miércoles, 31 de marzo de 2010

Triduo Sacro: Jueves


JUEVES SANTO


Jueves Santo, día de la Institución de la Sagrada Eucaristía y del Santo Sacerdocio
Nos ocuparemos hoy solamente de la Institución del Santísimo Sacramento del Altar.

Según el lenguaje de los místicos y doctores, la Sagrada Eucaristía resplandece en el cielo de la Iglesia como el sol entre los astros del firmamento.
Para comprender mejor y hacer resaltar más la importancia capital del Santísimo Sacramento es suficiente mostrar, hacer ver, cómo la Eucaristía es la síntesis del plan divino.

En efecto, toda la historia de la humanidad, todo el conjunto de nuestra religión, todo el plan de Dios respecto de la criatura humana, se resume en tres misterios: un misterio de amor; el misterio del mal; y un misterio de triunfo.

Ahora bien, la Eucaristía prolonga y completa el misterio de amor; continúa la reparación debida por el misterio del mal; comienza o inaugura el misterio del triunfo.
  • a) Ante todo, la Sagrada Eucaristía prolonga y completa el misterio de amor. El Concilio de Trento expresó este pensamiento con un lenguaje de una admirable energía: “Nuestro Salvador, en el momento de abandonar este mundo para regresar a su Padre, instituyó este Sacramento, en el cual derramó con efusión todas las riquezas de su amor divino para con los hombres”.
Todas las palabras merecen ser destacadas: no se trata solamente del amor, sino que son “todas las riquezas del amor divino”. No se trata solamente de un don, sino que es una “efusión de amor”.

Esto nos recuerda lo dicho por el Evangelio: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”, hasta el extremo, hasta el exceso.

En la Eucaristía, Dios nos hace efusión de su amor de la manera más completa y más universal; porque este Santísimo Sacramento supone, continúa, prolonga y multiplica el misterio de la Encarnación. El pan que da la vida al mundo es el Verbo Encarnado: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna”.

Sobre nuestros altares adoramos el Cuerpo, la Sangre y el Alma de Nuestro Señor, su Humanidad toda entera unida hipostáticamente al Verbo mismo de Dios. Es la Encarnación prolongada y, en cierto sentido, multiplicada hasta el fin de los siglos y en todos los lugares del mundo.

Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, se da todo entero, se da a todos, se da siempre. He aquí el misterio de amor llevado al extremo. Mientras haya un sacerdote para rezar la Santa Misa, Jesús renovará los milagros del Cenáculo, las maravillas del Jueves Santo, los misterios de la noche eucarística y sacerdotal.
  • b) La Sagrada Eucaristía también continúa la reparación del misterio del mal. La satisfacción por el pecado exige una reparación infinita, capaz de expiar una ofensa infinita.
Si bien todos los actos del Verbo Encarnado tuvieron este valor superabundante, el plan divino, conforme no sólo a la justicia sino también a la bondad, a la misericordia y a la sabiduría infinitas, quiso que la reparación tuviese una satisfacción de carácter penal y se cumpliese por medio de los sufrimientos más dolorosos y del sacrificio más cruento.

En la Eucaristía, Jesús no sufre más, pero Él continúa la obra de la Redención; ofrece todavía a su Padre los sentimientos perfectos que le obtuvieron la salvación del mundo y renueva sin cesar el sacrificio redentor.

Frente al misterio horrible del mal que continúa cada día..., frente a nuestros propios pecados y miserias..., tenemos en el altar la infinita reparación del Calvario incesantemente renovada.

Por ese motivo el demonio intenta obstaculizar la realización del sacrificio del altar.

Comparemos la actitud del demonio respecto de la Cruz y respecto de la Misa. Como no estaba seguro, no tenía la certeza de que Jesús fuera el Hijo de Dios, y no conocía el valor de la Cruz, lo hizo crucificar. Ahora conoce perfectamente su eficacia y la de su renovación sobre nuestros altares. Por eso intenta impedir la celebración de la Santa Misa conforme a los cánones y ritos de la Santa Iglesia Romana.

La Santa Misa y su prolongación, el Santísimo Sacramento del Altar, es, ante todo, un sacrificio. Si bien Jesús en la Eucaristía se halla en estado glorioso, se encuentra, sin embargo, inmolado; si bien es ya impasible, se pone como en estado de muerte: “el mismo Cristo que se ofreció una vez de manera cruenta sobre el altar de la Cruz, se inmola —dice el Concilio de Trento— de una manera incruenta sobre nuestros altares”.

La Sagrada Eucaristía continúa el misterio de la reparación del misterio de iniquidad. El pecado exigía la muerte y la condenación de los culpables. El sacrificio del altar obtiene de Dios el perdón; tiene un valor propiciatorio, ése que, precisamente, el Novus Ordo Missæ ha suprimido.
  • c) La Eucaristía, finalmente, inaugura el misterio del triunfo. El Jesús del Sagrario es glorioso y Él glorifica infinitamente a su Padre.
Incluso si el mundo entero callase; aunque la Iglesia fuese reducida completamente al silencio; aún si los Ángeles y los Santos del cielo interrumpiesen su himno de alabanza... Dios recibiría una alabanza indescriptible por una sola Misa rezada en lo más profundo de la selva o en la más escondida catacumba.

Jesús Eucaristía, Jesús Sacramentado es una alabanza infinita, una acción de gracias sin límites. ¡He aquí la gloria divina sobre nuestros altares! ¡He aquí el triunfo de Dios iniciado en nuestra tierra! ¡Nada puede honrar más a Dios, ni serle más agradable que el sacrificio de la divina víctima!

Una manera eficaz de contribuir a esta glorificación es la de unirnos al Sumo Sacerdote y ofrecer al Eterno Padre las disposiciones y los sentimientos de su Hijo inmolado místicamente en la Santa Misa: alabar, agradecer, reparar y amar a través del Corazón Sacerdotal de Jesús, nuestro Mediador, nuestro Abogado, nuestro Intercesor.

Por medio del Santísimo Sacramento Jesús presenta a la Augusta Trinidad todos los homenajes y las adoraciones de la humanidad entera. El Santísimo Sacramento preludia la glorificación del cielo...



Hemos considerado, pues, cómo la Eucaristía es la síntesis del plan divino; cómo resume los tres misterios del amor, del mal y del triunfo. La Eucaristía prolonga y completa el misterio de amor; continúa la reparación debida por el misterio del mal; comienza o inaugura el misterio del triunfo.

Luego de la Santa Misa permaneceremos en adoración del Augusto Sacramento. ¿Cómo hacer para adorar dignamente a Jesús Sacramentado? Contemplemos a Nuestra Señora, penetremos su Corazón Eucarístico...

Después de haber instituído la Eucaristía y el Sacerdocio, Jesús parte del Cenáculo. El huerto de Getsemaní, la casa de Anás, el Sanedrín en lo de Caifás, el Pretorio de Pilatos, el Palacio de Herodes, la Vía Sacra y el Calvario lo esperan...

Mientras tanto, María Santísima permanece en el Cenáculo. Allí mismo comienza, ese primer Jueves Santo, el misterio de la vida de Nuestra Señora que resume todos sus otros misterios: esa noche comenzó su vida eucarística como Reina de los Apóstoles y bajo los títulos de Nuestra Señora del Cenáculo y Nuestra Señora del Santísimo Sacramento.

Allí la Virgen adorará la Sagrada Eucaristía, vivirá de la vida eucarística y se consagrará a la gloria de Jesús y a su reinado eucarístico.

Desde la noche misma del Jueves Santo, conmemorando la institución del Santísimo Sacramento, uniéndose a la Pasión de su Hijo que ya comienza en Getsemaní y culminará sobre el Calvario, anticipándose a la larga historia eucarística de Jesús Sacramentado, María Santísima adora a Jesús en su Eucaristía.

¿Y cómo lo adora? Con fe viva y perfecta; con caridad ardiente y pura; con ofrenda total.

Nuestra Señora descansa en ese conocimiento cierto que da la fe, en ese amor fervoroso que proporciona la caridad, en ese servicio incondicionado que se sigue del don de sí mismo sin reservas.

Y Jesús, el Corazón Sacratísimo de Jesús, su Corazón Eucarístico encuentra descanso y reposo en la fe de María, en la caridad de su Madre y en el servicio de la ancilla eucharistiæ.

Desde aquella misma noche María Santísima vive de la Eucaristía, por la intimidad, por la comunicación y por la identificación.

El amor exige comunidad e identidad de vida; y como la vida de Jesús en su Sacramento de Amor es vida interior, oculta y sacrificada, la vida de María será, desde entonces, más profunda, más reservada y aún más sacrificada. Será una vida de silencio, de soledad, de muerte al mundo; una vida de anonadamiento, de humildad, de pobreza espiritual, de oración y contemplación; será una vida de conformidad con Jesús, compartiendo su inmolación, identificándose con sus pensamientos, sentimientos y deseos.

Desde el momento mismo de la partida de Jesús hacia el Jardín de los Olivos, la vida de María estará consagrada al reino de su Hijo, al apostolado de la oración. De este modo Nuestra Señora del Santísimo Sacramento se convierte en Nuestra Señora del Cenáculo y en Reina de los Apóstoles

Siguiendo su ejemplo, nosotros debemos intimar con Jesús en el Sagrario, debemos identificarnos con su vida eucarística, debemos ofrecer nuestras vidas por el Reino eucarístico del Corazón de Jesús, debemos ser apóstoles por la oración y el sacrificio.

En esta noche eucarística, al igual que Nuestra Señora, ofrezcamos a Jesús un lugar de reposo en nuestro corazón y, al mismo tiempo, descansemos en su Corazón presente verdadera, real y substancialmente en el Santísimo Sacramento.

Consolemos a Jesús de todas aquellas penas y congojas que la Pasión de su Cuerpo Místico causa en su Corazón.

Confiémosle nuestras preocupaciones y tristezas; Él sabe comprender y consolar.

Adoremos la Sagrada Eucaristía, vivamos del Santísimo Sacramento, identifiquemos nuestras vidas con la suya, ofrezcamos nuevamente nuestras vidas por la extensión de su reinado eucarístico.

Que María Santísima, primera adoradora de Dios Encarnado en Nazareth y Belén y primera adoradora de Jesús Sacramentado en el Cenáculo nos enseñe a vivir de la Augusta Eucaristía, en la Venerable Eucaristía, para la Sagrada Eucaristía y por la Divina Eucaristía. Amén.