el siervo estuvo sano.

No le cuesta más curar nuestras almas que lo que le costó curar a los enfermos que le presentaban; por otra parte, es bastante poderoso para poder curarnos; por la otra, no le falta la voluntad de hacerlo.

Él quisiera vernos santos y perfectos; tiene sed de nuestra salvación… Así este celestial Médico quiere curarnos; y, si no lo hace, es porque nos resistimos a sanar. ¡Desgraciados! No cumplimos las condiciones mediante las cuales recobraríamos la salud de nuestra alma.

¿Con qué condiciones Jesucristo nos ofrece la curación?

Es preciso conocer nuestro mal y querer sinceramente y con ardor su curación.

El leproso del Evangelio conoce perfectamente su mal; ve todas sus circunstancias tristísimas, su fealdad, su vergüenza y sus peligros, y pide con instancia su curación al Salvador.

No dijo: “Si lo pides a Dios”, ni: “Si oras”, sino: “Si quieres puedes limpiarme”. Y no dijo tampoco: “Señor, límpiame”, sino que todo lo deja a su arbitrio, y lo reconoce como Dios, y le atribuye la potestad de hacerlo todo.

En cuanto a lo que dice: “Si quieres”, no duda que la voluntad de Dios está inclinada a todo lo bueno; sino que, como no a todos conviene la perfección corporal, ignoraba si a él le convendría aquella curación. Dice, pues: “Si quieres”, como si dijese: “Creo que quieres todo lo que es bueno, pero ignoro si es bueno para mí lo que pido”.

Nuestro Señor, aunque podía limpiarlo con la palabra y con la voluntad, le aplicó la mano: Y extendiendo Jesús la mano, lo tocó, para manifestar que no estaba sujeto a ley alguna y que, estando limpio, nada había inmundo para Él.

El Señor demuestra aquí que no obra como siervo, sino que, como Dios, toca y cura.

No era sólo Dios, sino también hombre, por eso obraba los milagros por medio de la palabra y del tacto, a fin de que sus actos divinos se perfeccionasen con el concurso del cuerpo, como órgano.

La mano no se vuelve inmunda por haber tocado la lepra, sino que, por el contrario, el cuerpo leproso se vuelve limpio al simple contacto de la mano santa.

El leproso había dicho: “Si quieres”, el Señor le respondió: “Quiero”.

Aquél había dicho: “Me puedes limpiar”, y el Señor le respondió: “Sé limpio”.


El centurión, por su parte, reconoce también el mal de su siervo, describe toda su gravedad y clama al Señor para que lo cure.

Veamos también aquí la fe del centurión, el cual no dijo: “Ven y sánalo”, porque, creía que estaba presente en todas partes; y porque tampoco dijo: “Sánalo desde aquí”, porque cría que tenía poder para hacerlo, sabiduría para comprenderlo y caridad para oírlo.

Por lo tanto se limitó a exponer la enfermedad, dejando el remedio de la curación al arbitrio de su misericordia.

Viendo el Señor la fe, la humildad y la prudencia del centurión, le ofreció inmediatamente que iría y sanaría al siervo.

Lo que nunca había hecho Jesús lo hizo ahora. En todas partes sigue la voluntad de los que suplican, aquí la excede. No sólo ofreció curarlo, sino también ir a su casa. Hizo esto para que conozcamos la virtud del centurión, puesto que si Él no hubiese dicho: “Yo iré y lo sanaré”, el centurión no hubiera respondido: “No soy digno”.

Así como admiramos la fe en el centurión, porque creyó que el paralítico podía ser curado por el Salvador, así se manifiesta también su humildad, en cuanto se considera indigno de que el Señor entre en su casa.

La fe del centurión aparece en que ve, a través del Cuerpo del Salvador, la divinidad que en Él se encontraba oculta; y por eso añade: “Pero mándalo con tu palabra y será sano mi siervo”.

A fin de que nadie pensase que lo que el Salvador dice sobre el centurión, no era sino una vana adulación, hace el milagro: Y dijo Jesús al centurión: “Ve, y como creíste, así se haga”.

Como si dijese: “Según la medida de tu fe, se te medirá esta gracia”.


Si conociéramos del mismo modo nuestros males espirituales; si comprendiéramos toda su gravedad y todos sus peligros, si deseáramos ardientemente vernos libres de ellos; si pidiéramos con instancia la gracia al Salvador, pronto nos veríamos sanos y muy distintos de lo que somos…

Es preciso acompañar nuestra petición con una fe viva.

¡Cuán admirable es la fe que inspira al leproso esta bella oración: Señor, si quieres, puedes sanarme; y al centurión esta otra: Señor, decid una sola palabra, y mi siervo será sano…!

¡Cómo debe confundirnos al ver tanta fe en este leproso y en este pagano, cuando nosotros, en una posición tanto más feliz, estamos, sin embargo, tan distantes de ella!

Es necesario orar con humildad. Oremos de esa suerte y obtendremos la curación de todas nuestras miserias.

Debemos reconocer nuestras miserias y pedir su alivio con fe, con humildad y con un deseo ardiente de conseguirlo, acudiendo continuamente a Jesucristo, como a nuestro caritativo Médico.


Adoremos a Jesucristo como a Médico de nuestras almas, descendido del Cielo para curar al género humano, miserable enfermo que yacía en el suelo.

Prosternémonos a sus pies como enfermos que piden su curación.

Bendigámoslo por tantas curaciones que obró durante su vida mortal y que obra aún todos los días en la Iglesia.

Pongamos en Él toda nuestra confianza, diciendo con la Oración de este Domingo:

Omnipotente y Sempiterno Dios, mira propicio nuestra fragilidad; y extiende, para protegernos, la diestra de tu Majestad.

Y con la Oración de la fiesta del Bautismo de Nuestro Señor:

Oh Dios, cuyo Unigénito apareció en la sustancia de nuestra carne; suplicámoste hagas que, por Aquel a quien hemos conocido semejante a nosotros en lo exterior, seamos reformados interiormente.