domingo, 24 de julio de 2011

Domingo VIº post Pentecostés

Sexto Domingo Después de Pentecostés

Por aquellos días, habiéndose juntado otra vez un gran concurso de gentes, y no teniendo qué comer, convocados sus discípulos, les dijo: "Me da compasión esta multitud de gentes, porque hace ya tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos". Respondiéronle sus discípulos: "Y ¿cómo podrá nadie en esta soledad procurarles pan en abundancia?" Él les preguntó: "¿Cuántos panes tenéis?" Respondieron: "Siete". Entonces mandó Jesús a la gente que se sentara en tierra; y tomando los siete panes, dando gracias, los partió; y dábaselos a sus discípulos para que los distribuyesen entre la gente, y se los repartieron. Tenían además algunos pececillos: bendíjolos también, y mandó distribuírselos. Y comieron hasta saciarse; y de las sobras recogieron siete espuertas; siendo como cuatro mil los que habían comido; en seguida Jesús los despidió.

La multitud rodea al Divino Maestro, ávida de oír su palabra. El Señor ilumina sus almas, y no olvida sus cuerpos.

Confundidos entre aquella muchedumbre, atendamos al Señor, y seremos testigos del gran milagro de la multiplicación de los panes.

Ante el fervor de las turbas galileas, consideremos la atracción tan irresistible de Jesús… De tal modo cautiva a las multitudes, que éstas se olvidan hasta de las necesidades más perentorias de la vida.

Le han seguido hasta la montaña, encandiladas por su divina palabra y la bondad que irradian sus ojos. Ni el camino les fatiga, ni el hambre les asusta. Despreocupadas de todo, sólo piensan en escuchar las palabras de vida eterna que brotan de los labios del Divino Maestro.

¡Qué ejemplo tan aleccionador! Imitemos a las turbas, copiemos su adhesión a Cristo, su preocupación por las cosas de arriba, por la eterna salvación.

¿No es verdad, que cualquier bagatela, ocupa nuestra mente y distrae nuestra atención de Aquél que debe formar como el centro de nuestra alma?

Reconozcamos el tiempo que hemos perdido; y tratemos de emplearnos a partir de hoy más y mejor, con mayor entusiasmo en el servicio divino.

La compasión de Jesús nos hace ver como el Corazón bondadosísimo de Jesús sufre tener que despachar ayunos a sus seguidores. Teme que desfallezcan en el camino. Por eso se dispone a obrar un milagro en su favor.

No es el primero; ya en el desierto de Betsaida dio de comer a cinco mil hombres de unos cinco panes y unos pocos peces; pero los discípulos parecen haber olvidado aquel portento. Sólo atienden a que no tienen más que siete panes, cantidad insignificante para las cuatro mil personas hambrientas.

El Señor ordena entonces que las gentes se sienten en el suelo; toma los panes, los bendice, los parte, y ordena a los Apóstoles que los distribuyan. Lo mismo hizo con unos pececillos.

En aquel frugal banquete comieron todos hasta saciarse, y de las sobras recogieron siete cestos, siendo los que habían comido unos cuatro mil.

Bendigamos la Omnipotencia y Providencia del Señor. Pero tengamos presente, que también nosotros participamos todos los días de su Mesa milagrosa.

¿Acaso no obra un milagro continuo al convertir los granos sembrados en espigas, las semillas en plantas, y la flor en fruto? ¿No es verdad que en esa mesa del Padre sobran siempre mendrugos, y que con el número de habitantes crece la fecundidad de la tierra?

Alabemos, sí, a Dios, y démosle gracias, porque a nosotros, sus pobres, nos alimenta con sus frutos de bendición, con el pan de cada día.

No nos levantemos nunca de la mesa, sin haber agradecido al Padre la bondad con que ha atendido a nuestro sustento.

Consideremos asimismo que el Señor atiende a las necesidades de los suyos, mas no a su regalo.

Así como multiplicó unos pobres panes, hubiera podido convertirlos en suculentos manjares. No lo hizo, para enseñarnos que la comida mira al sustento y no al regalo de los hombres. Con ello condena la gula, vicio tan repugnante en las almas espirituales, y que nosotros hemos de detestar de todo corazón.

El Señor cuida de nuestros cuerpos, pero más aun de nuestras almas. Como en la multiplicación de los panes, así encarga también hoy a sus discípulos distribuyan entre los fieles el alimento de las almas, que son todas las gracias sobrenaturales que confortan nuestro espíritu.

El Señor hubiera podido atender a nuestras almas sin necesidad de intermediarios. Ha querido, sin embargo, tenerlos, como el día de la multiplicación de los panes, por laudables miras de su Providencia.

Con ello ha realzado la dignidad humana, asociando a su ministerio a los hijos del barro de la tierra; ha fortificado el sentimiento de solidaridad de todos los miembros de la Iglesia, el sentido social de este organismo viviente.

Alabemos la Economía sobrenatural, la Sabiduría divina manifestada en la administración de los bienes celestiales.

Los sacerdotes ténganse por honrados en servir a los hermanos; llénense del santo celo, del ardiente y fogoso amor, que les consuma en beneficio de los prójimos.

Los simples fieles acrecienten su respeto hacia los ministros del Señor, recogiendo de sus manos ungidas las migajas de alimento espiritual que el Cielo les envía por su mediación.

Unidos y trabados todos jerárquicamente, demos nueva vida y lozanía al Cuerpo Místico de Cristo, que, después del paso por este mundo, continuará su vida esplendorosa en la gloria.

La Santa Liturgia nos hace pedir:

Oh Dios, de Quien dimana todo cuanto hay de más excelente; infunde en nuestros corazones el amor de tu Nombre y aumenta en nosotros la religión; para que fomentes el bien que en nosotros hay, y así fomentado, lo guardes mediante nuestro fervor.

La narración evangélica es un símbolo del misterio que se realiza en nuestros templos. Nosotros figuramos la multitud que se ha agolpado alrededor del Maestro para oír su divina palabra. Él nos adoctrina durante la primera parte de la Misa por boca del sacerdote; da luego una mirada a las flaquezas de tantos que escuchan con amor la palabra de Dios, pero que se amilanan ante los obstáculos con que tropiezan, al pretender ponerla en práctica, y su Corazón se conmueve: Me dan compasión estas gentes, clama; si los dejo ir en ayunas, desfallecerán en el camino; y al momento obra en favor nuestro un milagro mayor que el que presenciaron los cuatro mil hombres de que nos habla el Evangelio de hoy: transforma el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, y se nos da Él mismo en alimento espiritual, como remedio de nuestra flaqueza,

¡Qué bondad! Agradezcamos tanta misericordia.

Me dan compasión estas gentes, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer, y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán por el camino…

¡Cuánta delicadeza de sentimientos publican estas palabras! El Divino Maestro olvídase de Sí mismo, de su cansancio y fatiga; sólo se preocupa de los sufrimientos de los suyos.

¡Qué consuelo tan grande para nosotros, pobres mortales! Porque has de saber, alma devota, que ese Jesús que tan misericordioso y compasivo se mostraba cuando peregrinaba por las ingratas tierras de Palestina, es el mismo que desde el Cielo está velando por los suyos.

Sus sentimientos no han sufrido mutación. No hay mejor libro para conocer a fondo el Corazón de Jesús que el Evangelio, con sus sencillas narraciones. Allí se nos presenta tal como era cuando andaba sufriendo por nosotros las penalidades de esta vida mortal; tal como es ahora que desde el Cielo, mostrando sus llagas al Padre, intercede por nosotros.

No lo olvides, alma cristiana, que esta verdad te sostendrá en medio de las calamitosas noches en que brega y se bate esa tu frágil navecilla…

¡Cuántas veces, en efecto, parece como que se te cierra el horizonte de toda esperanza! Negros nubarrones se ciernen sobre el cielo de tu corazón; no hallas salida posible, ni desahogo para tu afligido pecho…

Levanta entonces los ojos al Cielo; mira a Jesús contemplándote desde las alturas; fíjate en la tierna mirada de sus dulcísimos ojos, y leerás en ella la bondad que en otro tiempo hizo brotar de sus divinísimos labios la consoladora palabra: Me dan compasión estas gentes…

Si queremos penetrar más hondamente en los sentimientos compasivos del Corazón de Cristo, hojeemos el Evangelio y apreciaremos en cada una de sus páginas delicadísimos rasgos de su bondad.

Es un Corazón que hace propios nuestros sentimientos, hasta expresar profundos suspiros y derramar abundantes lágrimas como un mortal cualquiera ante el sepulcro del amigo Lázaro.

Es un Corazón que no se contenta con una vana compasión, sino que atiende siempre a nuestro remedio.

A los desgraciados que apelaron a su bondad, devolvióles siempre la salud.

Es un Corazón que se siente obligado a derramar sus favores aun cuando el que los demanda no ofrezca las debidas disposiciones; y así, a quien le pedía un milagro con débil fe, le enseña antes a creer en su poder, para llegar por ese medio a obtenerlo.

Es un Corazón que obra milagros, a pesar de saber que sus adversarios se han de valer de ellos para perseguirle; así sucedió cuando curó al hidrópico que pusieron frente a Él un día de sábado.

Es un Corazón, en fin, que se adelanta a la necesidad. Con esta solicitud se dirige al tullido de Betsaida, que no conocía su poder, preguntándole si quería sanar.

Así es el Corazón de Jesús…

¡Qué consuelo para nosotros! Saber que estamos bajo la mirada de un Padre, de un hermano, de un amigo, que no sólo está pronto siempre a socorrernos, si que también previene y se adelanta a nuestras necesidades...

Sí, Jesús mira desde el Cielo nuestras penas por adelantado. Nada le toma desprevenido…

Bendigamos su misericordia, y arrojemos en su seno todos nuestros cuidados, seguros de que su auxilio llegará en el tiempo oportuno.

Jesús, el mismo que tan compasivo se mostró con las turbas galileas, el mismo que tiene puestos sus amorosos ojos en nosotros, permite que de cuando en cuando nos azoten las penas, nos aprisionen los lazos de las calamidades.

Sí; Jesús lo consiente, y lo consiente precisamente porque nos quiere. Sufre el padre que castiga al hijo travieso; su corazón recibe los azotes antes que las blandas carnes del niño. No obstante, no deja de las manos el azote. ¿Por qué? Porque le quiere.

Asimismo el Corazón bondadosísimo de tu Salvador, cristiano, se enternece ante las pruebas a que te somete; pero sabe que el dolor es necesario en esta vida, y lo permite para tu bien.

Tiene contadas las espinas que atraviesan tu corazón; no se le pierde ni un débil gemido; y como buen Padre, siente tus penas, y hasta diríamos, hablando de manera humana, que se aflige por tus desgracias.

Si mirara a su Corazón bondadosísimo más que a tus conveniencias, pararía con sus manos las saetas que contra ti se disparan. Mas como piensa en tu provecho, deja que ellas te hieran; si bien queda a tu lado, sufriendo contigo, recogiendo tus suspiros, endulzando tus amarguras.

No te abandona nunca a la soledad de tu dolor. Y cuando su amorosa providencia dice basta, suena otra vez el misereor super turbam, me dan lástima tantas amarguras, y al momento Él mismo sabe arrancar una por una las espinas de tu corazón y aplicar a sus heridas el divino bálsamo de su Sangre.

¿Qué más puedes desear?

¡Oh Jesús, nada más que a Ti! Puesto en tus amorosas manos., ¿qué pena será capaz de asustarme? No existe para mí horizonte cerrado, mientras continúe abierto tu costado, porque tu Corazón es mi cielo.

Tú conoces mis penas; en el plan celestial de tu Providencia lees de antemano mis caminos.

Sé, por otra parte, que me amas con compasión sin límites. ¿A quién temeré?

Como un niño en los brazos de su padre, así buscaré yo en tu compasivo Corazón el lugar de mi refugio.

Nada me asusta, nada me espanta. Tu Providencia amorosa me guía En ella arrojo mis cuidados todos. Ten cuenta de los mismos.

Mi confianza Te obliga a intervenir en mi favor, y esa seguridad me inunda de calma. Y cuando la tormenta arrecie, despertaré en tu Corazón los sentimientos de conmiseración que le animan, diciéndote: «Señor, mírame, y deja obrar a tu Corazón; haz lo que tu Corazón Te dicte».

Y entonces oiré seguramente la salvadora voz: Misereor, «me dan lástima tus angustias», y el milagro quedará obrado.

¡Oh Señor!, en Ti tengo puesta mi esperanza, no quedaré jamás confundido… Sálvame, pues eres justo; dígnate escucharme; acude pronto a librarme (Alleluia de la Misa).